domingo, 24 de junio de 2012

Sobre la destrucción traumática del sexo

Cuando ella me dijo esas palabras en ese momento, en esa situación, en ese contexto, algo de mí se rompió. Para siempre.
Algo de mí que estaba en una tensión extrema se partió para nunca jamás recomponerse.
Creo que fue justo ahí cuando debí haber muerto
Aún tengo en la mente la forma en que me miró, la forma en la que su boca se curvó sin tapujos para mostrar todo su desprecio.
Y sus palabras. Dios mío. Sus palabras.
No puedo describir la tortura, la quemazón, el aplastamiento de mi alma en esa pregunta perversa y retorcida, ni la desolación, el vacío, el yermo sangrante en que se convirtió mi pecho o la angustia desesperada que arañó mi garganta.
Imposible transmitirlo.
Digamos sólo que con esa pregunta, con esas palabras, me destrozó en esquirlas punzantes de cristal salado.
Tras años de intentar reconstruirme de nuevo, la línea de fractura se marca perfectamente bien en mi piel y soy plenamente consciente de que es aún más profunda por dentro. De todas formas jamás logré (ni lograré) unir todas las esquirlas, ya siempre estaré mellado, siempre.

Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que sólo me dejó rotura, trozos de lo que yo creía que era diseminados por mi mente, moribundos y náufragos; pedazos de lo que yo siempre quise ser imposibles de reutilizar de nuevo, inservibles e irrecuperables. Quemados. Matados.
No sólo destrozó lo que yo fui. No sólo destrozó sin posibilidad de recuperación lo que yo pude llegar a haber sido, sino que destrozó cualquier posibilidad, material o espiritual, de recomponer los pedazos.
Por eso camino roto. Más roto que el resto de los humanos porque soy consciente del momento en que me rompí.

Allí, en ese salón maldito de ese pueblo que siempre he odiado, con su gesto y su pregunta, ella me determinó.
Me abrió el camino de la soledad perpetua y constante y bloqueó todos los caminos que fueran diferentes de ese.
Mató mi posibilidad de amar con sinceridad y sin miedo, pues de alguna forma ella sabía que haciendo eso, diciendo eso, devoraría parte de mi espíritu y sólo dejaría el lugar congelado del temor al abandono, en vez del desafío de la curiosidad, sólo dejaría el vacío supurante del temor a transgredir el límite, en lugar de la aceptación de mi ser. Sólo dejaría la grieta sanguinolenta del temor a que volviera a amar precisamente porque llegaría el momento y el lugar en el que cruzaría el límite que sus palabras marcaron con mis lágrimas y la recordaría a ella. Recordaría ese momento y en lo que me convertí ahí.
Y no podría soportarlo.
Y no podría soportarlo.

Y la grandísima hija de puta tenía razón.
Siempre ha llegado ese momento después de ella.
Y siempre me ha vuelto a destrozar.
Cada vez pierdo más esquirlas.

Allí, con ella, sin los pantalones, con su mirada envenenada y sus palabras metálicas, interioricé de una forma en la que muy pocos lo han hecho cómo el sexo se da la mano con la muerte.
A partir de ese momento, mis pensamientos sobre el suicidio cobraron un peso diferente al que tenían. Se volvieron de hierro pesado, eran sierras socavando mi carne.
Fue cuando me di cuenta de cómo terminaría así.
Pero sólo con los destrozos que han sobrevenido después de ese, empiezo a perfilar el por qué.
Por qué acabaré matándome de forma violenta.
Por qué no podré amar sin sangrar odio, egoísmo, desprecio y perversión.
Por qué mi soledad me abraza y me congela cada vez más.
Por qué "Beyond the pale" me estremece el alma de los nervios cada vez que la escucho.
Por qué temo a las mujeres tanto como las deseo.

Ella me hizo medio hombre para siempre.
Me hizo sangrar con palabras, morir con palabras.
Y desde entonces todas las mujeres que se acercan a mí acaban muertas, dañadas u odiándome.
Porque soy incapaz de dar otra cosa.
Porque ya debería estar muerto.

Me escupiste esas palabras y me condenaste. Diez años después siguen frescas en mi mente y siguen destrozando mis relaciones.
Siguen asustando a las que se acercan a mí.
Me siguen desvelando por las noches.

Supongo que podré matarte de nuevo en el infierno cuando volvamos a vernos y pueda hacer sangrar a tu cadáver todo lo que tú has hecho sangrar a mi alma, si es que existe algo de justicia.
Pero sé que no.

Así que sólo te ríes y me esperas para volver a darme donde más duele.
Y pasar de medio hombre, a nada entera.

Hasta entonces, soledad, frío, desolación, tortura y deserción.

domingo, 17 de junio de 2012

De las formas de morir de los hombres

Desde pequeño he preguntado a la muerte.
A veces la he llamado. Incluso llegué a desafiarla.
Pero la muerte, como el espíritu de la mujer, no responde fácilmente.
La muerte, como la mujer, acude cuando a ella le apetece, cuando le impulsa su deseo.
La muerte.
Salida final de los hombres. La última oportunidad cierta de reunirse con una mujer.

Todo lo noble y verdadero de este mundo es femenino.
La belleza.
La luz, la oscuridad.
La verdad.
La ciencia.
La filosofía, la sabiduría.
La vida.
La fuerza.
La ética.
La muerte.
Fuimos los hombres los que tuvimos que nombrar todas esas cosas para conocerlas y sentirlas. Cosas que las mujeres no necesitaban conocer ni comprender, puesto que ya formaban parte de ellas, puesto que fueron ellas las que cubrieron el mundo con lo que les brotó del corazón y de las manos.
Y los hombres, al nombrarlas, introdujimos dos cosas: la mentira y la imposibilidad de alcanzarlas.
Nos erigimos como maestros de algo ajeno a nosotros, que nunca nos perteneció y que jamás podríamos hacer nuestro. Lo peor de todo fue que nos creímos lo contrario.
Fuimos nosotros los que, al hablar, tergiversamos todo. Por eso todo lo engañoso y lo fantasioso de este mundo es masculino.
El poder.
El deber.
El hambre y el sexo.
El llanto.
El reflejo.
El amargor.
El duelo y el desafío.
El lenguaje.
Y, en la cúspide, el mayor engaño de todos, el amor.
Los poetas mienten y Pessoa lo escribió con fuego.
Pero aquí no se trata de qué es mejor, pues el competir también es masculino, y por tanto ladino y engañoso, aunque su acción (la competición) se disfrace de femenino. Ha llegado un punto, gracias al tiempo que todo lo mezcla, en que lo uno no se entiende sin lo otro. No se entiende el poder sin la ética ni tampoco la vida sin el llanto ni el amor sin la belleza.
Aquí de lo que se trata es de cómo morimos los hombres.

Elegí vivir el mundo como hombre. Imperfecto, infantil, inconstante, para así encontrar una mujer.
Lo más curioso es que los hombres nunca vemos que estamos habitados, antes que nada, por una mujer, y que lo más importante no es encontrarla, sino la mera búsqueda incompleta. Pues encontrar una mujer es la imposibilidad axiomática que se deriva de buscarla.
Si la buscas, te separas de la que te habita. Y, por tanto, ya no la encontrarás. Y así, paso a paso, los hombres inevitablemente nos acercamos a la muerte.

Lo cual no quiere decir que las mujeres no mueran.
Mueren, pero de otra forma. Más digna, más tierna. Más armónica.
Mientras el hombre muere cojo y agitado, la mujer suele morir con un ritmo tranquilo, con su propia cadencia.
Mientras el hombre muere aplastando hierba, derribando árboles, destruyendo el aire, la mujer suele morir abrazada a la naturaleza, creando vida en lugar de destrozarla.

Como si, en el momento de morir, la mujer se reuniera con una parte de sí misma, mientras que el hombre se enredara con el laberinto irresoluble del lenguaje.

Así muchos hombres mueren gritando.
Marcando con lágrimas alaridos que estremecen la espina dorsal del ser humano.
Esos hombres hacen de la rabia su escudo y su motivo de existencia, también por tanto, la justificación de su muerte.
Son los hombres que no entendieron ni aceptaron por qué decidieron vivir el mundo como hombres.
Son los hombres que se asustaron del reflejo que les devolvía el espejo de los ojos de los otros, y que no entendieron que el miedo de fuera era el suyo propio.
Son los hombres que no se vieron a sí mismos.

Otros hombres mueren hablando.
Contándose a sí mismos y a los demás su propia historia para hilvanar, tal vez por azar, un retazo de sentido.
Esos hombres hacen de los cuentos su verdad y de la muerte su tinta y su folio.
Son los hombres que tapan la soledad con sonidos, hombres que han dibujado una muleta imperfecta que acentúa su cojera a la par que parece atenuarla.
Son los hombres que pronuncian nombres con la esperanza de rascar un fragmento de inmortalidad en alguno de ellos sin conseguirlo nunca.
Son los hombres que se han creído su propia mentira.

Hay hombres que mueren susurrando.
Intercalando débiles gemidos en tenues palabras. Tocan el corazón y agitan el pecho de los que los rodean.
Esos hombres hacen de la brisa música triste y de los contraluces, cuadros bonitos. La muerte en ellos es un adagio temeroso.
Son los hombres que han entrevisto algo entre las sombras de las palabras y que se han dejado sembrar por lo que está oculto pero vivo.
Son los hombres que se han enamorado y se han sumergido en la música, pero que han perdido lo que encontraron porque en esos momentos había otros ideales más fuertes que seguir. Descubren que el brillo de esos ideales sólo era el reflejo de una falsa luz sobre el óxido que los cubría.
Son los hombres que se vieron pero que no lo creyeron.

Por último hay un puñado de hombres que mueren callados, en silencio.
Gritan con los ojos, hablan con las manos y susurran con su cuerpo.
Esos hombres hacen de la muerte comprensión y sus ojos siempre están mirando a una mujer, y sus manos están agarrando las de una mujer y su cuerpo está cerca del de una mujer.
Son los hombres que sólo mueven los labios para dar un beso.
Son los hombres que han entendido su elección de vida, su posición en el mundo.
Son los hombres que se han dejado marcar por lo que sustenta al lenguaje y que este no puede nunca pronunciar. De ahí su silencio, de ahí su serenidad.
Son los hombres que componen una sinfonía de su muerte, que inventan el ritmo y mueren con su propia cadencia. Por eso siempre se les encuentra a la vera de una mujer.
Son los hombres que no hablan más del amor, sino que lo actúan.
Son los hombres que nombran de nuevo al mundo, pues sólo del silencio nace el lenguaje.
Son los hombres que son capaces de abrazar la muerte, pues son los hombres que fueron capaces de abrazar a una mujer.

miércoles, 13 de junio de 2012

Los aullidos de la hiedra

Distraídos del destrozo
miramos.
Y sólo vemos nuestro cuerpo,
un despojo
de lo que una vez fue reino y cielo,
luz y fuego.

Los hombres están llorando
frente a un cristal de piedra
que refleja
ideales de cartón, utopías de papel.
Las lágrimas los deshacen
en un charco que contuvo algo,
quizá palabras, quizá doseles
que invitaban al descanso.
La hiedra sigue reptando.

Del gris al negro, del negro al tiempo.
Triste, triste danza.
Los ojos sangran, las manos duelen.
El corazón es un vacío que se hace
eternamente presente.
Aúlla la hiedra mientras la podan.

Arrancada de la pared
deja una iamgen de desnudo.
No el desnudo apetecible del cuerpo
que los amantes se disputan con los labios,
tampoco el desnudo inocente del niño
antes del baño,
sino el desnudo de la muerte.
De la cal de los huesos acumulados,
del mantillo irrenunciable de la piel.
Pared desnuda
muerte segura.

No es en la falta de todo
sino en las prisiones de tinta
donde se agostan las almas,
donde se pierde la risa.

Tinta y números.
La inmortalidad, una hoja de papel.
Frágil, vacía, extremadamente delgada.
Eso es la voz del cuerpo
encadenado al cuaderno.

Muere la hiedra y aúlla.
Aúlla por la pared que pierde,
por el sol que ya no acaricia,
por las semillas que quedan desguarnecidas
y que serán el alimento de las moscas.

Aúlla porque la savia que salpica el hacha
le hace ver que fue ella la que se durmió
sobre la guadaña,
que no le importó sguir dormida
mientras bebía engaños y patrañas,
mientras le prometían calidez perpetua,
inmortalidad como derecho, pared eterna.

Distraídos del destrozo
miramos.
Y vemos nuestro cuerpo de hiedra
acuchillado y moribundo.
¿En qué momento la sangre se transformó en tinta,
el alma en números, la risa en piedra?

Caen los hachazos y aullamos.
Aullamos por lo que hemos perdido
y que jamás pudimos aceptar
que nunca fue nuestro,
que nunca nos había pertenecido.

Aullamos por nuestra sangre de tinta
que se derrama sin formar palabras
ni recuerdos, ni vida, ni historia.

La pared desnuda tiembla,
el hacha que descuartiza disfruta,
la hiedra aúlla.
Y queremos seguir creyendo
que aún estamos dormidos
mientras aullamos despiertos.

sábado, 9 de junio de 2012

De la belleza humana

Una grieta. En la voz o en el pecho.
Da igual mientras no sea perfecta.

Es lo que se me viene a la mente mientras guardan mis palabras un gin tonic de bombay sapphire a mi izquierda y un narguile afrutado de fresa y frambuesa a mi derecha.
Una grieta. Una arruga. Un pequeño lunar. Un granito. Estrías.
Todo eso debería habitar la piel de cualquier mujer que dijera ser bella.
Todo eso es lo que, en un mundo equilibrado, en un alma humana, es lo que debería encender la libido, lo que debería alimentar la lujuría.
Lo que debería llamar al amor.
Pues el amor es ese gran artista que crea la perfección de las cosas imperfectas, que traza la arquitectura de los recovecos desiguales.
Tal vez por eso me gusta Escher. El pintor de las matemáticas que, guiado por la perfección aritmética, por la rectitud algebraica, muestra a los ojos el caos desordenado de las perspectivas puestas una junto a otra, de las progresiones aparentemente simétricas que se expanden en aves, serpientes y leones imperfectos.
Igual que Picasso, que muestra que, si vemos todo a la vez (perspectivas, movimiento, color...), el conjunto es imperfecto, asimétrico, cojo, pero a la vez pleno y repleto.

Lo que conmueve el corazón de los hombres, lo que estruja el alma de las mujeres en una vorágine emocional, siempre es la imperfección.
Las curvas luminosas y la refulgente niebla informe de las auroras boreales.
El movimiento desigualmente rítmico del océano Atlántico frente a la playa de Bolonia.
Las elipses sinuosas de un sendero a través de un bosque de pinos.
Las caras desemejantes de las piedras del camino, de las rocas de las montañas.
La Naturaleza es imperfecta. Tal vez por eso tratamos de retornar a ella.

En un mundo de leyes que justifican el orden afirmando que es lo único que da seguridad, la transgresión es de las pocas cosas que nos hacen sentir vivos y que ordenan de verdad nuestro interior.
En un mundo donde el ideal arquitectónico es un rectángulo perfecto, un cuadrilátero simétrico, Frank Gehry es considerado un artista y un innovador (cuando sus curvas siempre son la norma de la belleza).
En un mundo donde los cuerpos tratan de adaptarse a un molde injertándose plástico, recortando grasa hasta obtener la perfecta línea de músculos, pechos o glúteos, se le llama perversión a la pornografía que ensalza los pechos planos o caídos, los glúteos generosos o los vientres prominentes.

La música que es realmente bella es la música que sorprende, y sorprende porque es imperfecta. Porque cambia de ritmo y de tiempo, cambia de tono y sigue siendo armónica, cambia por el sonido de diferentes instrumentos que se van añadiendo, de diferentes voces que la van coloreando. Más y más matices que jamás llegan a cubrirlo todo, que jamás alcanzan la perfección. Pero la insinúan. La perfección a través de la imperfección. La primera es siempre una sombra de la segunda.
La poesía es bella porque jamás lo dice todo. No es que no pueda (que no puede), es que no quiere. Y eso que asoma, pero que no se dice, eso es lo que nos estremece y nos emociona.

Tal vez por todo eso me siento atraído hacia su cuerpo. Ella dice que es imperfecto, que es feo. Pero mi lengua no puede esperar a ver qué sabor se oculta tras los pliegues de su piel, mis manos apenas pueden contenerse para apresar el saber que se esconde detrás de la imperfección curva que delinea su silueta.
Tal vez por todo eso espero que ella sienta algo semejante cuando abraza mi cuerpo redondo y agrietado, oscuro y desigual.

Buscamos la imperfección mientras la negamos. Es otra de las paradojas del espíritu humano.
Añoramos la Naturaleza y la concebimos como un ideal.
Nos tienta el caos y la transgresión.
Nos define la diferencia e inventamos el lenguaje como una forma de mantenerla siempre presente e inconciliable. Pues nombrar es diferenciar y no existe un mundo humano si no está construido de nombres, de diferencias.
El poder también se alimenta de la diferencia, y el deseo, y las sociedades y culturas, y la literatura. La humanidad, en fin.

Detrás de la supuesta ciencia que trata de apresar el estudio del alma, de la mente o el carácter, que trata de hacerlos perfectos y habitados por leyes y reglas para así poder controlarlos, subyace ese postulado psicoanalítico (como un susurro estridente) que afirma que si somos algo, somos nada.
"No somos nada". Frase que siempre se invoca ante la presencia de la muerte. Como siempre, la verdad suele estar detrás de las cosas que no se piensan, que sólo se dicen.
Somos nada. Por eso creamos cosas para tapar dicha nada.
Creamos lenguaje y relaciones, creamos conflictos y deseos, creamos arte y política. Creamos ética. Nos creamos a nosotros mismos.
Y, como siempre pasa con todas las creaciones, ninguna es perfecta.
Creamos nuestra sexualidad y, a partir esa creación imperfecta, creamos la expectativa de un otro que encaje perfectamente en nuestra creación.
Sucede que nunca lo logramos.
Pero nuestra nada es infinitamente más sabia que lo que creemos que somos. Y nos permite crear el amor.
El único delirio que es capaz de soldar dos imperfecciones que se han creado a sí mismas. Ya sea por un día o por mil vidas.

Así nos sentimos atraídos hacia la imperfección, de tal forma que llegamos a juzgar como perfecta una imperfección enorme (el océano, la naturaleza, el arte, la persona amada).
Y así creamos la belleza.
Desde la imperfección.
Lo imperfecto, lo incompleto, lo distinto, nos conmueve y nos impulsa.
A eso le damos el nombre de belleza.
Toda belleza es coja, porque nosotros cojeamos.

No importa.
Aún podemos creernos lo contrario.
A eso lo llamaron amor.

sábado, 5 de mayo de 2012

De los noes y los síes

Creo que hay pocas cosas más placenteras y bellas en este mundo que decir "no".

Habría que escuchar la música que  la sensación unida a decirlo produce. Habria que permitirse dejarse llevar por los versos que delimitan y demarcan el placer que se deriva de esa palabra.

"No".

Tan breve y tan profunda.
Hace existir fronteras, límites y bordes.
Muchas personas no son capaces de apreciar el acto que va ligado a esa expresión, los sentimientos que están unidos a esa palabra y rápidamente tildan a sus practicantes de "anarquistas", "antisistema", "inconformistas" y demás epítetos tan vacíos como peyorativos, efectos ambos producidos por ser usados desde el desconocimiento y el miedo.

Decir que no es permitirse ir contra todo durante un tiempo, ya sea un minuto o diez años. Ir contra todo por el mero placer de descolocar o desubicar. Por el mero placer de aumentar la entropía de cada vida.
Pues es en las sacudidas donde emerge lo humano.
Es en el desorden donde existe lo posible.

Decir que no.
No para empezar un cambio, sino para añadir colores. No para instaurar un credo, sino para cuestionar los establecidos.
Decir que no para mover el deseo, para darle fuerza y fuego.
Para hacer entrar a lo más íntimo en juego.

Diciendo continuamente "no" uno establece constantemente su diferencia con el mundo y con los otros. Frustra al lenguaje desde el lenguaje.
Pero al acentuar dicha diferencia, se une más a los que se separa. Y corre el peligro de transformarse en lo que su "no" le evita.
Transformación en lo contrario, diría un neurólogo austríaco.

Por ello, decir "no" implica necesariamente permitirse de vez en cuando decir "sí".
Decir "no" dota de un valor incalculable a los escasos "síes" que uno pronuncia, ya que esos "síes" van inextricablemente atados a la esencia, a los principios, al alma del que los pronuncia.
Y uno no da su alma a cualquiera que pase.
No la muestra en público para ser usada o pisoteada.
La muestra para que la mimen y la alimenten.
Quizá incluso para que la amen.

Si el "no" es la entropía, el escudo, la diferencia,
el "sí" es el amor, la tregua, lo común y lo compartido.
Imagino que por ello es adecuado ser generoso con los "noes"

y reservado con los "síes".
Porque los vínculos tiernos son escasos, por ello también deben serlo los "síes".



Supongo que uno se hace adulto cuando es capaz de disparar "noes" y atesorar "síes".

Quizá sea por eso que disfruto diciendo "no" y me siento pletórico si soy capaz de compartir un "sí".

Quizá también por eso me fíe más del que aparentemente se opone a todo el mundo, a todo sistema o a toda relación. Porque esos "noes" esconden una auténtica persona, desarrollada y consecuente, responsable y admirable.

Tal vez aquellas personas litigantes del "no" me regalen algún "sí" y generosamente me enriquezcan.

jueves, 26 de abril de 2012

Hubo vida (o sobre ética social)

Hubo vida. Antes de nosotros hubo vida.
Después de nuestros actos quién sabe si la habrá.

Demasiadas veces he visto el mismo rostro con diferentes gafas, con diferente pelo, con diferente aliento.
Pero es la misma voz, es la misma mirada, el mismo movimiento.
Es el rostro de la peor sublimación del sujeto humano, la del poder sobre la globalidad de los otros. El poder de esclavizar desde el cuerpo hasta la respiración, desde el trabajo hasta el tiempo singular, el alma propia.
Me encuentro en ese punto en el que soy demasiado adulto para creer que todo se reduce al gobierno de un grupo sobre una mayoría, o para creer que lo que estamos perdiendo es lo que se bautizó estúpidamente con el nombre de estado de bienestar, o para creer que "capitalismo" o "libre mercado" fueran las palabras con las que se marcara la esencia de lo que nos está ocurriendo a nivel social, a nivel individual.
Me encuentro justo en ese punto en el que soy demasiado joven como para creer que otro tipo de relaciones entre los hombres es imposible, o para creer que el dinero y la materia inerte es de lo único que toma su alimento la humanidad, o para creer que "esperanza" es una palabra tan muerta como nuestra vida.

Son demasiadas veces ya las que he escuchado, disfrazado de mil formas distintas, frases que empiezan con "nos han arrebatado lo que habíamos logrado... Nos están robando nuestros derechos más fundamentales..." y millares de variantes más.
Ellos.
Siempre hay un "ellos".
"Ellos" que nos hacen pagar sus errores. "Ellos" que nos explotan y nos aniquilan. "Ellos" que nos deshaucian. "Ellos" que privatizan la sanidad y la educación. "Ellos" que nos insultan con su corrupción económica y social.
Ellos.
Qué bueno que haya siempre un "ellos" frente al cual cada uno resplandezca en su propia perfección ética y social. Sin ningún fallo, sin ninguna fisura. Qué bueno que haya siempre un "ellos" frente al cual cada uno pueda convencerse de que él es un modelo a seguir, una encarnación del ideal humano.
Así nosotros mantenemos el estatus y la posición de "ellos".
Quizá no se trate tanto de que ellos nos necesiten a nosotros para que puedan seguir su ritmo de vida, que ellos necesiten de nuestra pobreza y nuestra muerte para que puedan seguir viviendo a todo tren, como que se trate quizá de que nosotros necesitamos de su existencia y su presencia. Necesitamos de su gobierno para poder seguir quejándonos sin actuar. Necesitamos de ellos para no ver jamás, nunca, lo humano que nos define, que no es otra cosa que la imperfección angulosa y quebradiza, inmutable e infinita.

Qué bien poder haber votado democráticamente para seguir manteniendo los desmanes políticos y económicos que dotan de fundamento a nuestra queja. Qué bien sentirnos parte de movimientos florecientes que revindican una democracia real, un mundo social nuevo. Así evitamos el auténtico cambio que sólo un ser humano es capaz de controlar, propiciar, aumentar, desarrollar y desplegar: el suyo propio.
Pero evitando esto, sólo subsumidos en mensajes de un cambio social grupal global, mantenemos el mismo equilibrio, la misma mascarada. Haciendo ese camino nos tapamos a nosotros mismos. Nos silenciamos a nosotros mismos. Ahí viene el famoso "ellos" a justificar nuestras actuaciones o, mejor dicho, nuestra absoluta ausencia de actuaciones.

Un mundo social nuevo. Más justo. Más bello. Más equitativo. Un mundo social donde el poder resida en una auténtica democracia. Y luego calificamos al anarquismo de utopía desgastada.
Un mundo social, sea nuevo o antiguo, renovador o enmohecidamente conservador, enarbola como bandera y justificación una ética social. Y la ética social debe prevalecer sobre la de la persona. No digo que deba prevalecer sobre una persona o unas pocas personas. Digo que debe prevalecer sobre TODAS las personas. Es INEVITABLE. Lo cual no quiere decir que sea indigno o desastroso. Pero precisamente porque debe prevalecer sobre todas las personas (al menos teóricamente, ya que siempre ha habido y hay personas sobre las que no prevalece, curiosamente justo las que dicen encarnar esa ética social, justo las que la promulgan), se necesitan leyes (en el sentido del derecho, en el sentido de cárcel, juez y abogado) para hacerla cumplir.
La ética del derecho es la ética de la democracia. La ética de la democracia es ética social. La ética social es la ética del poder centralizado (sea más o menos visible o invisible).
Una ética social no cambia ABSOLUTAMENTE NADA. Quizá sí en las formas, quizá sí en una absurda apariencia de más equidad, pero al final acaba desbordando. Exactamente igual que la ética social de la democracia, capitalismo, libre mercado, occidental, liberalista, etc, etc. ha desbordado y ha mostrado su verdadera faz. A saber, que una ética social, sea ésta cual sea, siempre mantiene el mismo equilibrio.
Ese equilibrio desigualitario que decís vosotros que quereis cambiar y modificar y eliminar. Si os dieran, si os hicierais con el poder que se supone necesario e imprescindible para realizar lo que decís que habita en vuestros corazones, ¿realmente cambiaríais algo? ¿Realmente destruiríais - pues eso es lo que conlleva un cambio real, desde el renacimiento del ave fénix, hasta la extinción de los dinosaurios - el núcleo y los cimientos que ya forman parte de vosotros, que forman parte de todos nosotros pues nos ha conformado en lo que somos? Sinceramente creo que no. Creo que no seríais capaces de tirar la casa, sólo cambiaríais los muebles y pintaríais las paredes de otro color. Pero seguiríais habitando el mismo espacio. Vuestro rostro es el mismo que el que decís combatir.

El cáncer no empieza matando a la totalidad del cuerpo humano, empieza mutando una célula. Una avalancha de rocas no comienza con la desintegración de la ladera de una montaña, comienza con un guijarro suelto. Una explosión atómica no comienza pulverizando la Tierra, comienza con un átomo que se rompe.
La ética social, ya sea la vuestra de los nobles ideales, ya sea la que odiais de los mercados capitalistas, siempre es inamovible al cambio. La ética social es irrisoria si no se somete a una ética individual. Pues el verdadero cambio, el único cambio posible, es el que cada uno haga consigo mismo. Y para eso se necesita una ética individual. Para eso se necesita desprenderse del "ellos" y comenzar a ver el "mí", el "yo", "mi ser", "mi acto", "mi conducta".
Si queréis poder mirar a la cara a vuestros hijos, a vuestros nietos, sin tener que derrumbar los párpados avergonzados, poder decirles "sí, el mundo es un desastre inhabitable pero mi cabeza está alta y erguida porque yo hice lo posible para evitarlo", entonces seguid combatiendo esos nobles ideales, seguid revindicando otra democracia, otro modo de hacer política y de distribuir la riqueza.
Pero empezad (empecemos) por nosotros mismos, por favor.
No hay vida humana sin responsabilidad propia.
Antaño hubo vida.
La vida nos chilla que la tomemos y que participemos en ella.
La derrota de "ellos" comienza por la lucha de uno mismo, por la derrota de uno mismo.

sábado, 21 de abril de 2012

Versos aleatorios

He bailado con el diablo.
Entre el azufre de su aliento, entre la oscuridad de sus labios
he escrito mi nombre.
Vestido con una mortaja de cristales rotos
sus dientes desgarraban mi corazón.

Es una de las formas de definir el éxito.

A través del fracaso, en las insatisfacciones perpetuas
refulge el ser de aquel que verdaderamente se llamó humano.
Bailar con el diablo para alcanzar el cielo
de la codicia,
el paraíso de la desidia.

¿Para inflar mi vida necesito privar de aire a otras?

El poeta recita, pero las palabras abren surcos
en el centro de su entraña.
Desharrapado producto de lo que fue una lágrima
colgando de su pestaña.
Aún siente la traza que sus manos dejaron en su espalda.
Amor de araña.

No me extraña que el poeta del amor, aquel cuyo apellido
evocará siempre montes de sal, surcos de llanto,
temiera los espejos,
pues cuando reflejan la realidad
nos vuelven locos
y cuando reflejan nuestros engaños,
ciegos.

Y su discipulo, otro poeta genial,
identificó el color rubio con la esperanza
y la piedra con la realidad que habita en todo deseo
¿o fue con el deseo que habita en toda realidad?
Quizá no importe.
Pues todos somos iguales en la oscuridad.

Hay también abismos en lo profundo del pecho
y abismos en lo profundo de los ojos.
El abismo que se cierra es el grito que se abre.
Algunos intrépidos escaladores han tratado de coronarlos.
Y al llegar a su fondo
se convirtieron en palabras.

Así me gustaría estrellarme.
En una cadena de sílabas que sólo tuviera sentido
en la boca de ella.
Una palabra jamás pronunciada.
Una palabra sólo articulable en el entrelazamiento
de dos cuerpos.

En ese nudo, más que en otros, siempre hay brecha.
Que sangre.
Que siga sangrando la brecha para así poder volver
a unirme a ella con la vana intención,
con la estúpida ilusión
de sellarla de una vez para siempre.
Y volver al comienzo.

El primer beso.
Y antes de eso
el primer roce con las manos.
Y antes de eso
la primera mirada.
Retroceder para volver ignorante
de los escollos que dos labios son capaces de abrir en el alma
y volver a repetir exactamente el mismo movimiento,
la misma secuencia que me llevó hasta el abismo que palpita
entre mis brazos, en mi cabeza, en mi garganta,
justo la misma secuencia que me llevó hasta su hueco.
Triste eco.
Triste fleco.
Pero donde la inmensidad del mundo es colmada,
donde el inicio del tiempo siempre es creado.
Su hueco y mi abismo.

Dos formas de decir que de dos nadas
podría surgir algo.
Exactamente igual que del silencio
surgió el lenguaje.

Dos nadas.
Dos almas.
Y la humanidad que nos conforma
se abre a pedazos de amor,
a mordiscos de deseo.

Vuela.
Que mientras yo te espero.