I
En esta soledad de gasolina
he llegado a confundir espera
con esperanza.
En esta soledad de queroseno
no entiendo cómo mi cuerpo
permanece entero
si siento que algo no cesa
de arrancarse sin anestesia.
En esta soledad de benceno
que me empapa la vida
veo como está cayendo la chispa
que me convertirá en un infierno
de fantasías calcinadas
y carne carbonizada.
II
De sus palabras he construido mi mentira.
Aunque sus actos me chillaran a la cara
la verdad del asunto,
he preferido vivir engañado.
Durante años.
Es terrible cuando se revela que basta una idea
para joderte la vida, para matarte el tiempo.
¿Pero qué pensaba que era el amor?
¿Por qué me he aferrado a que el amor
se encarna en la presencia de alguien?
Ella no tiene la culpa, aunque quiera creer que sí.
La culpa es mía, de mi familia, que me metió
en las entrañas esta idea del amor que a la larga
me ha asesinado,
esta idea que he preferido defender con espejismos
en vez de aprender que no hay el amor
sino amores.
No aprendo jamás que el amor o muere o te mata.
III
Desde pequeño el mundo de los otros,
el que existe fuera de la casa,
me ha mostrado que mi lugar está en ser
la última opción.
La última opción a quien elegir en el equipo
de fútbol, la última opción para quedar,
para recurrir, para besar.
Eso no ha cambiado y no cambiará jamás.
Cristo decía que los últimos serán los primeros
en alcanzar el reino de los cielos.
Tenía toda la razón, porque ahora sé que los últimos
son siempre los primeros en morir.
IV
Había alquitrán en la playa a la que iba de niño,
parasitaba el agua y formaba manchas en la arena.
Recuerdo que se me pegaba en la piel
y mi madre rápidamente lo limpiaba con saña,
trataba de mantenerme limpio, quizá puro.
Pero yo ya era de alquitrán,
oscuro, denso, maloliente, un desecho.
Nadie ama el alquitrán.
V
Tengo vocación de suicida,
pero sólo porque el suicidio me llama.
Si el suicidio tiene mi nombre,
¿qué es esta extraña espera
que los demás denominan vida?
Tengo vocación de suicida,
pero sólo porque únicamente
me han movido utopías,
que sólo es un bonito nombre
para definir a las mentiras.
miércoles, 28 de agosto de 2019
miércoles, 21 de agosto de 2019
Dos percepciones del abismo
I:
Miraba los chapiteles sin tallar de la muerte, la corona de toda vida. Y se preguntaba si habría olas allí encerradas. Y se preguntaba por qué es siempre la muerte de otro la que importa más que la propia. Y se preguntaba si eso tendría que ver con el amor, si era su causa o su consecuencia, si se podría imaginar una existencia del amor que no estuviera sostenida por la muerte.
El tiempo caía en un chirimiri sin pausa. Empapaba su camisa y su piel, se le metía por dentro hasta licuar su memoria, hasta desplegar todas las sensaciones, todas las imágenes, todos los olores que había visitado sin saber en el fondo qué significaban.
En esa soledad punteada de ausencias que le hablaban miraba los chapiteles sin tallar de la muerte, el culmen de toda vida. Y se preguntaba si habría latidos allí encerrados. Si permanecerían allí los latidos de ella, los de su familia y sus amigos.
Un anciano de treinta y seis años lloraba mientras miraba los chapiteles sin tallar de la muerte.
II:
Le había pedido la música y él no la encontraba.
La había dejado yaciendo en la cama con los ojos cerrados y un rictus de agonía sobre los párpados, saliendo como un loco a buscar la música.
Con la mirada roja de la angustia y en el pecho el aullido silente de la desesperación corrió hacia las partituras sin encontrar la que buscaba. Parecía un vendaval de papel, se derramaban las melodías y la música no aparecía. Había desenfundado los discos, esparciendo vinilos mudos sobre el mundo, y no hallaba la música.
Pasaron dos eternidades en un viaje frenético sin éxito. Rodeado de discos negros y partituras blancas él lloraba inconsolable. Ella se moría y la música había desaparecido. Poco a poco se fue levantando. Le costó un año apoyar la mano en el suelo frío y otro año más coger impulso con las piernas. Se acercó al violoncello nadando contracorriente en el río de aceite que era el sufrimiento.
Volvió a la habitación donde ella permanecía como la había dejado. Tomó asiento a su lado, acarició su frente y abrazó el violoncello. Cogió aire muy despacio, cerró los ojos, desplegó la memoria, apuñaló su corazón y comenzó a tocar.
Tocó sobre el otoño que se conocieron, el momento en que cruzaron la mirada y el nacimiento del tiempo. Arpegió las noches abrazados, el calor de la unión y las escapadas de los fines de semana. El cello vibraba con las discusiones y los reproches, con los colores con los que ella había pintado la casa, con los desayunos diarios y las cenas de celebración. Tocó sobre ella, su sensibilidad y su capacidad de encontrar la belleza en los sitios más comunes. Tocó sobre él, sobre su extravío y su deseo de que ella permaneciera a su lado. Tocó sobre la vida y sobre lo que no volvió. Tocó sobre sus manos entrelazadas a pesar del abismo.
Cuando terminó de tocar pasaba la medianoche y se había quedado vacío. Notó su mano en la rodilla y vio que había abierto los ojos. Ella lloraba en silencio y sus labios esbozaban una sonrisa.
Así dejó de respirar, pues esa música fue lo que le permitió cruzar el umbral de la muerte sin temor.
Con los ojos nublados de dolor, él destrozó el cello contra el suelo y partió el arco con las manos, se arrodilló vacío al lado de la cama y la abrazó.
Ella se había llevado la música.
Miraba los chapiteles sin tallar de la muerte, la corona de toda vida. Y se preguntaba si habría olas allí encerradas. Y se preguntaba por qué es siempre la muerte de otro la que importa más que la propia. Y se preguntaba si eso tendría que ver con el amor, si era su causa o su consecuencia, si se podría imaginar una existencia del amor que no estuviera sostenida por la muerte.
El tiempo caía en un chirimiri sin pausa. Empapaba su camisa y su piel, se le metía por dentro hasta licuar su memoria, hasta desplegar todas las sensaciones, todas las imágenes, todos los olores que había visitado sin saber en el fondo qué significaban.
En esa soledad punteada de ausencias que le hablaban miraba los chapiteles sin tallar de la muerte, el culmen de toda vida. Y se preguntaba si habría latidos allí encerrados. Si permanecerían allí los latidos de ella, los de su familia y sus amigos.
Un anciano de treinta y seis años lloraba mientras miraba los chapiteles sin tallar de la muerte.
II:
Le había pedido la música y él no la encontraba.
La había dejado yaciendo en la cama con los ojos cerrados y un rictus de agonía sobre los párpados, saliendo como un loco a buscar la música.
Con la mirada roja de la angustia y en el pecho el aullido silente de la desesperación corrió hacia las partituras sin encontrar la que buscaba. Parecía un vendaval de papel, se derramaban las melodías y la música no aparecía. Había desenfundado los discos, esparciendo vinilos mudos sobre el mundo, y no hallaba la música.
Pasaron dos eternidades en un viaje frenético sin éxito. Rodeado de discos negros y partituras blancas él lloraba inconsolable. Ella se moría y la música había desaparecido. Poco a poco se fue levantando. Le costó un año apoyar la mano en el suelo frío y otro año más coger impulso con las piernas. Se acercó al violoncello nadando contracorriente en el río de aceite que era el sufrimiento.
Volvió a la habitación donde ella permanecía como la había dejado. Tomó asiento a su lado, acarició su frente y abrazó el violoncello. Cogió aire muy despacio, cerró los ojos, desplegó la memoria, apuñaló su corazón y comenzó a tocar.
Tocó sobre el otoño que se conocieron, el momento en que cruzaron la mirada y el nacimiento del tiempo. Arpegió las noches abrazados, el calor de la unión y las escapadas de los fines de semana. El cello vibraba con las discusiones y los reproches, con los colores con los que ella había pintado la casa, con los desayunos diarios y las cenas de celebración. Tocó sobre ella, su sensibilidad y su capacidad de encontrar la belleza en los sitios más comunes. Tocó sobre él, sobre su extravío y su deseo de que ella permaneciera a su lado. Tocó sobre la vida y sobre lo que no volvió. Tocó sobre sus manos entrelazadas a pesar del abismo.
Cuando terminó de tocar pasaba la medianoche y se había quedado vacío. Notó su mano en la rodilla y vio que había abierto los ojos. Ella lloraba en silencio y sus labios esbozaban una sonrisa.
Así dejó de respirar, pues esa música fue lo que le permitió cruzar el umbral de la muerte sin temor.
Con los ojos nublados de dolor, él destrozó el cello contra el suelo y partió el arco con las manos, se arrodilló vacío al lado de la cama y la abrazó.
Ella se había llevado la música.
jueves, 8 de agosto de 2019
Torsiones
I
Alamedas tachonan mis brazos y me tatúan su sombra,
tachado cruzo la vida sobre resplandores apagados.
Me sorprendo todavía al seguir sosteniendo
mi propio reflejo irreconocible en sus ojos.
Espacio despacio los lazos lacios del cartapacio
donde pulsan los proyectos de los desesperados.
No hay recuerdos tallados cuando despertamos,
es la misma pesadilla recurrente la que persiste:
no conozco el lugar, pero ese lugar me invade.
II
Se compone de humo de mármol,
de música astillada en crescendo,
de aguamarinas sin engarzar,
del hiato entre dos idiomas,
del peso de la sombra de mil cipreses,
pero sigo sin entender qué abarca
ese momento en el que nos quebramos.
III
Quiero reinar sobre los agujeros, sobre los abismos,
sobre las espirales vacías de los desfiladeros.
Ahí donde nada puede sostenerse busco mi corona.
Tengo la esperanza de que si gobierno sobre los huecos infinitos,
podré convertirme en tiempo, recordaré todas las primeras veces
antes de que la repetición las apague en el frenesí de lo habitual.
IV
El tacto es una fuga enloquecida,
por eso los ciegos orbitan en torno a un sol
de pieles.
No por pasión se buscan los cuerpos,
sino para mantener los ojos cerrados.
Habría que examinar las causas de la ceguera.
Ciego es el amor, ciega es la ignorancia,
ciega es la tranquilidad.
Sólo existe una calma que soporte la visión,
la llaman serenidad
y ella siempre exige transitar por la pérdida.
V
¿Qué hago cuando digo cadencias esteparias,
nudos líquidos de bramante, relámpagos amordazados?
¿Qué hago cuando escribo trasteros de añoranza,
punzante piedad silente, naufragios ardientes de la luz?
Creo. Creo universos. Universos quebradizos de sonidos
que colapsan sobre otros universos quebradizos de sonidos.
Escribir es abrir el infinito y hablar es iniciar el infinito de infinitos.
Tal vez por eso Lacan creía que el lenguaje
es el verdadero nombre de Dios.
Si hablar es lo único humano, Dios tiene que ser humano.
Dios, que se declina en sangre enamorada,
en linajes perdidos de gorriones, en cuevas partidas de despedidas,
en átomos planetarios, en verdades de vidrio, en sollozos de rocas,
en metal masticable, en universos quebradizos de sonidos
que colapsan sobre otros universos quebradizos de sonidos.
VI
Envolver un látigo con la bajamar
o descubrir el pulso en una huida.
Avanzar desfasado, existir a traspiés,
darse cuenta de que uno vivió
porque algo se ha perdido
y saber que se perdió porque se recuerda.
Hacer un museo de los errores.
No sé si todo eso compone un fragmento de algo,
tal vez del paso del tiempo, quizás de un roce,
desde luego que no de un aprendizaje.
VII
Música, hay música. ¿No la oyes?
Hasta en la decepción hay música.
Sí, sé que no toda música puede bailarse.
Pero hay música.
Escucha,
es la melodía escarchada del adiós,
la fanfarria épica de la hipocresía,
el arpegio retumbante del deseo,
los violines aullantes del valor,
la sinfonía abrupta del amor,
el concierto desesperado de la vida.
Escucha, dentro de mí suenan levemente
las notas en pizzicato de tu nombre
junto a la estática percusión en granizo
de mi nada.
Alamedas tachonan mis brazos y me tatúan su sombra,
tachado cruzo la vida sobre resplandores apagados.
Me sorprendo todavía al seguir sosteniendo
mi propio reflejo irreconocible en sus ojos.
Espacio despacio los lazos lacios del cartapacio
donde pulsan los proyectos de los desesperados.
No hay recuerdos tallados cuando despertamos,
es la misma pesadilla recurrente la que persiste:
no conozco el lugar, pero ese lugar me invade.
II
Se compone de humo de mármol,
de música astillada en crescendo,
de aguamarinas sin engarzar,
del hiato entre dos idiomas,
del peso de la sombra de mil cipreses,
pero sigo sin entender qué abarca
ese momento en el que nos quebramos.
III
Quiero reinar sobre los agujeros, sobre los abismos,
sobre las espirales vacías de los desfiladeros.
Ahí donde nada puede sostenerse busco mi corona.
Tengo la esperanza de que si gobierno sobre los huecos infinitos,
podré convertirme en tiempo, recordaré todas las primeras veces
antes de que la repetición las apague en el frenesí de lo habitual.
IV
El tacto es una fuga enloquecida,
por eso los ciegos orbitan en torno a un sol
de pieles.
No por pasión se buscan los cuerpos,
sino para mantener los ojos cerrados.
Habría que examinar las causas de la ceguera.
Ciego es el amor, ciega es la ignorancia,
ciega es la tranquilidad.
Sólo existe una calma que soporte la visión,
la llaman serenidad
y ella siempre exige transitar por la pérdida.
V
¿Qué hago cuando digo cadencias esteparias,
nudos líquidos de bramante, relámpagos amordazados?
¿Qué hago cuando escribo trasteros de añoranza,
punzante piedad silente, naufragios ardientes de la luz?
Creo. Creo universos. Universos quebradizos de sonidos
que colapsan sobre otros universos quebradizos de sonidos.
Escribir es abrir el infinito y hablar es iniciar el infinito de infinitos.
Tal vez por eso Lacan creía que el lenguaje
es el verdadero nombre de Dios.
Si hablar es lo único humano, Dios tiene que ser humano.
Dios, que se declina en sangre enamorada,
en linajes perdidos de gorriones, en cuevas partidas de despedidas,
en átomos planetarios, en verdades de vidrio, en sollozos de rocas,
en metal masticable, en universos quebradizos de sonidos
que colapsan sobre otros universos quebradizos de sonidos.
VI
Envolver un látigo con la bajamar
o descubrir el pulso en una huida.
Avanzar desfasado, existir a traspiés,
darse cuenta de que uno vivió
porque algo se ha perdido
y saber que se perdió porque se recuerda.
Hacer un museo de los errores.
No sé si todo eso compone un fragmento de algo,
tal vez del paso del tiempo, quizás de un roce,
desde luego que no de un aprendizaje.
VII
Música, hay música. ¿No la oyes?
Hasta en la decepción hay música.
Sí, sé que no toda música puede bailarse.
Pero hay música.
Escucha,
es la melodía escarchada del adiós,
la fanfarria épica de la hipocresía,
el arpegio retumbante del deseo,
los violines aullantes del valor,
la sinfonía abrupta del amor,
el concierto desesperado de la vida.
Escucha, dentro de mí suenan levemente
las notas en pizzicato de tu nombre
junto a la estática percusión en granizo
de mi nada.
martes, 25 de septiembre de 2018
Descensos
I: Espera
Me he dado cuenta de que la espera es un abismo.
Caigo por él y no se perfila el fondo. Años y años cayendo.
Tanto tiempo que confundo la caída con inmovilidad.
¿Desciendo o estoy en el mismo sitio? ¿No es lo mismo?
Me he dado cuenta de que la espera con la esperanza
rota se convierte en un abismo.
Y yo lo habito.
¿Ha sido siempre mi hogar?
En esta paradoja que entrelaza la caída infinita
con la inmovilidad eterna
el único movimiento perceptible son las puñaladas
con las que el tiempo cose mi mente, mi figura.
Espero. Mis padres envejecen y mueren.
Pierdo un lugar y una brújula. Caigo.
Espero. Mis amigos construyen su vida y se van.
Pierdo la risa y el color. Caigo.
Espero. Mis decisiones se desvanecen vírgenes.
Pierdo la oportunidad y los ideales. Caigo.
Espero cayendo, caigo esperando.
Este baile estático de una sola persona
sólo puede desenterrar la muerte. Nada más.
Me he dado cuenta de que la espera es un abismo
porque me he dado cuenta de que la espera
sin esperanza es una forma de suicidio.
La más larga, por supuesto.
II: Perro
Siempre he creído que era libre, independiente.
Pero en realidad sé que soy un perro. Obediente.
Lo descubro observando qué forma toma en mí el amor.
Salvar a una mujer para salvarme de mí mismo
me convierte en un perro.
El amor me convierte en un perro.
Yo me convierto en perro.
El amo es el corazón del amor para mí.
Salvarla la transforma a ella en mi amo
y a mí en el perro.
El perro que espera a su amo y depende de sus caricias
sin que el perro pueda decidir cuándo o de qué manera.
El perro que acusa los golpes de su amo(r)
y llega a identificar las cicatrices en el lomo con las marcas
de la presencia y de la devoción de aquel.
Convertirme en perro es un descenso
porque el perro no sabe que no puede salvar a su amo(r).
Pero si no puede salvarle tampoco puede salvarse.
No obstante, no lo sabe.
El perro que soy espera y desciende sin salvación.
Rabia. Aparece la rabia. El perro se ha vuelto rabioso.
Me convierto en un perro rabioso por amor.
Y todo acaba siempre de la misma manera:
Soltando espuma por la boca, aullando a los muebles,
golpeándome a cabezazos con la vida, mirando perdido,
hasta que logro eviscerarme con mis propios dientes.
Hasta que logro suicidarme a mordiscos.
Me he dado cuenta de que la espera es un abismo.
Caigo por él y no se perfila el fondo. Años y años cayendo.
Tanto tiempo que confundo la caída con inmovilidad.
¿Desciendo o estoy en el mismo sitio? ¿No es lo mismo?
Me he dado cuenta de que la espera con la esperanza
rota se convierte en un abismo.
Y yo lo habito.
¿Ha sido siempre mi hogar?
En esta paradoja que entrelaza la caída infinita
con la inmovilidad eterna
el único movimiento perceptible son las puñaladas
con las que el tiempo cose mi mente, mi figura.
Espero. Mis padres envejecen y mueren.
Pierdo un lugar y una brújula. Caigo.
Espero. Mis amigos construyen su vida y se van.
Pierdo la risa y el color. Caigo.
Espero. Mis decisiones se desvanecen vírgenes.
Pierdo la oportunidad y los ideales. Caigo.
Espero cayendo, caigo esperando.
Este baile estático de una sola persona
sólo puede desenterrar la muerte. Nada más.
Me he dado cuenta de que la espera es un abismo
porque me he dado cuenta de que la espera
sin esperanza es una forma de suicidio.
La más larga, por supuesto.
II: Perro
Siempre he creído que era libre, independiente.
Pero en realidad sé que soy un perro. Obediente.
Lo descubro observando qué forma toma en mí el amor.
Salvar a una mujer para salvarme de mí mismo
me convierte en un perro.
El amor me convierte en un perro.
Yo me convierto en perro.
El amo es el corazón del amor para mí.
Salvarla la transforma a ella en mi amo
y a mí en el perro.
El perro que espera a su amo y depende de sus caricias
sin que el perro pueda decidir cuándo o de qué manera.
El perro que acusa los golpes de su amo(r)
y llega a identificar las cicatrices en el lomo con las marcas
de la presencia y de la devoción de aquel.
Convertirme en perro es un descenso
porque el perro no sabe que no puede salvar a su amo(r).
Pero si no puede salvarle tampoco puede salvarse.
No obstante, no lo sabe.
El perro que soy espera y desciende sin salvación.
Rabia. Aparece la rabia. El perro se ha vuelto rabioso.
Me convierto en un perro rabioso por amor.
Y todo acaba siempre de la misma manera:
Soltando espuma por la boca, aullando a los muebles,
golpeándome a cabezazos con la vida, mirando perdido,
hasta que logro eviscerarme con mis propios dientes.
Hasta que logro suicidarme a mordiscos.
martes, 17 de julio de 2018
A mi padre
Desde hace un tiempo, cada vez que hablo con mi padre tengo la sensación de estar despidiéndome de él. Como si fuera a morirse en cualquier momento, como si nuestras palabras no formaran ya ideas sino estertores.
Desde hace un tiempo. No sé cuánto, pero sé que va para varios años ya.
Le escucho hablar del tiempo que hace en Madrid, le escucho preguntarme por la consulta y le escucho bromear. Pero entre esos sonidos, entre sus palabras, también escucho quebrarse algo. Es muy tenue y aparece al final de algunas de sus palabras. Es un crujido sutil que anuncia que la vida está a punto de ceder.
La vida le está llegando al límite, no aguanta más peso y le cruje levemente la voz. Madera rompiéndose. El principio del final. Y se lo oigo en la voz, cada vez con más frecuencia.
Cuando escucho ese crujido me quedo un rato callado, muy callado, casi sin respirar. Mi padre me pregunta si aún estoy ahí, al otro lado del teléfono. No respondo, no puedo responder. Estoy aterrado, paralizado. Mi padre me pregunta si me pasa algo, pero no puedo hablar porque sé que si abro la boca empezaré a llorar y sé que será un llanto que no podré parar durante varios siglos y no quiero preocupar a mi padre. Además, tampoco sabría explicárselo. Cada vez me cuesta más tiempo retomar la conversación.
Me debato entre acortar los espacios para volver a hablar con él, sentir que aún permanece conmigo, y dejar que pasen los días para borrar el recuerdo de esos crujidos sobre mi pecho.
Sé que su voz poco a poco va siendo conquistada por los ecos de la agonía. Y no lo soporto. ¿Cuál va a ser la última palabra que escuche de sus labios? ¿Podré estar junto a él para mirarle a los ojos y decirle a través de las manos que sé que él hizo todo lo que pudo, que sus aciertos le dieron color a mis ideales y sus fallos le hicieron más humano a mis ojos? ¿Sabrá, en el último segundo de su vida, que le he amado y que le amo?
¿Pero cómo se va a morir mi padre? Es estoico y frugal. Ha vivido grandes muertes y grandes decepciones y siempre ha estado ahí, erguido en la tenacidad, como un puntal de hierro y seda.
Si hasta parecía que la vida se las apañaba para cederle el paso. ¿Por qué no puede hacer lo mismo la muerte?
Se acaba su tiempo y con él algo central del mío. No sé hacia dónde apuntará mi vida cuando él muera, porque él ha marcado una dirección que siempre ha estado. Daba igual que yo la siguiera o no, lo importante es que había una flecha que indicaba un camino. Ese rumbo se borrará con él, porque él es ese rumbo, ese sentido, esa derrota. Sin su derrota sé que yo estaré derrotado.
Ha hecho grandes sacrificios, mi padre. Renunció a la canción del mar para estar con nosotros. Renunció al tabaco para darnos ejemplo, aunque no lo consiguiera. Renunció a la sonrisa de la vida para trabajar en una oficina, así mi madre pudo tener tiempo, mi hermana pudo tener una vida y yo pude tener libros. Renunció a una vejez tranquila por amor. Y esas renuncias tendrían ya que haberme hecho un hombre. No es culpa suya que yo jamás haya querido aprender.
Ha hecho grandes sacrificios, mi padre. Es él quien debería tener mi nombre, pues creo que yo nunca he sacrificado nada o, al menos, nada tan importante como la vida.
Dale una tregua, muerte, dásela. Retira los crujidos de su voz. Se merece vivir un poco más y tener algunas chispas de satisfacción, algún aroma de felicidad, aunque sea al final.
Por favor, muerte, retira esos malditos crujidos de su voz. Se merece saber que su hijo ya no quiere cambiarle. Dame tiempo para que pueda transmitírselo, que ya no quiero cambiarle, que algo he podido entenderle.
Por favor, muerte, haz una excepción y convierte esta eterna despedida en una eterna presencia.
Sí, sé que es imposible. Pero al menos hazle saber que ya no quiero cambiarle y que su hijo le ama. Por favor, haz que sea la paz del amor profundo lo último que sienta antes de que su voz deje de crujirle para siempre, por favor, muerte, por favor.
Desde hace un tiempo. No sé cuánto, pero sé que va para varios años ya.
Le escucho hablar del tiempo que hace en Madrid, le escucho preguntarme por la consulta y le escucho bromear. Pero entre esos sonidos, entre sus palabras, también escucho quebrarse algo. Es muy tenue y aparece al final de algunas de sus palabras. Es un crujido sutil que anuncia que la vida está a punto de ceder.
La vida le está llegando al límite, no aguanta más peso y le cruje levemente la voz. Madera rompiéndose. El principio del final. Y se lo oigo en la voz, cada vez con más frecuencia.
Cuando escucho ese crujido me quedo un rato callado, muy callado, casi sin respirar. Mi padre me pregunta si aún estoy ahí, al otro lado del teléfono. No respondo, no puedo responder. Estoy aterrado, paralizado. Mi padre me pregunta si me pasa algo, pero no puedo hablar porque sé que si abro la boca empezaré a llorar y sé que será un llanto que no podré parar durante varios siglos y no quiero preocupar a mi padre. Además, tampoco sabría explicárselo. Cada vez me cuesta más tiempo retomar la conversación.
Me debato entre acortar los espacios para volver a hablar con él, sentir que aún permanece conmigo, y dejar que pasen los días para borrar el recuerdo de esos crujidos sobre mi pecho.
Sé que su voz poco a poco va siendo conquistada por los ecos de la agonía. Y no lo soporto. ¿Cuál va a ser la última palabra que escuche de sus labios? ¿Podré estar junto a él para mirarle a los ojos y decirle a través de las manos que sé que él hizo todo lo que pudo, que sus aciertos le dieron color a mis ideales y sus fallos le hicieron más humano a mis ojos? ¿Sabrá, en el último segundo de su vida, que le he amado y que le amo?
¿Pero cómo se va a morir mi padre? Es estoico y frugal. Ha vivido grandes muertes y grandes decepciones y siempre ha estado ahí, erguido en la tenacidad, como un puntal de hierro y seda.
Si hasta parecía que la vida se las apañaba para cederle el paso. ¿Por qué no puede hacer lo mismo la muerte?
Se acaba su tiempo y con él algo central del mío. No sé hacia dónde apuntará mi vida cuando él muera, porque él ha marcado una dirección que siempre ha estado. Daba igual que yo la siguiera o no, lo importante es que había una flecha que indicaba un camino. Ese rumbo se borrará con él, porque él es ese rumbo, ese sentido, esa derrota. Sin su derrota sé que yo estaré derrotado.
Ha hecho grandes sacrificios, mi padre. Renunció a la canción del mar para estar con nosotros. Renunció al tabaco para darnos ejemplo, aunque no lo consiguiera. Renunció a la sonrisa de la vida para trabajar en una oficina, así mi madre pudo tener tiempo, mi hermana pudo tener una vida y yo pude tener libros. Renunció a una vejez tranquila por amor. Y esas renuncias tendrían ya que haberme hecho un hombre. No es culpa suya que yo jamás haya querido aprender.
Ha hecho grandes sacrificios, mi padre. Es él quien debería tener mi nombre, pues creo que yo nunca he sacrificado nada o, al menos, nada tan importante como la vida.
Dale una tregua, muerte, dásela. Retira los crujidos de su voz. Se merece vivir un poco más y tener algunas chispas de satisfacción, algún aroma de felicidad, aunque sea al final.
Por favor, muerte, retira esos malditos crujidos de su voz. Se merece saber que su hijo ya no quiere cambiarle. Dame tiempo para que pueda transmitírselo, que ya no quiero cambiarle, que algo he podido entenderle.
Por favor, muerte, haz una excepción y convierte esta eterna despedida en una eterna presencia.
Sí, sé que es imposible. Pero al menos hazle saber que ya no quiero cambiarle y que su hijo le ama. Por favor, haz que sea la paz del amor profundo lo último que sienta antes de que su voz deje de crujirle para siempre, por favor, muerte, por favor.
lunes, 4 de junio de 2018
Lucha
I
Todo es humo.
Las pesadillas de los reyes,
la sangre congelada del verano,
el último beso del ajusticiado,
el sudario recio de la alegría,
el surco de su alma encendida.
Ya no hay nada que me ate a la vida.
II
Salir es quebrarse, romperse de a poco.
Está vacío el carcaj de sombra
y sin flechas no puede haber memoria.
Mi corazón también es humo.
Un corazón de pobre, de penitente.
Duele creer que fui extranjero
allí donde más me amaron.
III
Se me escapan las letras entre las manos,
como si huir fuese el alfabeto derramado.
Se me agota la esperanza con las palabras,
como si soñar fuese hablar a la mortaja.
Se me nubla la pasión bajo la lágrima,
como si amar fuese inventar distancias.
Se me funde la existencia con la nada,
como si vivir fuese una anciana en la plaza.
Como si luchar fuera el nombre del error
y tocar fuera el hogar de lamentar.
IV
Para mí un signo de profunda tristeza
es no tener fuerzas para odiar.
Igual que ahora, igual que hoy.
Si uno no puede odiar, no puede reír.
Tampoco puede existir.
Se odia porque se desea.
En el odio también hay esperanza,
una esperanza oscura y brutal.
Hay amor, un amor viscoso y ruin.
Hay vida, una vida pegajosa y vil.
Mejor amor que odio, claro,
pero mejor odio que nada.
V
Este saltar ciego contra el suelo
me da el sentido al mundo.
Voy al revés, abrazando el fracaso
y rechazando la armonía.
Me siento partido, como el sonido
entrecortado de los jadeos
o como la fractura invisible del adiós.
No puedo comprender por qué
para encontrarme siempre tengo
que interrogar a mis pedazos.
Todo es humo.
Las pesadillas de los reyes,
la sangre congelada del verano,
el último beso del ajusticiado,
el sudario recio de la alegría,
el surco de su alma encendida.
Ya no hay nada que me ate a la vida.
II
Salir es quebrarse, romperse de a poco.
Está vacío el carcaj de sombra
y sin flechas no puede haber memoria.
Mi corazón también es humo.
Un corazón de pobre, de penitente.
Duele creer que fui extranjero
allí donde más me amaron.
III
Se me escapan las letras entre las manos,
como si huir fuese el alfabeto derramado.
Se me agota la esperanza con las palabras,
como si soñar fuese hablar a la mortaja.
Se me nubla la pasión bajo la lágrima,
como si amar fuese inventar distancias.
Se me funde la existencia con la nada,
como si vivir fuese una anciana en la plaza.
Como si luchar fuera el nombre del error
y tocar fuera el hogar de lamentar.
IV
Para mí un signo de profunda tristeza
es no tener fuerzas para odiar.
Igual que ahora, igual que hoy.
Si uno no puede odiar, no puede reír.
Tampoco puede existir.
Se odia porque se desea.
En el odio también hay esperanza,
una esperanza oscura y brutal.
Hay amor, un amor viscoso y ruin.
Hay vida, una vida pegajosa y vil.
Mejor amor que odio, claro,
pero mejor odio que nada.
V
Este saltar ciego contra el suelo
me da el sentido al mundo.
Voy al revés, abrazando el fracaso
y rechazando la armonía.
Me siento partido, como el sonido
entrecortado de los jadeos
o como la fractura invisible del adiós.
No puedo comprender por qué
para encontrarme siempre tengo
que interrogar a mis pedazos.
miércoles, 30 de mayo de 2018
El paso leve de la memoria
I
Los dragones volaban alto y sus alas
parecían el telar de las estrellas.
Los bosques hablaban y las olas
eran el corazón de los piratas.
La arena cantaba la elegía del sol
y el papel era la voz de las hazañas.
A veces me recuerdo allí,
donde lo desconocido no era todavía
uno de los nombres de la muerte.
Allí, pequeño y abierto como alma de cachorro.
Cada vez más me recuerdo allí,
cuando todo era nuevo porque yo también lo era
y el paso del tiempo no lo marcaban los días
sino las historias, los cuentos y las fábulas.
Siendo un niño me estaban escribiendo.
Me pregunto si aún existen en algún lugar de mí
las palabras que hicieron que la vida fuera
una aventura y no sólo una condena.
II
No tengo claro si amo porque recuerdo
o recuerdo porque amo.
Amor y memoria. De eso están hechas
las esperanzas, las decisiones y las caídas.
También los duelos y las oraciones.
Todo lo importante en realidad.
Si pierdo el amor, pierdo los colores.
Si pierdo la memoria, pierdo los lugares.
Creo que si perdiera los dos,
me perdería en acantilados de algodón.
Tan suave y brutal es la inexistencia.
III
Mi madre escuchaba sevillanas en una ciudad
de Madrid porque añoraba el sol de Andalucía.
Mi padre leía La Isla del Tesoro porque aún
se veía navegando en el universo del mar.
Estaban viviendo donde estaba el futuro
no donde habitaban sus corazones.
Yo les miraba recordar perdidos
y no comprendía nada.
No comprendía su amor,
porque no entendía
que dos personas
se aman más
fuerte si
ambas
están
perdidas.
Los dragones volaban alto y sus alas
parecían el telar de las estrellas.
Los bosques hablaban y las olas
eran el corazón de los piratas.
La arena cantaba la elegía del sol
y el papel era la voz de las hazañas.
A veces me recuerdo allí,
donde lo desconocido no era todavía
uno de los nombres de la muerte.
Allí, pequeño y abierto como alma de cachorro.
Cada vez más me recuerdo allí,
cuando todo era nuevo porque yo también lo era
y el paso del tiempo no lo marcaban los días
sino las historias, los cuentos y las fábulas.
Siendo un niño me estaban escribiendo.
Me pregunto si aún existen en algún lugar de mí
las palabras que hicieron que la vida fuera
una aventura y no sólo una condena.
II
No tengo claro si amo porque recuerdo
o recuerdo porque amo.
Amor y memoria. De eso están hechas
las esperanzas, las decisiones y las caídas.
También los duelos y las oraciones.
Todo lo importante en realidad.
Si pierdo el amor, pierdo los colores.
Si pierdo la memoria, pierdo los lugares.
Creo que si perdiera los dos,
me perdería en acantilados de algodón.
Tan suave y brutal es la inexistencia.
III
Mi madre escuchaba sevillanas en una ciudad
de Madrid porque añoraba el sol de Andalucía.
Mi padre leía La Isla del Tesoro porque aún
se veía navegando en el universo del mar.
Estaban viviendo donde estaba el futuro
no donde habitaban sus corazones.
Yo les miraba recordar perdidos
y no comprendía nada.
No comprendía su amor,
porque no entendía
que dos personas
se aman más
fuerte si
ambas
están
perdidas.
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