Y sus últimas palabras fueron para las personas que ostentaban el poder.
En esos momentos dio igual que algunos le hubieran llamado fantasma, inepto, idealista, ignorante y que otros le hubieran llamado visionario, valiente, humano.
En el momento en que uno muere es cuando las palabras salen sin destilar del alma. El cuerpo se desprende del lenguaje. Por eso muere.
El hombré habló así.
Desconfiad siempre de la persona que ostente una posición de poder, pues sus palabras serán mentiras, su verdad será la mentira, su voz estará hueca.
Tratará de convenceros de que le necesitais, de que no os podreis dirigir si no es a través de las correas que os atará al cuello.
Pondrá los precios que le convenga a vuestro trabajo, a vuestras ideas, a vuestro tiempo, y siempre será a la baja, pues la persona que está en una posición de poder siempre querrá más.
Dirá que sus leyes son las más humanas y las más justas, que deben ser respetadas por todos, salvo por él mismo, pero esto último jamás lo pronunciará, pues la persona que ostenta el poder justifica el estar en dicha posición por defender vuestros intereses por encima de los suyos.
Recordad que siempre miente.
Que esa persona suele llamarse político, banquero, empresario, policía, sacerdote, juez, consultor o gestor.
Lo común a todos es que han hecho del lenguaje un siervo más y no su ser.
Que se nombran a sí mismos defensores, que se creen ellos mismos los garantes del orden social. Pero sólo miran por sí mismos.
Durante todas las épocas históricas, fueran cuales fueran los materiales que expresaran los valores más importantes de ese momento, las personas que ostentaban el poder siempre se los han quedado para sí: La cultura, la tierra, el tiempo, el dinero, el cuerpo.
Así, con su ignorancia no enmendada a lo largo de siglos, las personas en el poder permanecen solas, porque el poder es otra cosa más que ensancha el vacío constitutivo del ser humano.
Porque acaparan y precisamente por ello no saben compartir.
Al final la muerte les espera, como a todos, pero morirán ya apagados. Ahorradles ese sufrimiento. Compadeceos de ellos, ya que Nietzsche definió la compasión como el mayor desprecio que se le puede hacer a un ser humano. Y después matadles.
Que su sangre inunde vuestras manos, pues sus leyes sólo pueden ser borradas con su sangre, ya que con la vuestra las escribieron ellos.
Os arrebataron lo más íntimo de vosotros.
Os robaron vuestro nombre y os impusieron el suyo.
Os quitaron vuestro cuerpo para moldearlo según sus cánones, con el fin de convertirlo en una máquina de obediencia ciega.
Encarcelaron vuestro deseo y lo sustituyeron por vuestro trabajo.
Poco a poco las migajas que os fueron concediendo y por las que vuestros ancestros murieron os las están arrancando de nuevo.
Ellos son odiosos. No merecen la vida, puesto que sólo ejercen la muerte.
Tienen tanto miedo que necesitan de policías y soldados que les protejan, que sieguen vuestras vidas para preservar miserablemente la suya.
Mientras vuestros hijos mendigan, los suyos se colman en un éxtasis de exceso material.
Mientras os desnudan, se visten con mil capas de vuestras prendas.
Mientras os deshaucian, subastan vuestro hogar o lo dejan pudrirse vacío y sin vida, enmoheciendo bajo capas de polvo.
Como ellos. La persona que ostenta el poder siempre es vieja.
La mayoría de las veces su cuerpo también será viejo, anquilosado de canas y arrugas, de calvicie y dientes postizos.
Las pocas personas en el poder jóvenes de cuerpo, siempre son viejas de espíritu. Temen al mundo, temen los cambios porque temen la vida.
¿Queréis ser gobernados por un ejército decrépito? ¿Queréis que la senilidad decida vuestro futuro, vuestras condiciones de posibilidad de devenir humanos, que impidan desarrollar vuestra rabia para crear vida?
Vosotros les manteneis allí.
De vosotros nace su poder.
De vuestro acuerdo tácito, de vuestro silencio, de vuestro asentimiento.
Habéis hecho vuestro su miedo y creeis que perdereis lo poco que teneis.
Abrid los ojos del corazón.
Nunca habeis tenido nada. Vuestros objetos no son vuestros, no sois vosotros.
Sois esclavos de su miedo y de su fachada.
Mereceis algo mejor, siempre lo habeis merecido.
Mereceis no suplicar por estudiar ni por ser cuidados, pues vosotros sois el Estado. No ellos.
Mereceis no asesinar vuestra vida por un hogar.
Mereceis desplegaros y devorarlos pero no para ocupar su sitio, sino para demoler su trono.
Mereceis mirarles por encima del hombro, pues vosotros sois los grandes.
Mereceis cuestionarles y arrinconarles.
Mereceis su muerte como la única disculpa válida por sus excesos.
Vuestra ética ha de ser la ética del deseo (lo cual no quiere decir ética de satisfacción del deseo. El deseo es deseo porque siempre está insatisfecho) y no la de trabajar para ellos.
Cuanta más violencia ejerzan contra vosotros, más razón de ser os están dando.
Cuantas más cargas policiales os dirijan, mejor lo estaréis haciendo.
Los policías y los soldados de verdad son los que se alzarán a vuestro lado. Los que se cuestionan y cuestionan su esclavitud.
Os llamarán anarquistas y antisistema. Pero sabeis, como bien decís, que es el sistema el que es antivosotros.
Os gritarán que sois antisistema. Pero ellos no saben lo que es un sistema. Un sistema es cooperación entre las distintas partes que lo componen. Un sistema integra una ética y permite el desarrollo subjetivo y único. Acepta las minorías. Respeta a las personas. Distribuye su energía (riqueza) de la misma forma entre sus componentes. Ellos son los antisistema, pues ellos no defienden ningún sistema. Sólo su propio egoísmo, sólo su propia satisfacción.
Y les manteneis allí.
Pero podeis destrozarlos cuando queráis.
¿Acaso hemos perdido la humanidad con los objetos y la novedad?
¿Acaso no sangraremos por un rayo de luz, por una gota de agua, por verles temblar, por sentir sus lágrimas?
La anarquía no significa sin leyes, sino gobierno de sí. Las propias leyes. Leyes éticas.
La anarquía no significa sin poder, sino poder distribuido de otra forma, respetando al sujeto.
La anarquía es una utopía, pero vive Dios que las utopías mueven el mundo.
La anarquía es vuestro impulso, no vuestra meta.
La meta debe ser su muerte.
La meta debe ser vuestro renacimiento.
Así murió el último filósofo del mundo.
Así murió el único político del mundo, el que jamás quiso el poder que tenía, que no lo ejerció salvo para matarse a sí mismo.
Y quizá con ello comenzara a dar vida a otras personas, a otros movimientos, a otros cuerpos.
domingo, 15 de abril de 2012
lunes, 2 de abril de 2012
Despedida (Homenaje a Khalil Gibran)
Hoy, aquí reunidos, me estáis viendo marchar.
Vuestros ojos son puñales de lágrimas
que lloran a través de los míos.
Debéis saber pues, en la despedida,
varias palabras, varios sentidos.
No hay problemas grandes,
sólo encuentros pequeños.
Tampoco hay ofensas que sangren,
sólo personas débiles,
difusas; sólo corazones frágiles.
En el mediodía de la madrugada
os preguntaréis por vosotros
mientras recordáis el rostro
de otro,
la música de otra mirada
que no es la vuestra,
la calidez de una voz
que os es extraña
a la par que íntima.
Y será siempre en el cenit
del llanto más amargo
donde hallaréis un sentido
a la palabra libertad.
Quizá no sea un sentido universal
ni compartido.
Pero será un sentido.
El vuestro. Y eso lo hace único
y mortal.
"Morimos de amor" decís con pena
cuando deberíais gritarlo con orgullo.
Pues ninguna vida está llena
sin la única muerte plena.
Desprendido de mí encuentro mi voz.
¿Importa acaso que me engañe pensando
que busco algo de mí en otro?
¿Importa quizá que mi enamoramiento
sea un reflejo de mi propia imagen en otro?
Si lo único cierto, lo único válido,
lo único que me hace humano es ese encuentro
roto
con otro.
Yo, que nunca fui maestro de nada
ni sabio, ni poeta
aprendí de vuestros versos,
los que escribistéis con acciones,
aprendí vuestras lecciones
de humildad y placidez.
Lloráis por mi partida,
mas soy yo quien se rompe
al perderos
y al escribiros eternamente
en mis recuerdos.
Vuestros ojos son puñales de lágrimas
que lloran a través de los míos.
Debéis saber pues, en la despedida,
varias palabras, varios sentidos.
No hay problemas grandes,
sólo encuentros pequeños.
Tampoco hay ofensas que sangren,
sólo personas débiles,
difusas; sólo corazones frágiles.
En el mediodía de la madrugada
os preguntaréis por vosotros
mientras recordáis el rostro
de otro,
la música de otra mirada
que no es la vuestra,
la calidez de una voz
que os es extraña
a la par que íntima.
Y será siempre en el cenit
del llanto más amargo
donde hallaréis un sentido
a la palabra libertad.
Quizá no sea un sentido universal
ni compartido.
Pero será un sentido.
El vuestro. Y eso lo hace único
y mortal.
"Morimos de amor" decís con pena
cuando deberíais gritarlo con orgullo.
Pues ninguna vida está llena
sin la única muerte plena.
Desprendido de mí encuentro mi voz.
¿Importa acaso que me engañe pensando
que busco algo de mí en otro?
¿Importa quizá que mi enamoramiento
sea un reflejo de mi propia imagen en otro?
Si lo único cierto, lo único válido,
lo único que me hace humano es ese encuentro
roto
con otro.
Yo, que nunca fui maestro de nada
ni sabio, ni poeta
aprendí de vuestros versos,
los que escribistéis con acciones,
aprendí vuestras lecciones
de humildad y placidez.
Lloráis por mi partida,
mas soy yo quien se rompe
al perderos
y al escribiros eternamente
en mis recuerdos.
miércoles, 21 de marzo de 2012
Sudor en la voz
Había sudor en su voz.
Jadeos de fatiga y agonía goteaban.
Sudor de llanto inacabado,
fragmentos líquidos de resignación.
Gota a gota se diluían los sonidos.
Su susurro era un charco sucio de sol.
Su grito era una ola evaporada de sal.
Si las rocas ya eran agua en las palabras,
¿cómo salir seco de su conversación?
Porque había sudor en su voz.
Y calaba.
Cada sílaba.
Llovían fonemas que empapaban mi ser,
ese que siempre estuvo en el lenguaje.
Voz líquida de sudor,
igual de salada, igual de humana.
Había sudor en su voz.
Su voz olía a sudor.
A trabajo gastador
de vida, devorador
de tiempo.
Capitalismo desollador
de afectos.
Así sudaba su voz.
Se le iban los sueños,
húmedos de esfuerzo.
Se licuaba lo que quiso ser
y lo que no dio
en el hueco desangelado
de un sonido sudoroso.
Intenté abrazar su voz.
Casi me mata el escozor,
casi me ahogo en su sudor.
Ojalá pudiera congelarla
en piedra helada,
sólo para que sus palabras
pesaran,
y fueran algo más que líquido
derramado,
ya a punto de evaporarse.
Que fueran algo más que olvido.
Y que esa piedra grabara los motivos
que hacen del sudor
la parte medible del desgaste,
lo visible de la muerte y su proceso,
la inasibilidad de la voz.
Ojalá esa piedra conservara la corrosión
de lo que nunca quisimos ver
y que nos hace menos que humanos: dioses.
Jadeos de fatiga y agonía goteaban.
Sudor de llanto inacabado,
fragmentos líquidos de resignación.
Gota a gota se diluían los sonidos.
Su susurro era un charco sucio de sol.
Su grito era una ola evaporada de sal.
Si las rocas ya eran agua en las palabras,
¿cómo salir seco de su conversación?
Porque había sudor en su voz.
Y calaba.
Cada sílaba.
Llovían fonemas que empapaban mi ser,
ese que siempre estuvo en el lenguaje.
Voz líquida de sudor,
igual de salada, igual de humana.
Había sudor en su voz.
Su voz olía a sudor.
A trabajo gastador
de vida, devorador
de tiempo.
Capitalismo desollador
de afectos.
Así sudaba su voz.
Se le iban los sueños,
húmedos de esfuerzo.
Se licuaba lo que quiso ser
y lo que no dio
en el hueco desangelado
de un sonido sudoroso.
Intenté abrazar su voz.
Casi me mata el escozor,
casi me ahogo en su sudor.
Ojalá pudiera congelarla
en piedra helada,
sólo para que sus palabras
pesaran,
y fueran algo más que líquido
derramado,
ya a punto de evaporarse.
Que fueran algo más que olvido.
Y que esa piedra grabara los motivos
que hacen del sudor
la parte medible del desgaste,
lo visible de la muerte y su proceso,
la inasibilidad de la voz.
Ojalá esa piedra conservara la corrosión
de lo que nunca quisimos ver
y que nos hace menos que humanos: dioses.
martes, 20 de marzo de 2012
Sobre la pulsión
- Hay dos caminos para llegar hasta dios. - Dijo el asesino. - La virtud y el pecado. El primero es el más complicado y tampoco te garantiza su encuentro. El segundo es el más humano y te obliga a enfrentarte a él, ya que si nadie nos juzga, ¿cómo podremos arrepentirnos de nosotros mismos?
- Debes saber también - comentó el violador - que la esclavitud es una palabra soldada a la carne. Otras palabras, si las quieres, deberás tú incorporarlas a tu físico (amor, música, humanidad...), pero esclavitud ya viene cosida a tu cuerpo. Te dirán también que puedes ser libre. Incluso habrá algunos que traten de convencerte de que la libertad es consustancial al ser humano. Pero ten presente que lo más humano siempre porta dos filos, siempre viene en parejas, amor-odio, placer-dolor, luz-sombra, libertad-esclavitud. Recuerda: esclavitud es la palabra que amarra tu cuerpo, que lo suelda y lo traspasa. El único privilegio que tienes, si es que puedes alcanzarlo, es cambiar su nombre, pero jamás borrarla.
- Escucha - susurró el caníbal. - Demasiadas veces oirás que una mujer es respuesta para un hombre y un hombre lo es para una mujer. No olvides nunca que todo lo que las personas entienden por amor es la forma más elegante (y más ignorante) de devorarse a sí mismas. Se comen entre ellos y se quedan cojos, pero si se comieran su propio cuerpo, darían dentelladas de vacío y si se comieran su propio ser, quedarían mudos. Por eso piensan que mejor cojos que muertos de hambre o mudos.
- Ten en mente - gorjeó el loco - que la mayoría de los hombres temen el suicidio aunque sólo sea una palabra, pues la fuerza al lenguaje le viene por su asociación con el acto y la cosa. Lo sé porque he roto el mío para poder hablar en vez de ser hablado. Por eso les doy miedo. Por eso sólo yo puedo hablar de suicidio. Has de saber que si te suicidas, abres un agujero en el mundo. O, más bien, te vuelves del revés y haces que todo el mundo pueda ver tu hueco, tu abismo vacío. Y eso les asusta, porque les haces ver que realmente todos somos vacío y muerte. ¡Ah, se me olvidaba! Sólo hay un suicidio puramente humano y nunca es por otra persona y nunca es por un ideal. El único suicidio que debes permitirte, si es que aspiras a llamarte algún día hombre, es aquel que toma la forma de una carcajada sarcástica. Tu suicidio va a dejar la visión de la rasgadura humana, del agujero que portan todas las personas. Por tanto, debe dejar también tras de sí el sonido de la risa, pero no de cualquiera. Debe ser la tuya.
En el claro se hizo entonces el silencio, sólo cuarteado por el crepitar de la hoguera de corazones. El humo negro tapaba la luna.
El niño miró a los cuatro congregados que le habían regalado generosamente unas palabras que apenas comprendía.
Pero que sabía ciertas precisamente porque le asustaban.
Se levantó y les dio las gracias. Bajó los párpados tratando de ver el camino que le conduciría de vuelta al mundo de los hombres. Ese mundo para el que una persona, ahora ya muerta, había inventado una palabra: "extimidad". Lo más íntimo es lo más ajeno y lo más extraño, lo más externo es lo más íntimo.
El niño no sabía eso, pero lo sentía.
También sentía una profunda pena porque comenzaba a comprender que ser humano consiste en alcanzar el vacío tratando de evitar la muerte o en alcanzar la muerte tratando de evitar el vacío.
Dentro de unos años, cuando hubiera encontrado las palabras adecuadas, ese niño que acababa de conversar con lo que más repulsión y miedo le daba de sí mismo, diría delante de un auditorio agotado, delante de decenas de personas grises que el ser humano está condenado a encontrarse con el deseo cuando persigue la pulsión y a encontrarse con la pulsión cuando persigue al deseo.
Y no hay salida.
Pero hay carne, hay dios, hay suicidio y hay esclavitud.
También hay amor, dirá contemplando esos rostros cenicientos.
Pero creo que ninguno lo habéis encontrado todavía.
Entonces el asesino apagará el micrófono.
El violador beberá un sorbo de agua.
El caníbal recogerá los papeles.
Y el loco bajará del escenario.
Pero será el niño el que responda las preguntas.
- Debes saber también - comentó el violador - que la esclavitud es una palabra soldada a la carne. Otras palabras, si las quieres, deberás tú incorporarlas a tu físico (amor, música, humanidad...), pero esclavitud ya viene cosida a tu cuerpo. Te dirán también que puedes ser libre. Incluso habrá algunos que traten de convencerte de que la libertad es consustancial al ser humano. Pero ten presente que lo más humano siempre porta dos filos, siempre viene en parejas, amor-odio, placer-dolor, luz-sombra, libertad-esclavitud. Recuerda: esclavitud es la palabra que amarra tu cuerpo, que lo suelda y lo traspasa. El único privilegio que tienes, si es que puedes alcanzarlo, es cambiar su nombre, pero jamás borrarla.
- Escucha - susurró el caníbal. - Demasiadas veces oirás que una mujer es respuesta para un hombre y un hombre lo es para una mujer. No olvides nunca que todo lo que las personas entienden por amor es la forma más elegante (y más ignorante) de devorarse a sí mismas. Se comen entre ellos y se quedan cojos, pero si se comieran su propio cuerpo, darían dentelladas de vacío y si se comieran su propio ser, quedarían mudos. Por eso piensan que mejor cojos que muertos de hambre o mudos.
- Ten en mente - gorjeó el loco - que la mayoría de los hombres temen el suicidio aunque sólo sea una palabra, pues la fuerza al lenguaje le viene por su asociación con el acto y la cosa. Lo sé porque he roto el mío para poder hablar en vez de ser hablado. Por eso les doy miedo. Por eso sólo yo puedo hablar de suicidio. Has de saber que si te suicidas, abres un agujero en el mundo. O, más bien, te vuelves del revés y haces que todo el mundo pueda ver tu hueco, tu abismo vacío. Y eso les asusta, porque les haces ver que realmente todos somos vacío y muerte. ¡Ah, se me olvidaba! Sólo hay un suicidio puramente humano y nunca es por otra persona y nunca es por un ideal. El único suicidio que debes permitirte, si es que aspiras a llamarte algún día hombre, es aquel que toma la forma de una carcajada sarcástica. Tu suicidio va a dejar la visión de la rasgadura humana, del agujero que portan todas las personas. Por tanto, debe dejar también tras de sí el sonido de la risa, pero no de cualquiera. Debe ser la tuya.
En el claro se hizo entonces el silencio, sólo cuarteado por el crepitar de la hoguera de corazones. El humo negro tapaba la luna.
El niño miró a los cuatro congregados que le habían regalado generosamente unas palabras que apenas comprendía.
Pero que sabía ciertas precisamente porque le asustaban.
Se levantó y les dio las gracias. Bajó los párpados tratando de ver el camino que le conduciría de vuelta al mundo de los hombres. Ese mundo para el que una persona, ahora ya muerta, había inventado una palabra: "extimidad". Lo más íntimo es lo más ajeno y lo más extraño, lo más externo es lo más íntimo.
El niño no sabía eso, pero lo sentía.
También sentía una profunda pena porque comenzaba a comprender que ser humano consiste en alcanzar el vacío tratando de evitar la muerte o en alcanzar la muerte tratando de evitar el vacío.
Dentro de unos años, cuando hubiera encontrado las palabras adecuadas, ese niño que acababa de conversar con lo que más repulsión y miedo le daba de sí mismo, diría delante de un auditorio agotado, delante de decenas de personas grises que el ser humano está condenado a encontrarse con el deseo cuando persigue la pulsión y a encontrarse con la pulsión cuando persigue al deseo.
Y no hay salida.
Pero hay carne, hay dios, hay suicidio y hay esclavitud.
También hay amor, dirá contemplando esos rostros cenicientos.
Pero creo que ninguno lo habéis encontrado todavía.
Entonces el asesino apagará el micrófono.
El violador beberá un sorbo de agua.
El caníbal recogerá los papeles.
Y el loco bajará del escenario.
Pero será el niño el que responda las preguntas.
viernes, 2 de marzo de 2012
Tormentas
Hay belleza en la tormenta.
En todas las tormentas.
Las del cielo rompen el aire para crearlo nuevo, primero, líquido.
Las del alma reducen a astillas imágenes obsoletas y ya carcomidas
para ligarla a otras menos duras, más completas, si es que esa palabra
aún puede ser pronunciada.
Otros dirían que más maduras.
Pero madura sólo está la fruta, no el hombre, no el alma. Nunca.
Recuerdo haber provocado una tormenta
cuando tocaba el laúd en el castillo de rubí.
Era otra vida y era un niño todavía.
Aún lo sigo siendo.
Aún lloro por las noches
(suaves réplicas de tormentas).
Aún me desbordan las preguntas,
unicamente las que no esperan la respuesta cierta,
sino la bonita,
la que hace soñar.
La respuesta que siendo mentira
crea la verdad humana.
Quizá por eso Pessoa supiera que el poeta es un fingidor.
El reverso de esa frase es que es un fingidor
porque no dice la verdad.
La crea.
Mientras tocaba el laúd en el castillo de rubí
se desataba la tormenta.
Y no podía ser de otra forma cuando se toca
para la muerte.
Yo quería ver bailar a la muerte.
Darle un motivo para justificar su eterna sonrisa.
Entonces habló la estatua:
"La armonía está llena de huecos.
Si amas la música, sólo tienes que dejarte caer
por los adecuados".
Creo que fue en ese momento cuando supe
que mi corazón siempre había sido un dragón
que aun dormido exhalaba fuego.
La tormenta de esa vida
me trajo a esta.
Y me trajo desnudo.
Desde entonces no puedo evitar sentir que la vida
nos encuentra desnudos
sólo por el hecho de que la muerte
nos deja así.
"¿Qué es morir sino erguirse desnudo?"
preguntaba el poeta árabe.
Supongo que nacer sería una respuesta
tan buena como cualquier otra
que tomara la forma de palabra.
También hay tormentas de palabras.
Son los gritos y los alaridos del vacío humano
que misteriosamente han logrado investirse de sentido.
Si tantos siglos hemos tardado en poder hacer eso,
¿por qué nos empeñamos en taparlos con discursos vacíos?
Una tormenta de palabras también desnuda al ser humano.
¿Para qué vestirlo con vacíos que nunca fueron suyos privándole del que realmente le pertenece?
Claro. Si estamos vestidos, si nos cubrimos con prendas, con palabras, con objetos que sólo son distintos en número, no en forma, entonces nos sabemos inmortales.
Y ese saber es el que nos mata.
Un francés que hablaba no sé qué de psicoanálisis gastó toda la vida tratando de mostrar que el saber no debe (no puede) ser identificado con la verdad.
Dije que era un niño mientras tocaba el laúd
en el castillo de rubí y se desataba la tormenta.
No tengo tiempo para contar cómo llegué allí,
qué significaba que fuera de rubí y que la muerte habitara en él,
pero sí diré que también mencioné mi corazón.
No tengo tiempo para explicar cómo ascendí por la montaña de las manos
que hablaban con el aire,
ni cómo tuve que jugar una partida de ajedrez contra una lágrima de mujer
(perdí, por supuesto).
No tengo tiempo para describir cómo fue ver amanecer el mundo de entre
las olas de tierra que fue carne,
ni cómo fue mi encuentro con la raza de personas que nacían de la música
y morían transformadas en partituras.
Sí, sé que podría ser un cuento entretenido pero
¿qué me hace pensar que no es esta vida el cuento que cuento
para la muerte con mi laúd en el castillo de rubí donde se desata la tormenta?
Suena la música.
Baila la muerte.
Habla la estatua.
Late el rubí.
Me pierdo entre los huecos de la armonía
y del vacío sale su música.
Si sólo pudiera trazar el silencio que dio forma al lenguaje
tal vez al pronunciar su nombre, el de ella,
quedara yo totalmente soldado a su significado.
Ahora veo que es eso lo que buscan los labios.
Ahora veo que así nacieron los besos.
Comienza la tormenta de ellos.
En todas las tormentas.
Las del cielo rompen el aire para crearlo nuevo, primero, líquido.
Las del alma reducen a astillas imágenes obsoletas y ya carcomidas
para ligarla a otras menos duras, más completas, si es que esa palabra
aún puede ser pronunciada.
Otros dirían que más maduras.
Pero madura sólo está la fruta, no el hombre, no el alma. Nunca.
Recuerdo haber provocado una tormenta
cuando tocaba el laúd en el castillo de rubí.
Era otra vida y era un niño todavía.
Aún lo sigo siendo.
Aún lloro por las noches
(suaves réplicas de tormentas).
Aún me desbordan las preguntas,
unicamente las que no esperan la respuesta cierta,
sino la bonita,
la que hace soñar.
La respuesta que siendo mentira
crea la verdad humana.
Quizá por eso Pessoa supiera que el poeta es un fingidor.
El reverso de esa frase es que es un fingidor
porque no dice la verdad.
La crea.
Mientras tocaba el laúd en el castillo de rubí
se desataba la tormenta.
Y no podía ser de otra forma cuando se toca
para la muerte.
Yo quería ver bailar a la muerte.
Darle un motivo para justificar su eterna sonrisa.
Entonces habló la estatua:
"La armonía está llena de huecos.
Si amas la música, sólo tienes que dejarte caer
por los adecuados".
Creo que fue en ese momento cuando supe
que mi corazón siempre había sido un dragón
que aun dormido exhalaba fuego.
La tormenta de esa vida
me trajo a esta.
Y me trajo desnudo.
Desde entonces no puedo evitar sentir que la vida
nos encuentra desnudos
sólo por el hecho de que la muerte
nos deja así.
"¿Qué es morir sino erguirse desnudo?"
preguntaba el poeta árabe.
Supongo que nacer sería una respuesta
tan buena como cualquier otra
que tomara la forma de palabra.
También hay tormentas de palabras.
Son los gritos y los alaridos del vacío humano
que misteriosamente han logrado investirse de sentido.
Si tantos siglos hemos tardado en poder hacer eso,
¿por qué nos empeñamos en taparlos con discursos vacíos?
Una tormenta de palabras también desnuda al ser humano.
¿Para qué vestirlo con vacíos que nunca fueron suyos privándole del que realmente le pertenece?
Claro. Si estamos vestidos, si nos cubrimos con prendas, con palabras, con objetos que sólo son distintos en número, no en forma, entonces nos sabemos inmortales.
Y ese saber es el que nos mata.
Un francés que hablaba no sé qué de psicoanálisis gastó toda la vida tratando de mostrar que el saber no debe (no puede) ser identificado con la verdad.
Dije que era un niño mientras tocaba el laúd
en el castillo de rubí y se desataba la tormenta.
No tengo tiempo para contar cómo llegué allí,
qué significaba que fuera de rubí y que la muerte habitara en él,
pero sí diré que también mencioné mi corazón.
No tengo tiempo para explicar cómo ascendí por la montaña de las manos
que hablaban con el aire,
ni cómo tuve que jugar una partida de ajedrez contra una lágrima de mujer
(perdí, por supuesto).
No tengo tiempo para describir cómo fue ver amanecer el mundo de entre
las olas de tierra que fue carne,
ni cómo fue mi encuentro con la raza de personas que nacían de la música
y morían transformadas en partituras.
Sí, sé que podría ser un cuento entretenido pero
¿qué me hace pensar que no es esta vida el cuento que cuento
para la muerte con mi laúd en el castillo de rubí donde se desata la tormenta?
Suena la música.
Baila la muerte.
Habla la estatua.
Late el rubí.
Me pierdo entre los huecos de la armonía
y del vacío sale su música.
Si sólo pudiera trazar el silencio que dio forma al lenguaje
tal vez al pronunciar su nombre, el de ella,
quedara yo totalmente soldado a su significado.
Ahora veo que es eso lo que buscan los labios.
Ahora veo que así nacieron los besos.
Comienza la tormenta de ellos.
martes, 28 de febrero de 2012
Rabia, desesperación
Creo que jamás he tenido vocación de héroe.
De suicida sí, siempre. Como ella, que me mostró el camino.
Hoy es uno de esos días en los que quiero destrozar el mundo y, sobre todo, quiero destrozar lo que quiero, lo que me parece bello.
Quiero destrozar mediante palabras porque aún tengo miedo de que la sangre rebose por mis manos y no pueda detener la muerte.
Años de estudio, años de trabajo. He desperdiciado la juventud.
Como la mayoría de los de mi generación que hemos hipotecado nuestra juventud a un Euríbor demasiado variable, a un tipo de interés demasiado negro.
Tal vez los lamentos de los demás estén justificados.
Los míos nunca, pues si volviera a ser joven, volvería a desperdiciar mi juventud, probablemente no estudiando, pero sí sin disfrutarla.
Hay personas que tienen la capacidad de disfrutar de la belleza, de los pequeños detalles de la vida, de los breves paseos entre el lugar de trabajo y la parada del autobús, de la luz invernal mudando en primavera. Pero yo no.
Envidio a esas personas porque reflejan mi carencia.
Yo no disfruto de la belleza. Yo veo el mundo descomponerse y vomitarse a sí mismo una y otra vez. Veo a las personas pudrirse por dentro, ser meras máquinas corporales productoras de excrementos y aliento ácido.
Ahora a la visión color sangre y mortificante del mundo se añade a mi pecho el océano de incertidumbre y el precio de años de formación. El paro, el sinsentido, la vuelta al hogar con el estigma del fracaso grapado a los labios.
A la puta mierda.
A la puta mierda las palabras que dicen que no sé de qué hablo.
A la puta mierda las palabras que tienen los santos cojones de decirme que tenga esperanza, que nunca se sabe.
A la puta mierda las palabras que me dicen que tengo que relacionarme, que tengo que salir.
Si no me reconozco, si ya estoy desarraigado de todo vínculo de afecto y cariño.
¿Quién os creéis que sois?
Le hablais de esperanza al poeta de la muerte.
Le hablais de aguante y de coraje al poeta de la cobardía.
y ese poeta tiene los odiosos huevos de hablar de sabiduría y estudio a este remedo de hombre, a este deshecho humano que lo único que sabe de sí mismo es que es un agujero incrustado en la existencia.
Y como todo agujero, todo lo que se vuelca en él desaparece en la negrura nocturna de la muerte y el vacío.
Es muy fácil hablar de Lacan desde la seguridad de un puesto de trabajo.
Es muy fácil hablar de Foucault desde el refugio de una plaza pública.
Es muy fácil hablar de ciencia desde el parapeto de un salario mensual, de una casa pagada, de una familia formada.
Y es admirable hacerlo.
Pero aquí abajo, donde el brillo de la Ciencia y la Filosofía llega ensombrecido (y quizá por ello más apetecible), las cosas son distintas.
Agarrarse a los maestros de la hiancia, del hueco y de la falsedad del discurso sólo provoca estragos.
Desde ellos me doy cuenta, cuando me encuentro frente a frente con el paciente, de la inutilidad de todo.
Que es lo mismo que decir que me doy cuenta de mi inutilidad.
Del agujero tan enorme que palpita en mi corazón para comprender al sujeto humano y en mi cerebro para poder adquirir un saber.
No es extraño que haya confundido mi profesión.
Si ya nací en un momento equivocado, si mi nombre no es el mío, si mi cuerpo me regala placas rojas y escamosas en la piel, si soy la mentira constante. El mundo me rechaza, yo rechazo al mundo y a mí mismo.
A Schopenhauer se le acusa de pesimista sin remedio porque no fue capaz de transformar en creación la voluntad que está en la base del mundo y la persona. Nietzsche enloqueció al hablar de moral y, sobre todo, del hombre.
Freud se parapetaba tras estatuillas y figuritas en su mesa de escritorio para protegerse de lo que él mismo había descubierto.
El ser humano devora. Aunque a veces (la mayoría) no utilice los dientes.
Así que que le den por el culo a aquellos que hablan de optimismo o de ser capaces de recrearse en la propia vida.
Sólo hay muerte.
Muerte.
La vida es un rodeo hacia la misma.
Que jodan a Lacan, a Foucault, a Freud y a cualquiera que esté respirando o que haya o habrá respirado.
Hoy el veneno que me define me ha desbordado por los ojos.
Y sólo veo el mundo envenenado
y el corazón de los hombres envenenado.
Hoy sólo veo la verdad.
De suicida sí, siempre. Como ella, que me mostró el camino.
Hoy es uno de esos días en los que quiero destrozar el mundo y, sobre todo, quiero destrozar lo que quiero, lo que me parece bello.
Quiero destrozar mediante palabras porque aún tengo miedo de que la sangre rebose por mis manos y no pueda detener la muerte.
Años de estudio, años de trabajo. He desperdiciado la juventud.
Como la mayoría de los de mi generación que hemos hipotecado nuestra juventud a un Euríbor demasiado variable, a un tipo de interés demasiado negro.
Tal vez los lamentos de los demás estén justificados.
Los míos nunca, pues si volviera a ser joven, volvería a desperdiciar mi juventud, probablemente no estudiando, pero sí sin disfrutarla.
Hay personas que tienen la capacidad de disfrutar de la belleza, de los pequeños detalles de la vida, de los breves paseos entre el lugar de trabajo y la parada del autobús, de la luz invernal mudando en primavera. Pero yo no.
Envidio a esas personas porque reflejan mi carencia.
Yo no disfruto de la belleza. Yo veo el mundo descomponerse y vomitarse a sí mismo una y otra vez. Veo a las personas pudrirse por dentro, ser meras máquinas corporales productoras de excrementos y aliento ácido.
Ahora a la visión color sangre y mortificante del mundo se añade a mi pecho el océano de incertidumbre y el precio de años de formación. El paro, el sinsentido, la vuelta al hogar con el estigma del fracaso grapado a los labios.
A la puta mierda.
A la puta mierda las palabras que dicen que no sé de qué hablo.
A la puta mierda las palabras que tienen los santos cojones de decirme que tenga esperanza, que nunca se sabe.
A la puta mierda las palabras que me dicen que tengo que relacionarme, que tengo que salir.
Si no me reconozco, si ya estoy desarraigado de todo vínculo de afecto y cariño.
¿Quién os creéis que sois?
Le hablais de esperanza al poeta de la muerte.
Le hablais de aguante y de coraje al poeta de la cobardía.
y ese poeta tiene los odiosos huevos de hablar de sabiduría y estudio a este remedo de hombre, a este deshecho humano que lo único que sabe de sí mismo es que es un agujero incrustado en la existencia.
Y como todo agujero, todo lo que se vuelca en él desaparece en la negrura nocturna de la muerte y el vacío.
Es muy fácil hablar de Lacan desde la seguridad de un puesto de trabajo.
Es muy fácil hablar de Foucault desde el refugio de una plaza pública.
Es muy fácil hablar de ciencia desde el parapeto de un salario mensual, de una casa pagada, de una familia formada.
Y es admirable hacerlo.
Pero aquí abajo, donde el brillo de la Ciencia y la Filosofía llega ensombrecido (y quizá por ello más apetecible), las cosas son distintas.
Agarrarse a los maestros de la hiancia, del hueco y de la falsedad del discurso sólo provoca estragos.
Desde ellos me doy cuenta, cuando me encuentro frente a frente con el paciente, de la inutilidad de todo.
Que es lo mismo que decir que me doy cuenta de mi inutilidad.
Del agujero tan enorme que palpita en mi corazón para comprender al sujeto humano y en mi cerebro para poder adquirir un saber.
No es extraño que haya confundido mi profesión.
Si ya nací en un momento equivocado, si mi nombre no es el mío, si mi cuerpo me regala placas rojas y escamosas en la piel, si soy la mentira constante. El mundo me rechaza, yo rechazo al mundo y a mí mismo.
A Schopenhauer se le acusa de pesimista sin remedio porque no fue capaz de transformar en creación la voluntad que está en la base del mundo y la persona. Nietzsche enloqueció al hablar de moral y, sobre todo, del hombre.
Freud se parapetaba tras estatuillas y figuritas en su mesa de escritorio para protegerse de lo que él mismo había descubierto.
El ser humano devora. Aunque a veces (la mayoría) no utilice los dientes.
Así que que le den por el culo a aquellos que hablan de optimismo o de ser capaces de recrearse en la propia vida.
Sólo hay muerte.
Muerte.
La vida es un rodeo hacia la misma.
Que jodan a Lacan, a Foucault, a Freud y a cualquiera que esté respirando o que haya o habrá respirado.
Hoy el veneno que me define me ha desbordado por los ojos.
Y sólo veo el mundo envenenado
y el corazón de los hombres envenenado.
Hoy sólo veo la verdad.
martes, 21 de febrero de 2012
Números
Vivimos en números.
Ellos nos arropan por la noche para que soñemos paisajes repletos de porcentajes, de cifras.
A ellos nos agarramos para sentirnos seguros.
Comprobamos que siempre haya números distintos de 0 en nuestra cuenta corriente. Nos envolvemos en números (tallas, medidas, proporciones).
Para presentarnos a los demás hablamos con números. El número de hijos, el número de años, el número de parejas, el número de calzado...
El número de nuestro sueldo nos coloca por encima o por debajo de la aprobación y la admiración ajena, pues desde siempre la numeración conlleva un orden social. La paradoja estriba en que dentro de la homogeneidad, es decir, dentro del mismo orden, dentro del mismo porcentaje, buscamos la diferencia, pues en ello (y no es poca cosa) nos va la imagen, la identidad, el yo. Así que buscamos diferenciarnos mediante los números, los mismos que tratan de igualarnos unos con otros.
De números se componen las noticias y nuestra angustia se elimina si comprobamos estar dentro del número de los afortunados.
Pensamos en números.
Sentimos en números.
A esto ha ayudado sin ninguna duda el discurso cientificista, que no es otra cosa que el producto de la cópula entre el discurso capitalista y el discurso científico.
En el discurso cientificista las palabras sólo son verdad cuando nombran, señalan o se apoyan en números.
La aspiración cientificista es reducir la vida a un conjunto de números producto de medidas. Da igual que las medidas se hagan con instrumentos apropiados para el objeto de la medición o no. Lo importante es que la descripción sea númerica, ya que un postulado implícito en el cientificismo es que si hay descripción numérica, la explicación se desprenderá sola, como algo inevitable y repleto de verdad.
La vocación cientificista es numerar el universo y todo lo que contiene. Una de sus metas consiste en revelar el ser del sujeto en un simple número, ya sea de conexiones neuronales, de cantidad de neurotransmisores o de genes o asociación de genes.
En el sujeto humano es el Otro materno el que introduce la pulsión y el primer goce narcisista, mientras que el Otro paterno se encarga (si todo va bien) de introducir la Ley.
He comentado que el discurso cientificista es hijo del discurso científico (su madre) y del discurso capitalista (su padre).
La pulsión que introduce el discurso científico en el cientificista es la "pulsión mensurae" (o pulsión de medida). Esta pulsión, como todas, es una energía constante que busca su satisfacción en el objeto de la medición. De ahí el ansia del cientificismo de medir todo. Es un goce que implica una pseudomatemática para tranquilizar la excitación que le provoca su "pulsión mensurae".
Y digo "goce" con todo el peso que Lacan otorgó a esa palabra. El discurso cientificista (como todos los discursos, como todos los sujetos) tiene estructuralmente una falta, un agujero, un hueco por el que tiende a escaparse lo que trata de apresar sin atraparlo jamás, es decir, su verdad. El agujero de todos los discursos es el que se establece en la desunión de su producción con su verdad.
Como expliqué en otra entrada, la producción de un discurso es incapaz de hacer emerger la verdad que se supone que le funda. Ahí está el hueco y la falta del discurso.
En el caso del cientificista, la verdad que le hace emerger (que todo es reducible a la Ciencia entendida esta como mera medida o numeración) no se puede hacer transparente a través de su constante producción (medidas de todo y todos). Hay algo que se le escapa y que tiene que ver, justamente, con el ser del sujeto humano y con la complejidad de la vida en general y de la humana en particular (con sus variables históricas y de deseo, con sus variables de poder y antropológicas). Para tapar ese hueco, esa falta, el discurso cientificista acude a su pulsión (porque ya deberíamos saber que desde el Seminario XI Lacan concibe la pulsión como un circuito que permite el reencuentro fantasmático con el objeto irremediablemente perdido). Y ahí está el goce del discurso cientificista.
Para mantener su ilusión de ser un discurso completo (sin falta o agujero), se deja llevar por su "pulsión mensurae" y sigue midiendo con el fin de crearse el espejismo de que saca a flote la verdad que le fundamenta. Pero dejarse llevar por la pulsión de forma desenfrenada acarrea una paradoja.
La medida sin control sólo crea la ilusión de que todo es medible y es una ilusión momentánea que necesita reconfirmarse y satisfacerse una y otra vez, por lo que en lugar de cimentar esa verdad, aumenta cada vez más la distancia entre su producción y la verdad. Es decir, midiendo incontroladamente, el discurso cientificista aumenta el agujero que hay entre esas medidas desesperadas y la verdad que sostiene (que todo es reducible a la Ciencia) precisamente porque esas medidas no permiten (ni permitirán) dar cuenta de lo que se le escapa: el ser del sujeto, la esencia de la vida. La pulsión de muerte se alía sin problemas con la "pulsión mensurae". Pero estamos hablando de discursos y no de sujetos.
El goce mortífero en el sujeto le acerca a su destrucción (y en ocasiones lo consigue). El goce mortífero del discurso cientificista no lo consume, sino que repercute en los sujetos que se sirven de él vaciándolos de su sentido, velando su ser y su deseo.
Crea sujetos que sólo se definen por números. Sujetos huecos. Carcasas humanas.
En el sujeto humano, el goce mortífero queda relativamente encorsetado (si todo ha ido más o menos bien) por la Ley que introduce la función paterna. Esta Ley hace que el sujeto renuncie a algo (ahí está la falta en ser) para poder obtener otras cosas más adelante (surge así el deseo humano).
La función paterna del discurso cientificista, la que introduce la Ley, es el discurso capitalista.
Pero la Ley aquí es diferente. En el sujeto humano la Ley ética introducida es la Ley de la prohibición del incesto. En el caso del discurso capitalista, la Ley que introduce es la Ley de acumular capital y de gozar consumiendo. O sea, producir y producir para consumir y desechar constantemente.
Así que el padre del discurso cientificista en lugar de introducir una renuncia que pueda humanizar la falta de ese discurso (haciendo que se establezca un verdadero lazo social entre sujetos) lo que hace es reforzar el goce de la "pulsión mensurae".
Y ahí tenemos la ley del mercado en la medida del discurso cientificista (patentando genes, productos de deshecho humano como sangre que contiene anticuerpos especiales para cierto tipo de cáncer, vendiendo un supuesto estado de salud basado en medidas, insertando el concepto de "calidad" en el sentido empresarial a nivel de las tecnociencias, alimentando la creación de expertos que no son sino individuos que han pagado por obtener una titulación de meros aplicadores de técnicas - sin sabiduría añadida - o por obtener "créditos" en forma de cursillos certificados con el sello de "calidad"...)
Por tanto el discurso cientificista sigue anclado en el goce introducido por su discurso materno, el científico (goce de la medida) y dicho goce es reforzado exponencialmente por la Ley introducida por su padre, el discurso capitalista (goza cada vez más y más).
Gozando más y más lo que se introduce sin pausa ni compasión es el vacío, la falta.
Curiosamente del vacío y la falta surge el sujeto humano, por lo que, quizá, en vez de eliminar el deseo humano y controlarlo (como pretende el discurso cientificista) puede que esté aumentando el espacio por donde el sujeto se haga presente y pueda desbaratar esta dinámica.
Cuando creemos que somos números podemos mantener esa ficción un cierto tiempo. Pero últimamente se están escuchando crujidos que, cual fenómeno elemental psicótico, retumban tras las cifras.
"No somos meros números", anuncia el movimiento 15-M.
Poco a poco el crujido del deseo del sujeto humano se va apoderando del discurso cientificista y capitalista.
Esos discursos crujen como anunciando su ruptura.
Tal vez sea momento de esperar y ver por donde rompe.
El discurso capitalista no es tal. Es decir, Lacan no lo definía como un discurso propiamente dicho, sino que era un pseudodiscurso por dos razones: la primera era que impedía el lazo social (y todo discurso se define primeramente porque el discurso es la estructura más básica que facilita el lazo social), y la segunda era que el pseudodiscurso capitalista está condenado (por la lógica de su estructura) a consumirse a sí mismo.
Y yo me pregunto ¿qué pasará con el discurso cientificista cuando la Ley que introduce su padre, el discurso capitalista, se consuma y se haga añicos?
Números.
Números y el crujido del sujeto.
Números que, por su propia esencia, no vienen cargados de sentido, sino que son lo más neutral de esta existencia.
El sujeto humano es sujeto de sentido. Y no puede encontrar su sentido en un símbolo que sólo es sinsentido, que sólo es neutro.
El sujeto no puede encontrar sentido en un símbolo que no es una palabra.
Así crujen los números.
Ese crujido es el murmullo ensordecedor de las palabras que tratan de ser contenidas por las cifras.
Pero esa contención es muy débil.
Y está crujiendo.
Y se está rompiendo.
La voz del sujeto aúlla en un murmullo a un mundo que le ha excluido.
Queda poquito tiempo para que los representantes del discurso cientificista y capitalista tengan que pagar el precio de dicha exclusión.
La revolución siempre empieza con un murmullo.
Hasta que se colapsa en un grito.
Veamos cuánto tiempo queda.
Ellos nos arropan por la noche para que soñemos paisajes repletos de porcentajes, de cifras.
A ellos nos agarramos para sentirnos seguros.
Comprobamos que siempre haya números distintos de 0 en nuestra cuenta corriente. Nos envolvemos en números (tallas, medidas, proporciones).
Para presentarnos a los demás hablamos con números. El número de hijos, el número de años, el número de parejas, el número de calzado...
El número de nuestro sueldo nos coloca por encima o por debajo de la aprobación y la admiración ajena, pues desde siempre la numeración conlleva un orden social. La paradoja estriba en que dentro de la homogeneidad, es decir, dentro del mismo orden, dentro del mismo porcentaje, buscamos la diferencia, pues en ello (y no es poca cosa) nos va la imagen, la identidad, el yo. Así que buscamos diferenciarnos mediante los números, los mismos que tratan de igualarnos unos con otros.
De números se componen las noticias y nuestra angustia se elimina si comprobamos estar dentro del número de los afortunados.
Pensamos en números.
Sentimos en números.
A esto ha ayudado sin ninguna duda el discurso cientificista, que no es otra cosa que el producto de la cópula entre el discurso capitalista y el discurso científico.
En el discurso cientificista las palabras sólo son verdad cuando nombran, señalan o se apoyan en números.
La aspiración cientificista es reducir la vida a un conjunto de números producto de medidas. Da igual que las medidas se hagan con instrumentos apropiados para el objeto de la medición o no. Lo importante es que la descripción sea númerica, ya que un postulado implícito en el cientificismo es que si hay descripción numérica, la explicación se desprenderá sola, como algo inevitable y repleto de verdad.
La vocación cientificista es numerar el universo y todo lo que contiene. Una de sus metas consiste en revelar el ser del sujeto en un simple número, ya sea de conexiones neuronales, de cantidad de neurotransmisores o de genes o asociación de genes.
En el sujeto humano es el Otro materno el que introduce la pulsión y el primer goce narcisista, mientras que el Otro paterno se encarga (si todo va bien) de introducir la Ley.
He comentado que el discurso cientificista es hijo del discurso científico (su madre) y del discurso capitalista (su padre).
La pulsión que introduce el discurso científico en el cientificista es la "pulsión mensurae" (o pulsión de medida). Esta pulsión, como todas, es una energía constante que busca su satisfacción en el objeto de la medición. De ahí el ansia del cientificismo de medir todo. Es un goce que implica una pseudomatemática para tranquilizar la excitación que le provoca su "pulsión mensurae".
Y digo "goce" con todo el peso que Lacan otorgó a esa palabra. El discurso cientificista (como todos los discursos, como todos los sujetos) tiene estructuralmente una falta, un agujero, un hueco por el que tiende a escaparse lo que trata de apresar sin atraparlo jamás, es decir, su verdad. El agujero de todos los discursos es el que se establece en la desunión de su producción con su verdad.
Como expliqué en otra entrada, la producción de un discurso es incapaz de hacer emerger la verdad que se supone que le funda. Ahí está el hueco y la falta del discurso.
En el caso del cientificista, la verdad que le hace emerger (que todo es reducible a la Ciencia entendida esta como mera medida o numeración) no se puede hacer transparente a través de su constante producción (medidas de todo y todos). Hay algo que se le escapa y que tiene que ver, justamente, con el ser del sujeto humano y con la complejidad de la vida en general y de la humana en particular (con sus variables históricas y de deseo, con sus variables de poder y antropológicas). Para tapar ese hueco, esa falta, el discurso cientificista acude a su pulsión (porque ya deberíamos saber que desde el Seminario XI Lacan concibe la pulsión como un circuito que permite el reencuentro fantasmático con el objeto irremediablemente perdido). Y ahí está el goce del discurso cientificista.
Para mantener su ilusión de ser un discurso completo (sin falta o agujero), se deja llevar por su "pulsión mensurae" y sigue midiendo con el fin de crearse el espejismo de que saca a flote la verdad que le fundamenta. Pero dejarse llevar por la pulsión de forma desenfrenada acarrea una paradoja.
La medida sin control sólo crea la ilusión de que todo es medible y es una ilusión momentánea que necesita reconfirmarse y satisfacerse una y otra vez, por lo que en lugar de cimentar esa verdad, aumenta cada vez más la distancia entre su producción y la verdad. Es decir, midiendo incontroladamente, el discurso cientificista aumenta el agujero que hay entre esas medidas desesperadas y la verdad que sostiene (que todo es reducible a la Ciencia) precisamente porque esas medidas no permiten (ni permitirán) dar cuenta de lo que se le escapa: el ser del sujeto, la esencia de la vida. La pulsión de muerte se alía sin problemas con la "pulsión mensurae". Pero estamos hablando de discursos y no de sujetos.
El goce mortífero en el sujeto le acerca a su destrucción (y en ocasiones lo consigue). El goce mortífero del discurso cientificista no lo consume, sino que repercute en los sujetos que se sirven de él vaciándolos de su sentido, velando su ser y su deseo.
Crea sujetos que sólo se definen por números. Sujetos huecos. Carcasas humanas.
En el sujeto humano, el goce mortífero queda relativamente encorsetado (si todo ha ido más o menos bien) por la Ley que introduce la función paterna. Esta Ley hace que el sujeto renuncie a algo (ahí está la falta en ser) para poder obtener otras cosas más adelante (surge así el deseo humano).
La función paterna del discurso cientificista, la que introduce la Ley, es el discurso capitalista.
Pero la Ley aquí es diferente. En el sujeto humano la Ley ética introducida es la Ley de la prohibición del incesto. En el caso del discurso capitalista, la Ley que introduce es la Ley de acumular capital y de gozar consumiendo. O sea, producir y producir para consumir y desechar constantemente.
Así que el padre del discurso cientificista en lugar de introducir una renuncia que pueda humanizar la falta de ese discurso (haciendo que se establezca un verdadero lazo social entre sujetos) lo que hace es reforzar el goce de la "pulsión mensurae".
Y ahí tenemos la ley del mercado en la medida del discurso cientificista (patentando genes, productos de deshecho humano como sangre que contiene anticuerpos especiales para cierto tipo de cáncer, vendiendo un supuesto estado de salud basado en medidas, insertando el concepto de "calidad" en el sentido empresarial a nivel de las tecnociencias, alimentando la creación de expertos que no son sino individuos que han pagado por obtener una titulación de meros aplicadores de técnicas - sin sabiduría añadida - o por obtener "créditos" en forma de cursillos certificados con el sello de "calidad"...)
Por tanto el discurso cientificista sigue anclado en el goce introducido por su discurso materno, el científico (goce de la medida) y dicho goce es reforzado exponencialmente por la Ley introducida por su padre, el discurso capitalista (goza cada vez más y más).
Gozando más y más lo que se introduce sin pausa ni compasión es el vacío, la falta.
Curiosamente del vacío y la falta surge el sujeto humano, por lo que, quizá, en vez de eliminar el deseo humano y controlarlo (como pretende el discurso cientificista) puede que esté aumentando el espacio por donde el sujeto se haga presente y pueda desbaratar esta dinámica.
Cuando creemos que somos números podemos mantener esa ficción un cierto tiempo. Pero últimamente se están escuchando crujidos que, cual fenómeno elemental psicótico, retumban tras las cifras.
"No somos meros números", anuncia el movimiento 15-M.
Poco a poco el crujido del deseo del sujeto humano se va apoderando del discurso cientificista y capitalista.
Esos discursos crujen como anunciando su ruptura.
Tal vez sea momento de esperar y ver por donde rompe.
El discurso capitalista no es tal. Es decir, Lacan no lo definía como un discurso propiamente dicho, sino que era un pseudodiscurso por dos razones: la primera era que impedía el lazo social (y todo discurso se define primeramente porque el discurso es la estructura más básica que facilita el lazo social), y la segunda era que el pseudodiscurso capitalista está condenado (por la lógica de su estructura) a consumirse a sí mismo.
Y yo me pregunto ¿qué pasará con el discurso cientificista cuando la Ley que introduce su padre, el discurso capitalista, se consuma y se haga añicos?
Números.
Números y el crujido del sujeto.
Números que, por su propia esencia, no vienen cargados de sentido, sino que son lo más neutral de esta existencia.
El sujeto humano es sujeto de sentido. Y no puede encontrar su sentido en un símbolo que sólo es sinsentido, que sólo es neutro.
El sujeto no puede encontrar sentido en un símbolo que no es una palabra.
Así crujen los números.
Ese crujido es el murmullo ensordecedor de las palabras que tratan de ser contenidas por las cifras.
Pero esa contención es muy débil.
Y está crujiendo.
Y se está rompiendo.
La voz del sujeto aúlla en un murmullo a un mundo que le ha excluido.
Queda poquito tiempo para que los representantes del discurso cientificista y capitalista tengan que pagar el precio de dicha exclusión.
La revolución siempre empieza con un murmullo.
Hasta que se colapsa en un grito.
Veamos cuánto tiempo queda.
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