lunes, 15 de junio de 2015

A modo de ejercicio

I

Al lado del camino me mantengo erguido
como un monumento al desafío.
Podría observar la gaviota engarzada en la luz
o el asfalto líquido que envuelve el color
y sin embargo sólo soy el acorde de un tambor.

II

Sólo busco lo que ya he encontrado
y en esa ignorancia entierro una parte del tiempo.
Tambalearse simplemente es bailar sin saber.
Zozobra la realidad a mi lado y sostenerla
es demasiado...
breve.

III

Creen los hombres que los ojos son dueños de la mirada.
No basta sentirse para saberse, no basta romperse para tocarse.
Y esos ojos ¿qué sujetan sino el peso de la culpa?
No basta limpiarse para sanar, no basta gritar para empezarse.
Quién te dice que lo que miras no es lo que odias de ti
salvo tu propia obstinación en la ceguera.
No basta actuar para pensarse como no basta la palabra para la poesía.
La única parte que los hombres dominan de su mirada
es sólo el movimiento del parpadeo.

IV

Cómo corrí aquel año, igual que si hubiera perdido la piel.
Sólo quería dejarlas atrás, que no volvieran con su veneno,
que no regresaran con sus posibilidades.
Huí de ellas como un ciervo huye del fuego.
Me habían abierto el mundo y el mundo era de abismos,
me habían descubierto la vida y la vida era de sonidos.
Así que escapé para cortar el viento con el cuerpo
y al llegar me estaban esperando.
No podía huir de mis propias palabras.

V

Trato de encogerme para caber en un aliento
 y expandirme como la música sobre el pecho.
Desplegarme siempre me ha exigido sinceridad
pero esta vez quiero una mentira atravesada
a lo largo de lo que digo para que marque eso que deseo.
Es fácil ser, pues sólo hay que imitar lo que se admira.
Lo difícil es inventar, ya que no ha ocurrido aún.
Es fácil crear, pues sólo hay que sacar algo de la nada.
Lo difícil es sacar nada de la nada y hacerlo pasar por algo.
Creo que hay algo de eso en el amor.

VI

Vestirse de heridas es obligado
en las bodas de la razón y el saber,
especialmente si uno se ha nombrado sacerdote.
No hay poder peor fundamentado
ni argumento peor sostenido
que el que se evoca apelando
a la justicia, a la verdad o al bien.
Siendo víctima del resto
sólo se acaba como verdugo de uno mismo.

sábado, 19 de julio de 2014

Necedades

I: Caminar

Anduve tropezando
como el ignorante que tropieza con su sombra
o como la urraca
que tropieza con el brillo.
Anduve desbocado
como el sonido que arrolla la intención
o como el clavel
que aplasta la solapa.
Anduve cojeando
como una mano sobre otro cuerpo
o como la despedida
que corta los labios.
Anduve desarraigado
como la mirada que busca el vacío
o como el temblor
que responde a una palabra.
Y mientras caía, antes de que mis dientes
encontraran el sabor del fango,
entendí que caminaba tropezando
porque quería desandarme,
desbocado porque deseaba mirar atrás,
cojeando porque no supe girar,
desarraigado porque mi brújula
habitaba en otros ojos.
Y comprendí que sólo la caída
hacía sabios a los caminantes.

II: Escritura

Escribe.
Me decías con una voz floreciente de tibieza.
Y yo te negaba con la angustia sobre mis piernas
haciendo tambalearse mi silueta en la vida.
Escribe.
Insistías con el corazón atravesado en el aliento.
Y yo callaba con el escalofrío amorzándome las manos.
No sabía explicarte que escribir para mí
significaba recorrer mi cuerpo sobre las marcas del odio
con la esperanza frágil de descifrar amor,
que era pasear sobre bancales de ceniza
y nombrarlos de otra forma deseando
que así se convirtieran
en la luz irisada de una duna junto al mar,
en el roce de una lechuza hacia la madrugada,
en la música del hielo bajo la lava,
en la boca de un laberinto tallado dentro de un topacio.
Escribir para mí significaba voltearme como un guante
y soportar la imagen que las letras trazaban,
desdoblar la pérdida y verme cercado por su trama.
No sabía explicarte que a veces la textura de las propias palabras
deviene aterradora, insoportable, descarnada.
No sabía explicarte que cuando trazo un sonido
algo de mí se derrama y me mutila.
Que a veces me da miedo escribir
y descubrir.

III: Juego fonemático

Hay días que amanecen con el sonido suave de la letra ele,
con el lateral de la almohada labrado de la luz líquida
y ella como un leve letargo limpio.
Podría languidecer de blancura latiendo libros y lazos.
Levantarme y limar el lapso de la loza con leche y labios,
ablandar los lentos silabeos con la dulzura del loto
y luchar lastrado de licor sobre su labor de liebre.
Hay tardes que se despliegan con el sonido roto de la letra ge,
guardando los gritos que gimen en la gruta del globo ocular,
gastando las gradas de gente gozosa de saberse grande
y avergonzada a la vez, gotas de glicerina y glosas.
Gatear no fue agradable ni grotesco, sólo gasolina para el gaznate.
Me gusta su gracia agrupando los gigantes de sus ganas
y ganar el glaciar de su gran gestación gélida.
Hay noches que arropan con el sonido profundo de la letra ene,
nadie navega nadando bajo la nao de Neptuno.
Nieva y nada es tan notable como la nena desnuda
en el paladar de la noche, en el níveo nocturno del nirvana.
La nata no enerva la natividad, tal vez la novena de un violín negro.
Nísperos y necedades, tunantes que truenan de nepotismo nivelado.
Nacer y nicotina desmenuzados en la nariz noctámbula. Nadie.



lunes, 7 de julio de 2014

Pequeñeces

I: Renacer

Este hablar solo con las piedras acaba machacando
lo que creía comprender del abismo.
Aún me pregunto qué parte del mundo me ha golpeado
para seguir girando encerrado.
Quizá una decepción en la boca o un engaño en la mano,
mostrarse visible o el chirriar de un jadeo.
Tal vez no daba todo por perdido cuando crucé el arco
de sus piernas.
Me pasa por la cabeza que renacer puede que
sea esto,
ser sacudido por el fuego y gatear derrotado
sobre la cima del enamorado.
Confundir extravío con amanecer,
esperanza con asombro,
acabar, en fin, mezclado con lo que uno más teme
y lo que a uno más le atrae.
Renacer es saberse desordenado,
trastocado, como si el libro que te late
aún colgara del arbol del papel.
Volver de la muerte siempre ha exigido inventar una palabra.

II: Arena

Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
Tiene para mí algo de mágico, de ancestral,
algo de lo prohibido.
Para crear vidrio necesitas arena y fuego.
Fundes la arena hasta volverla un líquido abrasador.
A ese río de cristal debes robarle un trocito
y soplar a través de un tubo para darle forma.
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
Me fascina que de la dispersión de la arena
surja algo compacto y a la vez tan quebradizo.
Me asombra que sólo la boca pueda darle forma
a la fragilidad.
Como si uno recorriera la silueta de una mujer
a pequeños soplos
para encontrarse al final desnudo de nombres.
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.

III: Espacio

Entre dos miradas
desborda el espacio
al igual que entre dos palabras
o entre dos cuerpos por muy unidos que estén.
Es el espacio lo que me sostiene, siempre en el vacío,
a pesar de la sensación de vivir pegado al suelo.
El espacio entre sus brazos y mi cuerpo
es el mismo que el existente entre mis dedos y mis pupilas,
coordenadas espaciales del amor.
El espacio está lleno de nada, lo que quiere decir
que toda posibilidad aún no ha sido puesta en acto.
Quisiera poder distinguir alguna vez
el espacio que habito
del que soy habitado.

IV: Tiempo

La metralla del tiempo agujerea la pasión
y estar maldito sólo significa que una vez
alguien pudo de alguna forma nombrarme.
Los años llueven sobre el mar
de la misma manera que los siglos
cantan bajo el aire que me disuelve.
Podría recortar una clepsidra
de cada temblor.
Es deshojar la roca con las yemas de los dedos
y percibirte adolescente.
Si lo piensas bien una vida no es más
que el asesinato inagotable de los instantes.
Un segundo, nada más que necesitas un segundo
y habrás cruzado la aurora. 

V: Sombra

Un hombre danza a través del silencio
mientras el horizonte perfila un desnivel.
Nunca cesa, la mancha en tu retina.
Así es como puedes seguir el rastro del limón en el agua,
el eco de la música en la pared,
la sombra de su tacto en la almohada.
Esta alambrada de suspiros marca el límite
entre lo que deseas y lo que rompes.
Aún hay bastante nieve para encender la lumbre.
Es ir a tientas lo que te permite descubrir la arruga
porque una referencia sólo ha sido una huella de alguien que pisó primero.
Sabes bien que hay voces que lucen más que otras
y que no es el brillo sino el color lo que atrae la búsqueda.
Es bonito solapar tu pecho con el ala de una libélula,
dejar una muesca en el viento para derramarte a su través.
Ya lo sabes, siempre es la luz que te deja ciego
la que te obliga a mantener la mirada.

martes, 29 de abril de 2014

Desidia

Es difícil ser paciente con esta especie de insatisfacción que nunca cesa.
Acentuada por la soledad, esa sensación engulle de poquito a poco la espiral viviente que mi cuerpo traza sobre un vacío.
Últimamente me cuesta encontrar la veta de donde extraigo las palabras. Es como si la desidia se hubiera apoderado de mí. Sentarme a ver pasar las salpicaduras que el mundo deja en mi retina para ignorarlas apenas se han posado.
He caído en el aislamiento, y la amenaza que siempre ha supuesto el contacto con los otros se ha tornado en estos tiempos en insoportable.
Creo que no es una cuestión de ética, de lo correcto o incorrecto, de lo adecuado o no. Más bien es una elipse que circunscribe un horror interno. Inaprensible pero no por ello menos vivencial.
A veces echo de menos la ceguera. Ese no saber sobre la insatisfacción perpetua, esa ignorancia sobre la ausencia de completud. Bonita pasión, la de la ignorancia.
Se me escurren entre los dedos recuerdos que había olvidado mi cuerpo, paisajes que me vieron gritar y abismos que me cortaron la voz.
Sentado en un sofá de hielo observo mi profesión, el sonido chirriante que produce tratar de descubrir una armonía entre dos pentagramas de distintas tonalidades.
Es una palabra fea esa que nombra lo que soy en mi trabajo. Una palabra demasiado artificial y sin ninguna historia ni fin establecido. Pienso que es como habitar una alambrada de espino, llena de agujeros y punzante. Si lo reflexiono bien, con mi profesión se trata de soportar la propia ignorancia y convertirla en algo parecido al amor para ofrecerlo a otra persona que habla. Creo que muy pocos pueden hacerlo y estoy seguro de que no soy uno de ellos. No es que lo desee con toda mi alma, tampoco me duele especialmente pero me gustaría saber qué hacer cuando uno descubre uno de sus límites.
A veces me asusta preguntarme si puede haber algún idealismo en el color gris, pues parece que tiendo hacia ese color. No es un mal color si uno lo medita con calma ya que las cenizas son así. Es la tranquilidad de la uniformidad lo que me da miedo, el idealismo de la uniformidad.
He de reconocer que con el tiempo he aprendido a admirar a quienes se consideraron mis enemigos. Al menos ellos tienen las cosas claras. Lo cual no impide para que todos acabemos desparramados entre los deseos, rotos todos, solos todos, muertos todos.
Me gustaría saber en qué momento exacto la curiosidad se me tornó en temor. Supongo que en ese punto uno se hace adulto.
También he visitado las despedidas. Pasarse la vida diciendo adiós tiene que pasar factura.
Así que me deslizo entre la desidia y sigo descubriendo cosas. Sin embargo ya no sé qué hacer con ellas porque hasta la escritura se me resiste. Tal vez me esté diciendo adiós.
Mientras tanto sueño con arena mullida y que mis ojos ardan, que mi saliva queme como la lava sólo por el deseo de echar de menos el agua.

viernes, 7 de marzo de 2014

Trocitos

El piano arde.
Él lo mira arder muy de cerca,
tanto que siente la quemazón
abrasando sus mejillas.
El piano arde.
Sus entrañas gimen alaridos
cuando las cuerdas metálicas
se parten por el calor.
El piano arde.
Él lo mira arder muy de cerca.
Y la música.
La música sigue ejecutándose en el aire.


Iba cazando óvalos.
En un mundo rectangular
iba cazando óvalos.
Quería encontrar
el reflejo de su labios
entreabiertos
por la sorpresa.


En su boca una sombra,
en sus ojos un prisma.
En su garganta
el sonido mudo
de la letra h.
Entre sus manos
varias puertas.
Sobre su pecho
pesaba la luz.
De esta forma
un hombre se desnudaba.


En el corazón del remolino,
en los pétalos de la flores,
en el movimiento de las aves
reina ella.
Me pregunto si también
la decepción del idealista
o el parpadeo conjunto
que inagura el amor
o la topología del suicida
seguirán el trazado
de la espiral áurea.


He buscado a través
de las palabras
y no he encontrado
su nombre.
Supongo que por eso
un cuchillo agrieta
mi piel.


Hay un espejo de asfalto
encima de su cerviz.
Crujen las cruces
crueles costras de crisis.
Al menos la saliva
cuando se une con la tinta
puede marcar una vida.


La aguja atraviesa su mirada.
Punzante, como triturar piedras
con los dientes.
El desamparo es una vocación.
No hace falta emparentarlo
con la muerte.


Empaparse de humo,
despojarse del mapa
traicionero del propio
cuerpo,
correr descalzo
por los cristales del invierno.
Y llorar.
Llorar, sí.
Pero delante de una chimenea.


Es fácil matar el amor,
sólo basta suponerse
uno mismo como completo
por encima de todo.
Es fácil mandar sobre otros,
sólo basta un ansia profunda
por querer obedecer
por encima de todo.
Es fácil juzgar por fuera,
sólo basta creer
que el ser humano
busca su propio bien
por encima de todo.
Es fácil disculparse,
pues sólo es el aviso
de que se va a repetir
lo mismo de nuevo
por encima de todo.


Se despide
y un extraño calor
se apodera de sus huesos.
No conocerse
y sin embargo saber
que algo se ha roto
en el saco que anuda
el pecho.
Sin imágenes,
sin conceptos,
sin poesía.
Sólo un adiós aleteando
en su mirada.
Y más allá
el horizonte inexplorado
de la existencia.

jueves, 27 de febrero de 2014

Decasílabos (en su mayoría)

I

Me hace sentir bastante extraño.
El último estertor de la luz
crepuscular deshojando del
aire migajas llenas de ausencia.
Se desata un extraño lapso.
El instante acristalado que hace
pesar las cosas del mundo sobre
mi pecho.
Conforma un resplandor extraño.
Poder escribir "vacío" o "hueco"
en una plenitud rebosante
de muerte.
Para mí hay un extraño cariz.
Romper la voz y hallar como su
fonema la articulación muda
de un gemido. Extraño tacto.
deshacer colores en el llanto.
En mi interior suena un modo extraño.
Arpegiar el tiempo. Declinar
la nada.

II

Describe su propia geometría
como recovecos que latieron.
Puede que yo habitara algún ángulo.
No lo sé porque estoy condenado
a una historia en cinta de Moebius,
transitando de dentro hacia fuera
y al revés. Un flujo de ida y vuelta
sin ningún límite ni frontera.
Tan solo bordeo un agujero.

III

Mis yemas ya trepan la pared esquirlada
que precede el encuentro con cada instante.
No caer. No caer al abismo bajo mis pies.

viernes, 20 de diciembre de 2013

No hay metalenguaje

No hay metalenguaje.
Es lo que sentenció Jacques Lacan en su seminario 20 "Aún".
No hay metalenguaje significa que no hay un lenguaje más allá del lenguaje. Esta simpleza se olvida. Se olvida siempre.
Hablamos.
Y después hablamos de lo que hemos hablado para volver a hablar de lo que hemos hablado sobre lo que hemos hablado.
Así se abre la espiral que gira en torno a un único centro innombrable, indecible.
Apoyamos nuestro ser sobre las palabras de Otro. Al hacerlo, perdemos nuestro ser y tratamos de reencontrarlo en las mismas palabras que lo disolvieron. Así que hablamos. Hablamos como derrotados desde el principio.
Una falta de ser que trata de escribir lo que es imposible que sea inscrito.
Por eso retorna de nuevo.
Lo imposible golpea a la puerta de nuestro ser. Sólo podemos responder con palabras que no lo alcanzan.
Los límites de la realidad son los límites del lenguaje, afirmaban Jacques Lacan y Michel Foucault, pero entonces ¿lo que está fuera del lenguaje no existe? Eso que golpea una y otra vez y que no puede ser dicho ¿es irreal?
Existe. Que no forme parte de la realidad no significa que no sea real.
Así lo atestigua la angustia, ese "afecto que no miente" en palabras de Lacan.
La angustia es el único signo de la existencia de ese fuera del lenguaje. Sentimos angustia y no podemos decir nada más. Sólo una palabra que marca una frontera. No es un concepto, no es una descripción, es sólo el testimonio de que algo se siente en el cuerpo y no puede ser nombrado.
Lo que provoca afectos en nuestro cuerpo es ese real innombrable y sobre el que el lenguaje da vueltas, circunsbriéndolo sin llegar a tocarlo.
La realidad excluye lo real.
Sobre esa zona oscura, sobre ese agujero en nuestra topología psíquica el cual, sin embargo, se vivencia siempre como excesivamente lleno, se construye el lenguaje tal y como lo entendemos, es decir, con los aparentes efectos de comunicación.
Efectos de comunicación siempre incompletos, siempre cojos.
Un lenguaje que habla del lenguaje no deja de ser lenguaje y, por tanto, arrastra el núcleo innombrable de lo que es un real para el sujeto que construye un lenguaje sobre el lenguaje.
No hay metalenguaje entonces.
A la deriva sobre ese real fuera de la realidad, fuera del lenguaje, el sujeto repite el sufrimiento.
El sujeto sufre porque habla y habla porque hay algo que nunca puede llegar a decir.
No hay metalenguaje pero hay angustia.
Angustia, la declinación más básica del sufrimiento humano.
Al igual que hablamos una y otra vez sobre lo que no podemos decir que, no obstante, nos habita y nos sacude, repetimos una y otra vez lo que nos duele. Precisamente porque ese real trata de hacerse realidad. ¿Cómo podemos escribir lo insoportable en nuestra realidad cotidiana? Sólo mediante la angustia, sólo mediante la repetición que Freud descifró hace casi cien años.
Hay un real fuera del lenguaje que produce angustia en el cuerpo. La angustia repite lo que para el sujeto más le hace sufrir. Esa repetición angustiosa es el signo de la existencia de lo innombrable, de lo irrepresentable sobre el que el lenguaje bordea. Es angustiosa porque la repetición es siempre fallida.
Si está fuera del lenguaje, ese real jamás podrá ser dicho, por lo que todos los intentos de armonizar el cuerpo con la palabra están condenados al error. El sujeto yerra al hablar de la angustia y yerra en lo que hace, encontrándose de frente con lo que más le hace sufrir. Por lo que vuelve a empezar una repetición idénticamente diferente del yerro.
Esa repetición insensata, aparentemente ilógica, sólo comprensible fuera del discurso de la ciencia (un lenguaje que habla del lenguaje), le llevó al mismo Freud a formular una subversión de la ética.
"El sujeto no busca su propio bien", afirmó el neurólogo austríaco, condenándose así a los ojos del cientificismo por venir.
A diferencia de toda la tradición filosófica, de todo ideal científico que defendían (y defenderán) un encuentro posible del sujeto con la felicidad, el psicoanálisis por boca de su inventor se posicionaba en el polo opuesto.
El sujeto no busca su propio bien.
Esta sencilla frase casi siempre resulta insoportable, inconcebible. Más aún en nuestros días. ¿Cómo puede alguien no acceder a la felicidad en una sociedad tecnológicamente avanzada que cubre las necesidades básicas?
La ciencia en nuestros días, como antes intentó la moral, pretende haber encontrado el medio de nombrar lo que no está en el lenguaje. Especialmente en lo que tiene que ver con lo humano.
La ciencia no se permite asumir que lo que nos humaniza es hablar siempre alrededor de algo indecible.
Por eso la ciencia asume que hay metalenguaje. Toda su fuerza proviene de tomar como axioma que su lenguaje (el de la ciencia) puede dar cuenta del malentendido, del yerro, que el sujeto mantiene con su propio lenguaje. Un metalenguaje que nombraría por fin lo que el lenguaje subjetivo es incapaz de decir.
Al sujeto actual, por lo tanto, le quedan dos salidas extremas: o se identifica con una moral sin tacha disolviendo su ser en una imagen completa que tapona el sufrimiento al que su propio real le obliga, o recurre al saber metalingüístico de la ciencia que promete una felicidad a través de un saber ignorante de lo que lo hace nacer y lo sustenta, ya que, en realidad, jamás hubo metalenguaje.
El resultado en cualquiera de los dos casos es la presencia constante de un sufrimiento inasimilable.
La moral o la ciencia pretenden dar respuesta a los grandes enigmas de la naturaleza humana. ¿Qué es ser un hombre para una mujer? ¿Qué es ser una mujer para un hombre? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es la locura? ¿Cómo alcanzar la felicidad subjetiva?...
El sujeto que se somete a los dictados de esos saberes ignorantes de su propio origen acaba, de la misma forma, errando. Pero el yerro es aún más doloroso por cuanto que el sujeto había depositado sus esperanzas de felicidad en dichos saberes.
Acaba así desnudo, desamparado en la maraña de un lenguaje que afirma ser metalenguaje pero que, sin embargo, no da cuenta de lo que el sujeto acaba repitiendo en su sufrimiento.
La moral o la ciencia se ven impotentemente desbordadas por ese real que hace surgir al sujeto como efecto de lenguaje. Es como tratar de detener la corriente de un río con un grano de arena.
El metalenguaje, que no es tal, de la ciencia y la moral intenta sumergirse en lo indecible y acaba absorbido por él.
A partir de aquí el sujeto realiza esfuerzos increíbles por sostener aquello en lo que a su vez se sostiene.
Puesto que el sujeto cifraba sus esperanzas de felicidad en estos saberes y con ellas, en lo profundo, entregaba su propio ser, se ve obligado a mantener la palabra dada aun perdiéndose más y más a sí mismo.
La paradoja es que cuanto menos la ciencia o la moral son capaces de responder al real indecible sobre el que el sujeto da vueltas, se angustia, sufre y repite, tanto más el sujeto lucha por mantener la legitimidad de dichos saberes.
Por lo que se ve obligado a sufrir más y más.
Los saberes de la época no dan el encuentro perfecto entre la palabra y el cuerpo, no resuelven el sufrimiento, no proporcionan la solución al dolor de existir, pero el sujeto entregó su esperanza y su ser a ellos, por lo que adquirió un compromiso. Esos saberes le sostendrían. Si esos saberes no cumplen su parte, es decir, no sostienen al sujeto, éste se ve llevado a sostener esos saberes que lo sostienen, ya que si no sostiene lo que le sostiene acaba cayendo en una catástrofe subjetiva. Por lo que el sufrimiento se acrecienta.
El lenguaje que se creía metalenguaje se ve invadido por lo que desconoce puesto que no lo puede nombrar. Es lo que nos muestra la imposibilidad de dichos saberes para responder al sufrimiento del sujeto. Así surge el aumento de la angustia en el sujeto, el cual tiene que soportar la existencia de la suya propia y la angustia de los saberes que no se sostienen ni a sí mismos ni al sujeto.
Los saberes que se otorgan a sí mismos la respuesta ante lo real al elevarse a la dignidad de un metalenguaje idílico resulta que no pueden nombrar lo innombrable. Al no poder nombrar lo irrepresentable continúan sin comprender el núcleo del sufrimiento humano.
Y todos sabemos que el miedo surge ante lo que no se comprende.
Así el sujeto queda torturado por el miedo ante lo incomprensible de su propia angustia y por la trampa de acabar sosteniendo lo que, en un principio, aparentaba que le sostenía a sí mismo.
El espejismo acaba tomando realidad al precio del cuerpo del sujeto, pues los saberes de la época siguen dominando el vasto imperio del poder. Sin embargo, a mayor dominación, mayor proporción de sujetos sufriendo incapaces de salir de la trampa.
El espejismo de lo imaginario se alimenta de la angustia de unos sujetos que comprometieron su cuerpo al saber. Aquí quizá podamos observar la incidencia del biopoder foucaultiano desde el lado del sujeto.
Por tanto, un real de cuerpos rotos de angustia sostienen saberes completos en el espejismo imaginario de lo social.
Todo esto no es más que la consecuencia que el sujeto obtiene al rechazar de su conciencia el descubrimiento freudiano respecto a la ética. La consecuencia por parte del sujeto de creer, hasta el punto de jugarse la vida del deseo, que realmente uno busca su propio bien.
Asumir que el sujeto no busca su propio bien no resuelve el yerro, no proporciona la completud ni acaba por nombrar lo innombrable. Más bien al contrario, hace al sujeto consciente de su propia imposibilidad.
Esto que a priori parece condenar al sujeto a un callejón sin salida acaba abriendo la puerta a la esperanza más auténtica.
Asumir que el sujeto no busca su propio bien es posicionarse en un discurso que no se toma a sí mismo por metalenguaje, un discurso que toma en cuenta lo real que no cesa de tratar de inscribirse en el lenguaje sin conseguirlo. Al hacer esto, este discurso es el más honesto para con el sujeto.
Un discurso de este tipo, donde se posiciona el psicoanálisis, hace comprensible el límite de la incomprensibilidad del sufrimiento humano. Permite que el sujeto pueda inventar salidas ante la repetición de su propio sufrimiento, de su propia angustia. Siempre que él lo decida, claro.
De todas formas, ese núcleo real siempre queda elidido del lenguaje y, por tanto, el sujeto parece condenado a una repetición sin fin a pesar de las posibles inventivas que ponga en práctica.
Ahí es donde el psicoanálisis ofrece una solución. No se trata de subsumir ese real en lo simbólico, no se trata de nombrarlo definitivamente ni de hacer que desaparezca, puesto que, por lógica, es imposible.
Se trata de que el sujeto le halle una función.
Que el sujeto le encuentre una función a lo real respecto a lo cual el lenguaje gira entre el sentido y el sinsentido no significa que deba ser útil.
Funcionalidad no es lo mismo que utilidad. Debemos remarcarlo para no acabar cayendo en un utilitarismo devastador, ya que el utilitarismo es uno de los nombres de los saberes de esta época que se ofrecen como solución al sufrimiento.
Más bien de lo que se trata es de que el sujeto encuentre una función, aunque sea inútil, a ese real que parasita su cuerpo al margen del lenguaje.
Al final se trata de hacer arte, puesto que el arte es inútil en el sentido de que no sirve para nada, pero a la vez el arte firma, da cuenta, de algo singular fuera del lenguaje.
Evidentemente, no se trata del arte que busca la mirada del público (aunque bien puede serlo), sino del arte que se ubica en el propio sujeto. Un arte que da vueltas siempre sobre lo mismo, al igual que el lenguaje, pero que le ha encontrado una función a ese real inasimilable por el lenguaje.
La función de rubricar la existencia de un sujeto con un cuerpo donde el lenguaje ha incidido sobre lo real. Y, por tanto, habla. Un cuerpo que habla. Un parletre.
Con lo cual podíamos llegar con Lacan al reverso de la afirmación freudiana.
"El sujeto no busca su propio bien", sentencia Freud.
"El sujeto siempre es feliz", concluye Lacan cuarenta años después de la frase de Freud.