I:
Si pudiera prolongar la canción
del amor que se abre en mis venas,
si pudiera lanzarme a la boca
de tierra que bosteza en el tiempo,
si pudiera cartografiar la pulsación
que define los remolinos del duelo
y pudiera repetir el baile de sus caderas,
entonces podría firmar mi existencia,
me reconocería en la vida
y creo que entendería lo que significa
estar en paz.
II:
Vuelvo a estar enredado en las palabras.
De un sinónimo a otro, de un concepto
a otro,
voy leyendo un texto que no concibo,
que no entiendo, que no me pertenece.
Y sin embargo hay algo de mí en eso.
Tal vez porque yo soy el que lee.
Tal vez porque es mi rostro el que acaba
surcado de sonidos, sembrado de sílabas.
Cada vez que me hablas
se vuelven a separar el sentido y la escritura.
Es decir, vuelvo a ser un niño
aprendiendo a leer.
III:
Se retuercen la luz y los lapsos y los tactos.
Bajo la sombra.
Serpentean las voces y las épocas y los fuegos.
Bajo la historia.
Se mecen las despedidas y las noches y los espacios.
Bajo los labios.
Ya no busco que me completes ni que me complementes,
ya no busco ser tu apoyo ni tu mitad perdida.
Creo que después de todos nuestros laberintos,
creo que después de todos nuestros infiernos,
creo que después de todos nuestros arañazos
sólo busco seguir encontrándote.
IV:
Me resulta curioso que siempre me sea más fácil
declinar las formas de la muerte
cuando estoy en el foco de tu mirada,
que no haya un abismo demasiado profundo
cuando mi piel recuerda tu contacto
o cuando mis espinas tejen tu poesía.
El arco iris negro, el rojo despertar del llanto,
la evocación azul de la repetición
forman el mismo cuadro que enmarca mi ser.
Me resulta curioso que siempre te las apañes
para pintar otros mundos con los mismos colores.
V:
Me he asomado a la cuenca del odio,
he visitado la acrópolis de la ignorancia,
he pagado el billete de la pérdida,
he cruzado los palacios de la traición,
y aún tengo la vocación de la inocencia,
aún puedo sentir que el óxido antes fue hierro
o que la caída fue primero un salto.
A pesar de todo aún quiero seguir caminando.
miércoles, 11 de abril de 2018
domingo, 26 de junio de 2016
Una breve nota sobre los discursos
Una vez leí que un
psicoanalista era aquella persona que detentaba un poder pero que rehusaba
ejercerlo. Era una frase de Jacques-Alain Miller.
Fue una frase que
tocó algo de mí. Pero eso no importa. No importa lo que las palabras toquen de
uno. No importa. Y sin embargo, es lo único importante. Algo resuena en el
propio cuerpo. Y ahí es donde puede emerger la ética. Pero eso tampoco importa.
Como si la ética pudiera delimitar la frontera entre el Bien y lo Verdadero o
entre lo pecaminoso y la nobleza. No hay ética compartida, sólo éticas
solitarias. ¿Acaso no funciona como único límite el propio cuerpo sosteniendo
ciertas palabras?
Todo discurso, sea
el que sea, a la par que posibilita el lazo social (o lo que es lo mismo, a la
par que atenúa la soledad), exige el derramamiento de sangre de los cuerpos
humanos. Al final, en el límite, no hay discurso que no se sostenga con sangre.
Creer otra cosa es opositar a la ceguera. Y ahí se incluye todo discurso ético,
religioso, científico, político, tecnológico, filosófico o psicoanalítico.
No se trata de hacer
una revolución para eliminar cualquier discurso (eso es imposible) o para
cambiar de discurso (los efectos siempre son los mismos). No, se trata de saber
que cualquier discurso se sostiene en su fondo con la sangre.
El discurso devora
cuerpos humanos puesto que los cuerpos humanos son los únicos que se forman con
las palabras, que a su vez es la única materia sustancial de cualquier
discurso.
Por lo que se
refiere al ámbito humano palabra y sangre son indisociables. La una es el
reverso de la otra, una es el origen de otra y otra es el origen de una.
Más allá de eso lo
ignoro todo.
sábado, 18 de junio de 2016
Disecciones anatómicas de la soledad
I
Me aterran los sábados.
Más allá de las sombras
que constituyen mi espacio,
o precisamente por ellas,
me aterran los sábados.
II
Hay dos tipos de hombres:
los que están por nacer
y los que consumen la vida
intentándolo.
Todos los hombres vivos
tenemos un pie en cada lado
de esa frontera.
III
Imaginemos que en vez de piel, sangre y voz
estamos constituidos por lugares,
el del amor, el de la rabia, el del tiempo.
Entonces la soledad es el lugar de los lugares,
da el espacio a todos pero no es ocupado
por ninguno.
Nos habita y nos sostiene y, sin embargo,
cuando nos vemos abocados a ella
porque todo lo demás se ha derrumbado
ni siquiera podemos ocuparla.
De ahí el terror y la desesperanza.
Un lugar que nos pertenece pero
que nos rechaza.
La soledad, ese lugar vacío del que surgimos
pero que nunca podemos apropiarnos.
IV
No me preocupa caer en el torso de la muerte,
puede ser tan buen refugio como cualquiera.
Tampoco me preocupa el torbellino de sal
que en ocasiones entierra los ojos
ni la eterna grisura que define el corazón
de cada uno de los hombres.
Sólo me preocupa no sentir la pequeña
astilla clavada bajo la uña del meñique,
la diminuta espina incrustada bajo
los párpados
o el minúsculo grano de arena alojado
entre los dientes.
Ínfimas incomodidades que otros grandes
discursos han llamado "vida".
V
Siempre me ha parecido curioso
que lo más pesado sea precisamente
lo que jamás ha tenido materia:
el alma, el tiempo, las palabras,
la soledad, el amor, el vacío.
No deja tampoco de sorprenderme
que cuanto más pesados se vuelven
todos esos elementos,
más acaba uno siendo devorado
por su propio cuerpo.
No conozco otro camino
ni otra forma
de llegar a la muerte
y de morir.
VI
En este naufragio de mordiscos,
en esta hoguera de música,
en estos libros de cal,
en esta muda agonía de movimientos,
en estos atardeceres de roca viva
hay algo.
No sé qué es, ni siquiera si tiene nombre.
Sé que es algo porque existe un desgarro
de mi ser en cada trozo
de esa lista que no deja de proseguir
en estos aullidos de cristal,
en esta atmósfera de cuerpos,
en este pensamiento de agujas
en esta levedad de artillería,
en estos puntos suspensivos
...
VII
En un cuaderno deshojado
sólo hay restos y nada.
Cada uno es libre
de elegir entonces
su propia patria,
su propia sustancia:
o restos o nada.
Me aterran los sábados.
Más allá de las sombras
que constituyen mi espacio,
o precisamente por ellas,
me aterran los sábados.
II
Hay dos tipos de hombres:
los que están por nacer
y los que consumen la vida
intentándolo.
Todos los hombres vivos
tenemos un pie en cada lado
de esa frontera.
III
Imaginemos que en vez de piel, sangre y voz
estamos constituidos por lugares,
el del amor, el de la rabia, el del tiempo.
Entonces la soledad es el lugar de los lugares,
da el espacio a todos pero no es ocupado
por ninguno.
Nos habita y nos sostiene y, sin embargo,
cuando nos vemos abocados a ella
porque todo lo demás se ha derrumbado
ni siquiera podemos ocuparla.
De ahí el terror y la desesperanza.
Un lugar que nos pertenece pero
que nos rechaza.
La soledad, ese lugar vacío del que surgimos
pero que nunca podemos apropiarnos.
IV
No me preocupa caer en el torso de la muerte,
puede ser tan buen refugio como cualquiera.
Tampoco me preocupa el torbellino de sal
que en ocasiones entierra los ojos
ni la eterna grisura que define el corazón
de cada uno de los hombres.
Sólo me preocupa no sentir la pequeña
astilla clavada bajo la uña del meñique,
la diminuta espina incrustada bajo
los párpados
o el minúsculo grano de arena alojado
entre los dientes.
Ínfimas incomodidades que otros grandes
discursos han llamado "vida".
V
Siempre me ha parecido curioso
que lo más pesado sea precisamente
lo que jamás ha tenido materia:
el alma, el tiempo, las palabras,
la soledad, el amor, el vacío.
No deja tampoco de sorprenderme
que cuanto más pesados se vuelven
todos esos elementos,
más acaba uno siendo devorado
por su propio cuerpo.
No conozco otro camino
ni otra forma
de llegar a la muerte
y de morir.
VI
En este naufragio de mordiscos,
en esta hoguera de música,
en estos libros de cal,
en esta muda agonía de movimientos,
en estos atardeceres de roca viva
hay algo.
No sé qué es, ni siquiera si tiene nombre.
Sé que es algo porque existe un desgarro
de mi ser en cada trozo
de esa lista que no deja de proseguir
en estos aullidos de cristal,
en esta atmósfera de cuerpos,
en este pensamiento de agujas
en esta levedad de artillería,
en estos puntos suspensivos
...
VII
En un cuaderno deshojado
sólo hay restos y nada.
Cada uno es libre
de elegir entonces
su propia patria,
su propia sustancia:
o restos o nada.
sábado, 11 de junio de 2016
Poesía sangrienta (I)
I
Va marcando su cuerpo.
Da igual si con cuchillos o palabras.
El resultado es el mismo.
Un reguero de sangre que forma
siempre la misma voz.
Lo más importante
es no comprender nada.
II
Desgajar del cuerpo las palabras.
No se me ocurre mayor acto sangriento.
Eso es vaciarse de vacío
y quedar habitado solamente
por lo único que llena.
Trazos de venas,
sombras de vísceras que enseñan
un respeto a lo sagrado:
el acto de mutilación.
Separar algo de la imagen de uno
necesariamente es heroico.
III
Todo el problema de la psicoterapia
y el cuerpo es no comprender
que se trata de eviscerar
lo inmaterial.
Tal vez es la lluvia de sangre
lo que hace existir a las palabras
de la misma forma que un discurso
sólo se sostiene mientras puede
devorar, aplastar, hacer sangrar
cuerpos humanos.
IV
Lo grotesco es lo humano.
Si no fuera así, sería natural.
Compartir un gargajo por dos bocas,
vomitar la misma bilis en cuatro labios.
¿Es asqueroso? Bien, he aquí
una definición real de amor.
V
Admiro a esos ganapanes que tejen
supuestamente belleza con música
y a las adolescentes que chorrean
flujo por esos estribillos malsonantes.
Ellos y ellas se quedan siempre a las puertas.
Sólo quien ha saboreado el pus ajeno,
el menstruo de otra, los mocos de un extraño
puede realmente construir belleza con lo simbólico.
Pues sólo ellos saben que la belleza
no es un fin sino una barrera.
VI
Destripar, desollar, desgajar, desmembrar.
Todos verbos de liberación,
todos verbos de libación.
Búscame en cada uno de los trozos
más sangrientos, más profundos,
pues únicamente allí podrás descubrir la verdad:
que nunca fui algo, que siempre fui cuerpo
y que las palabras que pudieron enamorarte
pertenecen al registro tranquilo de la magia.
Y que sólo tú fuiste la hechicera,
pues de mierda y sangre
lograste inventar un lenguaje.
VII
Mi piel se escama infinitamente
y soy capaz de producir caspa
en los codos, en la espalda, en las piernas.
Mi obesidad se obsesiona cada vez más
y cuanto más espacio ocupo
menos pertenezco al registro humano.
Soy la mancha en el ideal,
la calavera en el cuadro.
Mi cuerpo se pudre en vida
con la nueva lepra de lo contemporáneo:
lo psicosomático.
En mí no existe la barrera de la belleza
y tampoco la de lo verdadero.
Soy la muerte consciente de sí.
Soy el grano en el culo de la vida.
Con todo su pus, con toda su mierda.
Y aún así, ¡sorpresa! Soy capaz de escribir.
VIII
Cuando dos sacos de entrañas se enamoran
puede pasar que conciban otro pequeño
saco de entrañas al que llamarán hijo.
Pero ni es suyo ni es hijo.
Es sólo la muerte renacida en una
nueva funda.
A este nivel desde donde hoy escribo
no hay vida, ni amor, ni deseo, ni sueños.
Sólo hay cuerpo y lo que ello significa:
trozos de carne, flujos espesos,
muerte declinada en apariencia vital.
Va marcando su cuerpo.
Da igual si con cuchillos o palabras.
El resultado es el mismo.
Un reguero de sangre que forma
siempre la misma voz.
Lo más importante
es no comprender nada.
II
Desgajar del cuerpo las palabras.
No se me ocurre mayor acto sangriento.
Eso es vaciarse de vacío
y quedar habitado solamente
por lo único que llena.
Trazos de venas,
sombras de vísceras que enseñan
un respeto a lo sagrado:
el acto de mutilación.
Separar algo de la imagen de uno
necesariamente es heroico.
III
Todo el problema de la psicoterapia
y el cuerpo es no comprender
que se trata de eviscerar
lo inmaterial.
Tal vez es la lluvia de sangre
lo que hace existir a las palabras
de la misma forma que un discurso
sólo se sostiene mientras puede
devorar, aplastar, hacer sangrar
cuerpos humanos.
IV
Lo grotesco es lo humano.
Si no fuera así, sería natural.
Compartir un gargajo por dos bocas,
vomitar la misma bilis en cuatro labios.
¿Es asqueroso? Bien, he aquí
una definición real de amor.
V
Admiro a esos ganapanes que tejen
supuestamente belleza con música
y a las adolescentes que chorrean
flujo por esos estribillos malsonantes.
Ellos y ellas se quedan siempre a las puertas.
Sólo quien ha saboreado el pus ajeno,
el menstruo de otra, los mocos de un extraño
puede realmente construir belleza con lo simbólico.
Pues sólo ellos saben que la belleza
no es un fin sino una barrera.
VI
Destripar, desollar, desgajar, desmembrar.
Todos verbos de liberación,
todos verbos de libación.
Búscame en cada uno de los trozos
más sangrientos, más profundos,
pues únicamente allí podrás descubrir la verdad:
que nunca fui algo, que siempre fui cuerpo
y que las palabras que pudieron enamorarte
pertenecen al registro tranquilo de la magia.
Y que sólo tú fuiste la hechicera,
pues de mierda y sangre
lograste inventar un lenguaje.
VII
Mi piel se escama infinitamente
y soy capaz de producir caspa
en los codos, en la espalda, en las piernas.
Mi obesidad se obsesiona cada vez más
y cuanto más espacio ocupo
menos pertenezco al registro humano.
Soy la mancha en el ideal,
la calavera en el cuadro.
Mi cuerpo se pudre en vida
con la nueva lepra de lo contemporáneo:
lo psicosomático.
En mí no existe la barrera de la belleza
y tampoco la de lo verdadero.
Soy la muerte consciente de sí.
Soy el grano en el culo de la vida.
Con todo su pus, con toda su mierda.
Y aún así, ¡sorpresa! Soy capaz de escribir.
VIII
Cuando dos sacos de entrañas se enamoran
puede pasar que conciban otro pequeño
saco de entrañas al que llamarán hijo.
Pero ni es suyo ni es hijo.
Es sólo la muerte renacida en una
nueva funda.
A este nivel desde donde hoy escribo
no hay vida, ni amor, ni deseo, ni sueños.
Sólo hay cuerpo y lo que ello significa:
trozos de carne, flujos espesos,
muerte declinada en apariencia vital.
lunes, 15 de junio de 2015
A modo de ejercicio
I
Al lado del camino me mantengo erguido
como un monumento al desafío.
Podría observar la gaviota engarzada en la luz
o el asfalto líquido que envuelve el color
y sin embargo sólo soy el acorde de un tambor.
II
Sólo busco lo que ya he encontrado
y en esa ignorancia entierro una parte del tiempo.
Tambalearse simplemente es bailar sin saber.
Zozobra la realidad a mi lado y sostenerla
es demasiado...
breve.
III
Creen los hombres que los ojos son dueños de la mirada.
No basta sentirse para saberse, no basta romperse para tocarse.
Y esos ojos ¿qué sujetan sino el peso de la culpa?
No basta limpiarse para sanar, no basta gritar para empezarse.
Quién te dice que lo que miras no es lo que odias de ti
salvo tu propia obstinación en la ceguera.
No basta actuar para pensarse como no basta la palabra para la poesía.
La única parte que los hombres dominan de su mirada
es sólo el movimiento del parpadeo.
IV
Cómo corrí aquel año, igual que si hubiera perdido la piel.
Sólo quería dejarlas atrás, que no volvieran con su veneno,
que no regresaran con sus posibilidades.
Huí de ellas como un ciervo huye del fuego.
Me habían abierto el mundo y el mundo era de abismos,
me habían descubierto la vida y la vida era de sonidos.
Así que escapé para cortar el viento con el cuerpo
y al llegar me estaban esperando.
No podía huir de mis propias palabras.
V
Trato de encogerme para caber en un aliento
y expandirme como la música sobre el pecho.
Desplegarme siempre me ha exigido sinceridad
pero esta vez quiero una mentira atravesada
a lo largo de lo que digo para que marque eso que deseo.
Es fácil ser, pues sólo hay que imitar lo que se admira.
Lo difícil es inventar, ya que no ha ocurrido aún.
Es fácil crear, pues sólo hay que sacar algo de la nada.
Lo difícil es sacar nada de la nada y hacerlo pasar por algo.
Creo que hay algo de eso en el amor.
VI
Vestirse de heridas es obligado
en las bodas de la razón y el saber,
especialmente si uno se ha nombrado sacerdote.
No hay poder peor fundamentado
ni argumento peor sostenido
que el que se evoca apelando
a la justicia, a la verdad o al bien.
Siendo víctima del resto
sólo se acaba como verdugo de uno mismo.
Al lado del camino me mantengo erguido
como un monumento al desafío.
Podría observar la gaviota engarzada en la luz
o el asfalto líquido que envuelve el color
y sin embargo sólo soy el acorde de un tambor.
II
Sólo busco lo que ya he encontrado
y en esa ignorancia entierro una parte del tiempo.
Tambalearse simplemente es bailar sin saber.
Zozobra la realidad a mi lado y sostenerla
es demasiado...
breve.
III
Creen los hombres que los ojos son dueños de la mirada.
No basta sentirse para saberse, no basta romperse para tocarse.
Y esos ojos ¿qué sujetan sino el peso de la culpa?
No basta limpiarse para sanar, no basta gritar para empezarse.
Quién te dice que lo que miras no es lo que odias de ti
salvo tu propia obstinación en la ceguera.
No basta actuar para pensarse como no basta la palabra para la poesía.
La única parte que los hombres dominan de su mirada
es sólo el movimiento del parpadeo.
IV
Cómo corrí aquel año, igual que si hubiera perdido la piel.
Sólo quería dejarlas atrás, que no volvieran con su veneno,
que no regresaran con sus posibilidades.
Huí de ellas como un ciervo huye del fuego.
Me habían abierto el mundo y el mundo era de abismos,
me habían descubierto la vida y la vida era de sonidos.
Así que escapé para cortar el viento con el cuerpo
y al llegar me estaban esperando.
No podía huir de mis propias palabras.
V
Trato de encogerme para caber en un aliento
y expandirme como la música sobre el pecho.
Desplegarme siempre me ha exigido sinceridad
pero esta vez quiero una mentira atravesada
a lo largo de lo que digo para que marque eso que deseo.
Es fácil ser, pues sólo hay que imitar lo que se admira.
Lo difícil es inventar, ya que no ha ocurrido aún.
Es fácil crear, pues sólo hay que sacar algo de la nada.
Lo difícil es sacar nada de la nada y hacerlo pasar por algo.
Creo que hay algo de eso en el amor.
VI
Vestirse de heridas es obligado
en las bodas de la razón y el saber,
especialmente si uno se ha nombrado sacerdote.
No hay poder peor fundamentado
ni argumento peor sostenido
que el que se evoca apelando
a la justicia, a la verdad o al bien.
Siendo víctima del resto
sólo se acaba como verdugo de uno mismo.
sábado, 19 de julio de 2014
Necedades
I: Caminar
Anduve tropezando
como el ignorante que tropieza con su sombra
o como la urraca
que tropieza con el brillo.
Anduve desbocado
como el sonido que arrolla la intención
o como el clavel
que aplasta la solapa.
Anduve cojeando
como una mano sobre otro cuerpo
o como la despedida
que corta los labios.
Anduve desarraigado
como la mirada que busca el vacío
o como el temblor
que responde a una palabra.
Y mientras caía, antes de que mis dientes
encontraran el sabor del fango,
entendí que caminaba tropezando
porque quería desandarme,
desbocado porque deseaba mirar atrás,
cojeando porque no supe girar,
desarraigado porque mi brújula
habitaba en otros ojos.
Y comprendí que sólo la caída
hacía sabios a los caminantes.
II: Escritura
Escribe.
Me decías con una voz floreciente de tibieza.
Y yo te negaba con la angustia sobre mis piernas
haciendo tambalearse mi silueta en la vida.
Escribe.
Insistías con el corazón atravesado en el aliento.
Y yo callaba con el escalofrío amorzándome las manos.
No sabía explicarte que escribir para mí
significaba recorrer mi cuerpo sobre las marcas del odio
con la esperanza frágil de descifrar amor,
que era pasear sobre bancales de ceniza
y nombrarlos de otra forma deseando
que así se convirtieran
en la luz irisada de una duna junto al mar,
en el roce de una lechuza hacia la madrugada,
en la música del hielo bajo la lava,
en la boca de un laberinto tallado dentro de un topacio.
Escribir para mí significaba voltearme como un guante
y soportar la imagen que las letras trazaban,
desdoblar la pérdida y verme cercado por su trama.
No sabía explicarte que a veces la textura de las propias palabras
deviene aterradora, insoportable, descarnada.
No sabía explicarte que cuando trazo un sonido
algo de mí se derrama y me mutila.
Que a veces me da miedo escribir
y descubrir.
III: Juego fonemático
Hay días que amanecen con el sonido suave de la letra ele,
con el lateral de la almohada labrado de la luz líquida
y ella como un leve letargo limpio.
Podría languidecer de blancura latiendo libros y lazos.
Levantarme y limar el lapso de la loza con leche y labios,
ablandar los lentos silabeos con la dulzura del loto
y luchar lastrado de licor sobre su labor de liebre.
Hay tardes que se despliegan con el sonido roto de la letra ge,
guardando los gritos que gimen en la gruta del globo ocular,
gastando las gradas de gente gozosa de saberse grande
y avergonzada a la vez, gotas de glicerina y glosas.
Gatear no fue agradable ni grotesco, sólo gasolina para el gaznate.
Me gusta su gracia agrupando los gigantes de sus ganas
y ganar el glaciar de su gran gestación gélida.
Hay noches que arropan con el sonido profundo de la letra ene,
nadie navega nadando bajo la nao de Neptuno.
Nieva y nada es tan notable como la nena desnuda
en el paladar de la noche, en el níveo nocturno del nirvana.
La nata no enerva la natividad, tal vez la novena de un violín negro.
Nísperos y necedades, tunantes que truenan de nepotismo nivelado.
Nacer y nicotina desmenuzados en la nariz noctámbula. Nadie.
Anduve tropezando
como el ignorante que tropieza con su sombra
o como la urraca
que tropieza con el brillo.
Anduve desbocado
como el sonido que arrolla la intención
o como el clavel
que aplasta la solapa.
Anduve cojeando
como una mano sobre otro cuerpo
o como la despedida
que corta los labios.
Anduve desarraigado
como la mirada que busca el vacío
o como el temblor
que responde a una palabra.
Y mientras caía, antes de que mis dientes
encontraran el sabor del fango,
entendí que caminaba tropezando
porque quería desandarme,
desbocado porque deseaba mirar atrás,
cojeando porque no supe girar,
desarraigado porque mi brújula
habitaba en otros ojos.
Y comprendí que sólo la caída
hacía sabios a los caminantes.
II: Escritura
Escribe.
Me decías con una voz floreciente de tibieza.
Y yo te negaba con la angustia sobre mis piernas
haciendo tambalearse mi silueta en la vida.
Escribe.
Insistías con el corazón atravesado en el aliento.
Y yo callaba con el escalofrío amorzándome las manos.
No sabía explicarte que escribir para mí
significaba recorrer mi cuerpo sobre las marcas del odio
con la esperanza frágil de descifrar amor,
que era pasear sobre bancales de ceniza
y nombrarlos de otra forma deseando
que así se convirtieran
en la luz irisada de una duna junto al mar,
en el roce de una lechuza hacia la madrugada,
en la música del hielo bajo la lava,
en la boca de un laberinto tallado dentro de un topacio.
Escribir para mí significaba voltearme como un guante
y soportar la imagen que las letras trazaban,
desdoblar la pérdida y verme cercado por su trama.
No sabía explicarte que a veces la textura de las propias palabras
deviene aterradora, insoportable, descarnada.
No sabía explicarte que cuando trazo un sonido
algo de mí se derrama y me mutila.
Que a veces me da miedo escribir
y descubrir.
III: Juego fonemático
Hay días que amanecen con el sonido suave de la letra ele,
con el lateral de la almohada labrado de la luz líquida
y ella como un leve letargo limpio.
Podría languidecer de blancura latiendo libros y lazos.
Levantarme y limar el lapso de la loza con leche y labios,
ablandar los lentos silabeos con la dulzura del loto
y luchar lastrado de licor sobre su labor de liebre.
Hay tardes que se despliegan con el sonido roto de la letra ge,
guardando los gritos que gimen en la gruta del globo ocular,
gastando las gradas de gente gozosa de saberse grande
y avergonzada a la vez, gotas de glicerina y glosas.
Gatear no fue agradable ni grotesco, sólo gasolina para el gaznate.
Me gusta su gracia agrupando los gigantes de sus ganas
y ganar el glaciar de su gran gestación gélida.
Hay noches que arropan con el sonido profundo de la letra ene,
nadie navega nadando bajo la nao de Neptuno.
Nieva y nada es tan notable como la nena desnuda
en el paladar de la noche, en el níveo nocturno del nirvana.
La nata no enerva la natividad, tal vez la novena de un violín negro.
Nísperos y necedades, tunantes que truenan de nepotismo nivelado.
Nacer y nicotina desmenuzados en la nariz noctámbula. Nadie.
lunes, 7 de julio de 2014
Pequeñeces
I: Renacer
Este hablar solo con las piedras acaba machacando
lo que creía comprender del abismo.
Aún me pregunto qué parte del mundo me ha golpeado
para seguir girando encerrado.
Quizá una decepción en la boca o un engaño en la mano,
mostrarse visible o el chirriar de un jadeo.
Tal vez no daba todo por perdido cuando crucé el arco
de sus piernas.
Me pasa por la cabeza que renacer puede que
sea esto,
ser sacudido por el fuego y gatear derrotado
sobre la cima del enamorado.
Confundir extravío con amanecer,
esperanza con asombro,
acabar, en fin, mezclado con lo que uno más teme
y lo que a uno más le atrae.
Renacer es saberse desordenado,
trastocado, como si el libro que te late
aún colgara del arbol del papel.
Volver de la muerte siempre ha exigido inventar una palabra.
II: Arena
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
Tiene para mí algo de mágico, de ancestral,
algo de lo prohibido.
Para crear vidrio necesitas arena y fuego.
Fundes la arena hasta volverla un líquido abrasador.
A ese río de cristal debes robarle un trocito
y soplar a través de un tubo para darle forma.
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
Me fascina que de la dispersión de la arena
surja algo compacto y a la vez tan quebradizo.
Me asombra que sólo la boca pueda darle forma
a la fragilidad.
Como si uno recorriera la silueta de una mujer
a pequeños soplos
para encontrarse al final desnudo de nombres.
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
III: Espacio
Entre dos miradas
desborda el espacio
al igual que entre dos palabras
o entre dos cuerpos por muy unidos que estén.
Es el espacio lo que me sostiene, siempre en el vacío,
a pesar de la sensación de vivir pegado al suelo.
El espacio entre sus brazos y mi cuerpo
es el mismo que el existente entre mis dedos y mis pupilas,
coordenadas espaciales del amor.
El espacio está lleno de nada, lo que quiere decir
que toda posibilidad aún no ha sido puesta en acto.
Quisiera poder distinguir alguna vez
el espacio que habito
del que soy habitado.
IV: Tiempo
La metralla del tiempo agujerea la pasión
y estar maldito sólo significa que una vez
alguien pudo de alguna forma nombrarme.
Los años llueven sobre el mar
de la misma manera que los siglos
cantan bajo el aire que me disuelve.
Podría recortar una clepsidra
de cada temblor.
Es deshojar la roca con las yemas de los dedos
y percibirte adolescente.
Si lo piensas bien una vida no es más
que el asesinato inagotable de los instantes.
Un segundo, nada más que necesitas un segundo
y habrás cruzado la aurora.
V: Sombra
Un hombre danza a través del silencio
mientras el horizonte perfila un desnivel.
Nunca cesa, la mancha en tu retina.
Así es como puedes seguir el rastro del limón en el agua,
el eco de la música en la pared,
la sombra de su tacto en la almohada.
Esta alambrada de suspiros marca el límite
entre lo que deseas y lo que rompes.
Aún hay bastante nieve para encender la lumbre.
Es ir a tientas lo que te permite descubrir la arruga
porque una referencia sólo ha sido una huella de alguien que pisó primero.
Sabes bien que hay voces que lucen más que otras
y que no es el brillo sino el color lo que atrae la búsqueda.
Es bonito solapar tu pecho con el ala de una libélula,
dejar una muesca en el viento para derramarte a su través.
Ya lo sabes, siempre es la luz que te deja ciego
la que te obliga a mantener la mirada.
Este hablar solo con las piedras acaba machacando
lo que creía comprender del abismo.
Aún me pregunto qué parte del mundo me ha golpeado
para seguir girando encerrado.
Quizá una decepción en la boca o un engaño en la mano,
mostrarse visible o el chirriar de un jadeo.
Tal vez no daba todo por perdido cuando crucé el arco
de sus piernas.
Me pasa por la cabeza que renacer puede que
sea esto,
ser sacudido por el fuego y gatear derrotado
sobre la cima del enamorado.
Confundir extravío con amanecer,
esperanza con asombro,
acabar, en fin, mezclado con lo que uno más teme
y lo que a uno más le atrae.
Renacer es saberse desordenado,
trastocado, como si el libro que te late
aún colgara del arbol del papel.
Volver de la muerte siempre ha exigido inventar una palabra.
II: Arena
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
Tiene para mí algo de mágico, de ancestral,
algo de lo prohibido.
Para crear vidrio necesitas arena y fuego.
Fundes la arena hasta volverla un líquido abrasador.
A ese río de cristal debes robarle un trocito
y soplar a través de un tubo para darle forma.
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
Me fascina que de la dispersión de la arena
surja algo compacto y a la vez tan quebradizo.
Me asombra que sólo la boca pueda darle forma
a la fragilidad.
Como si uno recorriera la silueta de una mujer
a pequeños soplos
para encontrarse al final desnudo de nombres.
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
III: Espacio
Entre dos miradas
desborda el espacio
al igual que entre dos palabras
o entre dos cuerpos por muy unidos que estén.
Es el espacio lo que me sostiene, siempre en el vacío,
a pesar de la sensación de vivir pegado al suelo.
El espacio entre sus brazos y mi cuerpo
es el mismo que el existente entre mis dedos y mis pupilas,
coordenadas espaciales del amor.
El espacio está lleno de nada, lo que quiere decir
que toda posibilidad aún no ha sido puesta en acto.
Quisiera poder distinguir alguna vez
el espacio que habito
del que soy habitado.
IV: Tiempo
La metralla del tiempo agujerea la pasión
y estar maldito sólo significa que una vez
alguien pudo de alguna forma nombrarme.
Los años llueven sobre el mar
de la misma manera que los siglos
cantan bajo el aire que me disuelve.
Podría recortar una clepsidra
de cada temblor.
Es deshojar la roca con las yemas de los dedos
y percibirte adolescente.
Si lo piensas bien una vida no es más
que el asesinato inagotable de los instantes.
Un segundo, nada más que necesitas un segundo
y habrás cruzado la aurora.
V: Sombra
Un hombre danza a través del silencio
mientras el horizonte perfila un desnivel.
Nunca cesa, la mancha en tu retina.
Así es como puedes seguir el rastro del limón en el agua,
el eco de la música en la pared,
la sombra de su tacto en la almohada.
Esta alambrada de suspiros marca el límite
entre lo que deseas y lo que rompes.
Aún hay bastante nieve para encender la lumbre.
Es ir a tientas lo que te permite descubrir la arruga
porque una referencia sólo ha sido una huella de alguien que pisó primero.
Sabes bien que hay voces que lucen más que otras
y que no es el brillo sino el color lo que atrae la búsqueda.
Es bonito solapar tu pecho con el ala de una libélula,
dejar una muesca en el viento para derramarte a su través.
Ya lo sabes, siempre es la luz que te deja ciego
la que te obliga a mantener la mirada.
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