"But you share my bed and you share my name"
(Tom Waits, Hold On. Mule variations)
A lo largo de mi breve mi vida, expandida en un tiempo inabarcable, he escuchado hablar muchísimo sobre el amor. Incluso yo lo he experimentado (y lo experimento). He conocido muchas formas de amar, pero sólo una de ser amado.
La gente habla de amor. Creen que si se llenan la boca con esa palabra, su cuerpo se llenará también con su significado. Ya lo adelantaba hace más de cincuenta años Erich Fromm cuando describía el consumo desaforado de novelitas románticas y películas idealizadas sobre el encuentro entre un hombre y una mujer, entre un hombre y otro hombre, entre una mujer y otra mujer, entre un adulto y un niño.
Pero la mayoría de las personas no suelen salir de ese espejismo idealista. De esa forma se vuelven comunes expresiones tan desgastadas como "me completa", "es mi media naranja", "es la otra mitad de mi alma", etc. Todas aludiendo a que algo falta y que sólo la otra persona es capaz de completarlo. Lo curioso es que la inmensidad de esas personas que se enamoran ni siquiera se plantean que el descubrimiento de la falta sólo aparece en el mismo instante en que se dan cuenta de que la otra persona puede colmar eso.
En el otro polo están las personas que sienten habitualmente que algo les falta. Se sienten solas o ven a sus amigos emparejados y en aparente armonía. Se despierta entonces el resquemor y lo que se llama estúpidamente "envidia sana", que conecta demasiado con el concepto acuñado por Fromm de "separatidad".
Estas dos posturas proporcionan las directrices que rigen el consumo aludido de novelitas y películas románticas. Intentan o bien verse reflejados y reforzar su postura (en el caso de los recién enamorados), o bien tratan de no desesperarse y buscar una identificación efímera (en el caso de los que se sienten solos y abandonados).
Comento esto porque, a mi parecer, el amor entre mi generación se vive de forma demasiado infantil. Creo que en lugar de ser creativo, sangrante y vivo se torna narcisista, idiota y gris.
Creo recordar que me metí en una carrera tan absurda e inútil como la de psicología para saber algo de la verdad del ser humano. Puede que en mi idealismo adolescente creyera que encontraría respuestas en un saber que me precedía. Sobra decir que no fue así. Tuvieron que pasar varios años para darme cuenta de que lo que me interesa y que yo concibo como verdaderamente humano (el sexo, el amor, la muerte, el lenguaje y la locura) no tienen una respuesta establecida. Los únicos esbozos de respuesta no los da una disciplina ignorante en su cientificismo, sino justo lo que en mi época tiende a ser abandonado y odiado: la filosofía, el psicoanálisis y, por encima de todo, la poesía. Y dentro de estos campos, sólo en breves parcelas desgraciadamente minúsculas: La filosofía de Schopenhauer, Nietzsche, algunos existencialistas y Foucault, el psicoanálisis de Freud y Lacan, la poesía de los poetas más grandes y desconocidos (Gibran, Juarroz, Rilke, Prado, Clark, Celan, Ovidio...)
A partir de todo eso y mi constante cuestionamiento puedo evaluar desde otra óptica las concepciones que del amor tienen mis amigos y familiares, la sociedad que me rodea y los libros que se escriben como best-sellers sin que digan nada. De ahí mi seguridad en una concepción del amor infantil, narcisista, idiota y gris que rodea el mundo en el que habito.
En relación a eso considero que el adjetivo "romántico" está demasiado extraviado. La cuestión de ser más o menos romático en la actualidad se circunscribe a un gesto apasionado de deseo hacia el otro, a un gusto idealizado por la relación amorosa o a cierto sensibilismo patético en relación a los besos, las flores, la primavera o los abrazos.
En mi opinión "romántico" es aquel que no sólo experimenta el amor (o que quiere experimentarlo), sino que se pregunta por lo que es, lo cuida y es capaz de conocerlo.
El "romántico" real es siempre un suicida, pues preguntarse sobre el amor es preguntarse y encararse con el vacío absoluto que nos conforma. En otras palabras, preguntarse sobre el amor es querer ver la muerte.
Cuidar el amor no es ser feliz con otro, sino alimentar la sangre que pide el amor que uno siente y salir vivo de eso. Por tanto, cuidar el amor es no confundir mi ansia con la del otro, no mezclar mis carencias con la muleta que creo percibir en el otro. En otros términos, cuidar el amor es aprender a vivir siempre cojo, siempre solo.
Por último, conocer el amor es conocer la mentira que siempre le hace nacer y construir una verdad de ella. No es engañarme, sino dejarme engañar. Conocer el amor es aceptar que es el disfraz de lo imposible y admitir vestirse con él, pues jamás habrá completud, ni paz, ni descanso, ni compañía. Sólo muerte, soledad y agonía. Sin embargo, preguntándose, cuidando y conociendo el amor, el romántico real aprende que no es lo mismo morir de una forma o de otra, que hay soledades que son humanas y que sólo la agonía nos hace adultos.
Por ello, escuchar hablar del amor últimamente me revuelve las tripas y me hace llorar. Las parejas se deshacen y rehacen rápidamente sin que los miembros que las conforman hayan aprendido nada (la pasión por la ignorancia es tan común en nuestros días...), veo a personas que dicen sufrir por amor y no quieren darse cuenta de ninguna de las maneras que no es el amor lo que les hace sufrir, sino su propio vacío.
Todos queremos ser nuestros ídolos de Hollywood, nuestros modelos de anuncio, nuestros ideales encarnados. Creemos que así nos llegará el amor. Porque nos han metido en la cabeza que el amor y la belleza son hermanos siameses. Pero el amor no es sólo bello. O más bien, es mínima la parte del amor que es belleza.
Imaginemos un palacio precioso. De esos que Tolkien describía, de esos que nos enamoran en las ciudades de Moscú, Sevilla o Praga. Lo que nos entra por los ojos nos conmueve y nos imaginamos lo maravilloso que sería vivir entre sus puertas y paredes, dormirnos contemplando el techo árabe de los Reales Alcázares o las tallas boscosas de un palacio élfico. Nos sentiríamos agusto, protegidos, arropados y privilegiados.
Eso es lo que ven del amor la mayoría de las personas, eso es a lo que aspiran y lo que tratan de encontrar en una relación frustrada tras otra. Sólo su seguridad y su completud. Sólo su alma a salvo.
Y sin embargo, en ningún momento quieren saber cómo es lo que sostiene esos palacios, no se preguntan qué los mantiene en pie, sólo quieren saber qué es lo que los mantiene bellos.
No quieren bajar a los cimientos, porque no quieren saber de cimientos. Ellos no son albañiles, sino príncipes y princesas. No les entra en la cabeza que un príncipe y una princesa no son nada sin albañiles, pues no hay palacio sin construcción, sin golpes y tierra sucia.
El "romántico" real se enamora del palacio, pero necesita bajar a los cimientos. Necesita descubrir que todos los palacios hermosos se diferencian en la estética, pero se hermanan en ese vacío oscuro y habitado de insectos y polvo que son los cimientos recubiertos de madera y metal.
El príncipe y la princesa, si tienen valor de comprender los cimientos, si no se arredran a ensuciarse y asustarse, se convertirán en albañiles y, tal vez, sólo tal vez, cuando vuelvan a subir a la superficie bellamente inmaculada del palacio sucios, con las ropas destrozadas y la sangre manando de arañazos, podrán convertirse en reyes y reinas.
Reyes y reinas no del amor, pues es mentiroso y sólo los estúpidos gobiernan sobre mentiras, sino reyes y reinas de su soledad, su agonía y su muerte.
En ese punto, los abrazos, los besos, las flores y la primavera, serán símbolos del amor. En ese punto, la mentira del amor se tornará verdad subjetiva.
Y podrán dejar de ser niños para pasar a ser adultos.
Podrán dejar la belleza a los ignorantes y a los perdidos.
Podrán saberse humanos y amarse simplemente por eso.
jueves, 2 de mayo de 2013
sábado, 27 de abril de 2013
Pensamientos inconexos
I
Me hubiera gustado poder contar al menos una historia bonita, pero siempre me encuentro o con mis palabras o frente a mi cuerpo. Es difícil sacar belleza de eriales y desiertos. Uno tendría que saber, pero esas cosas no se enseñan. Y no se puede aprender lo que da miedo.
La desolación sólo es bella si los ojos que la miran han estado vivos alguna vez.
II
La confusión es el reverso de la metáfora, su espejo invertido.
La confusión toma un término por otro, se hermana así con la metáfora. Sin embargo, donde en la metáfora ese movimiento se acompaña de descubrimiento, belleza y sentido, en la confusión explota la incomprensión, el sinsentido y la arrogancia.
Así, no es lo mismo metaforizar amor con piel que confundir certeza y muerte.
No se siente lo mismo en la metáfora de la soledad con hierba que en la confusión de petálos y rabia.
Y si bien algunas personas logran metaforizar vida en serenidad, otros vivimos perpetuamente en la confusión entre lo que muerde un beso y lo que llora un sueño.
III
Pasando las hojas de mil libros descubro que el movimiento sólo es el apellido del ritmo, que a su vez sólo es una de las voces del vacío.
Las palabras se acuchillan unas a otras ante mi mirada.
Desde entonces sólo veo el alma de las cosas tinta en sangre y el alma de los hombres sangrando tinta.
IV
Tengo la absurda y poderosa creencia de que el buen músico sólo trata de que el mundo disfrute con la conjunción de sonidos procedentes de sus entrañas.
Un cuerpo licuado y traducido en escalas y tonalidades. No hace falta nada más para una sinfonía perfecta.
V
Si pudiera repetir algo, intentaría que fueran mis errores, porque si no, la culpa que me habita dejaría de morder pensamientos para devorarme el cuerpo.
Si pudiera agarrarme a algo, sería al último verso de cada una de mis poesías. Con suerte podría fabricar una escalera que me dejara a la entrada del infierno y no tener que pasar por el purgatorio.
Si tuviera que quedarme con un sólo recuerdo, sería el de la primera vez que cruzamos la mirada y nuestro cuerpo sacudió la ciudad. Pienso que sería maravilloso repetir ese principio inalcanzable por superado.
Si pudiera salir de esta prisión de desempleo, piso pequeño no en propiedad y ciudad pegajosa de calor, creo que jamás me arrancarían de los campos escoceses.
Si tuviera que elegir a quién le daría mi último beso, lo tengo claro. Sería para mi narguile.
Si tuviera que entender a sólo dos autores, serían a Jacques Lacan y a Michel Foucault. Si tuviera que quedarme con un poeta sería Roberto Juarroz. Si tuviera que salvar un género literario, sería la fantasía épica. Sólo sería incapaz de decidir entre dos cosas y, por tanto, preferiría morir de cobardía. La primera sería tener que elegir entre la música. La segunda sería tener que decidir el momento de dejarte.
VI
Si los hombres fueran de cristal, las mujeres tendrían que llorar arena.
Cuando aúllo encuentro la plenitud en el vacío.
A través de atravesamientos traviesos la travesía traba el trabajo de atravesarme.
Mi imagen de la felicidad es sencilla: Un campo de hierba que acaba en la arena de una playa gris-azulada solitaria, una pequeña cabaña donde guarecerme de la noche y la lluvia justo entre la tierra y la hierba, agua caliente, mi narguile con tabaco y carbón y algo de comida para no morir de hambre. Papel y tinta. Y tu compañía o, si es imposible, la de los libros.
VII
Hoy caigo en la cuenta de que podría morir en cualquier momento y el mundo sigue girando.
De repente me veo en el espejo y asumo mi propia insignificancia.
No me importaría si tuviera el valor suficiente de cruzar la puerta que me encadena y respirar el aire de la calle.
Quiero creer que aún no es tarde.
Pero sin embargo el tiempo no cesa de escribirse.
Me hubiera gustado poder contar al menos una historia bonita, pero siempre me encuentro o con mis palabras o frente a mi cuerpo. Es difícil sacar belleza de eriales y desiertos. Uno tendría que saber, pero esas cosas no se enseñan. Y no se puede aprender lo que da miedo.
La desolación sólo es bella si los ojos que la miran han estado vivos alguna vez.
II
La confusión es el reverso de la metáfora, su espejo invertido.
La confusión toma un término por otro, se hermana así con la metáfora. Sin embargo, donde en la metáfora ese movimiento se acompaña de descubrimiento, belleza y sentido, en la confusión explota la incomprensión, el sinsentido y la arrogancia.
Así, no es lo mismo metaforizar amor con piel que confundir certeza y muerte.
No se siente lo mismo en la metáfora de la soledad con hierba que en la confusión de petálos y rabia.
Y si bien algunas personas logran metaforizar vida en serenidad, otros vivimos perpetuamente en la confusión entre lo que muerde un beso y lo que llora un sueño.
III
Pasando las hojas de mil libros descubro que el movimiento sólo es el apellido del ritmo, que a su vez sólo es una de las voces del vacío.
Las palabras se acuchillan unas a otras ante mi mirada.
Desde entonces sólo veo el alma de las cosas tinta en sangre y el alma de los hombres sangrando tinta.
IV
Tengo la absurda y poderosa creencia de que el buen músico sólo trata de que el mundo disfrute con la conjunción de sonidos procedentes de sus entrañas.
Un cuerpo licuado y traducido en escalas y tonalidades. No hace falta nada más para una sinfonía perfecta.
V
Si pudiera repetir algo, intentaría que fueran mis errores, porque si no, la culpa que me habita dejaría de morder pensamientos para devorarme el cuerpo.
Si pudiera agarrarme a algo, sería al último verso de cada una de mis poesías. Con suerte podría fabricar una escalera que me dejara a la entrada del infierno y no tener que pasar por el purgatorio.
Si tuviera que quedarme con un sólo recuerdo, sería el de la primera vez que cruzamos la mirada y nuestro cuerpo sacudió la ciudad. Pienso que sería maravilloso repetir ese principio inalcanzable por superado.
Si pudiera salir de esta prisión de desempleo, piso pequeño no en propiedad y ciudad pegajosa de calor, creo que jamás me arrancarían de los campos escoceses.
Si tuviera que elegir a quién le daría mi último beso, lo tengo claro. Sería para mi narguile.
Si tuviera que entender a sólo dos autores, serían a Jacques Lacan y a Michel Foucault. Si tuviera que quedarme con un poeta sería Roberto Juarroz. Si tuviera que salvar un género literario, sería la fantasía épica. Sólo sería incapaz de decidir entre dos cosas y, por tanto, preferiría morir de cobardía. La primera sería tener que elegir entre la música. La segunda sería tener que decidir el momento de dejarte.
VI
Si los hombres fueran de cristal, las mujeres tendrían que llorar arena.
Cuando aúllo encuentro la plenitud en el vacío.
A través de atravesamientos traviesos la travesía traba el trabajo de atravesarme.
Mi imagen de la felicidad es sencilla: Un campo de hierba que acaba en la arena de una playa gris-azulada solitaria, una pequeña cabaña donde guarecerme de la noche y la lluvia justo entre la tierra y la hierba, agua caliente, mi narguile con tabaco y carbón y algo de comida para no morir de hambre. Papel y tinta. Y tu compañía o, si es imposible, la de los libros.
VII
Hoy caigo en la cuenta de que podría morir en cualquier momento y el mundo sigue girando.
De repente me veo en el espejo y asumo mi propia insignificancia.
No me importaría si tuviera el valor suficiente de cruzar la puerta que me encadena y respirar el aire de la calle.
Quiero creer que aún no es tarde.
Pero sin embargo el tiempo no cesa de escribirse.
lunes, 18 de febrero de 2013
Derecho a la propia rendición
Desde la tribuna que forman los desconchones astillados de mi piel.
Frente al micrófono que forman las horas del insomnio acuchillador de paz en la agonía de mis noches.
Sobre vuestras cabezas vacías que aparentan escuchar mientras mastican trozos de otros cuerpos, de otras calideces.
Tengo algo que decir.
A lo largo de los años he jugado con vuestras reglas.
Me he vestido con vuestras telas.
A lo largo de los años he soñado vuestros sueños
y he hecho míos vuestros deseos.
A lo largo de los años he creído vuestras promesas,
he defendido vuestras ideas
y he luchado por vuestras consecuencias.
Sin embargo, me encuentro desterrado de vuestras palabras,
olvidado de lo que garantizastéis si mis pasos seguían vuestra senda.
No diré que me mentistéis,
pues supongo que no es mentiroso quien se cree una patraña y la promulga,
sólo es estúpido.
En este tiempo de ahora
permanezco congelado en un día
que no cesa de repetir el mismo esqueleto de hora.
El efecto visible
es una soledad inasible,
un cansancio desesperado y errante.
Tal vez no me importaría si mi cuerpo dejara de recordármelo.
La noche antes de anoche mis dientes mordieron mi lengua
y llenaron de sangre mi boca.
Lo curioso es que mi conciencia se había ido brevemente de vacaciones,
así que sólo pude deducir que algo había pasado
por la sangre y el charco de saliva sanguinolenta en el suelo del cuarto de baño.
No obstante, lo que funcionó como señal fue el abrazo inconsciente
con el que mi mano derecha aferraba mi antebrazo izquierdo.
Mi piel tampoco es ajena a vuestra carga
ni a vuestra falta de palabra.
Es como si el dolor quisiera devorarme
rajando y desgarrando mi epidermis.
El desengaño que siento dentro
me rompe bien visiblemente fuera.
Es una venganza paradójica de mi cuerpo
que vuestros ojos tengan que ver mis heridas.
Dentro de poco os condenaré a ver mis entrañas.
Todo esto es para explicaros que no soy ajeno a mi cuerpo
ni a los efectos que vuestra incapacidad y estupidez
dejan en mi memoria.
Todas las señales están claras,
todas las reflexiones, tomadas.
Por eso tengo algo que deciros.
Soy humano.
A mi pesar y a mi dolor.
Soy humano.
Y como tal sólo puedo encontrarme en mis actos,
no en los vuestros.
En mis palabras, no en las vuestras.
En mis deseos, no en los vuestros.
Soy humano.
Así que desde esta tribuna macabra,
frente a este micrófono aterrador
y sobre vuestras cabezas desoladas
exijo el derecho a la propia rendición.
Exijo el derecho a parar y a no seguir.
El derecho connatural de todo ser humano a caer y no levantarse.
El derecho a convertirme en un cadáver en la muerte y no a serlo en la vida.
Exijo el derecho a la propia rendición.
No soportar más vuestros ideales de cartón,
vuestras promesas hipócritas.
Pero, por encima de todo,
exijo el derecho a cometer mi propio acto de violación
contra vuestro brutal e inacabable espíritu de superación.
Mi derecho a la propia rendición
escupe en vuestros valores de éxito, riqueza y bienestar.
No pretendo cambiaros, ni criticaros.
Sólo quiero juzgaros.
Seré vuestro juez en este acto.
El acto de rendirme ante vosotros.
Pero no os confundáis,
no caeré de rodillas.
Mi sangre manchará vuestra ropa.
Me ocuparé personalmente de ello.
Ya que sólo os importa la imagen,
que sea vuestra imagen la que soporte
mi sangre.
Mi derecho a la propia rendición
es la única forma que me queda
de aullar que lo hemos hecho mal.
Pero al menos yo no retrocedo.
Sangre en vuestra imagen.
Sangre en vuestra ropa.
Sangre fuera de mi cuerpo y de mi piel destrozada.
¿A que ahora es más sencillo
comprender un suicidio?
Esta va a ser la guerra a partir de ahora.
No os mataremos.
Nos mataremos nosotros mismos.
¿Qué vais a hacer cuando os quedéis sin esclavos?
Seguid creyendo en el amor y la esperanza, cabrones.
Frente al micrófono que forman las horas del insomnio acuchillador de paz en la agonía de mis noches.
Sobre vuestras cabezas vacías que aparentan escuchar mientras mastican trozos de otros cuerpos, de otras calideces.
Tengo algo que decir.
A lo largo de los años he jugado con vuestras reglas.
Me he vestido con vuestras telas.
A lo largo de los años he soñado vuestros sueños
y he hecho míos vuestros deseos.
A lo largo de los años he creído vuestras promesas,
he defendido vuestras ideas
y he luchado por vuestras consecuencias.
Sin embargo, me encuentro desterrado de vuestras palabras,
olvidado de lo que garantizastéis si mis pasos seguían vuestra senda.
No diré que me mentistéis,
pues supongo que no es mentiroso quien se cree una patraña y la promulga,
sólo es estúpido.
En este tiempo de ahora
permanezco congelado en un día
que no cesa de repetir el mismo esqueleto de hora.
El efecto visible
es una soledad inasible,
un cansancio desesperado y errante.
Tal vez no me importaría si mi cuerpo dejara de recordármelo.
La noche antes de anoche mis dientes mordieron mi lengua
y llenaron de sangre mi boca.
Lo curioso es que mi conciencia se había ido brevemente de vacaciones,
así que sólo pude deducir que algo había pasado
por la sangre y el charco de saliva sanguinolenta en el suelo del cuarto de baño.
No obstante, lo que funcionó como señal fue el abrazo inconsciente
con el que mi mano derecha aferraba mi antebrazo izquierdo.
Mi piel tampoco es ajena a vuestra carga
ni a vuestra falta de palabra.
Es como si el dolor quisiera devorarme
rajando y desgarrando mi epidermis.
El desengaño que siento dentro
me rompe bien visiblemente fuera.
Es una venganza paradójica de mi cuerpo
que vuestros ojos tengan que ver mis heridas.
Dentro de poco os condenaré a ver mis entrañas.
Todo esto es para explicaros que no soy ajeno a mi cuerpo
ni a los efectos que vuestra incapacidad y estupidez
dejan en mi memoria.
Todas las señales están claras,
todas las reflexiones, tomadas.
Por eso tengo algo que deciros.
Soy humano.
A mi pesar y a mi dolor.
Soy humano.
Y como tal sólo puedo encontrarme en mis actos,
no en los vuestros.
En mis palabras, no en las vuestras.
En mis deseos, no en los vuestros.
Soy humano.
Así que desde esta tribuna macabra,
frente a este micrófono aterrador
y sobre vuestras cabezas desoladas
exijo el derecho a la propia rendición.
Exijo el derecho a parar y a no seguir.
El derecho connatural de todo ser humano a caer y no levantarse.
El derecho a convertirme en un cadáver en la muerte y no a serlo en la vida.
Exijo el derecho a la propia rendición.
No soportar más vuestros ideales de cartón,
vuestras promesas hipócritas.
Pero, por encima de todo,
exijo el derecho a cometer mi propio acto de violación
contra vuestro brutal e inacabable espíritu de superación.
Mi derecho a la propia rendición
escupe en vuestros valores de éxito, riqueza y bienestar.
No pretendo cambiaros, ni criticaros.
Sólo quiero juzgaros.
Seré vuestro juez en este acto.
El acto de rendirme ante vosotros.
Pero no os confundáis,
no caeré de rodillas.
Mi sangre manchará vuestra ropa.
Me ocuparé personalmente de ello.
Ya que sólo os importa la imagen,
que sea vuestra imagen la que soporte
mi sangre.
Mi derecho a la propia rendición
es la única forma que me queda
de aullar que lo hemos hecho mal.
Pero al menos yo no retrocedo.
Sangre en vuestra imagen.
Sangre en vuestra ropa.
Sangre fuera de mi cuerpo y de mi piel destrozada.
¿A que ahora es más sencillo
comprender un suicidio?
Esta va a ser la guerra a partir de ahora.
No os mataremos.
Nos mataremos nosotros mismos.
¿Qué vais a hacer cuando os quedéis sin esclavos?
Seguid creyendo en el amor y la esperanza, cabrones.
martes, 12 de febrero de 2013
Arrepentimiento
Mirando los flashes de realidad que ahora son mis recuerdos aparece el horror.
Es curioso ver cómo cada vez que me he cruzado con una mujer siempre la he dejado en manos de otro.
En manos de otra vida, de otro hombre o de la muerte.
Y ahora, en esta soledad desangelada, descubro como única herencia mi arrepentimiento.
En estos momentos en los que se me hace insoportable la vida por la falta de movimiento, por el exceso de autodestrucción, me aferro a ese arrepentimiento como el único atisbo de que en algún momento pude haber hecho habitable mi existencia.
Atascado en una perpetua inmovilidad sólo mis pensamientos fluyen para flagelar lo que podría haber sido, lo que podría haber logrado o con quién podría haber compartido momentos, lágrimas. Amor en definitiva.
En esta incertidumbre que me difumina y me borra intento escribir palabras de despedida con el amargor de lo perdido, con la punzada de lo que no supe conservar.
Debido a mi propia angustia ante el mundo me atasco en el atasco.
Tal vez por eso amo la noche tan intensamente como temo el sueño.
Podría decirte que he soñado contigo y que al despertarme sólo había terror.
Pero estás demasiado lejos, en otra tierra extraña, morada de duendes y hogar de lluvia y tampoco serviría de nada mi confesión, pues los dos dejamos atrás hace tiempo la adolescencia, sólo que yo me resisto a abandonarla.
Sé que estás cuidada y eres amada.
Tendrá que bastarme.
Quizá sólo esté hablando el deseo que desconozco que me gobierna.
Mientras tanto me arropo con la oscuridad que acompaña a toda soledad elegida.
Es curioso. Pensando en mis recuerdos encuentro que siempre me he excluido.
Te dejé marchar de la misma forma que he dejado marchar todo lo que realmente me ha importado.
Supongo que es una definición de cobarde tan buena como cualquier otra.
Pero me arrepiento.
Al menos tengo eso.
He hecho mucho daño tratando precisamente de no hacerlo. Por lo menos tú has florecido. Y ese mérito es únicamente tuyo.
Sé que la convivencia conmigo es insoportable e irrealizable.
Tal vez por eso acabo excluyéndome antes de comenzar cualquier cosa.
Siempre hablo de la nada y del vacío, del pesimismo y del abismo. Lo hago porque es lo único que me ha acompañado, lo único donde he podido definirme.
Me gustaría decirte que he tratado de escribir poesías, que he estudiado mucho, pero me he dado cuenta de que eso sólo tapaba lo que me destrozaba y a la vez me impulsaba.
Tú lo has hecho mucho mejor que yo y te admiraré siempre.
No sólo por eso, sino por todo lo demás.
La cuestión es que me arrepiento.
Espero tener el valor suficiente para acurrucarme en un rincón y dejar que la vida se canse de sostenerme.
Te aseguro que, en realidad, nadie me echaría de menos.
Es la única ventaja de la exclusión.
¿Sabes? Veo mi cuerpo envejecer. Comienzan a aparecer arrugas en los ojos y la calvicie ya domina mi cabeza. Por fin la biología está alcanzando mi esencia.
Sé que sabes que siempre he sido un anciano.
A la hora de la verdad nunca he sabido cómo abordar el amor, qué hacer con él, cómo mantenerlo vivo.
¿Sabes? Me apetece llorar y sin embargo mis ojos siguen secos, como los de un anciano momificándose.
Descubro que en realidad jamás he aprendido nada, que sigo arrastrando los mismos miedos y las mismas carencias.
Así que espero.
Arrepintiéndome, sí. Pero espero.
No tengo ni idea de a qué.
Quizá sólo espero porque no me atrevo a actuar.
¿Alguna vez me imaginé intrépido?
Quise hacer música y no lo conseguí.
Quise ser alguien en la vida y fracasé.
Creeme, a pesar de que la gente me diga que sólo tengo 30 años y que no sé lo que me depara la vida, estoy seguro del futuro. Y estoy seguro precisamente porque mi historia no cesa de recordarme la inutilidad que siempre he sido a través de la repetición.
Repito los mismos miedos, las mismas carencias.
Estoy contigo y deseo que tu vida sea la primavera que te mereces.
Por mi parte yo siempre he habitado el invierno y el único reflejo de la primavera sólo ha podido dármelo el otoño.
Estoy tan tremendamente arrepentido...
¿Por qué cojones no puedo llorar?
Es curioso ver cómo cada vez que me he cruzado con una mujer siempre la he dejado en manos de otro.
En manos de otra vida, de otro hombre o de la muerte.
Y ahora, en esta soledad desangelada, descubro como única herencia mi arrepentimiento.
En estos momentos en los que se me hace insoportable la vida por la falta de movimiento, por el exceso de autodestrucción, me aferro a ese arrepentimiento como el único atisbo de que en algún momento pude haber hecho habitable mi existencia.
Atascado en una perpetua inmovilidad sólo mis pensamientos fluyen para flagelar lo que podría haber sido, lo que podría haber logrado o con quién podría haber compartido momentos, lágrimas. Amor en definitiva.
En esta incertidumbre que me difumina y me borra intento escribir palabras de despedida con el amargor de lo perdido, con la punzada de lo que no supe conservar.
Debido a mi propia angustia ante el mundo me atasco en el atasco.
Tal vez por eso amo la noche tan intensamente como temo el sueño.
Podría decirte que he soñado contigo y que al despertarme sólo había terror.
Pero estás demasiado lejos, en otra tierra extraña, morada de duendes y hogar de lluvia y tampoco serviría de nada mi confesión, pues los dos dejamos atrás hace tiempo la adolescencia, sólo que yo me resisto a abandonarla.
Sé que estás cuidada y eres amada.
Tendrá que bastarme.
Quizá sólo esté hablando el deseo que desconozco que me gobierna.
Mientras tanto me arropo con la oscuridad que acompaña a toda soledad elegida.
Es curioso. Pensando en mis recuerdos encuentro que siempre me he excluido.
Te dejé marchar de la misma forma que he dejado marchar todo lo que realmente me ha importado.
Supongo que es una definición de cobarde tan buena como cualquier otra.
Pero me arrepiento.
Al menos tengo eso.
He hecho mucho daño tratando precisamente de no hacerlo. Por lo menos tú has florecido. Y ese mérito es únicamente tuyo.
Sé que la convivencia conmigo es insoportable e irrealizable.
Tal vez por eso acabo excluyéndome antes de comenzar cualquier cosa.
Siempre hablo de la nada y del vacío, del pesimismo y del abismo. Lo hago porque es lo único que me ha acompañado, lo único donde he podido definirme.
Me gustaría decirte que he tratado de escribir poesías, que he estudiado mucho, pero me he dado cuenta de que eso sólo tapaba lo que me destrozaba y a la vez me impulsaba.
Tú lo has hecho mucho mejor que yo y te admiraré siempre.
No sólo por eso, sino por todo lo demás.
La cuestión es que me arrepiento.
Espero tener el valor suficiente para acurrucarme en un rincón y dejar que la vida se canse de sostenerme.
Te aseguro que, en realidad, nadie me echaría de menos.
Es la única ventaja de la exclusión.
¿Sabes? Veo mi cuerpo envejecer. Comienzan a aparecer arrugas en los ojos y la calvicie ya domina mi cabeza. Por fin la biología está alcanzando mi esencia.
Sé que sabes que siempre he sido un anciano.
A la hora de la verdad nunca he sabido cómo abordar el amor, qué hacer con él, cómo mantenerlo vivo.
¿Sabes? Me apetece llorar y sin embargo mis ojos siguen secos, como los de un anciano momificándose.
Descubro que en realidad jamás he aprendido nada, que sigo arrastrando los mismos miedos y las mismas carencias.
Así que espero.
Arrepintiéndome, sí. Pero espero.
No tengo ni idea de a qué.
Quizá sólo espero porque no me atrevo a actuar.
¿Alguna vez me imaginé intrépido?
Quise hacer música y no lo conseguí.
Quise ser alguien en la vida y fracasé.
Creeme, a pesar de que la gente me diga que sólo tengo 30 años y que no sé lo que me depara la vida, estoy seguro del futuro. Y estoy seguro precisamente porque mi historia no cesa de recordarme la inutilidad que siempre he sido a través de la repetición.
Repito los mismos miedos, las mismas carencias.
Estoy contigo y deseo que tu vida sea la primavera que te mereces.
Por mi parte yo siempre he habitado el invierno y el único reflejo de la primavera sólo ha podido dármelo el otoño.
Estoy tan tremendamente arrepentido...
¿Por qué cojones no puedo llorar?
sábado, 8 de diciembre de 2012
Carta de amor
Entre toda esta violencia llena de palabras mordientes y de puñetazos mudos aún queda espacio para un pequeño verso.
Entre esta imposibilidad contemporánea para sostener lo que se dice con lo que se hace aún resiste el latido de un pequeño hueco.
Ahí aún existe el amor.
Pues el amor es eso, no la imagen que el espejo de tus ojos se esfuerza por que perciba, sino que permitas que abrace sin mucho temor lo que de ti es imposible que yo vea.
El amor es que resistas el silencio con el que respondo a tu pregunta y aprecies en su lugar mi presencia.
Amor es que yo resista tu "no" y aún puedas cogerme la mano.
Libertad, Respeto y Cuidado son palabras demasiado grandes para el amor que nace en la esgrima de dos miradas, en la inmensidad de un roce. Tú y yo sabemos bien que el amor es el intento imposible de encajar dos almas. Un intento desesperado y fracasado antes de comenzar. Y sin embargo, lo intentamos. No por la utilidad sino por la belleza de la creatividad, por lo que inventamos y nos encontramos. Por eso hemos aprendido que Libertad, Respeto y Cuidado son las palabras que dicen los que no las han hecho carne en sus actos con el otro.
Sonríes cuando te digo, porque lo compartes en silencio, que los poetas no pueden hablar de amor, ya que el amor no está hecho de grandes palabras sino de pequeños gestos.
El amor es la pequeña gotita de humanidad que permanece ante la inmensidad devoradora del tiempo y de la muerte.
Un pequeño beso inesperado.
El calor de tu cuerpo en las sábanas cuando te levantas por la mañana.
Tus oídos recogiendo la repetición de mis palabras y mis manos en tu espalda acariciando las tuyas.
Esa es la escritura del amor.
Las palabras sólo marcan su ausencia.
Y así, entrelazados sin tocarnos a lo largo de la inconmensurable distancia que marca el día y separados por el cuerpo en el resquicio de intimidad que deja la noche, llenamos de amor su propio silencio.
Dejaré a los poetas que describan el amor. Dejaré a los filósofos que lo definan y a los estudiosos de las emociones les dejaré que hablen de lo que el amor hace sentir. Si alguien me preguntara sobre esos temas, si alguien me preguntara qué es el amor, no hablaría, simplemente te señalaría. Entonces, si se fijaran en la inclinación del cuerpo, en la profundidad de la mirada, entenderían, tal vez, qué quiero decir.
No te volveré a hablar más del amor.
No quiero empañarlo.
No quiero que desaparezca, pues es demasiado tímido y demasiado humilde.
Déjame solamente decirte una última cosa.
Te amo.
Y permíteme de nuevo entrar en la realidad diferente, en el universo distinto que se forma cuando nos abrazamos.
Si el sexo lleva el sello de nuestra propia mortalidad, dejemos que sea el amor quien nos salve.
Te amo.
Abrázame de nuevo.
Terminemos creando un nuevo principio.
Amor mío.
Entre esta imposibilidad contemporánea para sostener lo que se dice con lo que se hace aún resiste el latido de un pequeño hueco.
Ahí aún existe el amor.
Pues el amor es eso, no la imagen que el espejo de tus ojos se esfuerza por que perciba, sino que permitas que abrace sin mucho temor lo que de ti es imposible que yo vea.
El amor es que resistas el silencio con el que respondo a tu pregunta y aprecies en su lugar mi presencia.
Amor es que yo resista tu "no" y aún puedas cogerme la mano.
Libertad, Respeto y Cuidado son palabras demasiado grandes para el amor que nace en la esgrima de dos miradas, en la inmensidad de un roce. Tú y yo sabemos bien que el amor es el intento imposible de encajar dos almas. Un intento desesperado y fracasado antes de comenzar. Y sin embargo, lo intentamos. No por la utilidad sino por la belleza de la creatividad, por lo que inventamos y nos encontramos. Por eso hemos aprendido que Libertad, Respeto y Cuidado son las palabras que dicen los que no las han hecho carne en sus actos con el otro.
Sonríes cuando te digo, porque lo compartes en silencio, que los poetas no pueden hablar de amor, ya que el amor no está hecho de grandes palabras sino de pequeños gestos.
El amor es la pequeña gotita de humanidad que permanece ante la inmensidad devoradora del tiempo y de la muerte.
Un pequeño beso inesperado.
El calor de tu cuerpo en las sábanas cuando te levantas por la mañana.
Tus oídos recogiendo la repetición de mis palabras y mis manos en tu espalda acariciando las tuyas.
Esa es la escritura del amor.
Las palabras sólo marcan su ausencia.
Y así, entrelazados sin tocarnos a lo largo de la inconmensurable distancia que marca el día y separados por el cuerpo en el resquicio de intimidad que deja la noche, llenamos de amor su propio silencio.
Dejaré a los poetas que describan el amor. Dejaré a los filósofos que lo definan y a los estudiosos de las emociones les dejaré que hablen de lo que el amor hace sentir. Si alguien me preguntara sobre esos temas, si alguien me preguntara qué es el amor, no hablaría, simplemente te señalaría. Entonces, si se fijaran en la inclinación del cuerpo, en la profundidad de la mirada, entenderían, tal vez, qué quiero decir.
No te volveré a hablar más del amor.
No quiero empañarlo.
No quiero que desaparezca, pues es demasiado tímido y demasiado humilde.
Déjame solamente decirte una última cosa.
Te amo.
Y permíteme de nuevo entrar en la realidad diferente, en el universo distinto que se forma cuando nos abrazamos.
Si el sexo lleva el sello de nuestra propia mortalidad, dejemos que sea el amor quien nos salve.
Te amo.
Abrázame de nuevo.
Terminemos creando un nuevo principio.
Amor mío.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Autorretrato
El ojo que llora trata de enterrarse bajo toneladas de palabras.
Y la voz se desliza densa y picante.
Trata de entrecortar el aire buscando la emoción apropiada, el lugar adecuado.
La disculpa es sólo la imagen de un escudo.
Si tan sólo supiera permitirme una pausa entre el odio y la grisura...
Pero están las palabras bajo las que mis ojos se entierran cuando hablan con lágrimas.
Las de mi padre, que me empequeñecen cuando tratan de impulsarme.
Las de mujer, que me ahogan cuando tratan de acariciarme.
Las de los libros, que me amarran cuando creo que pueden liberarme.
De rodillas he aceptado la tierra.
Busco mis huellas como el testimonio más veraz y más efímero
de mi propia existencia.
Las he abandonado y he sido abandonado por ellas.
Pero pude besar y ser besado.
Mis huellas en la tierra borradas por otros pies,
mis huellas en su piel, borradas por otros labios.
Soy una palabra, pero ojalá me acompañara la música.
Y la voz se desliza densa y picante.
Trata de entrecortar el aire buscando la emoción apropiada, el lugar adecuado.
La disculpa es sólo la imagen de un escudo.
Si tan sólo supiera permitirme una pausa entre el odio y la grisura...
Pero están las palabras bajo las que mis ojos se entierran cuando hablan con lágrimas.
Las de mi padre, que me empequeñecen cuando tratan de impulsarme.
Las de mujer, que me ahogan cuando tratan de acariciarme.
Las de los libros, que me amarran cuando creo que pueden liberarme.
De rodillas he aceptado la tierra.
Busco mis huellas como el testimonio más veraz y más efímero
de mi propia existencia.
Las he abandonado y he sido abandonado por ellas.
Pero pude besar y ser besado.
Mis huellas en la tierra borradas por otros pies,
mis huellas en su piel, borradas por otros labios.
Soy una palabra, pero ojalá me acompañara la música.
sábado, 13 de octubre de 2012
La música de dos cuerpos tratando de unirse
I: Clave
El preludio silencioso de dos cuerpos desnudos acercándose lentamente sobre la cama mientras se acarician tímidamente con la mirada sólo finaliza con el sonido de las marcas.
El brillo agalmático de la clave de sol y la insinuación abierta en media luna deseante de la clave de fa posibilitan que dos bocas se unan en lo real de la clave de do.
II: Tempo
Salvajemente suave.
No existe ninguna palabra que aúne los contrarios del movimiento. El adagio del recorrido de la lengua sobre el otro cuerpo y el fortissimo desesperado de las manos hundidas sobre la otra piel.
El tiempo se hace añicos para atrapar el tempo de dos cuerpos entretejidos.
Dos vacíos que forman una espiral ondulante, sin pausa en el girar.
Tornado de vibraciones desiguales que, sin embargo, de alguna forma extraña y casi mágica van al unísono.
Bocas, dedos, ojos y olores que golpean unidos tratando de romperse.
Es en su quebrantamiento donde larguissimo y prestissimo existen anudados.
III: Ritmo
Dos partituras de latidos diferentes.
El sonido de un instrumento de cuerda y el de uno de viento.
Un canon de carne en dos registros distintos.
Un ser en dos nadas condenadas a la soledad. Una nada en dos seres engañándose sobre la unión.
El engaño tiene voz de verdad en ese lapso de tiempo donde el instante deja lugar al acontecimiento.
Encuentro de dos cristales agrietados.
Dos lenguajes musicales tan opuestos, sonido y color, emoción y pensamiento, palabra y significado, se sincronizan en el pentagrama del cuerpo.
Cinco líneas, cinco sentidos.
Y cuando cada uno cree que su corazón late al ritmo del otro, que sus movimientos y desplazamientos son a la vez pregunta y respuesta a los del otro, que su respiración es el ritmo de la del otro, la soledad y el peso de la existencia no se desvanecen, pero se tornan drásticamente más livianos en la mezcla rítmica de dos orquestas de aliento mezcladas en esa eternidad efímera.
Son transformadas en humo a través de los jadeos.
Niebla que no vela lo que no se es pero que brevemente oculta lo que no se quiere ser.
IV: Compás
En esa composición a la vez inevitablemente improvisada e improvisadamente inevitable está permitido que un beso pueda adoptar la forma de un 4 por 4 mientras una caricia se desliza a 5 por 8 sobre un fragmento de piel que palpita a 7 por 8.
3 por 4: Tres huecos insondables en el cuerpo del ser, cuatro labios compartidos.
Semifusas de miradas, corcheas de gemidos, manos blancas y voces negras.
Es sólo aquí donde el binario de dos muertes puede crear el ternario de una vida.
Cada parte de un cuerpo es una nota ligada a otra diferente de otra parte del otro cuerpo.
El compás crea una melodía de ligadura infinita. Sólo espaciada por el tiempo eterno que ocupa el lugar entre la mano que se separa para aferrar otra parte de la otra piel o el labio que se desune para saltar hacia otro hueco.
V: Tonalidad
Suenan los colores.
Mil tonalidades en un sólo movimiento.
Mayor y menor se dan la mano en cambios que sólo tratan de armonizar lo irrepresentable.
Dos cuerpos buscando el mayor éxtasis para experimentar entonces que sólo son el menor de nada.
Muerte pletórica entre los instersticios de dos vidas.
Llaves sonoras que se rompen en cuerpos cerrados y aun así son atravesados.
Por un instante el universo se ha abierto.
Justo lo que dura un parpadeo.
Se repite. Dos puntos y una doble barra. Vuelta al principio.
Pero cada vez es distinto.
Dos cuerpos suenan. Y repiten.
Dos cuerpos en relación suenan. Ese sonido es el armazón que contiene el enigma y la X.
Pero no para desvelarlo, sino para preservarlo. Preservarlo de los ojos y de la respuesta cuyo sonido los dejaría no ser humanos, cuya lectura mataría lo que son siendo no ser.
La relación de dos cuerpos es relación musical.
La relación musical es el ser de la tonalidad.
Pero la tonalidad de la relación musical de dos cuerpos sólo existe en sostenido.
VI: Armonía
Es imposible.
Y sin embargo, ex-siste.
VII: Coda final
La sinfonía de dos cuerpos es siempre inacabada.
Siempre termina antes.
Antes de tiempo.
Así que deseamos que alguna vez la sinfonía acabe después del tiempo.
Después de haber estado viviendo allí. El lugar mítico donde la música estaría completa.
La sinfonía inacabada de dos cuerpos sólo abre la puerta a dos decisiones.
Una es la muerte en la angustia desoladora de un vacío sin tocar ni ser tocado.
La otra es la repetición de la partitura.
Esa es la coda de cada cuerpo.
Lo que marca el final obliga ineludiblemente a su repetición.
Esta dulce, deseada y bienhallada repetición.
Pues dos cuerpos entrelazados no pueden ser más que una coda de sexo.
P. S: Si has tenido la paciencia de leer esta entrada, te recomiendo que lo vuelvas a hacer despacito al ritmo de la música que me ha acompañado en su escritura: Cuando el mundo acaba (when the world ends) de Atra Aeterna. Si el papel y la tinta son el soporte de las palabras, la música es el soporte del papel y de la tinta.
El preludio silencioso de dos cuerpos desnudos acercándose lentamente sobre la cama mientras se acarician tímidamente con la mirada sólo finaliza con el sonido de las marcas.
El brillo agalmático de la clave de sol y la insinuación abierta en media luna deseante de la clave de fa posibilitan que dos bocas se unan en lo real de la clave de do.
II: Tempo
Salvajemente suave.
No existe ninguna palabra que aúne los contrarios del movimiento. El adagio del recorrido de la lengua sobre el otro cuerpo y el fortissimo desesperado de las manos hundidas sobre la otra piel.
El tiempo se hace añicos para atrapar el tempo de dos cuerpos entretejidos.
Dos vacíos que forman una espiral ondulante, sin pausa en el girar.
Tornado de vibraciones desiguales que, sin embargo, de alguna forma extraña y casi mágica van al unísono.
Bocas, dedos, ojos y olores que golpean unidos tratando de romperse.
Es en su quebrantamiento donde larguissimo y prestissimo existen anudados.
III: Ritmo
Dos partituras de latidos diferentes.
El sonido de un instrumento de cuerda y el de uno de viento.
Un canon de carne en dos registros distintos.
Un ser en dos nadas condenadas a la soledad. Una nada en dos seres engañándose sobre la unión.
El engaño tiene voz de verdad en ese lapso de tiempo donde el instante deja lugar al acontecimiento.
Encuentro de dos cristales agrietados.
Dos lenguajes musicales tan opuestos, sonido y color, emoción y pensamiento, palabra y significado, se sincronizan en el pentagrama del cuerpo.
Cinco líneas, cinco sentidos.
Y cuando cada uno cree que su corazón late al ritmo del otro, que sus movimientos y desplazamientos son a la vez pregunta y respuesta a los del otro, que su respiración es el ritmo de la del otro, la soledad y el peso de la existencia no se desvanecen, pero se tornan drásticamente más livianos en la mezcla rítmica de dos orquestas de aliento mezcladas en esa eternidad efímera.
Son transformadas en humo a través de los jadeos.
Niebla que no vela lo que no se es pero que brevemente oculta lo que no se quiere ser.
IV: Compás
En esa composición a la vez inevitablemente improvisada e improvisadamente inevitable está permitido que un beso pueda adoptar la forma de un 4 por 4 mientras una caricia se desliza a 5 por 8 sobre un fragmento de piel que palpita a 7 por 8.
3 por 4: Tres huecos insondables en el cuerpo del ser, cuatro labios compartidos.
Semifusas de miradas, corcheas de gemidos, manos blancas y voces negras.
Es sólo aquí donde el binario de dos muertes puede crear el ternario de una vida.
Cada parte de un cuerpo es una nota ligada a otra diferente de otra parte del otro cuerpo.
El compás crea una melodía de ligadura infinita. Sólo espaciada por el tiempo eterno que ocupa el lugar entre la mano que se separa para aferrar otra parte de la otra piel o el labio que se desune para saltar hacia otro hueco.
V: Tonalidad
Suenan los colores.
Mil tonalidades en un sólo movimiento.
Mayor y menor se dan la mano en cambios que sólo tratan de armonizar lo irrepresentable.
Dos cuerpos buscando el mayor éxtasis para experimentar entonces que sólo son el menor de nada.
Muerte pletórica entre los instersticios de dos vidas.
Llaves sonoras que se rompen en cuerpos cerrados y aun así son atravesados.
Por un instante el universo se ha abierto.
Justo lo que dura un parpadeo.
Se repite. Dos puntos y una doble barra. Vuelta al principio.
Pero cada vez es distinto.
Dos cuerpos suenan. Y repiten.
Dos cuerpos en relación suenan. Ese sonido es el armazón que contiene el enigma y la X.
Pero no para desvelarlo, sino para preservarlo. Preservarlo de los ojos y de la respuesta cuyo sonido los dejaría no ser humanos, cuya lectura mataría lo que son siendo no ser.
La relación de dos cuerpos es relación musical.
La relación musical es el ser de la tonalidad.
Pero la tonalidad de la relación musical de dos cuerpos sólo existe en sostenido.
VI: Armonía
Es imposible.
Y sin embargo, ex-siste.
VII: Coda final
La sinfonía de dos cuerpos es siempre inacabada.
Siempre termina antes.
Antes de tiempo.
Así que deseamos que alguna vez la sinfonía acabe después del tiempo.
Después de haber estado viviendo allí. El lugar mítico donde la música estaría completa.
La sinfonía inacabada de dos cuerpos sólo abre la puerta a dos decisiones.
Una es la muerte en la angustia desoladora de un vacío sin tocar ni ser tocado.
La otra es la repetición de la partitura.
Esa es la coda de cada cuerpo.
Lo que marca el final obliga ineludiblemente a su repetición.
Esta dulce, deseada y bienhallada repetición.
Pues dos cuerpos entrelazados no pueden ser más que una coda de sexo.
P. S: Si has tenido la paciencia de leer esta entrada, te recomiendo que lo vuelvas a hacer despacito al ritmo de la música que me ha acompañado en su escritura: Cuando el mundo acaba (when the world ends) de Atra Aeterna. Si el papel y la tinta son el soporte de las palabras, la música es el soporte del papel y de la tinta.
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