Lo han vuelto a hacer.
Malditos genios envidiables.
Pain of Salvation tiene nuevo disco. POR FIN.
No suelo hacer posts sobre discos, pero este es especial. Quizá se deba a que ha llegado en el momento justo de mi vida. Me encanta sentir cómo la voz de Daniel Gildenlöw y la música del grupo se van entrelazando dulcemente con las emociones que estoy viviendo últimamente.
Jamás un disco sobre desamor fue tan potente, tan verdadero, tan tajante.
La obra maestra en cuestión se llama ROAD SALT ONE y está disponible en una versión estándar y otra limitada. Como soy un friki de cuidado, ya tengo las dos. Por supuesto, me gusta más la limitada porque hay un par de canciones en versión extendida y un tema de regalo que abre el disco; sólo dura 50 segundos, pero son los mejores 50 segundos que he escuchado últimamente. Puro juego de voces al estilo POS (Abreviatura de Pain of Salvation).
I: La música
POS ha llegado a definir la música de su nuevo disco en su página web como "12 temas de grava sudorosa, mariposas de asfalto, caminos inexplorados y decisiones valientes".
No puedo estar más de acuerdo.
Ciertas reminiscencias melódicas de puro rock setentero muy bien conjugadas por los toques pesados y profundos propios de POS. Melodías fáciles de seguir y escuchar que no por ello dejan de poner los pelos de punta.
Me quedo por supuesto con la voz de Daniel y del resto del grupo, los toques de bajo del estribillo de "Curiosity", la batería suave e intensa de "Sisters" y ese gospel desesperado que es "Of Dust".
Vale, no puedo elegir.
Me encanta TODA la música del disco, pero matizo los puntos que por ahora me han atravesado la conciencia.
Además renuncio a traicionar con las palabras lo que sólo se puede captar con los oídos y con el alma. Si queréis experimentarlo vosotros, escuchad el disco.
No os arrepentiréis, es brutal.
II: Las letras
Aún estoy en proceso de traducción y de "empapamiento", pero, para variar, son grandiosas.
Adelanto, como ya he dicho, que es un disco de desamor. Pero no sólo de eso, sino que engloba las reflexiones más profundas que esa situación nos obliga a tener. El lado más pulsional, deseante y angustioso, junto con el idealismo romántico del que el alma hace gala para resistirse al fin del amor. Y la consabida pregunta ¿por qué? toma carne en las palabras que se deslizan durante todas las canciones.
Sentimientos profundos hasta la raíz de su significado, rabiosos, desesperados, agridulces y resignados. Pura pérdida, pura vida.
Es fascinante cómo cada sílaba se mezcla con cada nota para formar ese conjunto complejo que es nuestro lado más oscuro y a la vez, nuestro lado más puro.
El abrazo de los contrarios, de los extremos, eso es, como su nombre indica, Pain Of Salvation. Eso es Road Salt One.
Así que yo me tiro de cabeza de nuevo a buscar, en esa agonía inseparable entre letra y música, mi alma, mi vida y mi yo.
Larga vida a Pain of Salvation.
domingo, 23 de mayo de 2010
viernes, 21 de mayo de 2010
¡Joder!
Hoy estoy enfadado por palabras que no llegan,
estoy decepcionado por letras que no existen.
Hoy soy un adolescente enfurruñado
por un deseo frustrado.
estoy decepcionado por letras que no existen.
Hoy soy un adolescente enfurruñado
por un deseo frustrado.
viernes, 14 de mayo de 2010
Me confieso, así que dejadme en paz
No soy un intelectual.
Puede que alguna vez lo haya pretendido, igual que una vez pretendí ser músico y una vez pretendí ser psicólogo y una vez pretendí ser escritor y unas dos veces pretendí ser novio.
Utilizo el verbo "pretender" con la significación doble de dos lenguas.
En español "pretender" significa tener la intención de (ser) algo.
En inglés "To pretend" significa fingir.
Así que tuve la intención de ser todas esas cosas a la vez que las fingía.
No soy un buen amigo y tampoco soy un buen novio. No soy un buen hijo y cierta certeza me atraviesa diciéndome que tampoco seré un buen padre si algún día tengo descendencia.
No soy bueno en nada.
No soy buena persona.
Suena a autocompasión. Lo sé porque son infinitas las veces que me he autocompadecido. También diré que ya no me avergüenza, porque no está mal que uno sienta pena de uno mismo. Si ni siquiera puedes permitirte tristeza y compasión contigo mismo, entonces te odias tanto que ya no es humano, sino mortal. La autocompasión puede ser el abrazo de emergencia, el último, antes del desastre. Así que sé perfectamente que suena a autocompasión.
Pero no lo es, y me importa tres cojones lo que penséis si estais leyendo esto.
Digo que no soy bueno en nada, que no soy buena persona por las mismas razones que llevo cuatro años diciendo cosas en este blog. Para expíar mi culpa, para calmarme.
Quizá sólo me haya traicionado a mí mismo una vez aquí, cuando, rompiendo la promesa que me hice de permanecer en el anónimato, difundí la dirección del blog señalándome.
No puedo evitar pensar que lo hice para conseguir halagos y aprobación, pero simultaneamente pagué el precio. Volverme más vulnerable de lo que ya soy.
Me he dado cuenta de lo incomprensible que resulta mi identidad. Mejor dicho, de lo incomprensible para los otros que resulta mi viaje hacia mi esencia.
A pesar de intentar adornarlo con belleza en las palabras o de tratar de provocar estremecimientos con imágenes violentas, al final es ininteligible.
Al final, el tratar de ser aceptado mediante el desentrañamiento de mi alma resulta pueril, estúpido, agotador e inútil.
Así que no soy un intelectual, no soy un buen novio ni un buen amigo, ni un buen hijo ni seré un buen padre.
Porque no soy nada. Porque ninguno de nosotros somos nada. Pero tratamos de pretender y de fingir que somos algo. Nos apoyamos los unos a los otros en una parodia de relación humana. Miramos, cotilleamos y diseccionamos el interior de los otros, pero somos incapaces (malditos cobardes) de asomarnos mínimamente a nuestro propio interior.
Llevo cuatro años gritando que no somos nada. Que la vida y la muerte están unidas sólo porque hay conciencia.
Llevo cuatro años gritando que estoy lleno de odio y que me muero por soltar todo el amor que llevo dentro.
Cuatro años expulsando rabia y llanto en forma de letras y frases.
Llevo cuatro años utilizando este blog como muleta.
Y no sé si esto es el final, no sé si cerrarlo y olvidarlo.
No sé si dejar de hablar de suicidio y experimentarlo de una puta vez como hizo ella.
Porque no me entenderéis nunca. Y me da completamente igual que penséis que es una prepotencia por mi parte, igual que me da completamente igual que penséis que es autocompasión.
Hablé para aclararme, no para gustaros (aunque hubiera sido fabuloso).
Escribí para ordenarme, no para agradaros (aunque a veces también lo PRETENDÍ).
Quizá esto tampoco se entienda. No importa.
No soy un intelectual.
No soy una buena persona.
No soy, joder. No necesito sentir que me crucificáis, prefiero ahorraros el trabajo y hacerlo yo mismo.
Así que ahora dejadme en paz.
Puede que alguna vez lo haya pretendido, igual que una vez pretendí ser músico y una vez pretendí ser psicólogo y una vez pretendí ser escritor y unas dos veces pretendí ser novio.
Utilizo el verbo "pretender" con la significación doble de dos lenguas.
En español "pretender" significa tener la intención de (ser) algo.
En inglés "To pretend" significa fingir.
Así que tuve la intención de ser todas esas cosas a la vez que las fingía.
No soy un buen amigo y tampoco soy un buen novio. No soy un buen hijo y cierta certeza me atraviesa diciéndome que tampoco seré un buen padre si algún día tengo descendencia.
No soy bueno en nada.
No soy buena persona.
Suena a autocompasión. Lo sé porque son infinitas las veces que me he autocompadecido. También diré que ya no me avergüenza, porque no está mal que uno sienta pena de uno mismo. Si ni siquiera puedes permitirte tristeza y compasión contigo mismo, entonces te odias tanto que ya no es humano, sino mortal. La autocompasión puede ser el abrazo de emergencia, el último, antes del desastre. Así que sé perfectamente que suena a autocompasión.
Pero no lo es, y me importa tres cojones lo que penséis si estais leyendo esto.
Digo que no soy bueno en nada, que no soy buena persona por las mismas razones que llevo cuatro años diciendo cosas en este blog. Para expíar mi culpa, para calmarme.
Quizá sólo me haya traicionado a mí mismo una vez aquí, cuando, rompiendo la promesa que me hice de permanecer en el anónimato, difundí la dirección del blog señalándome.
No puedo evitar pensar que lo hice para conseguir halagos y aprobación, pero simultaneamente pagué el precio. Volverme más vulnerable de lo que ya soy.
Me he dado cuenta de lo incomprensible que resulta mi identidad. Mejor dicho, de lo incomprensible para los otros que resulta mi viaje hacia mi esencia.
A pesar de intentar adornarlo con belleza en las palabras o de tratar de provocar estremecimientos con imágenes violentas, al final es ininteligible.
Al final, el tratar de ser aceptado mediante el desentrañamiento de mi alma resulta pueril, estúpido, agotador e inútil.
Así que no soy un intelectual, no soy un buen novio ni un buen amigo, ni un buen hijo ni seré un buen padre.
Porque no soy nada. Porque ninguno de nosotros somos nada. Pero tratamos de pretender y de fingir que somos algo. Nos apoyamos los unos a los otros en una parodia de relación humana. Miramos, cotilleamos y diseccionamos el interior de los otros, pero somos incapaces (malditos cobardes) de asomarnos mínimamente a nuestro propio interior.
Llevo cuatro años gritando que no somos nada. Que la vida y la muerte están unidas sólo porque hay conciencia.
Llevo cuatro años gritando que estoy lleno de odio y que me muero por soltar todo el amor que llevo dentro.
Cuatro años expulsando rabia y llanto en forma de letras y frases.
Llevo cuatro años utilizando este blog como muleta.
Y no sé si esto es el final, no sé si cerrarlo y olvidarlo.
No sé si dejar de hablar de suicidio y experimentarlo de una puta vez como hizo ella.
Porque no me entenderéis nunca. Y me da completamente igual que penséis que es una prepotencia por mi parte, igual que me da completamente igual que penséis que es autocompasión.
Hablé para aclararme, no para gustaros (aunque hubiera sido fabuloso).
Escribí para ordenarme, no para agradaros (aunque a veces también lo PRETENDÍ).
Quizá esto tampoco se entienda. No importa.
No soy un intelectual.
No soy una buena persona.
No soy, joder. No necesito sentir que me crucificáis, prefiero ahorraros el trabajo y hacerlo yo mismo.
Así que ahora dejadme en paz.
domingo, 11 de abril de 2010
Sobre el amor y la muerte
"¿Me quieres?"
Preguntas y callas. Esperando. Como si yo fuera capaz de colmar tu deseo con mi voz, como si con frases yo pudiera escribir tu corazón.
"¿Me quieres?"
Sí, por supuesto, pero no te lo diré. Porque no significaría nada. Porque las palabras se enganchan a los pájaros para tocar el cielo sin haber sido nunca vistas.
Si me quiebras en dos, si destrozas mi esternón, verás las palabras que me pides, entonces esas palabras pesarán. Estarán empapadas en sangre, bien atadas a mi alma con una soga de arterias. Pero ya estarán muertas.
"¿Me quieres?"
No quieres escuchar "sí" o "no". Quieres SABERLO con CERTEZA ABSOLUTA. Y las únicas palabras que siempre la han dado son las que fueron arrancadas del cuerpo.
Rasga mi piel, revienta mis costillas, estruja mi corazón y las verás en lo más hondo de mí. Pegadas a mis pulmones, pues por ellas respiro.
Pero ya estaré muerto. Por eso las palabras que buscas, en ese momento y sólo entonces, pesarán. Tomarán cuerpo y sustancia.
"¿Me quieres?"
Jamás podrás saberlo. Infinitas veces preguntas, infinitos silencios responden.
Ahí está tu dilema. El tuyo y el de todos.
Para saber hay que llamar a la muerte.
Sólo lo que está muerto, pesa.
Yo te quiero también sin saber la respuesta.
Pero amando lo que no conocemos, somos.
Personas, vida. Somos.
La muerte es la única certeza que tenemos en este mundo.
No es extraño, pues, que todo lo que ella toque, se vuelva cierto.
Exista realmente.
El amor te hace flotar.
Engaña a la gravedad para llevarte a las estrellas.
El amor te da vida porque te quita peso.
Un amor que pesa como el granito
es tan cierto como la muerte
y está tan muerto como ella.
"¿Me quieres"?
Sólo hay una forma de que lo sepas sin matarme, sin matarte.
Bésame.
Porque en los besos no ves las palabras, no las escuchas.
Pero las sientes viajar de mi boca a la tuya y al revés.
Morimos en los besos.
Nacemos en las palabras.
Bésame, quiero morir.
Preguntas y callas. Esperando. Como si yo fuera capaz de colmar tu deseo con mi voz, como si con frases yo pudiera escribir tu corazón.
"¿Me quieres?"
Sí, por supuesto, pero no te lo diré. Porque no significaría nada. Porque las palabras se enganchan a los pájaros para tocar el cielo sin haber sido nunca vistas.
Si me quiebras en dos, si destrozas mi esternón, verás las palabras que me pides, entonces esas palabras pesarán. Estarán empapadas en sangre, bien atadas a mi alma con una soga de arterias. Pero ya estarán muertas.
"¿Me quieres?"
No quieres escuchar "sí" o "no". Quieres SABERLO con CERTEZA ABSOLUTA. Y las únicas palabras que siempre la han dado son las que fueron arrancadas del cuerpo.
Rasga mi piel, revienta mis costillas, estruja mi corazón y las verás en lo más hondo de mí. Pegadas a mis pulmones, pues por ellas respiro.
Pero ya estaré muerto. Por eso las palabras que buscas, en ese momento y sólo entonces, pesarán. Tomarán cuerpo y sustancia.
"¿Me quieres?"
Jamás podrás saberlo. Infinitas veces preguntas, infinitos silencios responden.
Ahí está tu dilema. El tuyo y el de todos.
Para saber hay que llamar a la muerte.
Sólo lo que está muerto, pesa.
Yo te quiero también sin saber la respuesta.
Pero amando lo que no conocemos, somos.
Personas, vida. Somos.
La muerte es la única certeza que tenemos en este mundo.
No es extraño, pues, que todo lo que ella toque, se vuelva cierto.
Exista realmente.
El amor te hace flotar.
Engaña a la gravedad para llevarte a las estrellas.
El amor te da vida porque te quita peso.
Un amor que pesa como el granito
es tan cierto como la muerte
y está tan muerto como ella.
"¿Me quieres"?
Sólo hay una forma de que lo sepas sin matarme, sin matarte.
Bésame.
Porque en los besos no ves las palabras, no las escuchas.
Pero las sientes viajar de mi boca a la tuya y al revés.
Morimos en los besos.
Nacemos en las palabras.
Bésame, quiero morir.
viernes, 9 de abril de 2010
En el borde del acantilado
Estoy sentado justo en el borde del acantilado. Apenas se ve el fondo, sólo una interminable pared negra de roca viva que supura niebla.
Desde abajo se eleva el sonido de olas rojas estrellándose a lamentos contra las piedras más afiladas del abismo que contemplo.
Sé que sólo necesito una pequeña inclinación para caer y matarme, también sé que la gravedad está deseosa de hacer su trabajo.
Y lo más importante de todo.
Sé que no es la primera vez que me siento en el borde de este acantilado.
Reconozco el cielo violáceo sin estrellas ni luna que me aplasta desde arriba.
Reconozco la brisa pesada y salobre que me aplasta los costados.
Y por supuesto, reconozco el tajo brutalmente negro del acantilado que me aplasta desde abajo.
Sentado en el borde del acantilado soy una agonía silenciosa comprimida.
La sombra de una fresa licuada y exprimida.
Estoy sentado justo en el borde del acantilado. Y estoy en silencio.
Estoy callado porque no quiero escuchar palabras que disfrazan la esperanza de realidades; estoy aquí precisamente porque me disfrazaron la realidad con esperanzas.
Estoy sentado justo en el borde del acantilado. Y estoy solo.
Estoy solo porque no quiero tener a mi alrededor cuerpos que me griten que me lance y cuerpos que me chillen que no me lance. Estoy sin nadie porque la decisión de matarse ha de ser tomada en el monólogo solitario de un deseo amputado.
Sentado en el borde del acantilado soy atravesado por un lenguaje de piedra.
Sonidos hápticos de unos ojos hieráticos.
Sé que no es la primera vez que me siento justo en el borde de este acantilado. Pero no sé cuántas veces he venido. Quizá está sea mi segunda visita, quizá he venido más de un millón de vidas.
A pesar de todo, la pregunta más evidente
"¿Me inclino y me mato?"
no es la más importante
"¿Esto es el principio o es el final?"
Estoy sentado justo en el borde del acantilado.
Desde abajo se eleva el sonido de olas rojas estrellándose a lamentos contra las piedras más afiladas del abismo que contemplo.
Sé que sólo necesito una pequeña inclinación para caer y matarme, también sé que la gravedad está deseosa de hacer su trabajo.
Y lo más importante de todo.
Sé que no es la primera vez que me siento en el borde de este acantilado.
Reconozco el cielo violáceo sin estrellas ni luna que me aplasta desde arriba.
Reconozco la brisa pesada y salobre que me aplasta los costados.
Y por supuesto, reconozco el tajo brutalmente negro del acantilado que me aplasta desde abajo.
Sentado en el borde del acantilado soy una agonía silenciosa comprimida.
La sombra de una fresa licuada y exprimida.
Estoy sentado justo en el borde del acantilado. Y estoy en silencio.
Estoy callado porque no quiero escuchar palabras que disfrazan la esperanza de realidades; estoy aquí precisamente porque me disfrazaron la realidad con esperanzas.
Estoy sentado justo en el borde del acantilado. Y estoy solo.
Estoy solo porque no quiero tener a mi alrededor cuerpos que me griten que me lance y cuerpos que me chillen que no me lance. Estoy sin nadie porque la decisión de matarse ha de ser tomada en el monólogo solitario de un deseo amputado.
Sentado en el borde del acantilado soy atravesado por un lenguaje de piedra.
Sonidos hápticos de unos ojos hieráticos.
Sé que no es la primera vez que me siento justo en el borde de este acantilado. Pero no sé cuántas veces he venido. Quizá está sea mi segunda visita, quizá he venido más de un millón de vidas.
A pesar de todo, la pregunta más evidente
"¿Me inclino y me mato?"
no es la más importante
"¿Esto es el principio o es el final?"
Estoy sentado justo en el borde del acantilado.
jueves, 18 de marzo de 2010
El por qué del idealismo
En esta época de pragmatismo forzado, de deseos ligados a ipods, videoconsolas y coches caros con gps se usan con ligereza dos palabras hermanadas: idealismo. Idealista.
Probablemente si se pregunta al común de la gente sobre el significado de idealista, responderán que es la persona que persigue una idea o ideal.
No es desacertado en absoluto y sin embargo creo que es incompleto, ya que se dice lo que es, no el por qué se es.
Casi seguro que el atributo más humano de la persona después del lenguaje sea la curiosidad.
En la curiosidad se funde esa pequeña necesidad imperiosa que es la de otorgar sentido, orden o coherencia a las respuestas de los millones de "por qués".
Teniendo esto en cuenta, la persona va viviendo y la vida se suele enmarcar entre el deseo y la pérdida. El deseo que incita la curiosidad y la pérdida que trata de ser paliada por la necesidad de dar sentido.
Entonces, uno va sufriendo unas pérdidas y decidiendo otras.
Es altamente posible que si uno es capaz de seguir con libertad el hilo de su pensamiento y sus emociones, si es capaz de relajar la censura autoimpuesta a su inconsciente, llegue a un punto existencial determinante.
Uno se da cuenta de que la vida sólo propone, a fin de cuentas, dos salidas (tres si contamos la muerte). O bien uno se implica en algo (o en alguien) dejando parte de su esencia en proyectos o personas que, tarde o temprano, se acaban, se extinguen, mueren o se apagan dejando un hueco que llora sangre, o bien uno no se implica en nada, aliviando a corto plazo la angustia que siempre supone la pérdida (y por tanto, la vida), pero al precio de una autoalienación que comienza con una desidia y una apatía desnaturalizadoras y finaliza en un aislamiento brutal que sólo deja ver la nada deshumanizada de la que se compone el mundo cosificado, sin deseo ni color.
Es en este punto biográfico común, no por las circunstancias (que difieren según las vivencias y experiencias de cada cual), sino por el sentido ambivalente y desgarrador que encierra, donde sólo puede aparecer o el hombre (o mujer) apuñalado por la banalidad de la existencia o el idealista.
El hombre (o mujer) apuñalado por la existencia, a la larga, deja de saborear, puede incluso llegar a dejar de sentir si es que antes no se ha suicidado. Sus decisiones son superficiales y carentes de pasión y orientación. Se pierde a sí mismo en el abismo de objetos que antes eran recubiertos por las palabras. Esas mismas palabras que abrían la brecha de la incertidumbre y motivaban la curiosidad y el deseo. Resuelve el problema con una certeza no delirante y, precisamente por ello, más condenatoria. Ya no espera nada. Por eso acaba verdaderamente desesperado. Sólo se puede ver el gris cuando sólo se mira el vacío exclusivamente. El alma sólo puede volverse gris cuando se ha visto (o creído ver) todo, todas las cosas o todos los todos de la cosa.
En el otro extremo surge el idealista. Teñido las más de las veces de una fatalidad no por ello exenta de vitalismo.
Ese hombre (o mujer) que tanto gusta Reverte de incluir en sus novelas. El que se bate hasta el final porque ni hay otra cosa que hacer, ni elegiría otra si la hubiera.
El idealista surge porque en aquel punto existencial decidió lanzar un órdago de emociones anticipadas a la pérdida. Las pierde de antemano sin llegar nunca a tenerlas.
Da la impresión de ser un rebelde sin causa, o de que lucha por una causa perdida.
El idealista es Cyrano diciendo "¡Es más bello cuando se lucha inútilmente!".
El idealista es la persona que saca a la luz lo prohibido, que dice lo que no se puede decir.
El idealista es el que tomó la decisión de implicarse con todo su ser (a diferencia del hombre apuñalado por la existencia que eligió no implicarse jamás con nada).
Al idealista siempre le recubre cierto amargor, puesto que también llegó a ver el vacío, pero en lugar de callarse, intentó llenarlo con pensamientos, con ideas, emociones y palabras.
Por eso el idealismo si llega en la juventud otorga fuerzas y cohesión al mundo interno y, si llega en la madurez, hace florecer el alma en una policromía de crecimiento y posibles caminos para la realización, aunque ésta sea lo menos importante.
Los objetivos no importan, los proyectos no importan. Sólo importa el camino que acaba llevando a ellos, la idea que los recubre y con la que, inevitablemente, uno acaba identificándose y definiéndose.
Pienso que de ahí surge el idealista. No se trata únicamente de que persiga una idea o ideal, sino del sustrato ético que sostiene esa persecución.
Esa ética que sólo se desarrolla luchando contra la mayoría, hablando a oídos sordos, predicando en el desierto.
El idealista no quiere alcanzar la idea (aunque él mismo crea que ese es su objetivo).
El idealista lo que quiere, es encontrarse a sí mismo.
Probablemente si se pregunta al común de la gente sobre el significado de idealista, responderán que es la persona que persigue una idea o ideal.
No es desacertado en absoluto y sin embargo creo que es incompleto, ya que se dice lo que es, no el por qué se es.
Casi seguro que el atributo más humano de la persona después del lenguaje sea la curiosidad.
En la curiosidad se funde esa pequeña necesidad imperiosa que es la de otorgar sentido, orden o coherencia a las respuestas de los millones de "por qués".
Teniendo esto en cuenta, la persona va viviendo y la vida se suele enmarcar entre el deseo y la pérdida. El deseo que incita la curiosidad y la pérdida que trata de ser paliada por la necesidad de dar sentido.
Entonces, uno va sufriendo unas pérdidas y decidiendo otras.
Es altamente posible que si uno es capaz de seguir con libertad el hilo de su pensamiento y sus emociones, si es capaz de relajar la censura autoimpuesta a su inconsciente, llegue a un punto existencial determinante.
Uno se da cuenta de que la vida sólo propone, a fin de cuentas, dos salidas (tres si contamos la muerte). O bien uno se implica en algo (o en alguien) dejando parte de su esencia en proyectos o personas que, tarde o temprano, se acaban, se extinguen, mueren o se apagan dejando un hueco que llora sangre, o bien uno no se implica en nada, aliviando a corto plazo la angustia que siempre supone la pérdida (y por tanto, la vida), pero al precio de una autoalienación que comienza con una desidia y una apatía desnaturalizadoras y finaliza en un aislamiento brutal que sólo deja ver la nada deshumanizada de la que se compone el mundo cosificado, sin deseo ni color.
Es en este punto biográfico común, no por las circunstancias (que difieren según las vivencias y experiencias de cada cual), sino por el sentido ambivalente y desgarrador que encierra, donde sólo puede aparecer o el hombre (o mujer) apuñalado por la banalidad de la existencia o el idealista.
El hombre (o mujer) apuñalado por la existencia, a la larga, deja de saborear, puede incluso llegar a dejar de sentir si es que antes no se ha suicidado. Sus decisiones son superficiales y carentes de pasión y orientación. Se pierde a sí mismo en el abismo de objetos que antes eran recubiertos por las palabras. Esas mismas palabras que abrían la brecha de la incertidumbre y motivaban la curiosidad y el deseo. Resuelve el problema con una certeza no delirante y, precisamente por ello, más condenatoria. Ya no espera nada. Por eso acaba verdaderamente desesperado. Sólo se puede ver el gris cuando sólo se mira el vacío exclusivamente. El alma sólo puede volverse gris cuando se ha visto (o creído ver) todo, todas las cosas o todos los todos de la cosa.
En el otro extremo surge el idealista. Teñido las más de las veces de una fatalidad no por ello exenta de vitalismo.
Ese hombre (o mujer) que tanto gusta Reverte de incluir en sus novelas. El que se bate hasta el final porque ni hay otra cosa que hacer, ni elegiría otra si la hubiera.
El idealista surge porque en aquel punto existencial decidió lanzar un órdago de emociones anticipadas a la pérdida. Las pierde de antemano sin llegar nunca a tenerlas.
Da la impresión de ser un rebelde sin causa, o de que lucha por una causa perdida.
El idealista es Cyrano diciendo "¡Es más bello cuando se lucha inútilmente!".
El idealista es la persona que saca a la luz lo prohibido, que dice lo que no se puede decir.
El idealista es el que tomó la decisión de implicarse con todo su ser (a diferencia del hombre apuñalado por la existencia que eligió no implicarse jamás con nada).
Al idealista siempre le recubre cierto amargor, puesto que también llegó a ver el vacío, pero en lugar de callarse, intentó llenarlo con pensamientos, con ideas, emociones y palabras.
Por eso el idealismo si llega en la juventud otorga fuerzas y cohesión al mundo interno y, si llega en la madurez, hace florecer el alma en una policromía de crecimiento y posibles caminos para la realización, aunque ésta sea lo menos importante.
Los objetivos no importan, los proyectos no importan. Sólo importa el camino que acaba llevando a ellos, la idea que los recubre y con la que, inevitablemente, uno acaba identificándose y definiéndose.
Pienso que de ahí surge el idealista. No se trata únicamente de que persiga una idea o ideal, sino del sustrato ético que sostiene esa persecución.
Esa ética que sólo se desarrolla luchando contra la mayoría, hablando a oídos sordos, predicando en el desierto.
El idealista no quiere alcanzar la idea (aunque él mismo crea que ese es su objetivo).
El idealista lo que quiere, es encontrarse a sí mismo.
domingo, 7 de marzo de 2010
Nunca he querido competir
Nunca he querido competir.
Los triunfos de los demás son mis derrotas. Mis triunfos son mis derrotas. Mis derrotas son mis derrotas.
Nunca he querido competir.
Aunque fuera inevitable, inherente a la vida.
Nunca he querido competir.
Quizá para no explicitar el fracaso que late implícitamente dentro de la totalidad de mi ser.
A veces he pensado que no he querido competir porque eso me hacía diferente al resto, porque definía mi individualidad de una forma honorable. Pero, como toda moneda, tiene dos caras.
Nunca he querido competir por mi inseguridad manifiesta y ocultada. Por mi falta de talento. Por mi incapacidad para hacer frente a la autoridad. Por protegerme de mostrar mi fragilidad y mi incompetencia ante ojos ajenos. Por el miedo estrangulante a perder lo que aún no había ni habré ganado.
Llevo meses, quizá años, tratando de asumir las consecuencias de mi decisión. La soledad desoladora que me rodea y me atraviesa.
Dije alguna vez que los idealistas (entre los que me incluyo) eran peligrosos. No peligrosos para el bien social (ese es tristemente inamovible), sino peligrosos para ellos y los que les rodean.
El idealista acaba solo. Desterrado o esquizofrénico. Tanto monta monta tanto.
Y poco a poco abro los ojos ante la pérdida de una infancia demasiado fugaz como para haber podido atesorarla. La realidad que elijo no es otra que la del sarcasmo y la ironía, la que muestra en un impudor desangelado la crudeza que exige la vida como precio, la crueldad que la conciencia devora para mantenerte cuerdo (o loco).
Yo rehuyo la muerte y la vida me evita.
En un limbo de palabras desgajadas se instaura mi mundo, mi realidad que es cada vez más consciente de la pérdida que sufro.
Entre la silueta de una sombra disfrazada de mí pulsa una y otra vez, en un requiem de voces, la agonía que sólo puede ser producida por una afonía voluntaria.
No se puede decir todo.
No se debe decir todo.
Porque si se dice todo, entonces el mundo deja de existir. O tú dejas de existir. Tanto monta monta tanto.
Nunca he querido competir.
Lo cual no es óbice para estar vacunado contra los efectos de la comparación. Inferior a los que supuestamente eran tus iguales.
El miedo toma cuerpo. Se hace verdad. El temor a ver desde fuera el infierno melancólico que siempre vomito hacia dentro.
Un paso más hacia la muerte.
Un paso menos hacia la meta.
Los triunfos de los demás son mis derrotas. Mis triunfos son mis derrotas. Mis derrotas son mis derrotas.
Nunca he querido competir.
Aunque fuera inevitable, inherente a la vida.
Nunca he querido competir.
Quizá para no explicitar el fracaso que late implícitamente dentro de la totalidad de mi ser.
A veces he pensado que no he querido competir porque eso me hacía diferente al resto, porque definía mi individualidad de una forma honorable. Pero, como toda moneda, tiene dos caras.
Nunca he querido competir por mi inseguridad manifiesta y ocultada. Por mi falta de talento. Por mi incapacidad para hacer frente a la autoridad. Por protegerme de mostrar mi fragilidad y mi incompetencia ante ojos ajenos. Por el miedo estrangulante a perder lo que aún no había ni habré ganado.
Llevo meses, quizá años, tratando de asumir las consecuencias de mi decisión. La soledad desoladora que me rodea y me atraviesa.
Dije alguna vez que los idealistas (entre los que me incluyo) eran peligrosos. No peligrosos para el bien social (ese es tristemente inamovible), sino peligrosos para ellos y los que les rodean.
El idealista acaba solo. Desterrado o esquizofrénico. Tanto monta monta tanto.
Y poco a poco abro los ojos ante la pérdida de una infancia demasiado fugaz como para haber podido atesorarla. La realidad que elijo no es otra que la del sarcasmo y la ironía, la que muestra en un impudor desangelado la crudeza que exige la vida como precio, la crueldad que la conciencia devora para mantenerte cuerdo (o loco).
Yo rehuyo la muerte y la vida me evita.
En un limbo de palabras desgajadas se instaura mi mundo, mi realidad que es cada vez más consciente de la pérdida que sufro.
Entre la silueta de una sombra disfrazada de mí pulsa una y otra vez, en un requiem de voces, la agonía que sólo puede ser producida por una afonía voluntaria.
No se puede decir todo.
No se debe decir todo.
Porque si se dice todo, entonces el mundo deja de existir. O tú dejas de existir. Tanto monta monta tanto.
Nunca he querido competir.
Lo cual no es óbice para estar vacunado contra los efectos de la comparación. Inferior a los que supuestamente eran tus iguales.
El miedo toma cuerpo. Se hace verdad. El temor a ver desde fuera el infierno melancólico que siempre vomito hacia dentro.
Un paso más hacia la muerte.
Un paso menos hacia la meta.
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