I: Clave
El preludio silencioso de dos cuerpos desnudos acercándose lentamente sobre la cama mientras se acarician tímidamente con la mirada sólo finaliza con el sonido de las marcas.
El brillo agalmático de la clave de sol y la insinuación abierta en media luna deseante de la clave de fa posibilitan que dos bocas se unan en lo real de la clave de do.
II: Tempo
Salvajemente suave.
No existe ninguna palabra que aúne los contrarios del movimiento. El adagio del recorrido de la lengua sobre el otro cuerpo y el fortissimo desesperado de las manos hundidas sobre la otra piel.
El tiempo se hace añicos para atrapar el tempo de dos cuerpos entretejidos.
Dos vacíos que forman una espiral ondulante, sin pausa en el girar.
Tornado de vibraciones desiguales que, sin embargo, de alguna forma extraña y casi mágica van al unísono.
Bocas, dedos, ojos y olores que golpean unidos tratando de romperse.
Es en su quebrantamiento donde larguissimo y prestissimo existen anudados.
III: Ritmo
Dos partituras de latidos diferentes.
El sonido de un instrumento de cuerda y el de uno de viento.
Un canon de carne en dos registros distintos.
Un ser en dos nadas condenadas a la soledad. Una nada en dos seres engañándose sobre la unión.
El engaño tiene voz de verdad en ese lapso de tiempo donde el instante deja lugar al acontecimiento.
Encuentro de dos cristales agrietados.
Dos lenguajes musicales tan opuestos, sonido y color, emoción y pensamiento, palabra y significado, se sincronizan en el pentagrama del cuerpo.
Cinco líneas, cinco sentidos.
Y cuando cada uno cree que su corazón late al ritmo del otro, que sus movimientos y desplazamientos son a la vez pregunta y respuesta a los del otro, que su respiración es el ritmo de la del otro, la soledad y el peso de la existencia no se desvanecen, pero se tornan drásticamente más livianos en la mezcla rítmica de dos orquestas de aliento mezcladas en esa eternidad efímera.
Son transformadas en humo a través de los jadeos.
Niebla que no vela lo que no se es pero que brevemente oculta lo que no se quiere ser.
IV: Compás
En esa composición a la vez inevitablemente improvisada e improvisadamente inevitable está permitido que un beso pueda adoptar la forma de un 4 por 4 mientras una caricia se desliza a 5 por 8 sobre un fragmento de piel que palpita a 7 por 8.
3 por 4: Tres huecos insondables en el cuerpo del ser, cuatro labios compartidos.
Semifusas de miradas, corcheas de gemidos, manos blancas y voces negras.
Es sólo aquí donde el binario de dos muertes puede crear el ternario de una vida.
Cada parte de un cuerpo es una nota ligada a otra diferente de otra parte del otro cuerpo.
El compás crea una melodía de ligadura infinita. Sólo espaciada por el tiempo eterno que ocupa el lugar entre la mano que se separa para aferrar otra parte de la otra piel o el labio que se desune para saltar hacia otro hueco.
V: Tonalidad
Suenan los colores.
Mil tonalidades en un sólo movimiento.
Mayor y menor se dan la mano en cambios que sólo tratan de armonizar lo irrepresentable.
Dos cuerpos buscando el mayor éxtasis para experimentar entonces que sólo son el menor de nada.
Muerte pletórica entre los instersticios de dos vidas.
Llaves sonoras que se rompen en cuerpos cerrados y aun así son atravesados.
Por un instante el universo se ha abierto.
Justo lo que dura un parpadeo.
Se repite. Dos puntos y una doble barra. Vuelta al principio.
Pero cada vez es distinto.
Dos cuerpos suenan. Y repiten.
Dos cuerpos en relación suenan. Ese sonido es el armazón que contiene el enigma y la X.
Pero no para desvelarlo, sino para preservarlo. Preservarlo de los ojos y de la respuesta cuyo sonido los dejaría no ser humanos, cuya lectura mataría lo que son siendo no ser.
La relación de dos cuerpos es relación musical.
La relación musical es el ser de la tonalidad.
Pero la tonalidad de la relación musical de dos cuerpos sólo existe en sostenido.
VI: Armonía
Es imposible.
Y sin embargo, ex-siste.
VII: Coda final
La sinfonía de dos cuerpos es siempre inacabada.
Siempre termina antes.
Antes de tiempo.
Así que deseamos que alguna vez la sinfonía acabe después del tiempo.
Después de haber estado viviendo allí. El lugar mítico donde la música estaría completa.
La sinfonía inacabada de dos cuerpos sólo abre la puerta a dos decisiones.
Una es la muerte en la angustia desoladora de un vacío sin tocar ni ser tocado.
La otra es la repetición de la partitura.
Esa es la coda de cada cuerpo.
Lo que marca el final obliga ineludiblemente a su repetición.
Esta dulce, deseada y bienhallada repetición.
Pues dos cuerpos entrelazados no pueden ser más que una coda de sexo.
P. S: Si has tenido la paciencia de leer esta entrada, te recomiendo que lo vuelvas a hacer despacito al ritmo de la música que me ha acompañado en su escritura: Cuando el mundo acaba (when the world ends) de Atra Aeterna. Si el papel y la tinta son el soporte de las palabras, la música es el soporte del papel y de la tinta.
sábado, 13 de octubre de 2012
lunes, 8 de octubre de 2012
Cuando te rompes y tu lenguaje se quiebra contigo
Cuando te rompes, tu lenguaje se quiebra contigo.
En esos momentos de angustia animal donde los colores se hacen añicos en lo profundo de las cuencas oculares, el aire se solidifica en tus pulmones y casi es como respirar roca.
Entonces las palabras desaparecen. No deja de ser curioso como tus pensamientos se abrazan a las emociones y sin embargo no hay palabras.
Lo único que sale de la boca es un aullido pretérito por lo ancestral y arcaico.
Cuando te rompes y tu lenguaje se quiebra contigo el único sonido que podemos pronunciar es el desesperado llanto del bebé.
Un sonido estridente y afilado que arrastra fuera de uno los restos de entrañas que ha cortado en su camino al exterior.
Es una vocal infinita. Infinita y empapada de sal.
Ese sonido que movería a la más profunda compasión o lástima si alguien pudiera oirlo sacude el cuerpo en espasmos.
Como si uno estuviera vomitando la esencia de su palabra más íntima. Esa palabra que permanece soldada al cuerpo y por tanto arrancarla significara desollarse vivo.
El cuerpo convulsiona, las manos se abren y cierran frenéticas en un intento de poner palabras con los dedos a una boca que sólo está abierta a las vocales.
Cuando te rompes y tu lenguaje se quiebra contigo sabes lo que es la muerte.
Es ese vacío inmenso entre tu labio superior y el inferior. El vacío por donde se escapan tanto tu culpa como tu dignidad. De los ojos y la nariz salen ríos de agua y sin embargo no deja de ser curiosa la sequedad de la lengua.
La boca abierta y la muerte en medio.
Pueden ser dos minutos o tres horas pero en ese lapso temporal de quebrantamiento subjetivo uno sólo es cuerpo. Y eso destroza.
Cuando te rompes y tu lenguaje se quiebra contigo eres entonces un niño reducido a un cuerpo, un cuerpo reducido a un agujero abierto por donde se escapa todo, un agujero reducido a una vocal.
No hay frases.
Ni palabras.
Ni sílabas.
Sólo el ululante latigazo de una lágrima habitando la garganta.
Sólo el aullante mordisco de un sonido vaciando las entrañas.
Sólo el testamento de un bebé.
En esos momentos de angustia animal donde los colores se hacen añicos en lo profundo de las cuencas oculares, el aire se solidifica en tus pulmones y casi es como respirar roca.
Entonces las palabras desaparecen. No deja de ser curioso como tus pensamientos se abrazan a las emociones y sin embargo no hay palabras.
Lo único que sale de la boca es un aullido pretérito por lo ancestral y arcaico.
Cuando te rompes y tu lenguaje se quiebra contigo el único sonido que podemos pronunciar es el desesperado llanto del bebé.
Un sonido estridente y afilado que arrastra fuera de uno los restos de entrañas que ha cortado en su camino al exterior.
Es una vocal infinita. Infinita y empapada de sal.
Ese sonido que movería a la más profunda compasión o lástima si alguien pudiera oirlo sacude el cuerpo en espasmos.
Como si uno estuviera vomitando la esencia de su palabra más íntima. Esa palabra que permanece soldada al cuerpo y por tanto arrancarla significara desollarse vivo.
El cuerpo convulsiona, las manos se abren y cierran frenéticas en un intento de poner palabras con los dedos a una boca que sólo está abierta a las vocales.
Cuando te rompes y tu lenguaje se quiebra contigo sabes lo que es la muerte.
Es ese vacío inmenso entre tu labio superior y el inferior. El vacío por donde se escapan tanto tu culpa como tu dignidad. De los ojos y la nariz salen ríos de agua y sin embargo no deja de ser curiosa la sequedad de la lengua.
La boca abierta y la muerte en medio.
Pueden ser dos minutos o tres horas pero en ese lapso temporal de quebrantamiento subjetivo uno sólo es cuerpo. Y eso destroza.
Cuando te rompes y tu lenguaje se quiebra contigo eres entonces un niño reducido a un cuerpo, un cuerpo reducido a un agujero abierto por donde se escapa todo, un agujero reducido a una vocal.
No hay frases.
Ni palabras.
Ni sílabas.
Sólo el ululante latigazo de una lágrima habitando la garganta.
Sólo el aullante mordisco de un sonido vaciando las entrañas.
Sólo el testamento de un bebé.
sábado, 6 de octubre de 2012
Sobre la ciencia y el lenguaje
Hoy he sentido el impulso de escribir sobre el tema que lleva presidiendo mi concepción del mundo humano desde hace tres años: el lenguaje, aunque confieso que siempre ha sido un tema latente en mi interior desde mi ya lejana adolescencia.
Este impulso se ha debido fundamentalmente a dos conversaciones que he mantenido con dos personas distintas, ambos amigos muy queridos y admirados. El primero es uno de los mejores psicólogos clínicos que he conocido y al que me unen muchísimas cosas tanto en gustos como en concepción de la vida, el segundo es uno de los mejores médicos que he conocido, no sólo por su vastísimo conocimiento médico y cultural sino especialmente por sus valores profundamente humanos que siempre han regido su práctica con los pacientes y que han forjado su visión intuitiva y acertada de las personas.
Voy a contextuar y a resumir lo fundamental de las conversaciones para finalizar con mi propia reflexión.
PRIMERA CONVERSACIÓN
La tetería permanece con esa luz tenue que difumina las formas y que facilita la fluidez de los pensamientos y de las palabras. Compartimos nuestra segunda jarra de cerveza y nuestro tercer narguile. El humo con aroma de naranja dibuja la silueta del diálogo que intercambiamos un psicólogo clínico existencialista y un psicólogo clínico con aspiraciones psicoanalíticas excesivamente solapadas con Lacan.
La conversación ha girado desde el deseo humano hasta los objetos que lo recubren y en ocasiones lo llegan a enterrar.
Mi amigo comenta los mecanismos actuales que la sociedad utiliza para ocultar e intentar apagar la angustia individual y que resume fundamentalmente en dos: los derivados de ensalzar la belleza corporal hasta el ideal de perfección (cuerpos cincelados y perfectos, ropa bonita y cara) y los anestésicos de masas (programas del corazón y el fútbol). Hablamos de la ficción necesaria que encierra todo discurso y de la obligatoriedad de que cada uno forge sus propias defensas ante la angustia, pero sabemos que algunas defensas son más mortíferas que otras.
Yo añado que los mecanismos que mi amigo ha definido tan claramente son el efecto de una estructura que está en la base de la relación social actual y que identifico con el discurso de la Ciencia cuando esta pierde su horizonte y se convierte en cientificismo. Es decir, cuando la Ciencia deja de lado las aportaciones de la Filosofía, de la Ética y del Humanismo. Comento que el discurso cientificista se rige por dos ideales crueles: el de asegurar que todo lo que compone el Universo y especialmente todo lo que concierne al ser humano puede ser calculado, medido y finalmente puede ser abierto al ojo para que el enigma del amor, la muerte y el deseo desaparezcan y la idea de que cuando se consiga eso la felicidad individual estará al alcance de todos, puesto que todo lo que uno desea para sí o todo lo que uno desea ser podrá ser comprado y obtenido. Sostengo que eso falla desde la base, porque el discurso cientificista no puede concebir que la esencia del ser humano no sea material o biológica, no puede concebir que si el ser humano es algo, ese algo es un vacío que no se llena, sino que sólo se recubre de lenguaje y de objetos que son nombrados por palabras. Es decir, que el discurso cientificista solapa soporte material, que sería la biología, con la esencia del ser humano. No niega que haya propiedades emergentes del cuerpo humano que formarían su psique (pensamientos, emociones, deseos...), lo que hace es reducir estas al cuerpo biológico. Para el discurso cientificista todo lo humano puede ser reductible a la biología y ésta a su vez puede ser reductible a leyes físico-químicas que a su vez encontrarán su máxima reducción en el lenguaje matemático.
Mi amigo concuerda conmigo y aporta un ejemplo valiosísimo. Se refiere a los libros que el afamado científico y divulgador de la ciencia catalán Eduard Punset y su hija escriben y venden. Libros como "Brújula para navegantes emocionales", "El viaje a la felicidad" o el ilustrativo "El alma está en el cerebro" y que se han convertido en bestsellers en poquísimo tiempo.
La gente los compra ávida de obtener respuestas para extinguir la angustia y el deseo que la cercan y la definen. El problema es que la angustia y el deseo no pueden ser reducidos a la biología, ellos surgen del choque entre cuerpo biológico y lenguaje. Ese choque produce dos cosas en las personas: las convierte en seres humanos y les quita algo que ni la biología ni el lenguaje podrán recuperar jamás, ese algo es el equilibrio natural con el que nacemos.
Por ello, a pesar de las promesas del discurso cientificista en relación a la felicidad y a la ausencia de angustia definitiva, la gente oculta su deseo y su angustia de tres formas; a saber, manteniendo la ilusión de dicha promesa, tapando la angustia que se escapa por las junturas mediante la imagen corporal de perfección y tratando de olvidar esa angustia a través de un diálogo con los otros respecto a los programas del corazón y el fútbol.
El humo afrutado sigue delimitando nuestro intercambio de palabras y mi amigo y yo nos miramos sabiendo que el precio de no ser demasiado ignorante es siempre la soledad.
SEGUNDA CONVERSACIÓN
Mientras estoy tumbado en el sofá rodeado del humo de la cachimba de la que hace poco he disfrutado, escucho a través del teléfono la voz cansada y abatida de un médico al que quiero y aprecio.
Después de desanimarnos mutuamente recordando el clima laboral y el futuro negro que nos acecha y nos envuelve después de casi la mitad de nuestra vida dedicados al estudio y a la formación, el tema deriva hacia la cuestión del doctorado.
Mi amigo está concluyendo la tesis a la que lleva dedicando cuatro años y que amablemente me resume de una forma clara y adaptada a la ignorancia bruta que tengo respecto a ese tema.
Por respeto y confidencialidad no puedo exponer su tema de investigación pero destacaré que su tesis no sólo es novedosa e innovadora, sino que puede ayudar (y muchísimo) al avance crucial en el tratamiento de una enfermedad peligrosa y mortal que es más prevalente de lo que uno podría pensar a primera vista.
Conozco a mi amigo y sé de su tremenda capacidad de trabajo, por eso no me sorprende la minuciosidad y la dedicación de la que su investigación hace gala, pero me asombra la profundidad a la que está llegando y lo hartamente importante que entonces veo que es su trabajo.
Mientras él me explica que la enfermedad que investiga varía muchísimo tanto en su presentación como en su evolución dependiendo no sólo del país sino también de la región del país en que nos centremos, un relámpago cruza mi mente. Él estudia todas las variables (y son muchísimas) que pueden incidir en esas diferencias y de repente me pregunto si esas diferencias podrían ser explicadas desde otro punto de vista que no fuera el biológico, sino el subjetivo, el del deseo y el goce propios de cada uno que siempre son diferentes e individuales. Como carezco de información, desecho esa idea como peregrina, pero algo se queda en mi interior y me remite al universo de la psicosomática.
Mi amigo me explica su tesis, los avances que está realizando y los objetivos que pretende conseguir. En esos momementos veo la Ciencia tal y como él la ve y no puedo dejar de maravillarme. Cuando él habla de la Ciencia, ésta parece abrir un mundo insólito de posibilidades. No sólo eso, sino que la Ciencia, en los labios de mi amigo, se acompaña de una curiosidad incesante, de un cuestionamiento continuo, de una lucha exacerbada por la imaginación y la creatividad.
Para alguien como yo aleccionado en exceso de los peligros de una Ciencia inhumana es completamente refrescante poder sumergirme en una perspectiva que tiendo a olvidar, la de los beneficios humanos de la Ciencia.
Creo que esa sensación sólo la pude tener porque era mi amigo quien hablaba, pues sus palabras no negaban el enigma insondable del ser sino que aportaban un camino diferente del que yo empleo para su dilucidación. No obstante, el camino de mi amigo es fuerte y aporta maravillas precisamente porque él no trata de imponer su visión, sino que la añade como alternativa a considerar.
En otras palabras, mi amigo no usa la Ciencia para obtener poder sino comprensión. Él no olvida los límites de su campo de actuación y al no olvidarlos me recuerda los límites del mío. Lo cual le agradezco en el alma.
Nos despedimos con la promesa de vernos pronto y compartir una buena cachimba y un mejor diálogo, más extenso y profundo.
Estas dos conversaciones que mantuve con apenas una semana de diferencia me sitúan en los dos extremos inevitables de la Ciencia, el peligroso (ilustrado por el borramiento subjetivo e individual de lo que cada ser humano porta en su seno haciendo peligrar por tanto la libertad y la innovación) y el deseado (sostenido por los logros incuestionables en relación a esperanza de vida, comodidad y tecnología).
No voy a entrar en la posible solución de este dilema, puesto que el que sea más o menos intuitivo o medianamente culto sabe que dicha solución radica probablemente en el término medio aristotélico, una Ciencia que no fagocite otros discursos que la complementan y le dan base como el discurso de la Filosofía, el del Psicoanálisis o el del Arte. Una Ciencia que en su avance se piense a sí misma y las consecuencias que provoca tanto en el mundo cultural y medioambiental como en el mundo humano individual. Lo cual remitiría a dos preguntas éticas clásicas fundamentales: ¿el fin justifica los medios? y en consecuencia ¿los seres humanos somos medios o fines en sí mismos?
Tampoco voy a desplegar una disertación sobre aproximaciones epistemológicas que pueden acercar la solución, como por ejemplo la concepción de pensamiento complejo desarrollada por el sociólogo Edgar Morin (expuesta brevemente en su libro "El pensamiento complejo") o incluso el propio psicoanálisis tratado desde el enfoque de Jacques Lacan ("La Ciencia y la Verdad" en el libro "Escritos") o la valiosísima aportación del anarquismo científico del filósofo Paul Feyerabend ("¿Por qué no Platón?"). También resulta obligatoria la concepción de Michel Foucault ("La arqueología del saber", "Las palabras y las cosas"). A los interesados les remito a las fuentes bibliográficas fundamentales y a los desarrollos de las mismas.
Lo que me interesa es la base del dilema en sí, es decir, la división misma que está en el fondo.
Y la división misma sitúa al sujeto humano que la piensa en los dos extremos, el peligro y el deseo. Indisociables e inseparables.
¿Por qué? Porque la Ciencia no deja de ser un discurso, lo cual desde el psicoanálisis significa que no deja de tender a proporcionar formas de satisfacción y de cumplimiento de deseos.
Si partimos de la idea de que el ser humano en su núcleo es un vacío, una falta en ser, podemos entender que surja necesariamente el deseo, entendido como ese movimiento que nos impulsa a completar el vacío que somos. Lo cual solemos identificar con una sensación placentera y, finalmente, con la felicidad individual.
Los discursos surgen entonces con dos objetivos. El primero es el de ayudar a crear lazos sociales. Es decir, facilitan la relación entre los seres humanos, puesto que si hay una mayoría que comparta un universo discursivo (de lenguaje) podremos identificarnos con las palabras que ese discurso nos ofrece y satisfacer esa angustia y ese deseo que surgen de la propia falta en ser (que a su vez surge por haber incorporado el lenguaje al cuerpo biológico). El segundo objetivo va unido al primero y consiste en que todo discurso proporciona formas concretas de satisfacción de deseos. Si nos identificamos a las palabras base de un discurso específico, tenderemos a satisfacernos por los medios que ese discurso proporciona.
Por ejemplo, los discursos nacionalistas (sean cuales sean) producen formas de obtención de placer y de satisfacción de deseos desarrollando el interés por una gastronomía propia o formas de ocio particulares y específicas (el discurso nazi ensalzaba la música alemana, el discurso del nacionalismo español ensalza la cultura del tapeo, etc.)
A su vez el discurso de la Ciencia proporciona también formas de satisfacción del deseo, sea la comprensión propia y el saber que los investigadores alcanzan, sea la posibilidad de hacer realidad nuestras fantasías más utópicas (pastillas que curen el sufrimiento, comunicación a millares de kilómetros de distancia o postergación de la muerte de forma indefinida).
Entonces, si los discursos (y nos centramos en el de la Ciencia) producen satisfacción de deseos, ¿por qué se sostiene que tienen un extremo de peligro? Si la Ciencia nos ayuda a alcanzar deseos y fantasías que anhelamos profundamente, ¿cómo puede ser eso peligroso?
Simplemente porque el deseo, como he comentado antes, está anudado al peligro. El peligro del deseo es su extinción (o su realización absoluta que viene a ser lo mismo). Voy a tratar de explicar esto brevemente.
Si hemos partido de la base de que el ser humano es un vacío, una falta en ser, y ese vacío provoca la aparición del deseo como un medio de tapar ese hueco que produce angustia, entonces lo más importante no es la satisfacción del deseo, sino el deseo en sí mismo. Mientras estemos en falta de algo y deseemos un objeto que no tenemos como ilusión de que obtenerlo nos calmará, nuestra angustia estará canalizada en el recorrido de ese deseo. No obstante, si alcanzamos el objeto que deseamos, el vacío que nos define (y la angustia brutal que emana de él) se presentifica de nuevo en nuestro interior y necesitamos llamar de nuevo al deseo para canalizarla de nuevo. Es decir, la realización de un deseo siempre conlleva un tiempo de angustia después del placer experimentado. ¿Por qué si no los franceses llaman al orgasmo la "pequeña muerte"?
El peligro del deseo justamente es que se cumpla, porque poco después surgirá la angustia. Ya el saber popular nos lo advierte con ese dicho de "ten cuidado con lo que deseas porque puedes conseguirlo".
Nos adentramos entonces en el peligro que tiene un discurso como el de la Ciencia cuando se arrostra el poder de satisfacer cualquier deseo, de paliar cualquier atisbo de angustia individual. Sin deseos, lo único que queda es una angustia insoportable. Es lo que se escapa entre las junturas del cientificismo y que éste no puede resolver. Por eso los libros de los Punset no solucionan nada, sino que acaban produciendo más angustia.
Esto nos lleva al punto de anudamiento fundamental entre Ciencia y Lenguaje.
La Ciencia como todo discurso se vale del lenguaje y precisamente el lenguaje es el que nos produce a las personas el problema fundamental que nos define. Por un lado el lenguaje nos quita el equilibrio natural (nos provoca en nuestra esencia un vacío, una nada, una falta) y a su vez nos hace entrar en la dialéctica del deseo. El lenguaje provoca que necesariamente deseemos. Por otro lado sólo a través del lenguaje podremos satisfacer el deseo que el mismo lenguaje nos ha provocado. De forma muy burda para que se entienda diré que sólo podemos desear aquello que podemos nombrar. Cuando podemos nombrar algo, podemos hacer de ese objeto la meta de nuestro deseo y tratar de alcanzarlo.
Sin embargo, la falta (el vacío) que el lenguaje ha introducido en el ser humano es estructural, es decir, es irremediable. Lo que hemos perdido, lo hemos perdido para siempre y por tanto no habrá jamás ningún objeto que calme definitivamente nuestro deseo por más que quisiéramos que eso no fuera así.
Por ello la vida humana es plena sólo en la insatisfacción, sólo en el tiempo que alcanza el recorrido de un deseo antes de satisfacerlo, pues es en ese recorrido cuando nuestra angustia se encuentra más calmada y con un objetivo.
Vemos entonces el peligro del discurso de la Ciencia no cuando utiliza el lenguaje para poner objetos de satisfacción de deseos a nuestro alcance, sino cuando afirma categóricamente que será capaz de satisfacer el deseo definitivamente. Que eso sea una imposibilidad no impide que tenga consecuencias y efectos en las personas y en la forma de relacionarse, también en la forma que toman los deseos de esas personas, ya que les deja sin respuesta ante la angustia que experimentan cuando han satisfecho sus deseos por medio de los objetos de la Ciencia y siguen insatisfechos. Debido a ello es obligatorio que desarrollen mecanismos superficiales (charlas de programas del corazón y de fútbol que disfrazan esa angustia) o mortíferos (preocupación excesiva por la belleza corporal que llega a deformar el cuerpo o lleva a morir en un quirófano de cirugía plástica).
De ahí la sensación de frescura que experimentaba en la conversación con mi amigo el médico, pues el trasfondo de sus palabras hacía del discurso de la Ciencia un discurso que proporcionaba satisfacción del deseo sin sofocarlo.
He ahí el término medio aristotélico y la posible solución al dilema de los extremos que produce cualquier discurso y, especialmente, el de la Ciencia.
Este impulso se ha debido fundamentalmente a dos conversaciones que he mantenido con dos personas distintas, ambos amigos muy queridos y admirados. El primero es uno de los mejores psicólogos clínicos que he conocido y al que me unen muchísimas cosas tanto en gustos como en concepción de la vida, el segundo es uno de los mejores médicos que he conocido, no sólo por su vastísimo conocimiento médico y cultural sino especialmente por sus valores profundamente humanos que siempre han regido su práctica con los pacientes y que han forjado su visión intuitiva y acertada de las personas.
Voy a contextuar y a resumir lo fundamental de las conversaciones para finalizar con mi propia reflexión.
PRIMERA CONVERSACIÓN
La tetería permanece con esa luz tenue que difumina las formas y que facilita la fluidez de los pensamientos y de las palabras. Compartimos nuestra segunda jarra de cerveza y nuestro tercer narguile. El humo con aroma de naranja dibuja la silueta del diálogo que intercambiamos un psicólogo clínico existencialista y un psicólogo clínico con aspiraciones psicoanalíticas excesivamente solapadas con Lacan.
La conversación ha girado desde el deseo humano hasta los objetos que lo recubren y en ocasiones lo llegan a enterrar.
Mi amigo comenta los mecanismos actuales que la sociedad utiliza para ocultar e intentar apagar la angustia individual y que resume fundamentalmente en dos: los derivados de ensalzar la belleza corporal hasta el ideal de perfección (cuerpos cincelados y perfectos, ropa bonita y cara) y los anestésicos de masas (programas del corazón y el fútbol). Hablamos de la ficción necesaria que encierra todo discurso y de la obligatoriedad de que cada uno forge sus propias defensas ante la angustia, pero sabemos que algunas defensas son más mortíferas que otras.
Yo añado que los mecanismos que mi amigo ha definido tan claramente son el efecto de una estructura que está en la base de la relación social actual y que identifico con el discurso de la Ciencia cuando esta pierde su horizonte y se convierte en cientificismo. Es decir, cuando la Ciencia deja de lado las aportaciones de la Filosofía, de la Ética y del Humanismo. Comento que el discurso cientificista se rige por dos ideales crueles: el de asegurar que todo lo que compone el Universo y especialmente todo lo que concierne al ser humano puede ser calculado, medido y finalmente puede ser abierto al ojo para que el enigma del amor, la muerte y el deseo desaparezcan y la idea de que cuando se consiga eso la felicidad individual estará al alcance de todos, puesto que todo lo que uno desea para sí o todo lo que uno desea ser podrá ser comprado y obtenido. Sostengo que eso falla desde la base, porque el discurso cientificista no puede concebir que la esencia del ser humano no sea material o biológica, no puede concebir que si el ser humano es algo, ese algo es un vacío que no se llena, sino que sólo se recubre de lenguaje y de objetos que son nombrados por palabras. Es decir, que el discurso cientificista solapa soporte material, que sería la biología, con la esencia del ser humano. No niega que haya propiedades emergentes del cuerpo humano que formarían su psique (pensamientos, emociones, deseos...), lo que hace es reducir estas al cuerpo biológico. Para el discurso cientificista todo lo humano puede ser reductible a la biología y ésta a su vez puede ser reductible a leyes físico-químicas que a su vez encontrarán su máxima reducción en el lenguaje matemático.
Mi amigo concuerda conmigo y aporta un ejemplo valiosísimo. Se refiere a los libros que el afamado científico y divulgador de la ciencia catalán Eduard Punset y su hija escriben y venden. Libros como "Brújula para navegantes emocionales", "El viaje a la felicidad" o el ilustrativo "El alma está en el cerebro" y que se han convertido en bestsellers en poquísimo tiempo.
La gente los compra ávida de obtener respuestas para extinguir la angustia y el deseo que la cercan y la definen. El problema es que la angustia y el deseo no pueden ser reducidos a la biología, ellos surgen del choque entre cuerpo biológico y lenguaje. Ese choque produce dos cosas en las personas: las convierte en seres humanos y les quita algo que ni la biología ni el lenguaje podrán recuperar jamás, ese algo es el equilibrio natural con el que nacemos.
Por ello, a pesar de las promesas del discurso cientificista en relación a la felicidad y a la ausencia de angustia definitiva, la gente oculta su deseo y su angustia de tres formas; a saber, manteniendo la ilusión de dicha promesa, tapando la angustia que se escapa por las junturas mediante la imagen corporal de perfección y tratando de olvidar esa angustia a través de un diálogo con los otros respecto a los programas del corazón y el fútbol.
El humo afrutado sigue delimitando nuestro intercambio de palabras y mi amigo y yo nos miramos sabiendo que el precio de no ser demasiado ignorante es siempre la soledad.
SEGUNDA CONVERSACIÓN
Mientras estoy tumbado en el sofá rodeado del humo de la cachimba de la que hace poco he disfrutado, escucho a través del teléfono la voz cansada y abatida de un médico al que quiero y aprecio.
Después de desanimarnos mutuamente recordando el clima laboral y el futuro negro que nos acecha y nos envuelve después de casi la mitad de nuestra vida dedicados al estudio y a la formación, el tema deriva hacia la cuestión del doctorado.
Mi amigo está concluyendo la tesis a la que lleva dedicando cuatro años y que amablemente me resume de una forma clara y adaptada a la ignorancia bruta que tengo respecto a ese tema.
Por respeto y confidencialidad no puedo exponer su tema de investigación pero destacaré que su tesis no sólo es novedosa e innovadora, sino que puede ayudar (y muchísimo) al avance crucial en el tratamiento de una enfermedad peligrosa y mortal que es más prevalente de lo que uno podría pensar a primera vista.
Conozco a mi amigo y sé de su tremenda capacidad de trabajo, por eso no me sorprende la minuciosidad y la dedicación de la que su investigación hace gala, pero me asombra la profundidad a la que está llegando y lo hartamente importante que entonces veo que es su trabajo.
Mientras él me explica que la enfermedad que investiga varía muchísimo tanto en su presentación como en su evolución dependiendo no sólo del país sino también de la región del país en que nos centremos, un relámpago cruza mi mente. Él estudia todas las variables (y son muchísimas) que pueden incidir en esas diferencias y de repente me pregunto si esas diferencias podrían ser explicadas desde otro punto de vista que no fuera el biológico, sino el subjetivo, el del deseo y el goce propios de cada uno que siempre son diferentes e individuales. Como carezco de información, desecho esa idea como peregrina, pero algo se queda en mi interior y me remite al universo de la psicosomática.
Mi amigo me explica su tesis, los avances que está realizando y los objetivos que pretende conseguir. En esos momementos veo la Ciencia tal y como él la ve y no puedo dejar de maravillarme. Cuando él habla de la Ciencia, ésta parece abrir un mundo insólito de posibilidades. No sólo eso, sino que la Ciencia, en los labios de mi amigo, se acompaña de una curiosidad incesante, de un cuestionamiento continuo, de una lucha exacerbada por la imaginación y la creatividad.
Para alguien como yo aleccionado en exceso de los peligros de una Ciencia inhumana es completamente refrescante poder sumergirme en una perspectiva que tiendo a olvidar, la de los beneficios humanos de la Ciencia.
Creo que esa sensación sólo la pude tener porque era mi amigo quien hablaba, pues sus palabras no negaban el enigma insondable del ser sino que aportaban un camino diferente del que yo empleo para su dilucidación. No obstante, el camino de mi amigo es fuerte y aporta maravillas precisamente porque él no trata de imponer su visión, sino que la añade como alternativa a considerar.
En otras palabras, mi amigo no usa la Ciencia para obtener poder sino comprensión. Él no olvida los límites de su campo de actuación y al no olvidarlos me recuerda los límites del mío. Lo cual le agradezco en el alma.
Nos despedimos con la promesa de vernos pronto y compartir una buena cachimba y un mejor diálogo, más extenso y profundo.
Estas dos conversaciones que mantuve con apenas una semana de diferencia me sitúan en los dos extremos inevitables de la Ciencia, el peligroso (ilustrado por el borramiento subjetivo e individual de lo que cada ser humano porta en su seno haciendo peligrar por tanto la libertad y la innovación) y el deseado (sostenido por los logros incuestionables en relación a esperanza de vida, comodidad y tecnología).
No voy a entrar en la posible solución de este dilema, puesto que el que sea más o menos intuitivo o medianamente culto sabe que dicha solución radica probablemente en el término medio aristotélico, una Ciencia que no fagocite otros discursos que la complementan y le dan base como el discurso de la Filosofía, el del Psicoanálisis o el del Arte. Una Ciencia que en su avance se piense a sí misma y las consecuencias que provoca tanto en el mundo cultural y medioambiental como en el mundo humano individual. Lo cual remitiría a dos preguntas éticas clásicas fundamentales: ¿el fin justifica los medios? y en consecuencia ¿los seres humanos somos medios o fines en sí mismos?
Tampoco voy a desplegar una disertación sobre aproximaciones epistemológicas que pueden acercar la solución, como por ejemplo la concepción de pensamiento complejo desarrollada por el sociólogo Edgar Morin (expuesta brevemente en su libro "El pensamiento complejo") o incluso el propio psicoanálisis tratado desde el enfoque de Jacques Lacan ("La Ciencia y la Verdad" en el libro "Escritos") o la valiosísima aportación del anarquismo científico del filósofo Paul Feyerabend ("¿Por qué no Platón?"). También resulta obligatoria la concepción de Michel Foucault ("La arqueología del saber", "Las palabras y las cosas"). A los interesados les remito a las fuentes bibliográficas fundamentales y a los desarrollos de las mismas.
Lo que me interesa es la base del dilema en sí, es decir, la división misma que está en el fondo.
Y la división misma sitúa al sujeto humano que la piensa en los dos extremos, el peligro y el deseo. Indisociables e inseparables.
¿Por qué? Porque la Ciencia no deja de ser un discurso, lo cual desde el psicoanálisis significa que no deja de tender a proporcionar formas de satisfacción y de cumplimiento de deseos.
Si partimos de la idea de que el ser humano en su núcleo es un vacío, una falta en ser, podemos entender que surja necesariamente el deseo, entendido como ese movimiento que nos impulsa a completar el vacío que somos. Lo cual solemos identificar con una sensación placentera y, finalmente, con la felicidad individual.
Los discursos surgen entonces con dos objetivos. El primero es el de ayudar a crear lazos sociales. Es decir, facilitan la relación entre los seres humanos, puesto que si hay una mayoría que comparta un universo discursivo (de lenguaje) podremos identificarnos con las palabras que ese discurso nos ofrece y satisfacer esa angustia y ese deseo que surgen de la propia falta en ser (que a su vez surge por haber incorporado el lenguaje al cuerpo biológico). El segundo objetivo va unido al primero y consiste en que todo discurso proporciona formas concretas de satisfacción de deseos. Si nos identificamos a las palabras base de un discurso específico, tenderemos a satisfacernos por los medios que ese discurso proporciona.
Por ejemplo, los discursos nacionalistas (sean cuales sean) producen formas de obtención de placer y de satisfacción de deseos desarrollando el interés por una gastronomía propia o formas de ocio particulares y específicas (el discurso nazi ensalzaba la música alemana, el discurso del nacionalismo español ensalza la cultura del tapeo, etc.)
A su vez el discurso de la Ciencia proporciona también formas de satisfacción del deseo, sea la comprensión propia y el saber que los investigadores alcanzan, sea la posibilidad de hacer realidad nuestras fantasías más utópicas (pastillas que curen el sufrimiento, comunicación a millares de kilómetros de distancia o postergación de la muerte de forma indefinida).
Entonces, si los discursos (y nos centramos en el de la Ciencia) producen satisfacción de deseos, ¿por qué se sostiene que tienen un extremo de peligro? Si la Ciencia nos ayuda a alcanzar deseos y fantasías que anhelamos profundamente, ¿cómo puede ser eso peligroso?
Simplemente porque el deseo, como he comentado antes, está anudado al peligro. El peligro del deseo es su extinción (o su realización absoluta que viene a ser lo mismo). Voy a tratar de explicar esto brevemente.
Si hemos partido de la base de que el ser humano es un vacío, una falta en ser, y ese vacío provoca la aparición del deseo como un medio de tapar ese hueco que produce angustia, entonces lo más importante no es la satisfacción del deseo, sino el deseo en sí mismo. Mientras estemos en falta de algo y deseemos un objeto que no tenemos como ilusión de que obtenerlo nos calmará, nuestra angustia estará canalizada en el recorrido de ese deseo. No obstante, si alcanzamos el objeto que deseamos, el vacío que nos define (y la angustia brutal que emana de él) se presentifica de nuevo en nuestro interior y necesitamos llamar de nuevo al deseo para canalizarla de nuevo. Es decir, la realización de un deseo siempre conlleva un tiempo de angustia después del placer experimentado. ¿Por qué si no los franceses llaman al orgasmo la "pequeña muerte"?
El peligro del deseo justamente es que se cumpla, porque poco después surgirá la angustia. Ya el saber popular nos lo advierte con ese dicho de "ten cuidado con lo que deseas porque puedes conseguirlo".
Nos adentramos entonces en el peligro que tiene un discurso como el de la Ciencia cuando se arrostra el poder de satisfacer cualquier deseo, de paliar cualquier atisbo de angustia individual. Sin deseos, lo único que queda es una angustia insoportable. Es lo que se escapa entre las junturas del cientificismo y que éste no puede resolver. Por eso los libros de los Punset no solucionan nada, sino que acaban produciendo más angustia.
Esto nos lleva al punto de anudamiento fundamental entre Ciencia y Lenguaje.
La Ciencia como todo discurso se vale del lenguaje y precisamente el lenguaje es el que nos produce a las personas el problema fundamental que nos define. Por un lado el lenguaje nos quita el equilibrio natural (nos provoca en nuestra esencia un vacío, una nada, una falta) y a su vez nos hace entrar en la dialéctica del deseo. El lenguaje provoca que necesariamente deseemos. Por otro lado sólo a través del lenguaje podremos satisfacer el deseo que el mismo lenguaje nos ha provocado. De forma muy burda para que se entienda diré que sólo podemos desear aquello que podemos nombrar. Cuando podemos nombrar algo, podemos hacer de ese objeto la meta de nuestro deseo y tratar de alcanzarlo.
Sin embargo, la falta (el vacío) que el lenguaje ha introducido en el ser humano es estructural, es decir, es irremediable. Lo que hemos perdido, lo hemos perdido para siempre y por tanto no habrá jamás ningún objeto que calme definitivamente nuestro deseo por más que quisiéramos que eso no fuera así.
Por ello la vida humana es plena sólo en la insatisfacción, sólo en el tiempo que alcanza el recorrido de un deseo antes de satisfacerlo, pues es en ese recorrido cuando nuestra angustia se encuentra más calmada y con un objetivo.
Vemos entonces el peligro del discurso de la Ciencia no cuando utiliza el lenguaje para poner objetos de satisfacción de deseos a nuestro alcance, sino cuando afirma categóricamente que será capaz de satisfacer el deseo definitivamente. Que eso sea una imposibilidad no impide que tenga consecuencias y efectos en las personas y en la forma de relacionarse, también en la forma que toman los deseos de esas personas, ya que les deja sin respuesta ante la angustia que experimentan cuando han satisfecho sus deseos por medio de los objetos de la Ciencia y siguen insatisfechos. Debido a ello es obligatorio que desarrollen mecanismos superficiales (charlas de programas del corazón y de fútbol que disfrazan esa angustia) o mortíferos (preocupación excesiva por la belleza corporal que llega a deformar el cuerpo o lleva a morir en un quirófano de cirugía plástica).
De ahí la sensación de frescura que experimentaba en la conversación con mi amigo el médico, pues el trasfondo de sus palabras hacía del discurso de la Ciencia un discurso que proporcionaba satisfacción del deseo sin sofocarlo.
He ahí el término medio aristotélico y la posible solución al dilema de los extremos que produce cualquier discurso y, especialmente, el de la Ciencia.
martes, 11 de septiembre de 2012
Sangre y palabras
Sangre y palabras.
No somos nada más que eso.
Por eso imagino que es inevitable que tras la sangre intentemos nombrar nuestros actos, encuadrarlos en una lógica de sentido.
Da igual, siempre hay algo que escapa.
También es inevitable que todas las palabras conduzcan a la sangre.
Nos laten las palabras en la sangre, recorren nuestro cuerpo, habitan nuestras venas.
Nos envenenan. Siempre. No olvidemos que hay venenos excesivamente dulces.
Ella habla.
Trata de apuntalar el mundo que cree roto sólo porque la voz de otro así se lo ha dicho.
La voz de ese otro es tan fría como ardiente es su ansia de que nada se escape por las junturas.
La voz de él hace que ella sangre.
Y brotan las palabras.
Destinadas a mecerle, a calmarle y, por tanto, destinadas a borrarla.
Pero no puede hacer otra cosa.
Mientras tanto yo vuelvo a ser el espectador inmovilizado. Condenado a no actuar, sino simplemente a esperar. Como si las palabras de ella y la voz del otro me llegaran en diferido. Como si el propio tiempo hubiera construido una barrera inamovible, como si me atenazara las muñecas y se diluyera en mis oídos.
La espera es ya el infierno.
¿Cuánto llevo esperando? Toda esta vida seguro, lo que no sé es si esa espera se extiende a vidas anteriores o se prolongará a las posteriores.
Espero.
Espero.
Espero.
A veces cae un beso, a veces cae un deseo.
Ambos siempre destinados a que no abandone la espera.
Espero.
Espero.
Y en la espera me licuo. No hay acto, salvo la inmovilidad de esperar.
No hay acto. No hay vida.
Nací abandonado, pero mis padres no lo sabían.
Me he encontrado y abandonado demasiadas veces.
El pequeño huequecito es ya un abismo insondable de llantos.
Si es lo quiero, si es lo que elijo, si es a lo que tiendo, entonces
¿por qué la sangre en las palabras de ella me hace sentir abandonado del todo?
¿Es esta la primera vez que lo experimento de verdad, o lo real ha llenado de sangre mi garganta?
Ella habla.
Trata de tallar en el lenguaje el lugar que siempre ha deseado y nunca le han dado.
Le habla. A pesar de la sangre, a pesar de la cáustica acidez de la mirada de él.
A pesar de la incredulidad y de la decepción que el otro dice sentir.
Ella habla.
Y no cede. Y no ceja.
Pero ella también tiene que pagar.
Ella habla y al hablar talla.
No sé muy bien si ella sabe lo que está cortando.
Y desde fuera veo que todo es sangre y palabras.
Y desde dentro mis palabras se han ahogado en la sangre.
Por fin.
Sólo silencio. Sólo color rojo.
Sin palabras no puede haber juicio.
Y sin juicio no puede haber acto.
Sin acto no puede haber vida humana.
Sin palabras sólo hay animalidad o muerte.
Allí me sitúo.
Allí me reflejo.
No poder juzgar si se es bueno o malo,
si hay buenos y malos,
sólo me deja el lugar de la mancha.
La voz del otro así me define,
la mirada de ella así me ve.
La mancha.
Quizá no buena o mala
pero siempre desagradable,
siempre rompiendo la armonía de lo limpio.
Soy una mancha de animalidad y muerte.
Y espero.
Sangre y palabras.
Sangre y palabras.
Que hable por mí la música.
Más claro, más profundo.
Two Gallants: Fly low carrion crow
(Traducción abajo)
Vuela bajo cuervo carroñero.
Toma mi cuerpo para la deuda que debo.
Lánzame fuerte a las profundidades de abajo.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
Estamos sólo tú y yo y mi cerebro enjaulado en las costillas.
Le sacábamos brillo al latón y desempolvábamos el dolor.
Y nos tumbábamos esperando como cadenas que aún no esclavizaran.
Y nos llamaban enfermos como si ellos estuvieran sanos.
Así que vuela bajo cuervo carroñero.
Y toma mi cuerpo para liberar mi alma.
Y lánzame fuerte a las profundidades de abajo.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
¿Y qué te digo de un amor tan atrevido?
Si se pudiera cantar una canción, ninguna palabra podría sostenerla.
Pero ahora quiero advertirte de un final predicho.
Y toda una vida entera esperando a la muerte abajo.
Así que vuela bajo cuervo carroñero.
Y toma mi cuerpo para que no viva más.
Y lánzame fuerte a las profundidades de abajo.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
No somos nada más que eso.
Por eso imagino que es inevitable que tras la sangre intentemos nombrar nuestros actos, encuadrarlos en una lógica de sentido.
Da igual, siempre hay algo que escapa.
También es inevitable que todas las palabras conduzcan a la sangre.
Nos laten las palabras en la sangre, recorren nuestro cuerpo, habitan nuestras venas.
Nos envenenan. Siempre. No olvidemos que hay venenos excesivamente dulces.
Ella habla.
Trata de apuntalar el mundo que cree roto sólo porque la voz de otro así se lo ha dicho.
La voz de ese otro es tan fría como ardiente es su ansia de que nada se escape por las junturas.
La voz de él hace que ella sangre.
Y brotan las palabras.
Destinadas a mecerle, a calmarle y, por tanto, destinadas a borrarla.
Pero no puede hacer otra cosa.
Mientras tanto yo vuelvo a ser el espectador inmovilizado. Condenado a no actuar, sino simplemente a esperar. Como si las palabras de ella y la voz del otro me llegaran en diferido. Como si el propio tiempo hubiera construido una barrera inamovible, como si me atenazara las muñecas y se diluyera en mis oídos.
La espera es ya el infierno.
¿Cuánto llevo esperando? Toda esta vida seguro, lo que no sé es si esa espera se extiende a vidas anteriores o se prolongará a las posteriores.
Espero.
Espero.
Espero.
A veces cae un beso, a veces cae un deseo.
Ambos siempre destinados a que no abandone la espera.
Espero.
Espero.
Y en la espera me licuo. No hay acto, salvo la inmovilidad de esperar.
No hay acto. No hay vida.
Nací abandonado, pero mis padres no lo sabían.
Me he encontrado y abandonado demasiadas veces.
El pequeño huequecito es ya un abismo insondable de llantos.
Si es lo quiero, si es lo que elijo, si es a lo que tiendo, entonces
¿por qué la sangre en las palabras de ella me hace sentir abandonado del todo?
¿Es esta la primera vez que lo experimento de verdad, o lo real ha llenado de sangre mi garganta?
Ella habla.
Trata de tallar en el lenguaje el lugar que siempre ha deseado y nunca le han dado.
Le habla. A pesar de la sangre, a pesar de la cáustica acidez de la mirada de él.
A pesar de la incredulidad y de la decepción que el otro dice sentir.
Ella habla.
Y no cede. Y no ceja.
Pero ella también tiene que pagar.
Ella habla y al hablar talla.
No sé muy bien si ella sabe lo que está cortando.
Y desde fuera veo que todo es sangre y palabras.
Y desde dentro mis palabras se han ahogado en la sangre.
Por fin.
Sólo silencio. Sólo color rojo.
Sin palabras no puede haber juicio.
Y sin juicio no puede haber acto.
Sin acto no puede haber vida humana.
Sin palabras sólo hay animalidad o muerte.
Allí me sitúo.
Allí me reflejo.
No poder juzgar si se es bueno o malo,
si hay buenos y malos,
sólo me deja el lugar de la mancha.
La voz del otro así me define,
la mirada de ella así me ve.
La mancha.
Quizá no buena o mala
pero siempre desagradable,
siempre rompiendo la armonía de lo limpio.
Soy una mancha de animalidad y muerte.
Y espero.
Sangre y palabras.
Sangre y palabras.
Que hable por mí la música.
Más claro, más profundo.
Two Gallants: Fly low carrion crow
(Traducción abajo)
Vuela bajo cuervo carroñero.
Toma mi cuerpo para la deuda que debo.
Lánzame fuerte a las profundidades de abajo.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
Estamos sólo tú y yo y mi cerebro enjaulado en las costillas.
Le sacábamos brillo al latón y desempolvábamos el dolor.
Y nos tumbábamos esperando como cadenas que aún no esclavizaran.
Y nos llamaban enfermos como si ellos estuvieran sanos.
Así que vuela bajo cuervo carroñero.
Y toma mi cuerpo para liberar mi alma.
Y lánzame fuerte a las profundidades de abajo.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
¿Y qué te digo de un amor tan atrevido?
Si se pudiera cantar una canción, ninguna palabra podría sostenerla.
Pero ahora quiero advertirte de un final predicho.
Y toda una vida entera esperando a la muerte abajo.
Así que vuela bajo cuervo carroñero.
Y toma mi cuerpo para que no viva más.
Y lánzame fuerte a las profundidades de abajo.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
Para las cosas que he visto mejor que nadie las sepa.
domingo, 15 de julio de 2012
Angustia
Había una cualidad de magnética repulsión en su imagen reflejada en el espejo.
Hacía ya un tiempo que evitaba mirarla y encontrarse con la mezcla de vergüenza e impotencia que los ojos del extraño le devolvían desde la superficie reflectante.
Aun así apenas podía sustraerse, en los escasos momentos en que se lo permitía, de contemplarse y devorarse con los ojos, hasta alcanzar el principio de esa extrañeza que desubica la propia subjetividad y la sitúa como lo que es, el primero de nuestros engaños. Un diálogo silencioso entre dos extraños, el uno invisible, el otro inexistente.
En esos escasos pero inconmensurables momentos se obligaba a recorrer las costras rojas que orlaban su rostro producto de dos características que el consideraba intrínsecas a su ser: el intento fallido de comprensión de lo de fuera y lo de dentro y el miedo cerval a los otros.
Los desfiladeros negros de incontables ojeras, las escamas de piel sobre las costras como la espuma estancada de una marea de óxido, los parches irregulares de su débil barba como los remiendos de unos pantalones gastados, la desproporción inconexa de su nariz, el verde desvaído de sus ojos... Todo formaba una extraña topología. El pensaba que tal vez fuera una topología de sufrimiento y odio. Pero se equivocaba, pues sufrimiento y odio ya eran algo. En realidad su rostro conformaba una de las infinitas topologías que adopta el vacío, la nada.
El espejo siempre lo escribe, pero él nunca sabía leerlo. Se puede no ser siendo, pero jamás se puede ser no siendo. Preciosa forma de ubicar la esencia del humano en la palabra.
En ese desvarío de imágenes y lenguaje que eran sus conversaciones con el espejo casi podía comprender que alguien le hubiera dicho una vez que era un susurrador de almas. Sobre todo si, a través de la propia historia, se llega a la conclusión de que el susurro es el timbre de voz de la angustia. A las de los otros, susurros. A la suya, el silencio, que es el grito de guerra de la angustia.
El amor le estallaba como la sangre en una aorta trombosada, marcando su cuerpo, delimitando su abismo. Matando por exceso de vida.
En las acuarelas de sexo con ella, en las palabras líquidas de ella aún no podía entender de qué forma él había pasado de vivir el amor como una experiencia sublime a sufrirlo como la garra de una deuda subjetiva. Todo parecía remitir a lo mismo, la filosofía del egoísmo, la extrañeza descarnada de su propia imagen, las costras de miedo sobre su piel.
Todo lo que le había indicado su lugar en el mundo se desvaneció en un momento indeterminado.
¿Era posible una topología sin espacio?
La casa familiar del amor ahora era un continente jamás visto anteriormente. Lo curioso es que reconocía perfiles, siluetas, sombras pero era incapaz de formar el mapa.
La palabra que nombraba el pegamento que mantenía unidas las relaciones con los otros era ahora como de un idioma extranjero imposible de pronunciar para él.
No es que renegara del amor, sino que su gramática se le había vuelto incomprensible. Incomprensible tal vez por demasiada angustia.
Y, bordeándolo todo, los restos del cementerio de su infancia.
Hacía ya un tiempo que evitaba mirarla y encontrarse con la mezcla de vergüenza e impotencia que los ojos del extraño le devolvían desde la superficie reflectante.
Aun así apenas podía sustraerse, en los escasos momentos en que se lo permitía, de contemplarse y devorarse con los ojos, hasta alcanzar el principio de esa extrañeza que desubica la propia subjetividad y la sitúa como lo que es, el primero de nuestros engaños. Un diálogo silencioso entre dos extraños, el uno invisible, el otro inexistente.
En esos escasos pero inconmensurables momentos se obligaba a recorrer las costras rojas que orlaban su rostro producto de dos características que el consideraba intrínsecas a su ser: el intento fallido de comprensión de lo de fuera y lo de dentro y el miedo cerval a los otros.
Los desfiladeros negros de incontables ojeras, las escamas de piel sobre las costras como la espuma estancada de una marea de óxido, los parches irregulares de su débil barba como los remiendos de unos pantalones gastados, la desproporción inconexa de su nariz, el verde desvaído de sus ojos... Todo formaba una extraña topología. El pensaba que tal vez fuera una topología de sufrimiento y odio. Pero se equivocaba, pues sufrimiento y odio ya eran algo. En realidad su rostro conformaba una de las infinitas topologías que adopta el vacío, la nada.
El espejo siempre lo escribe, pero él nunca sabía leerlo. Se puede no ser siendo, pero jamás se puede ser no siendo. Preciosa forma de ubicar la esencia del humano en la palabra.
En ese desvarío de imágenes y lenguaje que eran sus conversaciones con el espejo casi podía comprender que alguien le hubiera dicho una vez que era un susurrador de almas. Sobre todo si, a través de la propia historia, se llega a la conclusión de que el susurro es el timbre de voz de la angustia. A las de los otros, susurros. A la suya, el silencio, que es el grito de guerra de la angustia.
El amor le estallaba como la sangre en una aorta trombosada, marcando su cuerpo, delimitando su abismo. Matando por exceso de vida.
En las acuarelas de sexo con ella, en las palabras líquidas de ella aún no podía entender de qué forma él había pasado de vivir el amor como una experiencia sublime a sufrirlo como la garra de una deuda subjetiva. Todo parecía remitir a lo mismo, la filosofía del egoísmo, la extrañeza descarnada de su propia imagen, las costras de miedo sobre su piel.
Todo lo que le había indicado su lugar en el mundo se desvaneció en un momento indeterminado.
¿Era posible una topología sin espacio?
La casa familiar del amor ahora era un continente jamás visto anteriormente. Lo curioso es que reconocía perfiles, siluetas, sombras pero era incapaz de formar el mapa.
La palabra que nombraba el pegamento que mantenía unidas las relaciones con los otros era ahora como de un idioma extranjero imposible de pronunciar para él.
No es que renegara del amor, sino que su gramática se le había vuelto incomprensible. Incomprensible tal vez por demasiada angustia.
Y, bordeándolo todo, los restos del cementerio de su infancia.
domingo, 24 de junio de 2012
Sobre la destrucción traumática del sexo
Cuando ella me dijo esas palabras en ese momento, en esa situación, en ese contexto, algo de mí se rompió. Para siempre.
Algo de mí que estaba en una tensión extrema se partió para nunca jamás recomponerse.
Creo que fue justo ahí cuando debí haber muerto
Aún tengo en la mente la forma en que me miró, la forma en la que su boca se curvó sin tapujos para mostrar todo su desprecio.
Y sus palabras. Dios mío. Sus palabras.
No puedo describir la tortura, la quemazón, el aplastamiento de mi alma en esa pregunta perversa y retorcida, ni la desolación, el vacío, el yermo sangrante en que se convirtió mi pecho o la angustia desesperada que arañó mi garganta.
Imposible transmitirlo.
Digamos sólo que con esa pregunta, con esas palabras, me destrozó en esquirlas punzantes de cristal salado.
Tras años de intentar reconstruirme de nuevo, la línea de fractura se marca perfectamente bien en mi piel y soy plenamente consciente de que es aún más profunda por dentro. De todas formas jamás logré (ni lograré) unir todas las esquirlas, ya siempre estaré mellado, siempre.
Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que sólo me dejó rotura, trozos de lo que yo creía que era diseminados por mi mente, moribundos y náufragos; pedazos de lo que yo siempre quise ser imposibles de reutilizar de nuevo, inservibles e irrecuperables. Quemados. Matados.
No sólo destrozó lo que yo fui. No sólo destrozó sin posibilidad de recuperación lo que yo pude llegar a haber sido, sino que destrozó cualquier posibilidad, material o espiritual, de recomponer los pedazos.
Por eso camino roto. Más roto que el resto de los humanos porque soy consciente del momento en que me rompí.
Allí, en ese salón maldito de ese pueblo que siempre he odiado, con su gesto y su pregunta, ella me determinó.
Me abrió el camino de la soledad perpetua y constante y bloqueó todos los caminos que fueran diferentes de ese.
Mató mi posibilidad de amar con sinceridad y sin miedo, pues de alguna forma ella sabía que haciendo eso, diciendo eso, devoraría parte de mi espíritu y sólo dejaría el lugar congelado del temor al abandono, en vez del desafío de la curiosidad, sólo dejaría el vacío supurante del temor a transgredir el límite, en lugar de la aceptación de mi ser. Sólo dejaría la grieta sanguinolenta del temor a que volviera a amar precisamente porque llegaría el momento y el lugar en el que cruzaría el límite que sus palabras marcaron con mis lágrimas y la recordaría a ella. Recordaría ese momento y en lo que me convertí ahí.
Y no podría soportarlo.
Y no podría soportarlo.
Y la grandísima hija de puta tenía razón.
Siempre ha llegado ese momento después de ella.
Y siempre me ha vuelto a destrozar.
Cada vez pierdo más esquirlas.
Allí, con ella, sin los pantalones, con su mirada envenenada y sus palabras metálicas, interioricé de una forma en la que muy pocos lo han hecho cómo el sexo se da la mano con la muerte.
A partir de ese momento, mis pensamientos sobre el suicidio cobraron un peso diferente al que tenían. Se volvieron de hierro pesado, eran sierras socavando mi carne.
Fue cuando me di cuenta de cómo terminaría así.
Pero sólo con los destrozos que han sobrevenido después de ese, empiezo a perfilar el por qué.
Por qué acabaré matándome de forma violenta.
Por qué no podré amar sin sangrar odio, egoísmo, desprecio y perversión.
Por qué mi soledad me abraza y me congela cada vez más.
Por qué "Beyond the pale" me estremece el alma de los nervios cada vez que la escucho.
Por qué temo a las mujeres tanto como las deseo.
Ella me hizo medio hombre para siempre.
Me hizo sangrar con palabras, morir con palabras.
Y desde entonces todas las mujeres que se acercan a mí acaban muertas, dañadas u odiándome.
Porque soy incapaz de dar otra cosa.
Porque ya debería estar muerto.
Me escupiste esas palabras y me condenaste. Diez años después siguen frescas en mi mente y siguen destrozando mis relaciones.
Siguen asustando a las que se acercan a mí.
Me siguen desvelando por las noches.
Supongo que podré matarte de nuevo en el infierno cuando volvamos a vernos y pueda hacer sangrar a tu cadáver todo lo que tú has hecho sangrar a mi alma, si es que existe algo de justicia.
Pero sé que no.
Así que sólo te ríes y me esperas para volver a darme donde más duele.
Y pasar de medio hombre, a nada entera.
Hasta entonces, soledad, frío, desolación, tortura y deserción.
Algo de mí que estaba en una tensión extrema se partió para nunca jamás recomponerse.
Creo que fue justo ahí cuando debí haber muerto
Aún tengo en la mente la forma en que me miró, la forma en la que su boca se curvó sin tapujos para mostrar todo su desprecio.
Y sus palabras. Dios mío. Sus palabras.
No puedo describir la tortura, la quemazón, el aplastamiento de mi alma en esa pregunta perversa y retorcida, ni la desolación, el vacío, el yermo sangrante en que se convirtió mi pecho o la angustia desesperada que arañó mi garganta.
Imposible transmitirlo.
Digamos sólo que con esa pregunta, con esas palabras, me destrozó en esquirlas punzantes de cristal salado.
Tras años de intentar reconstruirme de nuevo, la línea de fractura se marca perfectamente bien en mi piel y soy plenamente consciente de que es aún más profunda por dentro. De todas formas jamás logré (ni lograré) unir todas las esquirlas, ya siempre estaré mellado, siempre.
Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que sólo me dejó rotura, trozos de lo que yo creía que era diseminados por mi mente, moribundos y náufragos; pedazos de lo que yo siempre quise ser imposibles de reutilizar de nuevo, inservibles e irrecuperables. Quemados. Matados.
No sólo destrozó lo que yo fui. No sólo destrozó sin posibilidad de recuperación lo que yo pude llegar a haber sido, sino que destrozó cualquier posibilidad, material o espiritual, de recomponer los pedazos.
Por eso camino roto. Más roto que el resto de los humanos porque soy consciente del momento en que me rompí.
Allí, en ese salón maldito de ese pueblo que siempre he odiado, con su gesto y su pregunta, ella me determinó.
Me abrió el camino de la soledad perpetua y constante y bloqueó todos los caminos que fueran diferentes de ese.
Mató mi posibilidad de amar con sinceridad y sin miedo, pues de alguna forma ella sabía que haciendo eso, diciendo eso, devoraría parte de mi espíritu y sólo dejaría el lugar congelado del temor al abandono, en vez del desafío de la curiosidad, sólo dejaría el vacío supurante del temor a transgredir el límite, en lugar de la aceptación de mi ser. Sólo dejaría la grieta sanguinolenta del temor a que volviera a amar precisamente porque llegaría el momento y el lugar en el que cruzaría el límite que sus palabras marcaron con mis lágrimas y la recordaría a ella. Recordaría ese momento y en lo que me convertí ahí.
Y no podría soportarlo.
Y no podría soportarlo.
Y la grandísima hija de puta tenía razón.
Siempre ha llegado ese momento después de ella.
Y siempre me ha vuelto a destrozar.
Cada vez pierdo más esquirlas.
Allí, con ella, sin los pantalones, con su mirada envenenada y sus palabras metálicas, interioricé de una forma en la que muy pocos lo han hecho cómo el sexo se da la mano con la muerte.
A partir de ese momento, mis pensamientos sobre el suicidio cobraron un peso diferente al que tenían. Se volvieron de hierro pesado, eran sierras socavando mi carne.
Fue cuando me di cuenta de cómo terminaría así.
Pero sólo con los destrozos que han sobrevenido después de ese, empiezo a perfilar el por qué.
Por qué acabaré matándome de forma violenta.
Por qué no podré amar sin sangrar odio, egoísmo, desprecio y perversión.
Por qué mi soledad me abraza y me congela cada vez más.
Por qué "Beyond the pale" me estremece el alma de los nervios cada vez que la escucho.
Por qué temo a las mujeres tanto como las deseo.
Ella me hizo medio hombre para siempre.
Me hizo sangrar con palabras, morir con palabras.
Y desde entonces todas las mujeres que se acercan a mí acaban muertas, dañadas u odiándome.
Porque soy incapaz de dar otra cosa.
Porque ya debería estar muerto.
Me escupiste esas palabras y me condenaste. Diez años después siguen frescas en mi mente y siguen destrozando mis relaciones.
Siguen asustando a las que se acercan a mí.
Me siguen desvelando por las noches.
Supongo que podré matarte de nuevo en el infierno cuando volvamos a vernos y pueda hacer sangrar a tu cadáver todo lo que tú has hecho sangrar a mi alma, si es que existe algo de justicia.
Pero sé que no.
Así que sólo te ríes y me esperas para volver a darme donde más duele.
Y pasar de medio hombre, a nada entera.
Hasta entonces, soledad, frío, desolación, tortura y deserción.
domingo, 17 de junio de 2012
De las formas de morir de los hombres
Desde pequeño he preguntado a la muerte.
A veces la he llamado. Incluso llegué a desafiarla.
Pero la muerte, como el espíritu de la mujer, no responde fácilmente.
La muerte, como la mujer, acude cuando a ella le apetece, cuando le impulsa su deseo.
La muerte.
Salida final de los hombres. La última oportunidad cierta de reunirse con una mujer.
Todo lo noble y verdadero de este mundo es femenino.
La belleza.
La luz, la oscuridad.
La verdad.
La ciencia.
La filosofía, la sabiduría.
La vida.
La fuerza.
La ética.
La muerte.
Fuimos los hombres los que tuvimos que nombrar todas esas cosas para conocerlas y sentirlas. Cosas que las mujeres no necesitaban conocer ni comprender, puesto que ya formaban parte de ellas, puesto que fueron ellas las que cubrieron el mundo con lo que les brotó del corazón y de las manos.
Y los hombres, al nombrarlas, introdujimos dos cosas: la mentira y la imposibilidad de alcanzarlas.
Nos erigimos como maestros de algo ajeno a nosotros, que nunca nos perteneció y que jamás podríamos hacer nuestro. Lo peor de todo fue que nos creímos lo contrario.
Fuimos nosotros los que, al hablar, tergiversamos todo. Por eso todo lo engañoso y lo fantasioso de este mundo es masculino.
El poder.
El deber.
El hambre y el sexo.
El llanto.
El reflejo.
El amargor.
El duelo y el desafío.
El lenguaje.
Y, en la cúspide, el mayor engaño de todos, el amor.
Los poetas mienten y Pessoa lo escribió con fuego.
Pero aquí no se trata de qué es mejor, pues el competir también es masculino, y por tanto ladino y engañoso, aunque su acción (la competición) se disfrace de femenino. Ha llegado un punto, gracias al tiempo que todo lo mezcla, en que lo uno no se entiende sin lo otro. No se entiende el poder sin la ética ni tampoco la vida sin el llanto ni el amor sin la belleza.
Aquí de lo que se trata es de cómo morimos los hombres.
Elegí vivir el mundo como hombre. Imperfecto, infantil, inconstante, para así encontrar una mujer.
Lo más curioso es que los hombres nunca vemos que estamos habitados, antes que nada, por una mujer, y que lo más importante no es encontrarla, sino la mera búsqueda incompleta. Pues encontrar una mujer es la imposibilidad axiomática que se deriva de buscarla.
Si la buscas, te separas de la que te habita. Y, por tanto, ya no la encontrarás. Y así, paso a paso, los hombres inevitablemente nos acercamos a la muerte.
Lo cual no quiere decir que las mujeres no mueran.
Mueren, pero de otra forma. Más digna, más tierna. Más armónica.
Mientras el hombre muere cojo y agitado, la mujer suele morir con un ritmo tranquilo, con su propia cadencia.
Mientras el hombre muere aplastando hierba, derribando árboles, destruyendo el aire, la mujer suele morir abrazada a la naturaleza, creando vida en lugar de destrozarla.
Como si, en el momento de morir, la mujer se reuniera con una parte de sí misma, mientras que el hombre se enredara con el laberinto irresoluble del lenguaje.
Así muchos hombres mueren gritando.
Marcando con lágrimas alaridos que estremecen la espina dorsal del ser humano.
Esos hombres hacen de la rabia su escudo y su motivo de existencia, también por tanto, la justificación de su muerte.
Son los hombres que no entendieron ni aceptaron por qué decidieron vivir el mundo como hombres.
Son los hombres que se asustaron del reflejo que les devolvía el espejo de los ojos de los otros, y que no entendieron que el miedo de fuera era el suyo propio.
Son los hombres que no se vieron a sí mismos.
Otros hombres mueren hablando.
Contándose a sí mismos y a los demás su propia historia para hilvanar, tal vez por azar, un retazo de sentido.
Esos hombres hacen de los cuentos su verdad y de la muerte su tinta y su folio.
Son los hombres que tapan la soledad con sonidos, hombres que han dibujado una muleta imperfecta que acentúa su cojera a la par que parece atenuarla.
Son los hombres que pronuncian nombres con la esperanza de rascar un fragmento de inmortalidad en alguno de ellos sin conseguirlo nunca.
Son los hombres que se han creído su propia mentira.
Hay hombres que mueren susurrando.
Intercalando débiles gemidos en tenues palabras. Tocan el corazón y agitan el pecho de los que los rodean.
Esos hombres hacen de la brisa música triste y de los contraluces, cuadros bonitos. La muerte en ellos es un adagio temeroso.
Son los hombres que han entrevisto algo entre las sombras de las palabras y que se han dejado sembrar por lo que está oculto pero vivo.
Son los hombres que se han enamorado y se han sumergido en la música, pero que han perdido lo que encontraron porque en esos momentos había otros ideales más fuertes que seguir. Descubren que el brillo de esos ideales sólo era el reflejo de una falsa luz sobre el óxido que los cubría.
Son los hombres que se vieron pero que no lo creyeron.
Por último hay un puñado de hombres que mueren callados, en silencio.
Gritan con los ojos, hablan con las manos y susurran con su cuerpo.
Esos hombres hacen de la muerte comprensión y sus ojos siempre están mirando a una mujer, y sus manos están agarrando las de una mujer y su cuerpo está cerca del de una mujer.
Son los hombres que sólo mueven los labios para dar un beso.
Son los hombres que han entendido su elección de vida, su posición en el mundo.
Son los hombres que se han dejado marcar por lo que sustenta al lenguaje y que este no puede nunca pronunciar. De ahí su silencio, de ahí su serenidad.
Son los hombres que componen una sinfonía de su muerte, que inventan el ritmo y mueren con su propia cadencia. Por eso siempre se les encuentra a la vera de una mujer.
Son los hombres que no hablan más del amor, sino que lo actúan.
Son los hombres que nombran de nuevo al mundo, pues sólo del silencio nace el lenguaje.
Son los hombres que son capaces de abrazar la muerte, pues son los hombres que fueron capaces de abrazar a una mujer.
A veces la he llamado. Incluso llegué a desafiarla.
Pero la muerte, como el espíritu de la mujer, no responde fácilmente.
La muerte, como la mujer, acude cuando a ella le apetece, cuando le impulsa su deseo.
La muerte.
Salida final de los hombres. La última oportunidad cierta de reunirse con una mujer.
Todo lo noble y verdadero de este mundo es femenino.
La belleza.
La luz, la oscuridad.
La verdad.
La ciencia.
La filosofía, la sabiduría.
La vida.
La fuerza.
La ética.
La muerte.
Fuimos los hombres los que tuvimos que nombrar todas esas cosas para conocerlas y sentirlas. Cosas que las mujeres no necesitaban conocer ni comprender, puesto que ya formaban parte de ellas, puesto que fueron ellas las que cubrieron el mundo con lo que les brotó del corazón y de las manos.
Y los hombres, al nombrarlas, introdujimos dos cosas: la mentira y la imposibilidad de alcanzarlas.
Nos erigimos como maestros de algo ajeno a nosotros, que nunca nos perteneció y que jamás podríamos hacer nuestro. Lo peor de todo fue que nos creímos lo contrario.
Fuimos nosotros los que, al hablar, tergiversamos todo. Por eso todo lo engañoso y lo fantasioso de este mundo es masculino.
El poder.
El deber.
El hambre y el sexo.
El llanto.
El reflejo.
El amargor.
El duelo y el desafío.
El lenguaje.
Y, en la cúspide, el mayor engaño de todos, el amor.
Los poetas mienten y Pessoa lo escribió con fuego.
Pero aquí no se trata de qué es mejor, pues el competir también es masculino, y por tanto ladino y engañoso, aunque su acción (la competición) se disfrace de femenino. Ha llegado un punto, gracias al tiempo que todo lo mezcla, en que lo uno no se entiende sin lo otro. No se entiende el poder sin la ética ni tampoco la vida sin el llanto ni el amor sin la belleza.
Aquí de lo que se trata es de cómo morimos los hombres.
Elegí vivir el mundo como hombre. Imperfecto, infantil, inconstante, para así encontrar una mujer.
Lo más curioso es que los hombres nunca vemos que estamos habitados, antes que nada, por una mujer, y que lo más importante no es encontrarla, sino la mera búsqueda incompleta. Pues encontrar una mujer es la imposibilidad axiomática que se deriva de buscarla.
Si la buscas, te separas de la que te habita. Y, por tanto, ya no la encontrarás. Y así, paso a paso, los hombres inevitablemente nos acercamos a la muerte.
Lo cual no quiere decir que las mujeres no mueran.
Mueren, pero de otra forma. Más digna, más tierna. Más armónica.
Mientras el hombre muere cojo y agitado, la mujer suele morir con un ritmo tranquilo, con su propia cadencia.
Mientras el hombre muere aplastando hierba, derribando árboles, destruyendo el aire, la mujer suele morir abrazada a la naturaleza, creando vida en lugar de destrozarla.
Como si, en el momento de morir, la mujer se reuniera con una parte de sí misma, mientras que el hombre se enredara con el laberinto irresoluble del lenguaje.
Así muchos hombres mueren gritando.
Marcando con lágrimas alaridos que estremecen la espina dorsal del ser humano.
Esos hombres hacen de la rabia su escudo y su motivo de existencia, también por tanto, la justificación de su muerte.
Son los hombres que no entendieron ni aceptaron por qué decidieron vivir el mundo como hombres.
Son los hombres que se asustaron del reflejo que les devolvía el espejo de los ojos de los otros, y que no entendieron que el miedo de fuera era el suyo propio.
Son los hombres que no se vieron a sí mismos.
Otros hombres mueren hablando.
Contándose a sí mismos y a los demás su propia historia para hilvanar, tal vez por azar, un retazo de sentido.
Esos hombres hacen de los cuentos su verdad y de la muerte su tinta y su folio.
Son los hombres que tapan la soledad con sonidos, hombres que han dibujado una muleta imperfecta que acentúa su cojera a la par que parece atenuarla.
Son los hombres que pronuncian nombres con la esperanza de rascar un fragmento de inmortalidad en alguno de ellos sin conseguirlo nunca.
Son los hombres que se han creído su propia mentira.
Hay hombres que mueren susurrando.
Intercalando débiles gemidos en tenues palabras. Tocan el corazón y agitan el pecho de los que los rodean.
Esos hombres hacen de la brisa música triste y de los contraluces, cuadros bonitos. La muerte en ellos es un adagio temeroso.
Son los hombres que han entrevisto algo entre las sombras de las palabras y que se han dejado sembrar por lo que está oculto pero vivo.
Son los hombres que se han enamorado y se han sumergido en la música, pero que han perdido lo que encontraron porque en esos momentos había otros ideales más fuertes que seguir. Descubren que el brillo de esos ideales sólo era el reflejo de una falsa luz sobre el óxido que los cubría.
Son los hombres que se vieron pero que no lo creyeron.
Por último hay un puñado de hombres que mueren callados, en silencio.
Gritan con los ojos, hablan con las manos y susurran con su cuerpo.
Esos hombres hacen de la muerte comprensión y sus ojos siempre están mirando a una mujer, y sus manos están agarrando las de una mujer y su cuerpo está cerca del de una mujer.
Son los hombres que sólo mueven los labios para dar un beso.
Son los hombres que han entendido su elección de vida, su posición en el mundo.
Son los hombres que se han dejado marcar por lo que sustenta al lenguaje y que este no puede nunca pronunciar. De ahí su silencio, de ahí su serenidad.
Son los hombres que componen una sinfonía de su muerte, que inventan el ritmo y mueren con su propia cadencia. Por eso siempre se les encuentra a la vera de una mujer.
Son los hombres que no hablan más del amor, sino que lo actúan.
Son los hombres que nombran de nuevo al mundo, pues sólo del silencio nace el lenguaje.
Son los hombres que son capaces de abrazar la muerte, pues son los hombres que fueron capaces de abrazar a una mujer.
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