viernes, 16 de diciembre de 2011

La función de comentario

Hay un peso demasiado intenso en la palabra escrita. Por un lado reafirma algo, por otro, lo congela, lo coagula. Y la única forma de seguir dando ritmo y liquidez es, precisamente, escribiendo, creando nuevos coágulos que serán empujados por otros posteriores.
Así me represento la función de comentario de Foucault.
Efectivamente, esta entrada es para seguir con la teoría.
Me justifico pensando que escribo sobre Foucault y Lacan para explicarlos un poquito más a quien lea toda esta densidad (pero son poquitos, afortunadamente).
En realidad, lo hago por el mismo motivo que empecé este blog hace cuatro años, para ordenarme yo. Como bocetos para temas más amplios. Pequeños desbrozamientos de la maleza que constituye mi caos intelectual.

La función de comentario que trataré de explicar siguiendo el guión que Foucault introduce en su obra "El orden del discurso", sirve para dar más solidez y sentido lógico a ideas que ya he manejado en entradas como La posición del saber, El discurso disciplinario de la salud mental o En defensa del psicoanálisis.

La obra en cuestión es la primera clase que Foucault da como titular de la cátedra de Historia de los Sistemas de Pensamiento. Es una conferencia donde plasma lo que quiere investigar (e investigará) en los años posteriores.
Esta cátedra pertenecía al Collége de France, un centro donde al catedrático se le exigía cada año una investigación original.
La asistencia era gratuita y estaba pensada con el fin de que los oyentes ayudaran al investigador, le cuestionaran o le aportaran cosas. Un sistema educativo donde el diálogo era lo primordial.
Hago esta mención para comparar las universidades de este glorioso país que orgullosamente habitamos y defendemos y sus "insignes" catedráticos con ese sistema de enseñanza.

Entrando en harina, Foucault desarrolla en esta conferencia la problemática del control de los discursos en una sociedad dada.
Para decirlo sencillamente, una sociedad con sus focos de poder produce discursos con el fin de justificar ese uso determinado del poder y a la vez mantenerlo. Por tanto, necesita controlar el flujo de los discursos que produce para seguir manteniendo los mismos y evitar discursos diferentes que pongan en cuestión los dominantes, no vaya a ser que les arrebaten el poder.
Una aclaración. Para pensar estas ideas debemos alejarnos de la concepción "clásica" de poder social, en la que una cúpula controla al resto. El poder social desde la perspectiva de Foucault es como un mar en el que estamos inmersos. "Una malla" dice él. Una red. El poder fluctua y se mueve, cambia de manos, de individuos, de grupos, pero siempre existe.
Por eso los mecanismos de control de los discursos provienen del fondo de la sociedad. Fondo entendido como la capa más profunda. Provienen de la cúpula del poder, claro, pero también del resto de los mortales, de los mecanismos y dispositivos que la tecnología proporciona, de las ramas de saber que se van creando, de conductas, hábitos, inventos, arte... De todos lados. El poder no es la piedra que se arroja en el agua (que sería la cúpula de elegidos dominando al resto), sino que son las ondas del agua. Sólo que no hay piedra lanzada (o si la hubo, hace muchísimo tiempo que se olvidó al lanzador), sino que nada más que hay ondulaciones.

Dicho esto, Foucault distingue tres grupos de procedimientos por los cuales una sociedad limita la producción de sus discursos:

1) Procedimientos externos al propio discurso:
- Prohibiciones (no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, no se puede decir todo).
- Oposición entre razón y locura.
- Oposición entre lo que se considera verdadero y lo que se considera falso.

2) Procedimientos internos al propio discurso:
- Función de comentario.
- Función de autor (no como persona individual, sino como instancia que da coherencia y unidad al sentido del discurso).
- Las disciplinas

3) Procedimientos que determinan las condiciones de utilización de los discursos:
- Rituales
- Las doctrinas
- Las adecuaciones sociales.

Evidentemente todos son interesantísimos, todos tienen su sentido y todos están relacionados. Sin embargo, como esto no es un libro ni un spoiler (quien quiera saber más que lea la obra, no tiene desperdicio, como todo lo de Foucault), me voy a centrar en la función de comentario.

La función de comentario se encuadra dentro de los procedimientos que controlan al discurso desde dentro del propio discurso. Estos procedimientos internos tratan de evitar que aparezcan cosas diferentes dentro del discurso dominante. Tratan de controlar la dimensión del azar. No sea que por casualidad el discurso diga algo diferente de lo que quiere el poder que se diga.
La función de comentario actúa sobre ciertos discursos "clave". Son discursos que están en el origen de determinadas ideas, de determinados actos. Son discursos que no dejan de decirse y a la vez "permanecen dichos".
O sea, la función de comentario no actúa sobre, por ejemplo, una conversación entre dos personas sobre el tiempo o sobre el día que están teniendo, sino sobre discursos que aunque no se enuncien constituyen toda una estructura social: discursos filosóficos, religiosos, jurídicos y, ahí es donde realmente quiero llegar, discursos científicos.
Foucault recalca que los discursos no son textos. Es cierto que hay textos religiosos o científicos que desaparecen, se desechan o evolucionan. El discurso es lo que posibilita estos textos y la función de comentario es una FUNCIÓN DEL DISCURSO. Por tanto, aunque el texto desaparezca, la función de comentario se mantiene.
¿Y qué narices es el comentario? El comentario no es más que el desfase que se produce entre un texto y el siguiente.
Vamos a poner un ejemplo. Tenemos a Marx y a sus textos. Después llega Lenin o Bakunin y escriben "lo que Marx realmente quería decir es esto...". O tenemos a Hegel y su fenomenología del espíritu y llega Sartre y escribe "lo que quería decir realmente Hegel es tal cosa". O tenemos a Freud y llega Lacan y dicta "lo que estaba realmente implícito en Freud era la distinción entre Real, Simbólico e Imaginario".

Foucault analiza la trampa engañosa del comentario. Por una parte, permite construir (y además indefinidamente) discursos nuevos. Es decir, siempre se puede estar interpretando lo que un texto quería decir en realidad. Eso abre un abanico infinito de posibilidades y de interpretadores sobre un supuesto sentido oculto del texto original.
Pero por otra parte, "el comentario tiene por cometido decir por fin lo que estaba articulado silenciosamente allá lejos. Debe, según una paradoja que siempre desplaza pero a la cual nunca escapa, decir por primera vez aquello que sin embargo ya había sido dicho. [...] El comentario conjura el azar del discurso al tenerlo en cuenta: permite decir otra cosa aparte del texto mismo, pero con la condición de que sea ese mismo texto el que se diga, y en cierta forma, el que se realice. [...] Lo nuevo no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno".
He preferido citar textualmente a Foucault para no caer en la trampa que estoy describiendo de la función de comentario.

El engaño es ese. Tenemos la impresión de que se dice algo nuevo, cuando lo que se dice todo el rato es lo que ya estaba dicho desde el principio. De hecho, así se justifica que se diga algo nuevo, porque era "realmente lo que quería decir el texto".
Así, diciendo todo el rato lo mismo pero con el espejismo de que se dice algo diferente, el discurso se controla a sí mismo. Controla que no haya azar que pueda poner en juego algo completamente diferente que produciría el cambio de discurso y, por tanto, de poder.

Claro, yo que defiendo a Lacan a capa y espada, no puedo dejar de ser consciente de que el poder de Lacan estriba en lo que él mismo llega a decir "Yo soy el que realmente ha leído a Freud". Es decir, la función de comentario en psicoanálisis es preeminente. Quizá porque no hace ni un siglo que Freud murió.
Sin embargo, muy a su pesar, Lacan acaba haciendo un cambio de discurso total. Porque en Freud no estaban los registros real, simbólico o imaginario. No estaba el objeto a, no estaba el nudo borromeo y no estaba el "notodo" ni "lalangue".
Entonces, el texto freudiano "desaparece" con Lacan o, más bien, se oscurece. Y ahora sólo hay comentarios sobre lo que Lacan quería decir realmente. Y el poder en psicoanálisis va por esos derroteros. De alguna forma se es consciente de eso. De hecho, a Lacan le expulsaron de la sociedad de psicoanálisis más prestigiosa en Francia por todo lo que estaba diciendo y que "realmente" no era lo que decía Freud.
Vale.

Pero la función de comentario que me gustaría mostrar es la que tiene la ciencia hoy en día. Y más concretamente la psiquiatría biológica.
En Medicina Basada en la Evidencia a nivel de psiquiatría sólo se hacen estudios que comentan una y otra vez el sustrato biológico de la "enfermedad mental".
Sustrato que de ninguna forma se ha explicitado.
Aquí la función de comentario es más radical, pues ni siquiera interpreta textos, sino que interpreta datos (siempre de los mismos instrumentos de medida) para decir con nuevas palabras, exactamente lo mismo que se lleva diciendo desde que la psiquiatría vendió su alma a la ciencia. A saber, que toda patología mental es biológica.
De la lesión cerebral, se pasó a la lesión neuronal, de la lesión neuronal se pasó a la disfunción bioquímica, de la disfunción bioquímica se pasó al gen que lo causaba todo y del gen que lo causaba todo se está pasando a la poligenia o "patrones de genes combinados".
Palabras, conceptos nuevos que comentan exactamente lo mismo una y otra vez.
Vemos claramente cómo la función de comentario aquí impide cualquier azar o discurso distinto (psicologicista o sociologista).
Con todos los comentarios sobre que la enfermedad mental es biológica, se van creando toneladas de papel, millones de letras en internet que pesan y, por el aparente peso, no de las palabras, sino de su sustrato físico (papel, espacio en disco duro, páginas webs...) parece que esa idea es en verdad real.
Ahí está el poder del comentario. Cuantas más veces se dice lo mismo con apariencia distinta, más "peso" adquiere esa idea.
Por eso me representaba la función de comentario como un coágulo que necesita de otros para desplazarse. Pero siguen siendo coágulos. La esencia es la misma, aunque la forma sea distinta.
Quizá en otra ocasión pueda tratar de pensar cómo romper esa función de comentario y enlazarla con la idea del psicoanálisis como discurso que permite el cambio entre discursos y como destructor temporal del comentario en cuanto a salud mental se refiere.

De momento sigamos engañados. ¿No es eso la felicidad, un engaño? Schopenhauer me daría la razón.

sábado, 10 de diciembre de 2011

En defensa del psicoanálisis

Llegué a la salud mental como llego a todos los comienzos que tocan mi vida. Inquieto. Oscuro. Idealista. Temeroso.
Habiendo sido formado en el discurso universitario de la dominación absoluta del paradigma cognitivo conductual, y habiéndolo rechazado de plano mucho antes de terminar mi licenciatura y descubrir el PIR, mi ansia de comprender y perfilar la realidad de los otros y la mía propia necesitaba posarse en algo.
Braceé entre terapias de tercera generación, entre enfoques sistémicos de distintas escuelas para descubrir que siempre faltaba algo esencial en ellos (tiempo después descubriría que lo que faltaba era el psiquismo, el sujeto en su máxima expresión). Me asomé al abismo del modelo médico para apartarme rápidamente del horror que latía en su fondo.
Me adentré en la Filosofía. En la de la Ciencia para descubrir las brechas de ésta y formarme un mapa más realista de lo que trataban de imponerme. En la del hombre para encontrar algún filamento que me condujera a algún enfoque terapéutico inexplorado.
De la mano de Gergen llegué a Foucault. Foucault me redescubrió Nietzsche. Savater enlazó Schopenhauer y Nietzsche con el descubrimiento freudiano.
Y fue entonces cuando comencé a mirar a mi supervisora del Equipo de Salud Mental de forma completamente diferente.

Si tuviera que definirla con una palabra sería responsable.
Es una persona difícil al principio. Como si tuviera las cosas demasiado claras y a la vez como si estuviera de vuelta de todo. La calidez que supuestamente debemos rebosar los que nos dedicamos a esta profesión en ella está escondida, que no ausente.
En ese equipo de mala muerte donde el silencio suele ser la respuesta tanto a la imposición del sistema como a la demanda de los pacientes, es ella una de las dos personas que tiene el coraje y el sentido común para hablar.
La otra persona que la acompaña en ese peregrinaje gris y desesperanzado es una psiquiatra que rechaza cualquier etiqueta sobre sus capacidades y virtudes (tanto personales como profesionales). Quizá por ello encaja en todas muy a su pesar. Quizá por ello los demás le devuelven continuamente su brillantez. Quizá sea eso. Quizá su brillantez esté cegándola de continuo.
Ellas dos son las únicas islas en el océano magmático que es ese centro de salud mental. Aguantan el embate de las olas de forma admirable. A pesar del calor que todo lo derrite, de la corrosiva atmósfera, ellas consiguen respirar y, lo más impresionante de todo, consiguen resultados terapéuticos.

Mi supervisora es lacaniana.
Fue ella la que entre el maremagnum de Filosofía y ética, trató de iniciarme (siempre con mi consentimiento y mis ruegos) en la farragosa teoría de Lacan. Aún me sigo sorprendiendo cuando recuerdo cómo empezó a explicármelo. Lo fácil que parecía, lo bonito que sonaba, lo elegante que se presentaba.
Y así, poquito a poco, me acerqué a Lacan y con él a Freud.

Este contexto era necesario para situar la entrada que quiero escribir. Al psicoanálisis uno no se acerca como se acerca a la Ciencia (esperando soluciones inmediatas sin importar las consecuencias) ni a la Religión (esperando milagros inmediatos sin importar las consecuencias). Uno se acerca al psicoanálisis porque, a lo largo de su recorrido vital, se ha cuestionado ciertos supuestos básicos sociales, se ha cuestionado ciertos principios personales.
Es decir, uno se acerca al psicoanálisis poquito a poco. Se ven primero las espinas, pero se vislumbra de fondo el fulgor rojo de una rosa cercana y lejana a la vez.
Tal vez sea bueno empezar por aquí mi defensa hacia el psicoanálisis.

El lenguaje que emplea el psicoanálisis es precioso. Es poesía continua. Pues de poesía se nutre y poesía es lo que produce. Pero es una poesía especial. Una poesía que no busca la belleza, ni tampoco la verdad, sino la comprensión y la lógica más difícil: la del sujeto humano. Quizá por no buscar la belleza y alimentarse de poesía, las palabras del psicoanálisis tienen ese aura de prosa poética, de lógica hecha versos.
Palabras que encierran demostraciones irrebatibles sobre el surgimiento y la construcción del ser humano y sus desmanes psicopatológicos como fin de mantener un equilibrio personal.
Por eso, a los que siempre tuvimos la frustración de no haber sido artistas, el psicoanálisis nos atrapa. Pues nos conmueve y nos arropa. Nos da un nuevo lenguaje y una nueva gramática lógica para seguir creando lo que es un hombre, lo que es una mujer, cómo se unen, lo que es un delirio y una neurosis. Lo que es la vida y lo que no es la muerte.
Y con esa belleza de lenguaje el psicoanálisis da belleza a la clínica. Da color a la locura y a la neurosis. Y al dar color, da sentido.
El objetivo del psicoanálisis siempre ha sido demostrar cómo lo simbólico modifica la pulsión. Es decir, cómo el lenguaje cambia la realidad. El psicoanálisis ha formalizado y perfilado por qué las palabras son mágicas. Ha explicado décadas antes de la existencia de TAC, SPECT, RM y otras tecnologías para ver el cerebro sin matar a la persona, cómo las palabras modifican la biología. Cómo las palabras son la cirugía más precisa y a la par la menos invasiva para el sufrimiento humano.

Además, el psicoanálisis da soluciones. Hace poco tiempo viví en mis carnes cómo el psicoanálisis es ajeno, extraño y casi abstracto si uno no se dedica a la clínica. El escenario del psicoanálisis siempre ha sido la clínica mental. A diferencia de la psiquiatría biológica, del conductismo y el cognitivismo, el psicoanálisis se ha construido en las trincheras. Mucho antes de la sistémica y de las psicoterapias humanistas y existenciales.
Se ha construido en las alambradas de espino que son las relaciones cara a cara. De sujeto a sujeto.
Por eso las soluciones que da llevan su tiempo. Pero no porque el psicoanálisis sea lento y sea incapaz de seguir el ritmo que la salud mental exige a las psicoterapias y a la farmacología, sino, porque a diferencia de ellas, el psicoanálisis respeta el tiempo subjetivo de las personas.
Por eso sus soluciones son a medida. Diferentes según el caso. Siempre. Esa es la única ley inquebrantable del psicoanálisis: a cada sujeto lo suyo.
Además es la única forma de tratamiento que desde sus comienzos ha potenciado los recursos de la persona que consulta. Puesto que no impone soluciones, sino que facilita que la persona las encuentre, las construya y las acepte. Muchísimo antes de Rogers, muchísimo antes del discurso de la recuperación, el psicoanálisis le otorgaba el respeto merecido a la persona que consultaba.

De todo ello se desprende que el psicoanálisis propone la ética más consecuente con los derechos humanos fundamentales, la ética más consecuente con el alma humana. Su respeto al paciente, su obligación de escuchar realmente a la persona, su no imposición de dogmas o soluciones estandarizadas fabricadas en serie, su deferencia para con el síntoma, su esperanza inquebrantable en el sujeto humano a pesar de saber de su pulsión, a pesar de saber de su goce y su muerte, su autocrítica constante como teoría y sistema de pensamiento, su apertura para dejarse sembrar por el arte, la filosofía, la lingüística, las matemáticas, la poesía, la sociología, la biología, su actitud de enseñanza eminentemente práctica, su sospecha continua del mundo, del yo y de sí mismo... Todo esto le obliga a posicionarse de forma especialmente clara e incómoda entre los discursos de poder, cuestionándolos y nombrando su falta. "Haciéndoles agujeros" como afinadamente me comentaba mi supervisora.
Por esa ética que produce y que le sitúa, es rechazado de continuo por el sistema sanitario, por la política y por la economía. Tratan de tornarle invisible, igual que tratan de invisibilizar las consecuencias que tienen esos discursos dominantes sobre las personas. Y sin embargo, tras décadas de destierro, tras toneladas de papeles "científicos" tachando al psicoanálisis de chamanismo, timo, estafa, pseudociencia... El psicoanálisis sobrevive. Porque representa lo humano por excelencia: la sospecha, el amor, el deseo, la muerte, la falta, la ambivalencia.
Así el psicoanálisis trata de ser aislado y marginado. Como están mi supervisora y su compañera. Aisladas. Sin embargo, cuando hay un caso verdaderamente complicado, imposible de solucionar o estabilizar con fármacos o terapias de fábrica, acaba llegando a ellas. Y ellas solucionan, y ellas contienen, y ellas mejoran.
Por muy aislado que esté el psicoanálisis, los discursos dominantes irremediablemente acaban volviendo a él cuando su destrozo es infinito. Y es el psicoanálisis el que arregla y construye.
Por eso el psicoanálisis es el discurso de la revolución. Porque permite el cambio entre discursos.
Por eso el psicoanálisis es el discurso de la ética. Porque nunca ha querido situarse en el lugar del poder o del saber absoluto. Aborrece ese lugar por inhumano. Recordemos que el psicoanálisis es lo humano por excelencia. Y lo absoluto nunca ha formado parte de eso.

Por todo ello, defiendo al psicoanálisis. Lo propongo como orientación terapéutica y ética, como marco de conocimiento, como modo de comprensión. Lo propongo como causa de revolución y como consecuencia de la misma.
Defiendo la difusión y el estatuto dignísimo de esta rama de conocmiento.
Pero una cosa ha de quedar clara.
El psicoanálisis no es para cualquiera. Y por ello el psicoanálisis nunca ha querido ser el pegamento de todas formas de psicoterapia.
El psicoanálisis pone una exigencia de escucha en las palabras del otro que no para muchos es soportable. Escucha tanto de su sentido como de su literalidad, de su tono como de sus equívocos, de sus fallos como de su prosodia. Atención plena ante el discurso del otro.
Por eso advierto al área a la que pertenezco que no basta con decir cuatro zarandajas de tinte psicodinámico o explicar un caso con expresiones supuestamente psicoanalíticas para afirmar que se ha hecho psicoterapia psicoanalítica.
Habrá que empezar a poner los puntos sobre las íes.

El psicoanálisis poquito a poco, igual que uno va viviendo su vida, poquito a poco.
El psicoanálisis no para cualquiera, pues siempre ha habido personas con unos talentos y personas con otros, igual que siempre ha habido personas mezquinas y personas cálidas.
El psicoanálisis como escudo y como lanza.
El psicoanálisis como poesía y conocimiento.
Esta es mi defensa hacia el psicoanálisis, que es lo mismo que decir que esta es mi defensa hacia mi forma de entender la psicopatología, la ética y la vida: con amor, con deseo, con sospecha, con ambivalencia.
Con humanidad.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Garabato

A menudo tengo la inquietante sensación de ser un garabato fugaz en el viento.
Apenas tangible, apenas real.
Un garabato desamarrado de la materia y de la luz.
Como si fuera el error de algo por venir, el boceto de un esquema sobre el amor.

A veces me siento como invadido por las olas.
Repleto de espuma y de sal. Quizá por eso mis lágrimas se cubren de algas.
Y, como el mar, me siento inestable, sin base fija.
Desarraigado de lazos y anclas.

¿Qué me fija a la vida? Un garabato fugaz en el aire.

En ocasiones el vacío que me habita me eleva sobre los techos,
sobre los tejados. Y los sobresaltos se funden en angustia.
Y la angustia tiene la cadencia de algo que fue arrancado,
pero no consigo saber qué fue.
¿Me falta algo?

Un garabato es impulsivo y breve. Recto y curvo a la par.
Sin borde. Nunca enmarca ni cierra nada.
Sólo vacío a los lados.

martes, 22 de noviembre de 2011

Deseos

A veces desaría no comprender. Desearía no haber leído. Desearía no haberme hecho preguntas.
A veces desearía no ser humano. Desearía dejar de ser un ente social y recrearme con mi propia fusión con el aire.
En muchas ocasiones desearía ser sordo o, tal vez, desearia que las palabras vacías nunca hubieran tenido sonido.
Desearía abrazar a Foucault y decirle que me estremeció cuando leía su inicio y me imaginaba escuchándole:

" En el discurso que hoy debo pronunciar, y en todos aquellos que, quizá durante años, habré de pronunciar aquí, habría preferido poder deslizarme subrepticiamente. Más que tomar la palabra, habría preferido verme envuelto por ella y transportado más allá de todo posible inicio. Me habría gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo: me habría bastado entonces encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida. No habría habido por tanto inicio; y en lugar de ser aquel de quien procede el discurso, yo sería más bien una pequeña laguna en el azar de su desarrollo, el punto de su posible desaparición.
Me habría gustado que hubiese detrás de mí con la palabra tomada hace tiempo, repitiendo de antemano todo cuanto voy a decir, una voz que hablase así: << Hay que continuar, no puedo continuar, hay que decir palabras mientras las haya, hay que decirlas hasta que me encuentren, hasta el momento en que me digan - extraña pena, extraña falta -, hay que continuar, quizás, está ya hecho, quizá ya me han dicho, quizá, me han llevado hasta el umbral de mi historia, ante la puerta que se abre ante mi historia, me extrañaría si se abriera. >>"

Desearía no verme envuelto por la competición y la comparación. Desearía que la diferencia hubiera sido un color, no un fusil ni una bala, no un cuchillo o una boca gritándola con los dientes afilados hacia otra boca cerrada en un paroxismo de terror sumiso, de sumisión dolorosa.
Desearía que el cuestionamiento ante mi persona o ante el latido crujiente en el que se expresa mi esencia hubiera sido un trayecto repleto de paisajes y no de abismos.
Desearía que mi libertad dejara de ser un escudo, una defensa, un parapeto para convertirse en un argumento, en una clámide dorada que me permitiera abrigarme de las espigas punzantes del desaliento.
Desearía demasiado a menudo que la soga de palabras con la que unas ideas que me precedieron tratan de amarrarme lograra deshacerse en sílabas in-significantes o lograra ahorcarme.

Desearía hablar al mismo tiempo que soy hablado. Entrelazar mis palabras con las que recubren los rincones de la existencia, formar parte del cuadro, armonizar manteniendo mi presencia volátil y voluble.
Desearía que el conflicto fuera una carcajada inevitable y no una fuente de odio imparable.
Desearía que ser idealista fuera una vocación y no el último reducto de la cordura humana.
Desaría que los protocolos tapizaran el suelo y no se archivaran en el corazón de los hombres.
Desearía una poesía para cada día y una canción para cada hora.

Desearía que el amor que me explota dentro coloreara cada lágrima vertida fuera.
Y no olvidar ninguno de los besos que me han dado para poder devolverlos a la representación de la subjetividad de esa persona en el universo.
Desearía una noche infinita con mi amada entrelazada a mi cuerpo, prolongación material de mi ser.
Desearía un día infinito con un libro de aventuras desplegando su realidad y sustituyendo la mía.

Desearía, al fin y al cabo, atraparme y liberarme, comprenderme y sorprenderme, amar y cuidar, llorar y gritar amaneceres, sonreir y desplegar anocheceres.
Desearía poder perder y que la pérdida fuera un oceáno de calidez y no un acantilado de angustia fría.
Desearía un abrazo, un beso y un olor en el instante de mi muerte.
Y que ese abrazo fuera tibio.
Y que ese beso fuera ardiente.
Y que ese olor fuera el suyo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

El amor, la muerte y la esencia del ser humano

El amor es lo único que le da un toque humano a la muerte.
El amor humaniza la muerte.
Atravesados por la única certeza a la que estamos condenados los que no tenemos la fortuna de navegar entre la locura, nuestra última defensa es el delirio del amor.
Amor que es siempre ficción, pero, precisamente por ello, se vive con más realidad que lo real.
Y ante la muerte (que es lo mismo que decir ante la vida) el amor es el escudo ilusorio que nos facilitará que el encuentro ante nosotros mismos sea más soportable.
En el filo de la guadaña la muerte no siega almas, sino identidades. No corta la vida, sino que la implosiona para cada uno de nosotros.
El regalo final de ella es el mostrar ante nuestros ojos el agujero que hemos ido recubriendo de palabras y actos, que nos pertenece y nos define.
Y en el abismo insondable que somos sólo el amor colorea el viento que va produciendo nuestra caída.

"El problema es que queremos de forma diferente" me decía una mujer que velaba la muerte de su marido.
En otro tiempo, en otro lugar, detrás de un escritorio otras personas decían con otras palabras la misma idea.
¿Es el amor sentirme querido como me gustaría? No. Aparentemente está claro, pero se confunde con inmensa facilidad.
Deseo y amor van de la mano superponiéndose el uno al otro, cambiando sus rostros y marcando los nuestros.
Pero esta entrada no quiero que sea teórica. No quiero dar clases a la red de internet.
Que vuelen las palabras. Allá vamos.

Mi vida por ti. Le decía el cáncer al alma.
Y entre los párpados de su pareja el ser humano desgranaba su piel en poesías silenciosas.
Es el vacío el que provoca los besos.
En el encuentro de dos bocas siempre comienza el tiempo.
Así, besándola, no estoy entero pero de mis manos salen galaxias completas.

Pérdidas. Pérdidas.
De personas, de canciones, de momentos.
Nos deshojamos de ellos.
No me extraña que el hombre sea un otoño caminando.

Es la imagen que me devuelve su cuerpo
la que obliga a la muerte a acariciarme, no a raptarme,
a sonreír, no a morder.

En ese momento único que une la existencia con su ausencia
sólo la paz de lo que me regala ella, él, ellos
amortigua la nada.
Qué importa que no lo entienda
mientras lo sienta.

Los encuentros, como sus pérdidas
siempre son inexplicables
pero la marca que dejan en la existencia
es el lenguaje de una voz
humana,
ardiente.

Y entre las sábanas del hospital,
entre el pijama y las agujas,
el océano relumbra más que nunca.
Soy yo con mis padres
en la ola.
Con ella bajo el agua
haciendo el amor a los corales.

Ni la muerte puede robarme lo que yo he regalado.

Amor que estalla y mueve.
Juntos (en la memoria, en el tiempo, en el alma)
nos encontrará la muerte.

domingo, 6 de noviembre de 2011

La posición del saber

Mi querido (y fallecido) Lacan intituló su seminario XVIII "De un discurso que no fuera del semblante". De eso se trataba al fin y al cabo, de lograr lo imposible. Un discurso que no fuera meramente apariencia.
En el seminario XVII su genio destiló la lógica y la topología de los 4 discursos principales (5 si añadimos el pseudodiscurso capitalista condenado a consumirse a sí mismo). En cada discurso hay cuatro lugares fijos y cuatro elementos que, dependiendo del lugar que ocupen, darán lugar a un discurso u otro.
El discurso es lo que crea el lazo social. La relación de una persona con otra o con un conjunto de ellas. Me interesa especialmente la topología, por lo que no voy a entrar a describir los cuatro elementos que pueden posicionarse en los cuatro lugares.
Lo que me maravilló de esa formalización fue que se explica visualmente cómo todos los lugares se relacionan excepto uno que ahora explicaré.
Los lugares son: Lugar del agente (que produce el discurso), Lugar del Otro (también llamado del trabajo y es al que se dirige el agente), Lugar de la producción (producto del trabajo del otro) y Lugar de la verdad (que todo discurso trata de hacer emerger).


Como se ve en la imagen, el lugar que no está relacionado es el que habría de unir el de la producción con el de la verdad. Esto es lo que me fascina y me maravilla. Esta no-unión quiere decir que por mucho que un discurso (y los elementos que lo componen) trabajen y produzcan jamás van a poder alcanzar la verdad que hace que ese mismo discurso surja.
ES IMPOSIBLE PARA CUALQUIER DISCURSO HACER TRANSPARENTE EN PALABRAS, LLEGAR A LA VERDAD QUE HACE NACER ESE DISCURSO.
Lo curioso de esto es que todo discurso, a pesar de esta imposibilidad, trata una y otra vez de conseguirlo. Para él es inevitable.
Es decir, que todo discurso, desde el momento en el que nace por una verdad que dice defender, trata de llegar a ella sin conseguirlo jamás. En otras palabras, todo discurso, desde el momento en el que nace, tiende a justificarse en un monólogo sin fin.
¿Por qué? Porque, como nos muestra la imagen, la producción y la verdad son lugares que se sitúan debajo de una barra, un muro. Serían, por así decir, los lugares inconscientes, ocultos, de todos los discursos. Los lugares evidentes o manifiestos son el del agente y el del Otro. El del uno que enuncia y el del otro que recibe.
Por eso todos los discursos son semblante, son aparentes. Tres razones:
1) La parte manifiesta no es capaz de acceder a la parte implícita.
2) Lo que produce el discurso nunca alcanza a la verdad, por lo que nunca hay nada sólido y definitivamente cierto en ellos.
3) Las personas que representan los elementos que se colocan en los lugares manifiestos nunca los representan en su totalidad. Es decir, las personas que representan esos elementos NUNCA SON esos elementos, pues ya sabemos que todos los sujetos, desde el momento en el que son sujetos, conllevan una falta en ser. A saber, un agujero, un vacío imposible de llenar. Y si es imposible de llenar, seguirá vacío aunque esa persona se identifique con un elemento o imagen. Uno no puede ser nunca la totalidad de algo si uno ya está roto, ya tiene un agujero.

Con este último argumento entro de lleno en el tema de esta entrada, que no es otra cosa que la posición del saber, en el sentido de la posición que adopta una persona que se cree ella misma no estar, sino ser el saber.
Para ello me remito a dos nociones de mis dos maestros predilectos de pensamiento: Lacan y Foucault.

Por parte de Lacan tomaré la idea del "Sujeto supuesto saber". ¿Qué diantres es eso? En psicoanálisis el "Sujeto supuesto saber" es la posición inicial en la que el paciente coloca al analista. El paciente acude a consulta por un tipo de sufrimiento, y acude precisamente porque piensa que el profesional tiene un saber sobre ese sufrimiento del que el paciente cree carecer. El paciente dice algo así como "Me pasa esto. Ahora dígame usted por qué me pasa y dígame qué debo hacer para solucionarlo". En ese momento (necesario e inevitable por otra parte) el paciente coloca al profesional en el lugar de un saber absoluto, en el lugar de alguien que tiene todas las respuestas que él busca y necesita.
Ahora bien, lo que el profesional tiene en todo caso es conocimiento, no saber. Así de manera bruta para distinguirlos diré que el conocimiento es la comprensión de ciertas leyes, variables o técnicas y la capacidad de ponerlas en práctica siendo conscientes de ellas en un momento dado. El conocimiento lo da el estudio. El saber, por su parte, sería la construcción que hace una persona de su experiencia, cómo se explica las cosas y las generaliza, cómo se las representa en el mundo. El saber es experiencial, en gran parte inconsciente y, por encima de todo, subjetivo. El saber lo da la propia vida.
Por eso esa posición descrita por Lacan se llama "Sujeto supuesto saber". El paciente cree que el profesional posee el saber que le hace falta. Pone en él las respuestas que sólo el paciente puede tener, pues sólo el paciente sabe realmente por qué le pasa el sufrimiento (pero no sabe que lo sabe).
El buen profesional sabe que es el paciente quien le coloca en esa posición, y sabe además que es sólo eso: una posición. Él no posee el saber del paciente por la sencilla razón de que él no es el paciente. Y gran parte de la labor del profesional consistirá en ir deshaciendo poco a poco esa posición con el fin de que el paciente se coloque en situación de asumir su saber y de hacerle frente para modificarlo o mejorarlo. Es decir, irá atenuando la asimetría de la relación terapéutica para posibilitar un fin de terapia adecuado. Aquí vemos por qué Lacan afirmaba que la adopción de una postura terapéutica conllevaba la adopción de una postura ética.
El problema aparece cuando el profesional se cree que él es el saber y asume la posición del "Sujeto supuesto saber" no como una actitud transitoria, sino como algo real. Entonces no es un lugar, sino que es algo fijo que sólo le pertenece al profesional, y no a todos los profesionales, sino únicamente a él mismo.
Cuando sucede ésto, tenemos una situación descrita por Foucault como una de las típicas que se dan en una microfísica del poder. Así, la relación terapéutica se convierte en asímetrica de una forma contínua y congelada. El paciente seguirá siendo un enfermo para el resto de su vida porque la propia actitud del profesional le imposibilita un acceso a su propio saber. El profesional se coloca en el lugar del saber asumiendo que él es ese saber, y, claro, la realidad es que el profesional no puede dar respuestas al paciente (porque el profesional no ha vivido la vida del paciente) dando lugar a dos consecuencias:
1) Círculo eterno que cada vez acentúa más el estigma hacia el paciente. Enfermo para siempre porque el profesional le impide acceder a la curación, a la vez el narcisismo satisfecho del profesional que pone sus fracasos terapéuticos en una supuesta "resistencia del paciente".
2) Violencia. Puesto que el profesional, al asumir la posición del saber como si él fuera el saber, tenderá cada vez más a decirle al paciente lo que tiene que hacer. Cuando una indicación dada por el profesional al paciente fracase, le dará otra (y a la vez le culpará de la ausencia de éxito). El profesional tenderá cada vez más a poner sus palabras en la conducta, el cuerpo, la vida del paciente. Ya dijo Lacan que "siempre es una violencia poner en boca del otro las propias palabras".
Esto que ocurre demasiado a menudo en las psicoterapias o en las consultas de salud mental se puede generalizar a la vida cotidiana. Desde la relación jefe-empleado, político-votante, médico-paciente a la relación entre dos personas cualesquiera en las que una de ellas asume el rol de científico, académico, culto o universitario mientras trata de imponer al otro sus ideas, sus palabras.

De Foucault tomaré la idea de que poder y saber están imbricados. Un sistema de poder produce ciertas ramas del saber. Un sistema de saber ejerce grandes cantidades de poder.
A lo largo de su obra Foucault muestra cómo un determinado sistema social produce ramas del conocimiento en base a regular y universalizar el poder de ese sistema sobre los individuos que lo componen. El logro de Foucault es explicitar cómo ese poder está presente en las áreas más pequeñas (que son las más íntimas y personales) de la relación social. Por ejemplo, en la relación que se produce en la consulta entre el psiquiatra y el loco, en la relación que se produce entre el juez y el acusado o entre las relaciones sexuales de las personas (cómo estas se regulan, cómo desde fuera se trata de imponer una "sexualidad sana"). Al centrarse en las parcelas más pequeñas donde el poder se produce y se hace patente, Foucault les dará el nombre genérico de "Microfísica del poder".
También a la inversa. No sólo el sistema social genera ciertos conocimientos o disciplinas (psiquiatría, criminología, sexología...) para ejercer el poder, sino que simultáneamente esas disciplinas producen y retroalimentan el poder del sistema social: el psiquiatra que impone su saber al loco y le excluye cada vez más o el juez que ya no juzga el acto delictivo, sino el "alma" del acusado con el fin de controlar conductas similares, con el fin de tratar de corregirlo permanentemente y que crea, sin darse cuenta, aún más exclusión.
Foucault deja bien claro que no sólo se producen efectos negativos de esta dinámica del poder. De hecho, en algunos puntos es necesaria.
La cuestión, por tanto, no es dinamitar el sistema social ni las disciplinas, sino hacerlas más humanas, hacerlas más éticas para el sujeto que las padece, al que controlan y se imponen.
Y para ello, desde mi punto de vista, es obligatoria la presencia de este sujeto de forma cada vez más patente, cada vez más fuerte.
En el sistema social que crea saberes y en los saberes que ejecutan el poder el crimen está en asumir plenamente, por parte de la persona que representa ese sistema y ese saber en un momento dado frente a otra persona, las dos ideas clave que he ido criticando a lo largo del texto:
1) Que el discurso de la disciplina dice la verdad de forma transparente y completa, por lo que no hay ningún otro discurso que explique y sea mejor que ese en la situación presente.
2) Que además la persona siente que, como ese saber es completo y ella lo tiene, ella es el saber y, por tanto, sus palabras son las únicas verdaderas y las que han de ser compartidas por la persona que tiene delante.

Así el discurso que debería crear lazo social, unión, reconocimiento mutuo, produce exclusión si la otra persona no se somete a él o no lo comparte.
Así el discurso pasa de ser puente entre personas a ser una herramienta de poder y de creación de obediencia ciega (a riesgo de ser condenado al ostracismo social, a riesgo de ser expulsado o excluido).
Yo no viví en la época de Lacan y Foucault, por lo que no experimenté el sistema en esos años. Lo que veo es esta época. Y mi experiencia profesional y personal me muestra cómo es constantemente habitual que una persona asuma completamente las dos características antes citadas y cómo las consecuencias derivadas de ellas, si no se asumen, se traducen en exclusión.
Lo veo en salud mental, en cómo sólo se permite una determinada práctica clínica consistente en imponer al paciente fármacos o técnicas. En cómo la desviación de ese patrón por parte del profesional se traduce en menores posibilidades de conseguir empleo, y por parte del paciente se traduce en justificar sus reacciones como "resistencias" y aumentar los fármacos o aumentar la intensidad de las técnicas.
Lo veo en el sistema sanitario, donde la gerencia carga al profesional de responsabilidad mientras le desautoriza y es incapaz de escucharle. Donde una persona en un puesto elevado asume ese puesto como parte de su ser y produce un poder sometedor y un saber "indiscutible". Dictaduras cada vez más consolidadas en la microfísica de ese poder.

Todo esto se embrolla cada vez más al añadirse la variable del "doble discurso". En el ámbito que conozco (sanidad pública y salud mental asociada a ella) se muestra de la siguiente forma:
Los profesionales (y gerentes y directores médicos y consejeros de sanidad) dicen, literalmente lo dicen, defender discursos que velan por el bienestar y la seguridad del paciente (discurso de la recuperación, de la reforma psiquiátrica, de la docencia de calidad para los residentes, discurso de la psicoterapia) y, sin embargo, hacen otra cosa. Sus conductas, sus actos son otros (imposición de fármacos y técnicas). Si no no se explicaría cómo aumentan cada vez más la prescripción y el consumo de psicofármacos, los ingresos en unidad de agudos por petición de familiares (con el fin de evitar reclamaciones), la normativización de los pacientes con técnicas que sólo modifican su conducta con objeto de alcanzar el ideal social de lo adecuado, la escasa calidad de la docencia de los residentes (destinados cada vez más a la atención de pacientes y cada vez menos a la formación en diferentes ámbitos de aplicación de los discursos que los profesionales dicen defender), las cada vez más numerosas investigaciones y publicaciones de recorte de recursos con la justificación de que es mejor para todos...
Este doble discurso entre lo que se dice hacer y lo que realmente se hace es consecuencia de la asunción de lo comentado previamente y a la vez un medio para defenderse, para que uno en la soledad de su subjetividad no se cuestione, no se pregunte sobre si su práctica es adecuada o no, no tenga problemas para mantener el nivel de vida con el que la ética económica premia a sus servidores.

Precisamente por eso el sujeto al que se le imponen prácticas y disciplinas ha de estar cada vez más presente en ellas siendo consciente de ellas con el fin de que él controle a éstas y no éstas a él y eso se hace de dos formas:
1) Luchar por una ética de las consecuencias y no por una ética de las "buenas intenciones". Llegados a este punto, la persona debe juzgar los actos, los hechos que a él le acontecen, de los que él es paciente, no justificarlos como se justifican ellos mediante "la intención era buena". Juzgar esos hechos consiste en decirlos, en hacerlos transparentes frente al discurso del que parten y frente a la persona que los representa. Decirlos, hablarlos, chillarlos. Llevar ante la justicia, la prensa o la persona que representa esa práctica de poder las conductas que ésta hace mientras dice defender otra cosa. No dar cuartel a las intenciones. Definir por los actos. Exigir responsabilidad por los actos y asociarse para lograrlo. Luchar de discurso a discurso, de grupo a poder, no de sujeto a discurso, no de sujeto a poder (ese es el inicio). El primer paso para lograr una ética de las consecuencias es hablar, no callar. Como estamos haciendo todos tan habitualmente. Nuestra palabra es nuestra verdad, nuestro saber, nuestro arma.
2) Autocrítica personal. Cuestionamiento personal. El cambio comienza en uno mismo y la chispa para el mismo es el interrogante constante sobre nuestras acciones, sobre nuestra práctica, sobre nuestro "supuesto saber". Esas preguntas hechas discurso nos unen a personas con las mismas inquietudes, personas que están en el mismo punto que nosotros. Cuando uno llega a la incógnita que siempre está presente en todos los discursos, en todos los "saberes", se torna ético, humilde, humano. Y en ese punto nace una fuerza imposible de doblegar socialmente. La fuerza del deseo, la fuerza del interrogante que es universalmente compartido. Así se crean lazos sociales sólidos y humanos. Así el discurso se torna lazo social a pesar de ser aparente.

Evidentemente, el precio de esto es la angustia. El peligro de la exclusión. Ya depende de cada uno asumirlo o no. Pero el único consuelo que encontraremos en la muerte es el creer haber obrado de la mejor forma posible. O lo que es lo mismo, el sentir haber vivido. Y la vida se puede traducir en una sucesión de actos en los que se asume el riesgo derivado de ellos para obtener no un mundo mejor (una persona es demasiado humilde e insignificante para eso), sino juzgarnos íntimamente un poco mejor.

Claro que todo esto puede sonar como muy idealista. Quizá lo sea, pero aún no conozco nada material producido por el ser humano que no haya sido antes una idea. Para los más escépticos dejaré mi último testimonio:
Siempre hay formas de hacer frente a la imposición.
Nadie hablará por mí si yo no lo permito.
Es mi vida, luego antes que nada mis palabras no las vuestras.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El segundo día entre la muerte

Lo que me sorprendió cuando vi a los enfermos terminales fue lo poquito que ocupaban en la cama.
Sobre esos desiertos plastificados recubiertos de sábanas ajadas que son las camas de hospital ellos parecen la más minúscula de las dunas. Sólo distinguibles por los abismos sin fondo en que se han covertido sus ojos, por el esfuerzo inapreciable, y precisamente por eso gigantesco, en que se vuelve cada una de sus respiraciones.
Incluso los que están completamente sedados o en coma muestran sufrimiento en el gesto inmóvil en que se ha petrificado su rostro.
Y esa violencia muda que son los tubos respiradores saliendo artificialmente de la carne de su garganta.
Querría caminar de lado en el pasillo y en las habitaciones por miedo a cortarme con la guadaña que parece navegar imparablemente por esa parte del hospital.

Puedo soportar eso. Puedo trabajar con eso. Joder, si fui allí, fue precisamente para observar eso, para comprender eso, para convivir con eso.
Pero hay otras cuestiones para las que no me siento preparado en absoluto y que van a convertir para mí ese infierno en un infierno dentro de otro.

Empezaré de menos a más.

En primer lugar, los médicos y la enfermería. Absolutamente humanos, absolutamente sensibles y dedicados en cuerpo, alma y vocación a esa rama de su profesión. Con características personales que envidiaría el más profesional de los clínicos que trabajan en salud mental. Precisamente eso hace que me sienta inútil. Además, centrados profesionalmente en el bienestar físico (y mentalmente en el emocional) de sus pacientes, crean un lenguaje poblado de terminología tipo PEG, perfusión, saturación, lesión hemática con filtración ventricular... que hace que mi lenguaje parezca abstracto y lejano, que hace que los términos con los que creía que mi profesión definía al ser humano parezcan inasibles, indeterminados y extranjeros. Así empiezo a sentirme fuera de lugar apenas llegar allí, a pesar de saber que me esperan (no a mí, sino a lo que represento) con ganas y con los brazos abiertos.

En segundo lugar, los psicólogos colaboradores de otras entidades. Allí trabajan por convenio con el hospital un par de psicólogos pertenecientes a fundaciones de obra social que viven con reticencia mi incorporación, como si yo fuera a quitarles pacientes tan importantes para ellos y su recogida de datos que justifican su presencia y su salario. Trabajan muy bien, se les nota la experiencia y la formación en este campo. Eso choca con la sensación que tengo de que los extraños allí son ellos, no yo. Yo soy el psicólogo residente, pero soy el primero que aparece por allí. Y late dentro de mí una rabia apagada por defender lo que considero propio del campo de mi especialidad. Eso nos obliga a ponernos de acuerdo y, quizá, a competir. Cuestión que me repugna y me repele. Se me da mal negociar, pero se me da peor competir. ¿Por qué no consigo hacer mi trabajo según el esquema que considero más adecuado?

En tercer lugar, la instauración de un programa de rotación para PIRES demasiado ambicioso y completo. A nivel manifiesto, he de lograr que eso se lleve a cabo y el hospital quede completamente satisfecho y convencido de la necesidad de un psicólogo clínico en cuidados paliativos. A nivel latente, he de lograr cumplir las expectativas que mi supervisora tiene y por las que ha luchado, junto con el cumplimiento y la completa satisfacción de la jefa de servicio de paliativos para que no se decepcione con las ganas que tiene de residentes de psicología trabajando allí. Si ya me cuesta sentirme seguro, el tener que cumplir expectativas que no son mías, que no dependen de mí y que no están definidas (me refiero especialmente a las latentes), hace que sienta temor y me paralice.

En cuarto lugar, yo mismo. La certeza completa que me lleva acompañando desde hace tiempo y que me asegura que no sé absolutamente nada, que además no sé enfrentarme a los problemas, que no soy creativo para buscar soluciones ni para investigar métodos nuevos. La sensación de que yo no sirvo para esta profesión, la pérdida casi completa que siento de la aplicación de mi profesión, la psicología, para cualquier ámbito en que ella dice ser eficiente. Esto unido a los tres puntos anteriores hace que me sienta temeroso y completamente indefenso. Hace que quiera evitar ir allí. No quiero ver cómo la realidad me refleja lo que yo ya sé que es así.

Así que esos cuatro puntos impiden que me dedique a lo que realmente quiero dedicarme y por lo que elegí la rotación en cuidados paliativos: observar la muerte, estudiarla, ayudar a alcanzar una mínima paz a los que se enfrentan a ella y ponerme en guardia ante la mía propia.
Creo que podría servir para eso, pero siento que no lo voy a poder desarrollar por todo lo que he explicado.
Me siento muy asustado. Muy incompetente.
Me siento muy muy cansado.
¿Por qué no habré elegido terminar a los tres años y no ampliar al cuarto?
¿Por qué me siento tan fuera de lugar ante los profesionales, los pacientes, las familias y ante mí mismo?
Todo será cuestión de ver cuánto aguanto antes de partirme, antes de romperme y abandonarlo todo, pues eso es lo que me pide con más insistencia mi pecho, esa es la idea que no para de repetirme mi mente.
Para.
Vete.
Vete.
No sirves, no puedes.
Vete, joder, vete lejos.
Vuelve a los libros y a la teoría. Eso no es arriesgado y ahí puedes creerte que sabes algo.
Vete.
VETE.