A través del tiempo se desquicia la verdad. Se deforma y se vuelve pegajosa como un chicle usado, sin sabor, elástica y blanquecina.
Eso traté de transmitir en aquel fatídico seminario de área. La imposibilidad de establecer una verdad cierta, la idea de que la ciencia ha de abandonar toda su pretensión de certeza inamovible que tanto la entronca con la religión.
Han sido meses duros y maravillosos al mismo tiempo. Es normal entonces que las personas enloquezcan tratando de conciliar los contrarios.
Así la ciencia enloquece también. En esa locura paranoica que la llena de matemáticas y cálculos supuestamente exactos y que le hacen perder la verdad de su esencia. Pues la ciencia surgió como ha surgido todo el saber humano, para entender la vida.
Pero a la vida no se la entiende. Se la vive. Maldita simpleza elaborada. Se la vive y sólo te das cuenta de haberlo hecho en las lágrimas arrolladoras de una sonrisa genuina, en las sonrisas inabarcables de mares llorados.
Vida.
Vida que calienta y da forma, que enfría y vuelve piedra lo que era arcilla animada.
Vida fundida en un abrazo mortal, pues todo tiene un final ya que una vez tuvo un comienzo.
Y en el cuándo donde vivimos actualmente no hicieron de nuestro miedo una ventaja, sino un arma vuelta contra nosotros.
No se puede vivir sin miedo porque no existe el miedo sin la vida.
El miedo como ventaja nos moviliza. Obliga a una actuación. Obliga a hacer algo para que desaparezca o para que se mantenga. Obliga a vivir con un puñal de amor entre los dientes. Obliga a desobedecer, obliga al enfrentamiento. Obliga al cuestionamiento de una autoridad fundada en la ignorancia de quien no vivió abrazado a una cintura distinta de la suya.
El miedo como arma vuelta contra nosotros inmoviliza. Obliga al silencio como forma deshonrosa de acatamiento. Obliga a una obediencia que no se quiere porque nunca ha sido buscada. Obliga al encapsulamiento de la imaginación y a la muerte de la esperanza. Obliga a la vida inerte de un hieratismo monocromático. Blanco y negro y gris, tan estáticos como las palabras que no se pronunciaron, como los besos que se guardaron dentro de uno y se convirtieron en pura hiel.
Pues la amargura antes fue libertad deseosa, amor etéreo, risa franca.
Y en la nueva forma de una ciencia sin vida y de una vida sin ciencia se desarrolla el miedo como arma.
Allí donde los números sólo sirven para aumentar el comentario de los que nunca han dicho nada, donde la vida sólo es entendida como la consecución sin límite de un deseo deformado, se encuentra el lago lechoso de un temor informe que no es más que la última advertencia desesperada del último resto de humanidad que nos queda.
domingo, 28 de noviembre de 2010
sábado, 20 de noviembre de 2010
Sobre locura, muerte y filosofía
Ayer hablé sobre locura y muerte ante un auditorio cansado.
Ayer desgrané los pensamientos inútiles de mi mente hirviente en deseos respecto a los espejos entre la locura y la muerte.
Traté de explicar por qué para mí ambas eran límites del pensamiento, por qué ambas eran certezas irrenunciables, por qué ambas eran el grito agónico de una individualidad que siempre trata de retornar al grupo.
Cómo explicar que el origen de todas mis reflexiones es el inconformismo. Cómo explicar que la locura y la muerte se desenvuelven en la brecha de mis sueños inalcanzables, de mis deseos frustrados.
Una vez ante otro auditorio cansado (¿o era el mismo?) dije que lo que une una palabra con la verdad de una idea no es la exactitud de dicha palabra nombrando esa idea, sino el sentimiento que provoca, la emoción que sacude. Ese pequeño escalofrío poético que anuda palabra, verdad e idea.
Para mí la Filosofía tiene lo que mi alma anhela.
Por un lado, la verdad. Esa chispa efímera que une conceptos con palabras, decisiones con consecuencias. Fantasía con realidad.
Por otro, y enlazándolo, es la construcción constante.
No hay una sola verdad (gracias sean dadas a nuestro ateísmo todopoderoso como diría Hubert Farnsworth en Futurama) y la Filosofía permite reafirmarlas buscando caminos nuevos, permite destruirlas creando caminos nuevos, permite inventarlas surcando caminos nuevos.
La Filosofía, mediante la lógica (da igual qué tipo de lógica sea), crea el mundo una y otra vez. Deshace y rehace. Elimina y erige.
Hay gente que habla de la adicción del pensamiento y su peligrosidad, y no se equivocan.
Pero muy a mi pesar tengo vocación de artista y carezco de talento. Así que necesito inventar mi realidad constantemente con el fin de buscar ciertos puentes que no se derrumben tan fácilmente.
Por eso pienso.
Porque me gusta vivir en la Tierra Media de Tolkien.
Porque quiero navegar el cielo a lomos de Fujur.
Porque quiero empezar una guerra por los ojos de una mujer.
Y por eso digo lo que pienso.
Porque creo que toda la gente necesita sentirse de vez en cuando como Aragorn frente a los orcos del abismo de Helm, porque quizá necesiten sentirse como Bastián creando Perelín, la selva nocturna, cabalgando a lomos de la Muerte Multicolor. Porque juraría que toda la gente necesita morir por una causa que les trasciende, y eso quiere decir que necesitan vivir en guerra, que necesitan vivir luchando, que necesitan vivir enamorados.
Así que ayer hablé sobre locura y muerte ante un auditorio cansado.
Ayer desgrané los pensamientos inútiles de mi mente hirviente en deseos respecto a los espejos entre la locura y la muerte.
Traté de explicar por qué para mí ambas eran límites del pensamiento, por qué ambas eran certezas irrenunciables, por qué ambas eran el grito agónico de una individualidad que siempre trata de retornar al grupo.
Cómo explicar que el origen de todas mis reflexiones es el inconformismo. Cómo explicar que la locura y la muerte se desenvuelven en la brecha de mis sueños inalcanzables, de mis deseos frustrados.
Una vez ante otro auditorio cansado (¿o era el mismo?) dije que lo que une una palabra con la verdad de una idea no es la exactitud de dicha palabra nombrando esa idea, sino el sentimiento que provoca, la emoción que sacude. Ese pequeño escalofrío poético que anuda palabra, verdad e idea.
Para mí la Filosofía tiene lo que mi alma anhela.
Por un lado, la verdad. Esa chispa efímera que une conceptos con palabras, decisiones con consecuencias. Fantasía con realidad.
Por otro, y enlazándolo, es la construcción constante.
No hay una sola verdad (gracias sean dadas a nuestro ateísmo todopoderoso como diría Hubert Farnsworth en Futurama) y la Filosofía permite reafirmarlas buscando caminos nuevos, permite destruirlas creando caminos nuevos, permite inventarlas surcando caminos nuevos.
La Filosofía, mediante la lógica (da igual qué tipo de lógica sea), crea el mundo una y otra vez. Deshace y rehace. Elimina y erige.
Hay gente que habla de la adicción del pensamiento y su peligrosidad, y no se equivocan.
Pero muy a mi pesar tengo vocación de artista y carezco de talento. Así que necesito inventar mi realidad constantemente con el fin de buscar ciertos puentes que no se derrumben tan fácilmente.
Por eso pienso.
Porque me gusta vivir en la Tierra Media de Tolkien.
Porque quiero navegar el cielo a lomos de Fujur.
Porque quiero empezar una guerra por los ojos de una mujer.
Y por eso digo lo que pienso.
Porque creo que toda la gente necesita sentirse de vez en cuando como Aragorn frente a los orcos del abismo de Helm, porque quizá necesiten sentirse como Bastián creando Perelín, la selva nocturna, cabalgando a lomos de la Muerte Multicolor. Porque juraría que toda la gente necesita morir por una causa que les trasciende, y eso quiere decir que necesitan vivir en guerra, que necesitan vivir luchando, que necesitan vivir enamorados.
Así que ayer hablé sobre locura y muerte ante un auditorio cansado.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Temblores
Tiembla tu piel como el gorrión recién nacido en manos ajenas, ásperas, oscuras.
Tiembla tu voz como el redoble asincopado del tambor frente al pelotón de fusilamiento.
Tiembla tu pecho como tiembla la piedra pequeña antes de iniciar un alud gigantesco, un alud que lo enterrará todo, que lo aplastará todo.
Tiembla tu cuerpo en una agonía de miedo y culpa, de horror y muerte.
Tiemblas despacio pero interminablemente. Sin pausa ni hueco. Sacudida tras sacudida te conviertes en puro ritmo, adagio funesto que asesina la luz con llanto, la voz con un vendaval suspirado.
Y esos temblores retuercen tu cuerpo con tu alma en un nudo salvaje. Y aprieta el miedo. Y aprieta la culpa.
Y el nudo corta la carne a tajadas desesperadas. Sangre en los ojos, sangre en la boca. Tú condenada a sufrirla, yo condenado a saborearla.
Esto tendría que ser una cuerda que sostuviera, no un nudo que encarcelara.
Ya no son lágrimas, son rocas.
Ya no son manos, son zarzas.
La justicia, como todo lo que no existe, tiembla a carcajadas desde el infierno de la esperanza.
Porque el mundo puede desintegrarse con una palabra.
Y para mí quiero la sangre y el nudo, el miedo y la culpa, la voz que tiembla, la piel que tirita.
Y no puedo cogerlos. No puedo matarlos. Sólo puedo ver cómo te crecen en una impotencia desolada.
Desterrado de tu cuerpo soy lágrima sin ojo, estertor sin muerte.
Y no puedo dejar de sentirlo, no puedo dejar de verte.
Latigazos y cuchilladas de desdén y decepción. Culpando de algo que no se comprende.
Pero juntos una vez sobre la arena fundamos la luz de la aurora.
Juntos una vez sobre la tierra robamos la voz a las horas.
Juntos una vez bajo las velas soldamos mi fauna a tu flora.
Fundimos tu fauna a mi flora.
Así que unidos volamos.
Si sufres, sufro.
Si te estrellas, me estrello.
Si tiemblas, ten por seguro que tiemblo.
Y ahora tu estremecimiento es el mío. Tu terremoto es el epicentro del mío.
Así que temblamos como cachorros abandonados en la tormenta.
Como ancianos abandonados en la cuneta.
Temblamos como imagino que temblaron
los que alguna vez se amaron.
Tiembla tu voz como el redoble asincopado del tambor frente al pelotón de fusilamiento.
Tiembla tu pecho como tiembla la piedra pequeña antes de iniciar un alud gigantesco, un alud que lo enterrará todo, que lo aplastará todo.
Tiembla tu cuerpo en una agonía de miedo y culpa, de horror y muerte.
Tiemblas despacio pero interminablemente. Sin pausa ni hueco. Sacudida tras sacudida te conviertes en puro ritmo, adagio funesto que asesina la luz con llanto, la voz con un vendaval suspirado.
Y esos temblores retuercen tu cuerpo con tu alma en un nudo salvaje. Y aprieta el miedo. Y aprieta la culpa.
Y el nudo corta la carne a tajadas desesperadas. Sangre en los ojos, sangre en la boca. Tú condenada a sufrirla, yo condenado a saborearla.
Esto tendría que ser una cuerda que sostuviera, no un nudo que encarcelara.
Ya no son lágrimas, son rocas.
Ya no son manos, son zarzas.
La justicia, como todo lo que no existe, tiembla a carcajadas desde el infierno de la esperanza.
Porque el mundo puede desintegrarse con una palabra.
Y para mí quiero la sangre y el nudo, el miedo y la culpa, la voz que tiembla, la piel que tirita.
Y no puedo cogerlos. No puedo matarlos. Sólo puedo ver cómo te crecen en una impotencia desolada.
Desterrado de tu cuerpo soy lágrima sin ojo, estertor sin muerte.
Y no puedo dejar de sentirlo, no puedo dejar de verte.
Latigazos y cuchilladas de desdén y decepción. Culpando de algo que no se comprende.
Pero juntos una vez sobre la arena fundamos la luz de la aurora.
Juntos una vez sobre la tierra robamos la voz a las horas.
Juntos una vez bajo las velas soldamos mi fauna a tu flora.
Fundimos tu fauna a mi flora.
Así que unidos volamos.
Si sufres, sufro.
Si te estrellas, me estrello.
Si tiemblas, ten por seguro que tiemblo.
Y ahora tu estremecimiento es el mío. Tu terremoto es el epicentro del mío.
Así que temblamos como cachorros abandonados en la tormenta.
Como ancianos abandonados en la cuneta.
Temblamos como imagino que temblaron
los que alguna vez se amaron.
domingo, 10 de octubre de 2010
Sobre amor y decisiones
Ha caído el rayo plateado que bordeaba tu sonrisa.
Y ahora la capa ocre de la tristeza arropa la comisura de tus labios.
Y no hay rescate posible en la infinitud laberíntica de nuestro propio ser. Prisión de carne, prisión de sangre, prisión de ego.
Y decidimos. Y volvemos a decidir, pues en eso consiste vivir.
Y tratamos de buscar un motivo a nuestras decisiones, tratamos de darles un sentido y un orden, pues en eso consiste estar cuerdo.
Y llega un momento en que nos arrepentimos de lo hecho y de lo por hacer. Nos arrepentimos de las decisiones tomadas y de las que no tomamos. Y sin embargo, si hubiéramos decidido lo contrario también nos arrepentiríamos. Pues en eso consiste ser libre, en sentirse culpable.
E imaginamos consecuencias maravillosas y odiosas de las elecciones que nos quedan por tomar, pues en eso consiste soñar.
Y tratamos de posponer la decisión para saborear la promesa. Intentamos balancearnos en la lividez de una palabra futura para alcanzar la frontera de lo intangible, pues en eso consiste la esperanza.
Así que decidimos. Porque no podemos hacer otra cosa. Y en la tragedia reverberante del remordimiento lloramos.
Y todas las decisiones tienen que ver contigo mismo, que es lo mismo que decir que tienen que ver con los demás.
Por eso las aventuras de una pareja son inimaginables por lo variadas. Las andanzas de una relación de a dos siempre son un tajo en el alma.
No hay felicidad que no llore de tristeza. Ni tristeza que no sonría de alegría.
Por eso al bailar sobre tu cuerpo a medianoche era el más desgraciado y el más feliz de los hombres.
Por eso al bailar sobre tu cuerpo a medianoche bailaba sobre tu alma, danzaba sobre la mía.
Es una soledad culpable, pero una soledad viva.
Nunca estaremos completos, nunca estaremos repletos, llenos, plenos. Y quizá no sea porque tengamos una falla imposible de llenar. Quizá es que en realidad estamos completos, nacimos repletos y llenos, vivimos plenos; pero lo olvidamos.
Y necesitamos crear abismos de insondable negrura para sentir el latir pulsante de la vida y los deseos.
"Te amo" siempre corta.
"Te amo" siempre asusta.
"Te amo" siempre obliga.
"Te amo" siempre sueña.
"Te amo" siempre vive.
Y ahora la capa ocre de la tristeza arropa la comisura de tus labios.
Y no hay rescate posible en la infinitud laberíntica de nuestro propio ser. Prisión de carne, prisión de sangre, prisión de ego.
Y decidimos. Y volvemos a decidir, pues en eso consiste vivir.
Y tratamos de buscar un motivo a nuestras decisiones, tratamos de darles un sentido y un orden, pues en eso consiste estar cuerdo.
Y llega un momento en que nos arrepentimos de lo hecho y de lo por hacer. Nos arrepentimos de las decisiones tomadas y de las que no tomamos. Y sin embargo, si hubiéramos decidido lo contrario también nos arrepentiríamos. Pues en eso consiste ser libre, en sentirse culpable.
E imaginamos consecuencias maravillosas y odiosas de las elecciones que nos quedan por tomar, pues en eso consiste soñar.
Y tratamos de posponer la decisión para saborear la promesa. Intentamos balancearnos en la lividez de una palabra futura para alcanzar la frontera de lo intangible, pues en eso consiste la esperanza.
Así que decidimos. Porque no podemos hacer otra cosa. Y en la tragedia reverberante del remordimiento lloramos.
Y todas las decisiones tienen que ver contigo mismo, que es lo mismo que decir que tienen que ver con los demás.
Por eso las aventuras de una pareja son inimaginables por lo variadas. Las andanzas de una relación de a dos siempre son un tajo en el alma.
No hay felicidad que no llore de tristeza. Ni tristeza que no sonría de alegría.
Por eso al bailar sobre tu cuerpo a medianoche era el más desgraciado y el más feliz de los hombres.
Por eso al bailar sobre tu cuerpo a medianoche bailaba sobre tu alma, danzaba sobre la mía.
Es una soledad culpable, pero una soledad viva.
Nunca estaremos completos, nunca estaremos repletos, llenos, plenos. Y quizá no sea porque tengamos una falla imposible de llenar. Quizá es que en realidad estamos completos, nacimos repletos y llenos, vivimos plenos; pero lo olvidamos.
Y necesitamos crear abismos de insondable negrura para sentir el latir pulsante de la vida y los deseos.
"Te amo" siempre corta.
"Te amo" siempre asusta.
"Te amo" siempre obliga.
"Te amo" siempre sueña.
"Te amo" siempre vive.
martes, 10 de agosto de 2010
Cuánto daño he hecho
No hay un segundo que no reviente mi corazón en chillidos desgajados de cualquier humanidad, excepto de la que da la pena, la rabia, la impotencia.
Quizá eso sea lo más humano.
Navego a horcajadas sobre el miedo oscuro que me abofetea la cara. Ni mi cuerpo se resiste a la horrible tortura que le grita mi cabeza.
Ojalá exagerara.
No hay tiempo sobre el que recordar que no me atraviese a cuchilladas de terror, a sablazos de compasión por los otros, de odio por mí.
Odio. Odio quizá sea lo que me posibilite brillar con esta luz enfermiza que tamiza mis palabras.
Cuánto daño he hecho.
Y lo fácil es sentirse culpable. Así sea. Si me siento culpable, es porque lo soy. Y a la mierda las convenciones y las justificaciones.
Ojalá me matara la culpa y no se dedicara exclusivamente a asfixiarme sin tregua.
La sorpresa de tu voz ante la despedida descuartiza mi corazón en un delirio sangrante de falta y culpa.
El amor que sentía se me aparece como un fantasma asesino.
Alambre de espino que se me clava en cada rincón de la conciencia porque ya no estás, porque estaba condenado a repetir mis fracasos y errores contigo, porque te dije adiós y traté de enterrar la agonía que eso me suponía.
¿Qué he hecho? ¡¿Qué he hecho?!
Cuánto daño he hecho.
Cuánto daño te he hecho.
Te has ido. Me muero.
Hacer lo correcto es una mierda absoluta. Hacer lo correcto es un engaño desquiciado de la razón absurda que se supone nos hace adultos.
Hace siglos que no escucho tu voz. Hace eones que te fuiste por última vez. Y hasta en eso fuiste elegante, hasta en eso fuiste comprensiva.
Lo cual hace que me deteste aún más.
Espero que me odies como lo hago yo, quizá así mi culpa tenga algún sentido.
Quizá así volvamos a conectar en lo más negro del alma.
Quizá así decida terminar lo que no me atrevo a empezar.
Te diría que lo siento. Y sería absolutamente cierto. Lo siento en el más hondo rincón húmedo de sangre de mis entrañas. Lo siento como el mordisco de un perro rabioso en la entrepierna.
Lo siento como golpes contra el filo de piedra más cortante sobre la sien.
Porque nunca he dejado de quererte.
Y aún así te dije adiós.
Maldito sea yo y mi estupidez. Mi sentido de la ética y los cojones del dragón que me cuelgan cada vez que te lloro.
¿Por qué puedo seguir respirando?
Quizá eso sea lo más humano.
Navego a horcajadas sobre el miedo oscuro que me abofetea la cara. Ni mi cuerpo se resiste a la horrible tortura que le grita mi cabeza.
Ojalá exagerara.
No hay tiempo sobre el que recordar que no me atraviese a cuchilladas de terror, a sablazos de compasión por los otros, de odio por mí.
Odio. Odio quizá sea lo que me posibilite brillar con esta luz enfermiza que tamiza mis palabras.
Cuánto daño he hecho.
Y lo fácil es sentirse culpable. Así sea. Si me siento culpable, es porque lo soy. Y a la mierda las convenciones y las justificaciones.
Ojalá me matara la culpa y no se dedicara exclusivamente a asfixiarme sin tregua.
La sorpresa de tu voz ante la despedida descuartiza mi corazón en un delirio sangrante de falta y culpa.
El amor que sentía se me aparece como un fantasma asesino.
Alambre de espino que se me clava en cada rincón de la conciencia porque ya no estás, porque estaba condenado a repetir mis fracasos y errores contigo, porque te dije adiós y traté de enterrar la agonía que eso me suponía.
¿Qué he hecho? ¡¿Qué he hecho?!
Cuánto daño he hecho.
Cuánto daño te he hecho.
Te has ido. Me muero.
Hacer lo correcto es una mierda absoluta. Hacer lo correcto es un engaño desquiciado de la razón absurda que se supone nos hace adultos.
Hace siglos que no escucho tu voz. Hace eones que te fuiste por última vez. Y hasta en eso fuiste elegante, hasta en eso fuiste comprensiva.
Lo cual hace que me deteste aún más.
Espero que me odies como lo hago yo, quizá así mi culpa tenga algún sentido.
Quizá así volvamos a conectar en lo más negro del alma.
Quizá así decida terminar lo que no me atrevo a empezar.
Te diría que lo siento. Y sería absolutamente cierto. Lo siento en el más hondo rincón húmedo de sangre de mis entrañas. Lo siento como el mordisco de un perro rabioso en la entrepierna.
Lo siento como golpes contra el filo de piedra más cortante sobre la sien.
Porque nunca he dejado de quererte.
Y aún así te dije adiós.
Maldito sea yo y mi estupidez. Mi sentido de la ética y los cojones del dragón que me cuelgan cada vez que te lloro.
¿Por qué puedo seguir respirando?
jueves, 8 de julio de 2010
La princesa y los cuatro elementos
Era una princesa y no lo sabía.
La corona hecha de espuma de mar se cenía a su frente de forma tan natural que nadie la notaba. Ella tampoco.
La princesa años atrás se sumergió en el mar por primera vez. Y el mar, inevitablemente, le entregó su corazón. Porque ella les dio el movimiento a las olas mientras nadaba, porque le dio la sal al agua mientras reía. Por eso el mar se enamoró de la princesa y le entregó su corazón. La espuma de las olas en una corona.
Pero la princesa no se dio cuenta de cómo el mar la besaba, de cómo el mar la llamaba, de cómo el mar la tocaba.
Era una princesa y no lo sabía.
El collar hecho de hierba se ajustaba a su cuello de forma tan natural que nadie lo notaba. Ella tampoco.
La princesa tiempo atrás se perdió en el bosque. Y el bosque, inevitablemente, le entregó su corazón. Porque ella le dio el color verde a las hojas mientras caminaba, porque le dio el sonido a la tierra mientras la acariciaba. Por eso el bosque se enamoró de la princesa y le entregó su corazón. La hierba de su esencia en un collar. Pero la princesa no se dio cuenta de cómo el bosque la besaba, de cómo el bosque la imploraba, de cómo el bosque la abrazaba.
Era una princesa y no lo sabía.
El anillo hecho de brisa se estrechaba tan suavemente contra su dedo que nadie lo notaba. Ella tampoco.
La princesa años atrás saltó hacia el cielo. Y el cielo, inevitablemente, le entregó su corazón. Porque ella le dio los huracanes mientras suspiraba, porque le dio las tormentas mientras sus manos hablaban con las nubes. Por eso el cielo se enamoró de la princesa y le entregó su corazón. La brisa de su ser en un anillo. Pero la princesa no se dio cuenta de cómo el cielo la besaba, de cómo el cielo la suplicaba, de cómo el cielo la rozaba.
Era una princesa y no lo sabía.
El vestido hecho de llamas se entallaba tan grácilmente en su cintura que nadie lo notaba. Ella tampoco.
La princesa tiempo atrás se inundó de sol. Y el sol, inevitablemente, le entregó su corazón. Porque ella le dio el calor mientras lo miraba, porque le dio la luz mientras sonreía. Por eso el sol se enamoró de la princesa y le entregó su corazón. El fuego de su alma en un vestido. Pero la princesa no se dio cuenta de cómo el sol la besaba, de cómo el sol la rogaba, de cómo el sol la acariciaba.
Siempre fuiste una princesa y no lo supiste.
Pero yo me di cuenta. Fue imposible no saberlo. Porque vi tu cuerpo en las olas cuando me sumergí en el mar, vi tus labios en el bosque cuando te busqué una flor, vi tus manos en el cielo cuando le pregunté tu nombre a la noche y vi tus ojos en el sol cuando le pedí al lenguaje más luz.
Siempre fuiste una princesa y no lo supiste.
Princesa del agua del mar.
De la tierra del bosque.
Del aire del cielo.
Del fuego del sol.
Princesa de la naturaleza y de la vida.
Siempre fuiste una princesa y no lo supiste.
¿Querrías convertirte en la reina de mi cuerpo,
en la reina de mi espíritu, en la reina de mi tiempo?
Siempre has sido una princesa
y hasta ahora no lo has sabido.
La corona hecha de espuma de mar se cenía a su frente de forma tan natural que nadie la notaba. Ella tampoco.
La princesa años atrás se sumergió en el mar por primera vez. Y el mar, inevitablemente, le entregó su corazón. Porque ella les dio el movimiento a las olas mientras nadaba, porque le dio la sal al agua mientras reía. Por eso el mar se enamoró de la princesa y le entregó su corazón. La espuma de las olas en una corona.
Pero la princesa no se dio cuenta de cómo el mar la besaba, de cómo el mar la llamaba, de cómo el mar la tocaba.
Era una princesa y no lo sabía.
El collar hecho de hierba se ajustaba a su cuello de forma tan natural que nadie lo notaba. Ella tampoco.
La princesa tiempo atrás se perdió en el bosque. Y el bosque, inevitablemente, le entregó su corazón. Porque ella le dio el color verde a las hojas mientras caminaba, porque le dio el sonido a la tierra mientras la acariciaba. Por eso el bosque se enamoró de la princesa y le entregó su corazón. La hierba de su esencia en un collar. Pero la princesa no se dio cuenta de cómo el bosque la besaba, de cómo el bosque la imploraba, de cómo el bosque la abrazaba.
Era una princesa y no lo sabía.
El anillo hecho de brisa se estrechaba tan suavemente contra su dedo que nadie lo notaba. Ella tampoco.
La princesa años atrás saltó hacia el cielo. Y el cielo, inevitablemente, le entregó su corazón. Porque ella le dio los huracanes mientras suspiraba, porque le dio las tormentas mientras sus manos hablaban con las nubes. Por eso el cielo se enamoró de la princesa y le entregó su corazón. La brisa de su ser en un anillo. Pero la princesa no se dio cuenta de cómo el cielo la besaba, de cómo el cielo la suplicaba, de cómo el cielo la rozaba.
Era una princesa y no lo sabía.
El vestido hecho de llamas se entallaba tan grácilmente en su cintura que nadie lo notaba. Ella tampoco.
La princesa tiempo atrás se inundó de sol. Y el sol, inevitablemente, le entregó su corazón. Porque ella le dio el calor mientras lo miraba, porque le dio la luz mientras sonreía. Por eso el sol se enamoró de la princesa y le entregó su corazón. El fuego de su alma en un vestido. Pero la princesa no se dio cuenta de cómo el sol la besaba, de cómo el sol la rogaba, de cómo el sol la acariciaba.
Siempre fuiste una princesa y no lo supiste.
Pero yo me di cuenta. Fue imposible no saberlo. Porque vi tu cuerpo en las olas cuando me sumergí en el mar, vi tus labios en el bosque cuando te busqué una flor, vi tus manos en el cielo cuando le pregunté tu nombre a la noche y vi tus ojos en el sol cuando le pedí al lenguaje más luz.
Siempre fuiste una princesa y no lo supiste.
Princesa del agua del mar.
De la tierra del bosque.
Del aire del cielo.
Del fuego del sol.
Princesa de la naturaleza y de la vida.
Siempre fuiste una princesa y no lo supiste.
¿Querrías convertirte en la reina de mi cuerpo,
en la reina de mi espíritu, en la reina de mi tiempo?
Siempre has sido una princesa
y hasta ahora no lo has sabido.
viernes, 25 de junio de 2010
A través del tiempo, vida tras vida
"Tú tiras de mí a través del tiempo"
(La fuente de la vida)
Ahora sé lo que siento y sé por qué lo siento.
Nuestro amor es una carrera contra el tiempo y, de alguna forma, presiento que viene de atrás. De otras épocas, de otras vidas.
Mil vidas que viviera, mil veces que te encontraría. Algunas sabiendo que te busco. Otras dándome cuenta de que te he buscado siempre justo al encontrarte.
En esta vida no nos separa el tiempo. Al que tú vuelves una y otra vez lamentándote de capas de años que quizá hayas vivido, pero que - esto es seguro - no sientes.
No. En esta vida no nos separa el tiempo sino su obra, sus consecuencias. Que no son otra cosa más que nuestra historia vital, lo que arrastramos. Lo que hemos decidido (y quizá por eso nos hemos visto obligados) a construir.
Y sin embargo, a pesar de los muros y los fosos, de los abismos y las tormentas, al final nos encontramos.
Al final nos descubrimos.
Es ahora cuando estamos inventándonos.
Es ahora cuando estamos naciendo.
Al final nos abrazamos.
Vida tras vida acortaré las capas de años que nos separan. Cada vez que nazca te robaré un año, un día, un segundo.
Da igual.
Naceré y moriré todas las veces que sea necesario, de todas las formas que sean precisas, hasta que logre sincronizar nuestros latidos en un alejamiento inexistente. Hasta que el tiempo que nos separa tenga la misma distancia que la de nuestros labios al besarse: ninguna.
Y cuando llegue tan ansiado momento, tú tendrás otro nombre y otro cuerpo, pero la misma mirada tierna que es incapaz de esconder el amor que necesitas derramar.
Y yo tendré otro nombre y otro cuerpo, pero te acariciaré de la misma forma en la que te vengo acariciando durante tantos siglos y tantas vidas. Porque siempre nos encontramos. Y siempre estaremos condenados a encadenarnos mutuamente. Siempre estaremos condenados a enamorarnos. Millones de veces nos hemos amado y siempre es la primera vez.
Tendremos otro nombre y otro cuerpo, pero nos re-cord-aremos. Siempre acabaremos volviendo el uno al corazón del otro.
El día que eso ocurra, y ten por cierto que ha de ocurrir, que es inevitable, el día que eso ocurra el mundo entero estallará de amor.
Hasta ese momento el mundo se tendrá que seguir conformando sólo con la esperanza.
(La fuente de la vida)
Ahora sé lo que siento y sé por qué lo siento.
Nuestro amor es una carrera contra el tiempo y, de alguna forma, presiento que viene de atrás. De otras épocas, de otras vidas.
Mil vidas que viviera, mil veces que te encontraría. Algunas sabiendo que te busco. Otras dándome cuenta de que te he buscado siempre justo al encontrarte.
En esta vida no nos separa el tiempo. Al que tú vuelves una y otra vez lamentándote de capas de años que quizá hayas vivido, pero que - esto es seguro - no sientes.
No. En esta vida no nos separa el tiempo sino su obra, sus consecuencias. Que no son otra cosa más que nuestra historia vital, lo que arrastramos. Lo que hemos decidido (y quizá por eso nos hemos visto obligados) a construir.
Y sin embargo, a pesar de los muros y los fosos, de los abismos y las tormentas, al final nos encontramos.
Al final nos descubrimos.
Es ahora cuando estamos inventándonos.
Es ahora cuando estamos naciendo.
Al final nos abrazamos.
Vida tras vida acortaré las capas de años que nos separan. Cada vez que nazca te robaré un año, un día, un segundo.
Da igual.
Naceré y moriré todas las veces que sea necesario, de todas las formas que sean precisas, hasta que logre sincronizar nuestros latidos en un alejamiento inexistente. Hasta que el tiempo que nos separa tenga la misma distancia que la de nuestros labios al besarse: ninguna.
Y cuando llegue tan ansiado momento, tú tendrás otro nombre y otro cuerpo, pero la misma mirada tierna que es incapaz de esconder el amor que necesitas derramar.
Y yo tendré otro nombre y otro cuerpo, pero te acariciaré de la misma forma en la que te vengo acariciando durante tantos siglos y tantas vidas. Porque siempre nos encontramos. Y siempre estaremos condenados a encadenarnos mutuamente. Siempre estaremos condenados a enamorarnos. Millones de veces nos hemos amado y siempre es la primera vez.
Tendremos otro nombre y otro cuerpo, pero nos re-cord-aremos. Siempre acabaremos volviendo el uno al corazón del otro.
El día que eso ocurra, y ten por cierto que ha de ocurrir, que es inevitable, el día que eso ocurra el mundo entero estallará de amor.
Hasta ese momento el mundo se tendrá que seguir conformando sólo con la esperanza.
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