martes, 26 de julio de 2011

De pensamiento y cuestionamiento

En multitud de ámbitos cerrados cuestionamiento es sinónimo de ataque. Qué gran tristeza.
Ambitos como la Universidad, ciertos sectores del sistema sanitario, partidos políticos, equipos de fútbol, religiones...
Pero, ¿qué significa cuestionar? Cuestionar es, como su raíz indica, preguntar. Pero no cualquier pregunta, sino la fundamental: "¿Por qué?"
Y de esa pregunta surge el temor, y del temor, el ataque.
"¿Por qué?" estremece. Por eso el ejercicio del poder odia su cuestionamiento.
Esa pregunta tiene varias implicaciones.
En primer lugar, es la pregunta de la duda. Y la duda, inevitablemente, remite al sujeto, a la persona. "¿Por qué?" es la pregunta humana por excelencia. Es la primera que aparece cuando aparece la conciencia de sí. Es la pregunta que tras miles de años de evolución sigue sin poder ser respondida. Por tanto, esa pregunta parte de un sujeto a otro sujeto. Es la pregunta del reconocimiento, donde una persona pregunta a otra persona o a sí misma; pero no pregunta cualquier cosa, pregunta por su esencia. Y desde Lacan sabemos que no hay sujeto sin otro. Por tanto, al preguntar por su esencia, pregunta por la esencia del otro.
Lo que nos lleva a la segunda implicación. "¿Por qué?" exige una argumentación. Exige que para aceptar cualquier premisa, moción o conducta, la persona o institución a la que se dirige esa pregunta debe persuadir al interrogador mediante razones intelectuales y, sobre todo, éticas. Debe justificar su acción ante los ojos de un sujeto que piensa, siente y juzga de forma libre e independiente. Por eso "¿Por qué?" es la pregunta del reconocimiento, ya que en la argumentación ética por excelencia se reconocen y respetan los valores del otro.
Por tanto, el cuestionamiento implica duda, esencia subjetiva y argumentación ética.
Si es tan bonito y tan ideal, ¿por qué en muchos ámbitos el cuestionamiento se percibe como un ataque?
Voy a hablar en los poquitos términos lacanianos que comprendo y que me sirven para entender esto.
Lo que implica el cuestionamiento, lo bonito y lo ideal, está situado en el orden simbólico. Es decir, donde se encuentra el ser del sujeto determinado por el otro, donde descansa toda ética que respeta y reconoce a cada persona en lo que es y siente.
Sin embargo, creo entender que el poder se suele situar en el orden imaginario. El orden imaginario es donde se situa el "yo", entendido como imagen de completud ficticia de uno mismo (pues siempre somos y seremos falta en ser). La defensa del yo siempre va a ser para que esa imagen de unidad ficticia se mantenga a toda costa, puesto que su derrumbe provocaría hallar la verdad más subjetiva de cada uno. Verdad que está determinada por otro, y, por tanto, implicaría luchar por la libertad ante decisiones determinadas de antemano. Y no hay lucha más dura que la que se mantiene contra uno mismo.
El mayor engaño del "yo" consiste en que la persona cree que su ser, su esencia, su identidad subjetiva y absoluta reside en esa imagen, cuando en realidad está situada más allá (Lacan hablará de inconsciente). Por tanto, el orden imaginario engaña equiparando sujeto (simbólico) con "yo" (imaginario). Todos los mecanismos de defensa (y ataque) irán encaminados a mantener esa ficción por encima de todo.
El cuestionamiento simbólico habría de empezar por uno mismo. Es otra forma de decir que antes de criticar, uno debe hacer auto-crítica.
Pero, por desgracia, la inmensa mayoría de las personas no hacemos ese ejercicio, lo que conlleva que sigamos creyendo que nuestro ser es nuestra imagen y la defendamos con uñas y dientes.
El poder tiene la virtud de situarse en lo imaginario al emplear estrategias que mantengan el engaño. De tal forma, que sus valores pueden formar la imagen de la persona, ésta puede identificarse con ellos y creer que su ser son esos valores que hace suyos.
De tal forma, que cuando un sujeto pregunta "¿Por qué?", se ponen en juego todas las defensas. No en vano, la mejor defensa es un buen ataque.
De ahí que el poder elimine para sí mismo cualquier atisbo de argumentación o duda. El existe porque él es la verdad más cierta, y la certeza no se cuestiona. Pero, en este ámbito, la certeza es sólo una imagen. Precisamente por eso el cuestionamiento destrona muchas veces al poder. Al romper su imagen, rompe su fuerza. Pero eso no es nada fácil.
Por otro lado, la situarse del lado de lo imaginario, el poder perpetúa la dialéctica del amo y del esclavo. Por eso el poder no reconoce seres, ni sujetos, ni personas. Sólo reconoce cuerpos, sólo reconoce "animales". Por tanto, al preguntar "¿Por qué?" el poder ataca. Ya que si entrara a reconocer al otro, perdería sus fuentes de imposición y de poder. El poder perdería el poder.
Para otro día dejaré la crítica al vergonzoso esfuerzo del sistema educativo por no enseñar a cuestionar, sino sólo a aceptar. Forma de control ya enunciada por Foucault.

jueves, 17 de febrero de 2011

Culpa

He experimentado todas y cada una de las millones de maneras en que se puede sentir culpa.
Y estoy muy agotado.
Creo que todo empezó para tratar de crecer, para intentar manejar la angustia.
Para tratar de encajar en cómo debería ser según los ojos de los demás y así no sentirme tan solo.
Pero la culpa es paradójica. Como toda defensa excesivamente construida, acaba formando un muro de roca transparente e infinito. Dentro tú. Fuera el resto.
Y es ahí donde llevo aislado eones.
Sólo para darme cuenta de que soy culpable de mí mismo.

Me llovieron los navajazos.
Cada vez que trataba de desempolvar los aspectos más brillantes de cada persona que consideré íntima, me llovieron navajazos.
Considero que tengo una relación especial con las palabras (como todos). A la vez que construyo la libertad con ellas, me apresan un poco más.
Pero gracias a las palabras nombré lo que sentía. Gracias a las palabras abracé lo poquito que conozco del mundo.
Las palabras moldeaban la realidad de una forma diferente cada vez que se pronunciaban. Distintas palabras, distintas realidades.
Las palabras me enamoraron y me dijeron que estaba enamorado.
Antes de que ella apareciera, propuse matrimonio a las palabras.
Se introdujeron en mi cuerpo y me marcaron. Cada letra, una emoción. Cada frase, un latido.
Y me regalaron el don de construir el mundo siempre que quisiera. Me regalaron el don de vivir la vida que quisiera, de ser quien deseara. Al hacer el amor en ellas, me obligaron a no dejar ni de hablar ni de crear.
Pero las palabras son arteras. También me maldijeron.
No me advirtieron de que mis palabras podrían no ser compartidas con los demás. Y ya sabemos todos que uno no existe si no es con otros.
No me advirtieron del peligro.
Y me maldijeron.
Y desde entonces, aunque, por pura necesidad, por puro matrimonio, por puro nacimiento, pongo mi verdad (la verdad de lo que siento, la verdad de lo que veo) en cada frase que pronuncio, los demás no me creen.
En la dicotomía en que la sociedad dividió el mundo, a mí me colocaron en el bloque de los mentirosos.
Me pregunto cuánto hace falta para que me muden al de los locos.
Pongo mi esencia en cada una de mis palabras. Entrego mi corazón en cada una de mis frases, pues ese es el compromiso a que me obligó el lenguaje.
Pero los demás no me creen.
Si no me creen, de alguna forma velada, me llaman mentiroso.
Y es odioso sentir que la mujer que amas, que tus amigos más cercanos, que la familia que te vio crecer, te perciban como un mentiroso.
Cuando lo único que has hecho ha sido nombrar su parte mejor, la que les hace humanos a tus ojos. La que brilla más que una aurora boreal.

Y así nace la culpa.
Culpa porque al fin y al cabo, ni siquiera eres tú quien habla, sino el lenguaje.
Culpa porque ese lenguaje que me ha llevado bajo el mar, a la luna, a lomos de dragones y grifos, me deja abandonado y solo.
Pues parece ser que las palabras bonitas siempre encierran mentiras.
Lo que siento entonces ha de ser mentira. Porque si quiere ser verdad tiene que ser feo.
Y en mi culpa para evitar la soledad, encuentro la más descarnada de las soledades.
Y en esa soledad, soy libre.
Pero tampoco me dejan ser completamente libre y mudarme, por fin, al reino de la locura.
No me dejan, porque a veces, sin pensarlas, dije cosas que otros consideraron hermosas (rara coincidencia).
Pero esos otros, que se llamaron durante un tiempo mis amigos, me apuñalaron de frente.
Me obligaron a no saber cómo actuar para no dañar (he ahí el freno de la culpa) y, de alguna manera, me convertí en dependiente de ellos (he ahí el último eslabón de la cadena que me impide la libertad y la locura).

Así llevo toda mi vida.
Entre la rabia y la culpa.
Muerte, ¿dónde te metes?
El lenguaje me ha jugado la peor de las pasadas. Pues para morir, he de callar.
Y no puedo dejar de vomitar palabras.
Dios mío.
Quizá si estoy muy muy solo (como me siento esta noche) durante mucho, mucho tiempo, entonces puede que me olvide de cómo hablar.
Puede que pueda callar.
Puede que pueda matarme.
Al fin.
Al fin.

martes, 15 de febrero de 2011

Sobre la muerte de las gaviotas

El cielo es de un gris casi negro que remueve los fantasmas del alma.
El agua del mar, revuelta y oscura, espejo del cielo, parece invocar la soledad y el temor que con ella viaja, parece retorcer la vida en una agonía de crudeza.
En la playa no hay nadie.
Si miro fijamente al horizonte, sin percibir los coches que a medio kilómetro vuelan sobre el asfalto, me parece ser el primer hombre que pisa la arena.
No hay huellas de nadie. No hay presencia humana.
Además llueve.
Y hace viento. Mucho viento.
El agua y el aire azotan mi rostro de lado, en una bofetada constante. La naturaleza castiga mi arrogancia.
El frío se cuela bajo mi sudadera roja, bajo mi camiseta roja, y, poco a poco, convierte mi piel en azul.
Yo sigo corriendo.
Las olas grisáceas y espumosas cubren mis playeras y la navaja del frío también me ataca por abajo.
Sigo corriendo.
Jadeo tratando de descongestionar mi nariz. Llevo 10 minutos corriendo y me parecen 10 horas. Las piernas se me entierran en arena y agua. Una zancada más. Y otra.
Sigo corriendo.
Tenía que salir afuera. Tenía que recrear una huida, aunque sé que no puedo huir de mi interior. Quizá pienso que la carrera, el agotamiento, si no consigue separarme de mi dolor y de mi angustia, quizá consiga mitigarlos.
Así que corro. Solo. El mundo es arena compactada por la lluvia, agua salada oscura y casi viscosa. Y mi rabia corre conmigo, consumiéndome a la par que me impulsa.
A lo lejos, cerca de la orilla, en una pequeña duna formada por la bajamar, distingo un bulto blanco. Casi me entristece pensar que la única presencia humana, aparte de mi sudor, en esta playa acabada de crear sea una bolsa de plástico.
Un día oscuro en un mundo oscuro. La bolsa es sólo una pincelada más oscura, nada más.
Pero con el viento que hace, me extraña que la bolsa ni siquiera tiemble. Quizá tenga una piedra sujetándola.
Corriendo entumecido me voy acercando.
Y entonces la veo.
No es una bolsa. Es una gaviota posada en la arena. ¿Cómo puede estar tan inmutable con el vendaval que fustiga este crepúsculo sin sol? Casi la admiro.
Paso por su lado. El tiempo se ralentiza.
La gaviota está mirando al mar replegada sobre sí misma. Lo que he confundido con una actitud estoica se transforma de repente en resignación, una resignación que se desborda de la gaviota e inunda la playa. Puede que sea esa resignación la que ha provocado la lluvia.
La gaviota tiene el ala rota. Cuelga a su costado, en un ángulo que, si es doloroso para la vista, no me imagino cómo puede ser para ella.
Algo se agita en mi pecho. Algo que fácilmente puede ser confundido con lástima.
Por un segundo nuestras miradas se cruzan, y me pregunto cómo diablos puede un pájaro tener una mirada tan expresiva.
"Espero" parece decir con su ojo negro clavado en mi pupila mientras su pico se eleva ligeramente, como diciéndome que siga mi camino.
Más lejos hay una bandada de sus congéneres picoteando algo en la arena, pero ella está sola. Completamente abandonada.
Mi pecho se contrae en una espiral emocional. Lástima ¿no? Tal vez, seguro que es lástima.
Sigo corriendo varios minutos (horas) más. Y toca dar la vuelta en esta playa eternamente anocheciente. Pienso que la única forma de encontrar el camino de regreso a una realidad que no quiero experimentar, pasa por seguir las huellas que mis piernas han excavado hasta el centro de la tierra. Espero que las olas no las hayan borrado.
Por un momento siento miedo, pero ¿tan malo sería correr eternamente sobre el gris?
Las huellas están ahí.
Regreso corriendo al lado de la hilera de mis propias huellas. Ahora parece que haya dos personas que han hollado esta playa, pero sólo soy yo mismo. Una ilusión que aguza aún más la sensación de soledad.
Me vuelvo a cruzar con la gaviota y con su ala destrozada. Es un garabato de dolor, una ofensa a la armonía, un tajo de realidad.
Ahora su cabeza está enterrada bajo su ala sana, pero su cuerpo aún palpita dolorosa vida. Sigue frente al mar. Sigue completamente quieta. Sigue completamente sola.
La adelanto corriendo.
Entonces, mientras regreso a mi dolor y mi angustia, mientras regreso al ansia frustrada de mis deseos, la espiral emocional de mi pecho se hace palabras.
No es lástima lo que retuerce mi alma. Es algo más primal y más intenso.
Comprendo lo que espera la gaviota.
Espera la muerte.
Quizá espere a que suba la marea y asfixiarse en lo que, hasta hacía poco tiempo, le daba de comer.
Quizá espere a morirse de frío.
Quizá espere a que esta playa vuelva a ser propiedad del hombre y no de la naturaleza, y un perro mascota la desgarre con los dientes en lo que para él es sólo un juego.
La cuestión es que espera la muerte.
Es la presencia próxima de la dama negra la que otorga esa inmensa expresividad a su mirada, la que convierte su estoicismo en resignación.
Espera la muerte y la espera sola.
En la gaviota con el ala rota
veo la clave de la existencia animal, de la existencia natural, de la existencia humana.
Sigo corriendo.
Ya no sé qué es sudor y qué es agua de lluvia o agua de mar.
Mis pulmones arden, pero su llamarada ni siquiera roza el hielo con el que, de repente, se ha cubierto mi corazón.
En el gris ominoso que cubre el universo veo a lo lejos las luces de la ciudad donde vivo.
Y es entonces, mientras corro de cabeza de vuelta hacia el sufrimiento, cuando siento que quizá yo también soy una gaviota con el ala rota.
Que mi carrera es mi duna frente a un mar donde poco a poco va subiendo la marea.
Que también estoy esperando a la muerte.
Y también la espero solo.

sábado, 1 de enero de 2011

Tiempo de más

A veces tengo la sensación cierta de estar viviendo un tiempo de más. Como si ya hubiera agotado el mío y estuviera apurando unos minutos que no me corresponden, unas horas que jamás se concibieron para mí.
Supongo que es una consecuencia (o quizá una causa) de la fascinación que ejerce la muerte sobre mi cuerpo, de la intensidad que ejerce la muerte sobre mi espíritu.
Podría decir que la sensación de estar vivo con un tiempo ajeno es la antesala del suicidio.
Podría utilizarlo como argumento que justificara el miedo brutal a envejecer, el miedo brutal a perder lo que considero mío pero que, en realidad, jamás me ha pertenecido.
Sí, quizá todo venga de ahí.
De la sensación infantil y poderosa de no querer perder a mis padres.
Del miedo intenso a verme en decadencia, tanto corporal como intelectual.
Del temor despiadado a acumular años en soledad.
De la angustia helada que aparecería si me encarara contra mis ojos.
Así que ese tiempo de más me dice que ya estoy muerto, pero que, por algún azar misterioso, mi cuerpo aún siente dolor, mi mente aún forja palabras. Sin embargo, no sé cuánto durará.
Tal vez sea una señal para poner fin a mi vida. Morir como creo que he vivido. A contracorriente, desollando mi piel con tal de ver lo que había dentro. Un suicidio filosófico. Un suicidio metafóricamente real.

Y todo tiene dos filos.

Puede que la sensación de estar viviendo un tiempo de más sea el resto de una identidad que ha mudado.
Quizá estoy viviendo el tiempo de otro porque yo soy otro.
Quizá me maté y no lo recuerdo. En tal caso estaríamos hablando de un suicidio realmente metafórico.
¿Soy el mismo en otro? ¿Soy otro en el mismo?
Carece de importancia. Lo real, lo cierto, es que estoy muerto. Es la única certeza compartida por cada ser que una vez respiró aire, por cada ser que una vez abrió los ojos y vio luz.
Puede que sienta esa sensación porque trato, con una nostalgia rayana en el desvarío, de conservar lo que fui en lo que seré. Así mi yo presente queda mortificado en una vida muerta. Por eso busca una muerte viva.
Soy otro.
Pero siempre he sido otro.
Mi esencia queda petrificada en unas palabras que yo pronuncié pero que dijo otro.

Estoy viviendo un tiempo de más.
Sin posibilidad de desandar hacia atrás.
Vivo de más.
Quizá porque he muerto de menos.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Sobre la ciencia y la vida

A través del tiempo se desquicia la verdad. Se deforma y se vuelve pegajosa como un chicle usado, sin sabor, elástica y blanquecina.
Eso traté de transmitir en aquel fatídico seminario de área. La imposibilidad de establecer una verdad cierta, la idea de que la ciencia ha de abandonar toda su pretensión de certeza inamovible que tanto la entronca con la religión.
Han sido meses duros y maravillosos al mismo tiempo. Es normal entonces que las personas enloquezcan tratando de conciliar los contrarios.
Así la ciencia enloquece también. En esa locura paranoica que la llena de matemáticas y cálculos supuestamente exactos y que le hacen perder la verdad de su esencia. Pues la ciencia surgió como ha surgido todo el saber humano, para entender la vida.

Pero a la vida no se la entiende. Se la vive. Maldita simpleza elaborada. Se la vive y sólo te das cuenta de haberlo hecho en las lágrimas arrolladoras de una sonrisa genuina, en las sonrisas inabarcables de mares llorados.

Vida.

Vida que calienta y da forma, que enfría y vuelve piedra lo que era arcilla animada.
Vida fundida en un abrazo mortal, pues todo tiene un final ya que una vez tuvo un comienzo.
Y en el cuándo donde vivimos actualmente no hicieron de nuestro miedo una ventaja, sino un arma vuelta contra nosotros.
No se puede vivir sin miedo porque no existe el miedo sin la vida.
El miedo como ventaja nos moviliza. Obliga a una actuación. Obliga a hacer algo para que desaparezca o para que se mantenga. Obliga a vivir con un puñal de amor entre los dientes. Obliga a desobedecer, obliga al enfrentamiento. Obliga al cuestionamiento de una autoridad fundada en la ignorancia de quien no vivió abrazado a una cintura distinta de la suya.
El miedo como arma vuelta contra nosotros inmoviliza. Obliga al silencio como forma deshonrosa de acatamiento. Obliga a una obediencia que no se quiere porque nunca ha sido buscada. Obliga al encapsulamiento de la imaginación y a la muerte de la esperanza. Obliga a la vida inerte de un hieratismo monocromático. Blanco y negro y gris, tan estáticos como las palabras que no se pronunciaron, como los besos que se guardaron dentro de uno y se convirtieron en pura hiel.
Pues la amargura antes fue libertad deseosa, amor etéreo, risa franca.

Y en la nueva forma de una ciencia sin vida y de una vida sin ciencia se desarrolla el miedo como arma.
Allí donde los números sólo sirven para aumentar el comentario de los que nunca han dicho nada, donde la vida sólo es entendida como la consecución sin límite de un deseo deformado, se encuentra el lago lechoso de un temor informe que no es más que la última advertencia desesperada del último resto de humanidad que nos queda.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Sobre locura, muerte y filosofía

Ayer hablé sobre locura y muerte ante un auditorio cansado.
Ayer desgrané los pensamientos inútiles de mi mente hirviente en deseos respecto a los espejos entre la locura y la muerte.
Traté de explicar por qué para mí ambas eran límites del pensamiento, por qué ambas eran certezas irrenunciables, por qué ambas eran el grito agónico de una individualidad que siempre trata de retornar al grupo.
Cómo explicar que el origen de todas mis reflexiones es el inconformismo. Cómo explicar que la locura y la muerte se desenvuelven en la brecha de mis sueños inalcanzables, de mis deseos frustrados.
Una vez ante otro auditorio cansado (¿o era el mismo?) dije que lo que une una palabra con la verdad de una idea no es la exactitud de dicha palabra nombrando esa idea, sino el sentimiento que provoca, la emoción que sacude. Ese pequeño escalofrío poético que anuda palabra, verdad e idea.
Para mí la Filosofía tiene lo que mi alma anhela.
Por un lado, la verdad. Esa chispa efímera que une conceptos con palabras, decisiones con consecuencias. Fantasía con realidad.
Por otro, y enlazándolo, es la construcción constante.
No hay una sola verdad (gracias sean dadas a nuestro ateísmo todopoderoso como diría Hubert Farnsworth en Futurama) y la Filosofía permite reafirmarlas buscando caminos nuevos, permite destruirlas creando caminos nuevos, permite inventarlas surcando caminos nuevos.
La Filosofía, mediante la lógica (da igual qué tipo de lógica sea), crea el mundo una y otra vez. Deshace y rehace. Elimina y erige.
Hay gente que habla de la adicción del pensamiento y su peligrosidad, y no se equivocan.
Pero muy a mi pesar tengo vocación de artista y carezco de talento. Así que necesito inventar mi realidad constantemente con el fin de buscar ciertos puentes que no se derrumben tan fácilmente.
Por eso pienso.
Porque me gusta vivir en la Tierra Media de Tolkien.
Porque quiero navegar el cielo a lomos de Fujur.
Porque quiero empezar una guerra por los ojos de una mujer.
Y por eso digo lo que pienso.
Porque creo que toda la gente necesita sentirse de vez en cuando como Aragorn frente a los orcos del abismo de Helm, porque quizá necesiten sentirse como Bastián creando Perelín, la selva nocturna, cabalgando a lomos de la Muerte Multicolor. Porque juraría que toda la gente necesita morir por una causa que les trasciende, y eso quiere decir que necesitan vivir en guerra, que necesitan vivir luchando, que necesitan vivir enamorados.
Así que ayer hablé sobre locura y muerte ante un auditorio cansado.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Temblores

Tiembla tu piel como el gorrión recién nacido en manos ajenas, ásperas, oscuras.
Tiembla tu voz como el redoble asincopado del tambor frente al pelotón de fusilamiento.
Tiembla tu pecho como tiembla la piedra pequeña antes de iniciar un alud gigantesco, un alud que lo enterrará todo, que lo aplastará todo.
Tiembla tu cuerpo en una agonía de miedo y culpa, de horror y muerte.

Tiemblas despacio pero interminablemente. Sin pausa ni hueco. Sacudida tras sacudida te conviertes en puro ritmo, adagio funesto que asesina la luz con llanto, la voz con un vendaval suspirado.

Y esos temblores retuercen tu cuerpo con tu alma en un nudo salvaje. Y aprieta el miedo. Y aprieta la culpa.
Y el nudo corta la carne a tajadas desesperadas. Sangre en los ojos, sangre en la boca. Tú condenada a sufrirla, yo condenado a saborearla.
Esto tendría que ser una cuerda que sostuviera, no un nudo que encarcelara.
Ya no son lágrimas, son rocas.
Ya no son manos, son zarzas.

La justicia, como todo lo que no existe, tiembla a carcajadas desde el infierno de la esperanza.
Porque el mundo puede desintegrarse con una palabra.

Y para mí quiero la sangre y el nudo, el miedo y la culpa, la voz que tiembla, la piel que tirita.
Y no puedo cogerlos. No puedo matarlos. Sólo puedo ver cómo te crecen en una impotencia desolada.
Desterrado de tu cuerpo soy lágrima sin ojo, estertor sin muerte.
Y no puedo dejar de sentirlo, no puedo dejar de verte.
Latigazos y cuchilladas de desdén y decepción. Culpando de algo que no se comprende.

Pero juntos una vez sobre la arena fundamos la luz de la aurora.
Juntos una vez sobre la tierra robamos la voz a las horas.
Juntos una vez bajo las velas soldamos mi fauna a tu flora.
Fundimos tu fauna a mi flora.

Así que unidos volamos.

Si sufres, sufro.
Si te estrellas, me estrello.
Si tiemblas, ten por seguro que tiemblo.

Y ahora tu estremecimiento es el mío. Tu terremoto es el epicentro del mío.

Así que temblamos como cachorros abandonados en la tormenta.
Como ancianos abandonados en la cuneta.
Temblamos como imagino que temblaron
los que alguna vez se amaron.