Mostrando entradas con la etiqueta Introspección. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Introspección. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de marzo de 2010

Nunca he querido competir

Nunca he querido competir.
Los triunfos de los demás son mis derrotas. Mis triunfos son mis derrotas. Mis derrotas son mis derrotas.
Nunca he querido competir.
Aunque fuera inevitable, inherente a la vida.
Nunca he querido competir.
Quizá para no explicitar el fracaso que late implícitamente dentro de la totalidad de mi ser.
A veces he pensado que no he querido competir porque eso me hacía diferente al resto, porque definía mi individualidad de una forma honorable. Pero, como toda moneda, tiene dos caras.
Nunca he querido competir por mi inseguridad manifiesta y ocultada. Por mi falta de talento. Por mi incapacidad para hacer frente a la autoridad. Por protegerme de mostrar mi fragilidad y mi incompetencia ante ojos ajenos. Por el miedo estrangulante a perder lo que aún no había ni habré ganado.

Llevo meses, quizá años, tratando de asumir las consecuencias de mi decisión. La soledad desoladora que me rodea y me atraviesa.
Dije alguna vez que los idealistas (entre los que me incluyo) eran peligrosos. No peligrosos para el bien social (ese es tristemente inamovible), sino peligrosos para ellos y los que les rodean.
El idealista acaba solo. Desterrado o esquizofrénico. Tanto monta monta tanto.

Y poco a poco abro los ojos ante la pérdida de una infancia demasiado fugaz como para haber podido atesorarla. La realidad que elijo no es otra que la del sarcasmo y la ironía, la que muestra en un impudor desangelado la crudeza que exige la vida como precio, la crueldad que la conciencia devora para mantenerte cuerdo (o loco).

Yo rehuyo la muerte y la vida me evita.
En un limbo de palabras desgajadas se instaura mi mundo, mi realidad que es cada vez más consciente de la pérdida que sufro.
Entre la silueta de una sombra disfrazada de mí pulsa una y otra vez, en un requiem de voces, la agonía que sólo puede ser producida por una afonía voluntaria.
No se puede decir todo.
No se debe decir todo.
Porque si se dice todo, entonces el mundo deja de existir. O tú dejas de existir. Tanto monta monta tanto.

Nunca he querido competir.
Lo cual no es óbice para estar vacunado contra los efectos de la comparación. Inferior a los que supuestamente eran tus iguales.
El miedo toma cuerpo. Se hace verdad. El temor a ver desde fuera el infierno melancólico que siempre vomito hacia dentro.
Un paso más hacia la muerte.
Un paso menos hacia la meta.

viernes, 29 de enero de 2010

Sobre la muerte y el tiempo (I)

El tiempo me envuelve como el más suave de los vestidos.
Poco a poco, capa tras capa, se va desmenuzando y cae inevitablemente al suelo.
Los años, las horas, los segundos son hojas muertas que van formando una montaña en torno a mis pies.
Y el tiempo me va desvistiendo hasta que, desnudo, me tocará enfrentarme a la muerte.
Porque sin tiempo sólo existe la muerte.
Y cada capa que va cayendo, cada hoja que se va amontonando es una pequeña muerte. Quizá para que siempre sea consciente de mi propia desnudez.

Y el tiempo son los amigos que se van y la brecha que se abre en el pecho al no poder impedir la partida. Son los padres que mueren y que no puedes imitar. Son los besos de una mujer que ve en tus ojos el niño que eres.
El tiempo es todo lo que llega y no vuelve.

El tiempo, al vestirte, te engaña; susurrándote con los primeros segundos que no estás solo. Pero mientras se desprende de tu cuerpo como la costra de una sonrisa, sientes la punzante soledad que otorga la vida. Y yo me pregunto, si la soledad es la vivencia más propia de la locura ¿estoy loco? ¿Estoy loco por estar solo o estoy solo por estar loco?

y el tiempo se deshace en pérdidas de personas. Porque el tiempo es todo lo que te toca y no se queda. Es todo lo que te roza y te araña.
El tiempo me desnuda para entregarme a la muerte.
Y me entrega loco.
Y me entrega solo.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Sobre el amor y el deseo

Se dejó llevar por el infierno negro que creyó que le definía.
Y la profecía lacaniana golpeó con todo su peso. "El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no es".
El no tenía nada excepto una sima oscura entre sus palabras y sus deseos, como todos.
Sentía que necesitaba llenarla, taparla, completarla, rellenarla de tal forma que las palabras fueran deseos y los deseos, palabras.
En su caso intuía que el deseo golpeaba más fuerte. Las emociones chillaban breves y eternas. Sus imágenes sólo eran los colores de lo que sentía.
Y, como la profecía anunciaba, se acercó a alguien que no era. Alguien que no era quien llenaría su abismo, que no rellenaría su brecha, porque nadie podía.
Pero ella era todo lo que él creía no ser.
Tan bonita, tan preciosa, tan bella.
Lamentablemente, la belleza exige que todo lo que quiera ser considerado bello ha de tener su imagen y semejanza.
La belleza, como todas las ideas, da seguridad a cambio de arrebatar libertad.

Y la chica bella que él creyó que completaría su falta hizo lo que no podía dejar de hacer. Le pidió que cambiara.
Le exigió ser el ideal que ella encarnaba. Sólo cambiar de aspecto.
Pero al cambiar de aspecto, se cambia la estructura, ya que al cambiar la estructura, se cambia el aspecto. Todo cambio cambia algo dentro y fuera.
Y él sintió el infierno negro que le definía y le nombraba inundar sus ojos como años antes inundó su mente, porque había dos mordiscos desgajando su conciencia.

El primer mordisco era un aullido.
El, que había pasado toda su vida tratando de conocerse sin atreverse a conocerse, que había leído tantos libros fuera que ya no le quedó más remedio que empezar a leerse por dentro, que tras años de rabia y llanto empezaba a aceptar parte de su esencia, ahora se veía empujado a renunciar a la única parte de la que le era imposible desprenderse. De sí mismo, de todo.
No quería disfrazarse de alguien que no era porque lo poquito que él aceptaba ser contradecía la belleza y la fealdad, el orden y el desorden. Contradecía cualquier idea, ya que lo poquito que él descubrió ser era ser libre. En un sentido minúsculo, casi inexistente, sí, pero libre al fin y al cabo.
El cambio que le exigía el amor entendido según la chica lo privaba de lo único que había tenido.

El segundo mordisco era una súplica.
Si, a pesar de todo, él lograba cambiar (cosa improbable puesto que el cambio no se exigía desde dentro, sino desde fuera), ¿ella no se daba cuenta de que entonces no tendría sentido estar juntos? Puesto que habría tapado la brecha convirtiéndose él en lo que él mismo deseaba y, por tanto, a ella no la necesitaría. Es evidente que en ese momento se abriría otra sima, porque el deseo no se apaga hasta que se muere, pero entonces ella tampoco sería capaz de llenarla porque el deseo no la buscaría a ella, sino a otra persona que APARENTEMENTE tuviera la cualidad anhelada, y, desde luego, dicha cualidad ya no sería la belleza.
Si se convertía en lo que no era, no sentiría ya nunca más amor por ella.

Y justo en el medio, perdido en la selva de cuchillas que es el deseo, atrapado en el museo inerte que son las palabras, se debatía entre el aullido y la súplica. Entre ella y él. Entre él y su abismo.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Ella

Tumbada en la cama piensa en sus acciones, en su vida.
La melena morena rodea su cabeza como un agujero caliente, anhelante; mientras sus manos retuercen las sábanas en un aullido háptico.
Y entonces es cuando sus ojos se disuelven en agua y sal.
Su llanto es vómito.
Vomita la primera caricia de su madre, el primer abrazo de su padre. Las decepciones con sus amigos y su familia, los besos de todas sus relaciones.
Vomita sexo y recuerdos, admiración y odio.
Y cuando ya está vacía, vomita por ella misma.

Y tiene el cariño de sus amigos, el amor de su pareja, el incentivo ardiente de su vocación. ¿Por qué no puede disfrutar?
Porque en su interior, arrinconado entre axones de neuronas y glóbulos rojos hay un abismo negro, oscuro y feo, que no se llena, que no se entiende. Que duele.
Allí late sordamente su pasión por la existencia, por el mundo y por la gente, agonizante tras años de vida y realidad social.

Ella no es nadie.
No se puede ser alguien en esta soledad desesperada.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Rabia

Es curioso cómo uno no para de recoger los fragmentos de su ser dispersados por el suelo (parecen los vestigios de una carnicería con ensañamiento), para volver a reventarlos otra vez contra el mismo.
Y así hasta el infinito.

Hay días en que uno odia a todo el mundo, a todas las cosas. Y no existe forma de escapar, porque ni el acto más abyecto ni la venganza más fría son capaces de llenar el vacío abisal que late en tus entrañas.
Y la rabia te corroe por dentro, envenenándote, consumiéndote, derritiéndote de dentro afuera.
Y ya no importan las causas, ni las correlaciones que tienen emociones con conductas o con pensamientos. No importa el inicio, ni si tiene un final.
Sólo existe ese sabor granate entre los dientes, ese relámpago rubí que atraviesa tus sienes.
Sólo existe la puñalada sangrienta que los gritos asfixiados antes de empezar asestan a tu corazón,
la marea escarlata en que se han convertido tus deseos, tus principios morales y tus ojos,
sólo existe el color rojo.
El daltonismo inverso de la rabia.

Hay días en que uno entiende dolorosamente el concepto de pulsión, cuando únicamente ansía que el asfalto trague cualquier vestigio de vida, que el azufre tiña de ocre cualquier aliento de esperanza sólo para tener algo por lo que llorar, sólo para que la devastadora sensación de rabia se ligue a algo decente, salga de ti, tenga un puñetero sentido.
Y evalúas muy seriamente el suicidio, pero te asustas. No por ti (al contrario, para ti sería maravilloso), sino por lo que pasará cuando ese universo de furia que está aplastado entre tus huesos y músculos como una parodia trágica del Big-Bang se libere. ¿Habrá algún otro ser viviente capaz de aguantarlo? ¿O se dispersará en una oleada roja repartiendo justicia y miseria por todo el planeta?
Si pasa lo primero, lo poco de humanidad que te queda se retuerce en una caricatura de compasión. Si pasa lo segundo, ya estarás muerto para verlo y entonces no podrás llorar.

Hay días en que el infierno te define y te arropa. Días en que el infierno te muerde y te justifica. Porque el infierno es la cólera, la ira, la furia, LA RABIA. Rojas y ardientes como el mayor sueño erótico de Satanás.
Hay días en que te avergüenza pertenecer a la raza humana. Rabia.
Hay días en que beberías sangre sólo para sentir algo real. Rabia.
Hay días en que te desintegrarías en una blasfemia brutal. Rabia.
Hay días en que te inyectarías aire en las venas sólo para subir hacia abajo. Rabia.
Hay días en que no te queda alma, sólo lava, piedras fundidas, esperanza licuada. Rabia.

Sí, hay días así.
¿Pero qué haces si así son TODOS los días?

domingo, 9 de agosto de 2009

Entre los mitos de la familia

Y me entra una incomprensible melancolía.
Un espectro del recuerdo de épocas pasadas, que no viví, pero que parecían más sencillas, quizá precisamente porque no las viví.
Me da la impresión de que esas épocas parecen más reales.
Creo que porque no había tanta electrónica para captarlas. No había teléfonos móviles, ni videocámaras, ni internet. Las fotos eran en blanco y negro y los libros tenían ese encanto especial de las antiguas imprentas.
Pienso que eran más reales porque sólo se veían con los ojos de quien las vivía.

Ahora la realidad es un monstruo de mil ojos, cada uno viendo algo diferente de la misma nada.

Y allá a lo lejos, en la periferia de mi memoria, veo la habitación de esa casa de pueblo, antigua, misteriosa. Con todo por descubrir. Repleta de garrafas de aceite para hacer jabón, de libros antiguos ya desencuadernados, de baules de ropa para trabajar en el campo.
Y veo a mi abuela respondiendo que la guerra fue muy mala a la pregunta curiosa de un crío inconsciente. Me veo acompañándola al corral y veo los conejos, los perros, las gallinas y los pavos. La vida y la muerte, la jaula y el mar.

Me veo envuelto en las brumas de una infancia no saboreada.
Me veo surgiendo de orígenes sencillos. Campesino en el alma, obrero en los hechos. ¿Cómo no me va a gustar el rojo cuando he nacido de la sangre y me he definido en un atardecer que ahora empieza a amanecer?

Pero están los mitos familiares. Las figuras ensalzadas como los cristos de cada casa. Idealizados y, precisamente por eso, mutilantes y condenatorios, porque el amor real muerde besando y acaricia apuñalando.
En esos mitos se engloban lo que uno DEBERÍA pensar y sentir, lo que uno TENDRÍA que hacer, como uno HABRÍA de ser.
Pero son inalcanzables.
Porque sólo son ideas.
La persona que las representaba murió (real o simbólicamente) tiempo atrás.

Soy mitad campo, mitad mar. Cargando las cruces de mis mitos, huí, como la inmensa mayoría.

Entre la austeridad y la apariencia, el trabajo y el honor, la tenacidad y el riesgo, la lealtad y la discreción, trato de sobrevivir.
Trato de reconocerme entre esos mitos y mi lujuria, mi pasión, mi inconformismo, mis miedos.

Todo mi ser es un síntoma que carga con todos los DEBERÍA de mi familia, y a la vez intenta expresar lo que REALMENTE contiene.
Paradójico.
Tenso.
Contradictorio.

Doloroso.

viernes, 24 de julio de 2009

Atravesé millones de estrellas abrasándome el corazón en cada una de ellas.
Me ahogué en océanos de lágrimas habiendo llorado cada uno de ellos.
Para llegar a... nada.
Para sentirme... vacío.
Dependiente de cada una de las personas a las que consideré valiosas, pero disfrazándome de independencia, de una fortaleza hueca.

Tras incontables modelos sociales de héroes, de resistencia y abnegación, de superación, de seguridad inquebrantable y autoestima inflexible, de resolución y adaptación y éxito y admiración... Me encuentro a mí mismo.
Antítesis de todo, reverso oscuro del ideal. Un niño consciente de que lo es y no debería serlo.
Físicamente autorrechazado.
Moralmente automutilado.
Espiritualmente autocompasivo.
Y en mi autocastigo encuentro mi salvación y mi condena.

Engarzada en azul está mi desesperanza.
Y mi alma es un fundido inevitable hacia el negro.
Alienado en el sentido espiritual y social.

No soy nada, tampoco soy nadie. No quiero serlo, de todas formas ¿o sí?
Apagado en la incomprensión que he creado y que estaba antes que yo.
Sólo quiero gritar de pena, llorar de rabia, expresar emociones culturalmente prohibidas.
¿Es que necesito estar a punto de morir para sentirme vivo? ¿Qué estoy buscando? ¿Qué pretendo encontrar? ¿El cariño de los otros, el respeto de mí mismo, el éxito social? No lo sé, quizá todo, quizá nada en absoluto.

Me disuelvo en una elegía inacabada.
Me recreo en la indiferencia de mi mirada (escudo de lo muchísimo que me importa lo invisible).
Me retuerzo en un espasmo indescriptible de sentimientos, de ideas decapitadas antes de ser habladas.

Trastornado, imposible, retorcido, mentalmente enfermo.

No tengo lo que quiero y eso me hace fracasadamente dependiente.

Estoy roto por dentro otra vez, pero la cuestión es ¿he dejado de estar roto alguna vez?

No No No No No No NO NO NOOOOOOOOOOOOOOOOO.

martes, 30 de junio de 2009

La consecuencia del silencio

Solo.
Me siento solo.
Solo ante la comprensión. Solo ante uno de los incontables lados de la verdad.
Es una pequeña parte del precio que pago.
El precio de no saber argumentar "racionalmente", el precio de la sinceridad, el precio de tomar partido en contra de lo establecido, el precio de no manejar la diplomacia de salón, la política de la mayoría.

Y te tachan de anárquico. Te tachan de antisistema, de idealista, de inexperto. No sirven tus argumentos porque no tienes la capacidad de generarlos ante oídos ajenos.
Y no puedes dejar de ver lo que has visto, de creer en lo que sientes.
Porque has llegado allí atravesando lo que otros están experimentando y dan por supuesto, porque lo probaste y viste que no te llenaba, porque tuviste la decencia de reconocer tu propia ignorancia.

Inútil.
Me siento inútil.
Inútil ante los demás y, sobre todo, inútil ante mí mismo. Inútil no por no persuadir, sino por no motivar a la reflexión.
Es una gran parte del precio que pago.
El precio de no castigarme (que acaba castigándome), el precio de insistir (que acaba anulándome), el precio de defender mis convicciones (que acaba por convertirse en el precio de defenderme a mí mismo).

Y te tachan de poco realista, de inmaduro, de utópico.
Te tachan de subversivo porque tratas de ayudar pensando otra cosa, porque tratas de crecer a partir de tu propia experiencia, porque negaste la autoridad al descubrir que no había una única verdad absoluta que pudiera y pidiera ser defendida, ser reconocida.

Para ti era evidente. Para el sistema, inaceptable.
Y fuiste definido como desobediente en lugar de aventurero, como peligroso en lugar de comprometido.

Pero sólo son palabras, como las que tú dices. Si las tuyas tienen el mismo peso que las suyas, entonces o las suyas no pesan nada o las tuyas, demasiado.

Y cuando ya no lo soportas más, decides tomarte un respiro y callar.
Como yo ahora, callado, hastiado, inútil y solo.
Sin embargo, hay un problema. El silencio es arriesgado. El sistema respira tranquilo porque te has callado, pero no puede silenciarte. Ya nada puede conseguirlo porque lo que viste, lo que creíste, ha pasado a formar parte de ti, de tu cuerpo y tu mente.
Y si no puede hacerte callar, pero ya estás harto de pronunciar palabras, haces lo que inevitablemente te han obligado a hacer:

Actúas.

La consecuencia del silencio es el movimiento.
Que es, precisamente, lo que todo sistema trata de evitar reprimiendo, aplastando, despreciando, silenciando.

La consecuencia del silencio es el principio del cambio.

Me alegro de estar callado.

viernes, 17 de abril de 2009

Aún no recuerdo mi asesinato

Aún no recuerdo mi asesinato.
Todo... se diluye... en un mosaico de sensaciones.
La perversidad tampoco tiene un rostro definido.
Al esperar pasivamente, al desnudarte en palabras vas muriendo a mordiscos.
Recuerdo llorar callando y callar llorando.
Recuerdo haber buscado un nombre para mi dolencia,
para mi autoconciencia,
para mi vida.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Nada... define... la brecha mental que no deja de sangrar,
el deseo insaciable que a veces regurgita respuestas,
pues por las venas no corre sangre;
sólo tinta, sólo lluvia.
Las balas de espejo, los puñales de hipocresía te van matando a naufragios.
Recuerdo gritar desnudo y desnudarme gritando.
Recuerdo tener en mis manos, tus manos
en mis ojos, tus ojos
en mi boca, la tuya.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Todo... se retuerce... en una serpiente de agujas.
En una odisea de remolinos.
Trozos de piezas, fragmentos de fracciones.
Al comerte en latidos, al devorarte en razones vas muriendo en desgarrones.
Recuerdo vivir sangrando y sangrar viviendo.
Recuerdo intentar reirme de la risa,
de lo real y lo personal,
de lo eterno y lo mortal.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Nada... se inventa... salvo el alma en el alma,
el color en el beso,
la mar en el suspiro y el océano en la caricia.
El diluvio en su sonrisa y el vendaval en su mirada te van matando a tormentas.
Recuerdo arder gimiendo y gemir ardiendo.
Recuerdo fundir el tiempo en tus labios,
descubrir el mundo en nuestra cama,
navegar en tu pelo,
perderte y encontrarte.
Y aún no recuerdo mi asesinato.

domingo, 15 de febrero de 2009

En el centro del laberinto

Tras la sensación de eterna incoherencia en la que se convierte, o quizá yo he convertido, mi mundo.
Tras el velatorio por mi amor propio y el funeral de mi autoconcepto.
Tras las críticas vacías que me atacaron. Tras la pequeñez de mi existencia.
Tras la jaula en la que me ha encerrado la vergüenza que jamás dejé de sentir hacia mí mismo.
Tras la estupidez que me define.
Tras el llanto inevitable con el que hablaba.
Tras las palabras arrancadas de mi alma y los deseos asfixiados en mi fantasía.
Tras mis incontables errores.
Está el centro de un laberinto de prejuicios y frustraciones, de rabia macerada a lo largo de toda una vida, de nulidad como rasgo innato de personalidad.
Y soy incapaz de encontrar la salida.

La boca tan grande y negra de mi ignorancia que me ha devorado tantas veces.
El silencio al que he condenado mis opiniones y mis principios.
La falta desesperada de sentido, de humildad, de mí mismo que ha mutilado mi alma.
El frío egoísmo psicopático del que han nacido todos mis miedos.
La hiel amarillenta con la que he cubierto mi corazón para protegerlo de lo que es imposible defenderse.
El vacío donde he elegido vivir y marchitarme.
Las consecuencias imparables de mi ausencia de decisiones, que decidí llevar a cabo.
La nada que me nombra como loco y me explica como infinitamente furioso.
Me conducen al centro de un laberinto de culpa y subversión, de raptos constantes de lo único bueno que me quedaba, de mi propia violación perpetua y dolorosa.
Y no sé si existe la salida.

Antes del principio de mi infancia, postergada y condenado a repetirla.
Antes de mi incapacidad de amar y comprender.
Antes de la violencia que aulla por salir. Antes de que se acaben mis reservas de empatía.
Antes de que mis ojos se nieguen a mirar a la muerte a la cara.
Antes de la autocompasión sellada a mis elecciones.
Antes del asesinato de mi esencia a manos de mi arrepentimiento.
Antes de olvidar cómo besarte.
Antes del suicidio por motivos equivocados.
Siempre me esperará el centro de un laberinto de pasiones compartidas y lujuria por la vida, de rebeldía soldada a mi idealismo incondicional, de amistad construida contracorriente. De ti y de mí en un grito de primavera eterna.
Y no quiero encontrar la salida.

La música manda:

These Colours don´t Run (Iron Maiden)
The Longest Day (Iron Maiden)
The Legacy (Iron Maiden)

Más libros, más libres:

Introducción al Pensamiento Complejo (Edgar Morin)

domingo, 25 de enero de 2009

Me reflejé en espirales

Momentáneamente me perdí en la claridad creciente de la inconsciencia.
Me perdí en la alquimia de mis propias ansias, en la certeza fracasada de la ignorancia.
Buscando el suicidio encontré la música y con ella, el deseo y con él, mi vida.
Me reflejé en espirales de aguamarina construyendo delirios de grandeza que jamás se cumplirían.
Maldije la sociedad hasta que los insultos se convirtieron en fango entre mis dientes.
Viajé al corazón de los dragones que tejen la rabia, al ocaso infantil del tiempo.
- Cambiaré el sistema, cambiaré el mundo - Me decía intentando ocultar que mi objetivo había sido siempre cambiarme a mí mismo.
Provocaba peleas para ganarlas perdiendo, y Cyrano me susurraba al oído "Es más bello porque es inútil".
Presumí de mis carencias exagerándolas hasta la hipérbole. No me percaté de que lo hacía como defensa y se volvió contra mí. Mi terapeuta lo bautizó como mi eterna inseguridad.
Comparé y no sirvió de nada. La envidia me deshollaba al ver a personas mejor situadas que yo y el remordimiento me devoraba al contemplar a gente peor parada que yo.
Mi alma se deshizo en palabras que nadie escuchó, que nadie leyó y que todo el mundo repetía sin saberlo.
Me reflejé en espirales de ónice pintando la muerte con besos.
Agonicé en autocompasión hasta que mi imagen se oxidó entre mis manos.
- Me odio, me detesto, me doy asco - Me gritaba evitando saber que me amaba, pero no lo aceptaba.
Atravesé el umbral del palacio donde moraban los dioses de la locura, me arrodillé y pedí su bendición.
Desgarraron mi pecho con promesas ilimitadas, mi espalda con carcajadas en forma de lágrima, mi rostro con infiernos de lealtad.
Recuerdo que me vestí con los labios de un adolescente. Mi idealismo se licuaba en mis ojos como la sangre en una navaja.
Volé a lomos del viento intentando volcar las estrellas, pero mis brazos se abrasaron en una elipse de carne humeante. Y no me importó.
Conté tres veces los granos de arena de un desierto y tres veces reventé mis valores, mis principios.
Me reflejé en espirales de turmalina entregándole mi esencia.
Exploté en alaridos hasta que mi lujuria se convirtió en un océano que desgajó mi realidad en billones de realidades más complejas.
- ¿Por qué? ¿Por qué? - Me preguntaba ignorando que ya sabía la respuesta.
Habité en el reino del olvido navegando entre recuerdos ajenos.
Supliqué tu corazón y conseguí mi comprensión. Así que seguí delirando hasta consumirme en un abismo de plenitud. Y de repente todo el mundo chillaba en mis oídos.
Me gritaron que dejara de pensar, me exigieron que dejara de soñar, me prohibieron imaginar, crear, nombrar.
Y entonces supe que en ese momento acababa de morir.

sábado, 25 de octubre de 2008

Mi primer beso...

En los libros lo describen como puro, limpio, romántico. En las películas lo muestran como dulce, pulcro, inocente.
Pero en mi caso no fue así y creo que arrastro sus consecuencias.

Mi primer beso fue indecente, corrupto, ansioso, amargo, obsceno y, ante todo, culpable.

No consigo deshacerme de ella. Me arrastra, creo que me alimenta, que me impulsa.
Nací de ella, como todos, pero a diferencia de muchos no trato de negarla, al menos ya no.
La lujuria me atrapa y, precisamente por eso, me define.

Y allí estaba yo, con apenas quince años y la lascivia tatuada en el alma, frente a unos labios desconocidos y un rostro borroso en mi excitación.
Y busqué esos labios ajenos con los míos, pero no había inocencia, sólo ganas y una atracción irresistible desde la parte más incomprensible de mi ser.
Los encontré. Entonces toda mi sangre inundó mi entrepierna y mi cerebro se rompió con su textura, descuartizado a cuchillazos de libido.
Y nuestras bocas se abrieron y nuestras lenguas se exploraron. Me sentí como el hombre que descubre un secreto hundido en el olvido; y me sentí vivo, completo. Pero no me completaba la otra persona sino la satisfacción de mi lujuria. Allí vi su cara por primera vez y supe que la había buscado desde que entendí que yo era un ser diferente al mundo que me rodeaba.
Y sólo saboreaba el color rojo de la sangre, de la lengua, de los pezones y de la parte interna de los genitales, todo lo saboreaba en ese beso.
Y sólo sentía latigazos de color rojo por todo mi cuerpo. Y sólo veía saliva de color rojo ante mis ojos. Me zambullí en ella y encontré un millón de puñales rojos que se bebían mi sangre roja, mientras mis dientes rojos mordían una lengua roja que no era la mía y mis labios rojos sellaban la única salida.

No había pureza en ese beso, sólo deseos de arrancar la ropa a la chica que me lo regalaba y que se convertiría en una de las losas más pesadas que habría de cargar en mi vida. Y después de la ropa, desgarrar sus pechos con las manos, su cuello con mis dedos, su espalda con mis puños y su sexo con mis uñas sin separar mi boca de la suya, para descubrir cómo la parte más física se entrelaza con la más espiritual en un orgasmo de sangre y preguntas, de fluidos y pensamientos, de gemidos y lágrimas. De chillidos y respuestas.

Y me sentí culpable. Culpable por sentir eso, por desearlo. Pensaba que era horrible que la lujuria viviera a través de mí, pensaba que todo había empezado con ese beso.
Pero ahora veo que con ese beso no comenzó nada. Ese beso era inevitable.
Estoy seguro que con otra persona y en otras circunstancias el resultado habría sido el mismo.
Así que me envuelvo en mi lujurioso desenfreno y dejo que me arrastre, porque, al fin y al cabo, soy yo quien se arrastra a sí mismo.
Lo acepto.

¿Por qué voy a cambiar la fuerza donde nacen los sentimientos que me hacen humano, que me obliga a aferrarme a la vida?
¿Por qué voy a cambiar la esencia que me da mi lugar en el mundo, que me da la posibilidad de comprenderme a mí mismo y a mi entorno?

Ya no la niego.
Me siento culpable, porque lo soy.
Perdón, no puedo evitar decirlo con orgullo.

viernes, 17 de octubre de 2008

Pensamientos V

Creo que al final no somos más que niños malcriados suplicando atención, objetos banales o contacto físico.
Nuestra tolerancia a la frustración desciende a medida que vamos madurando.
Cuando la realidad social nos arrebata hasta lo más íntimo de nuestro ser.

Te miras al espejo y te das asco. Te odias cada segundo de tu vida. ¿Por qué? y no quieres saber la respuesta. Demasiado caliente, demasiado cierta.
Vomitarías todos los recuerdos, violarías todos los sueños sólo para negarte a ti mismo.
Has deshollado todas tus capas y en el núcleo sólo hay vacío. Vamos, niégalo.
Ignorar el sufrimiento no hace que deje de existir, eso ya lo sabías, así que te nutres de él para enterrarte a ti mismo.

Tienes, quieres. Te arrebatan, te suicidas.

Malhallada rabia que te hace consciente. Malnacido rencor que te obliga a amar. Maldita fachada que te exige aparentar.
Implosionas en un acorde mayor y renaces en menor. Y te detestas y te arrancas el alma a hachazos de sarcasmo y no te encuentras y lloras escupiendo saliva por los ojos y suplicas ante un ídolo disfrazado de Armani y te revientas la cabeza contra el suelo, una vez y otra y otra, hasta que solo queda una pulpa sanguinolenta donde agonizan tus pensamientos mientras los estertores de las emociones se acoplan a tu indiferencia.
Y desapareces.
Y...
Y no ha cambiado nada.

martes, 14 de octubre de 2008

The last Unchanged

Everything flows.
All the things, all the feelings, all the thoughts flow; they flow around and into us. They change us like a kiss change the soul, just like if we were water and they were cold and iron.
We insist that we are the force which moves the world, but we can´t understand that maybe we were only one of the many consequences that have been produced by the real forces of the world.
We are totally egocentric. We believe that ourselves are the God´s heart, while passions flow.
We are totally narcissistic. We think that the whole universe is our mirror, while conciousness flow.
We are totally deliriuos. We feel that mountains, forests, oceans and deserts are our servants, while death flows.
We are totally insane. We making love with ourselves while colours, heaven, hell, nations, people and secrets flow.

Our freedom is one of the last unchanged, like our madness or our shouts, because we always have to be fighting for them to keep them alive, and, while we wait the death, maybe we know that we are totally innecesary and that finally will make us completely human.

P. D: Mi primer post en inglés. Tengo que practicar y por eso lo hago. Pido disculpas por los horribles fallos gramaticales y ortográficos que haya podido cometer.

lunes, 28 de julio de 2008

Frágil, punzante

Algo había que hacer, así que eligió la opción que parecía más sensata.
Su corazón era de cristal, frágil y transparente.
En su infancia estuvo a punto de rompérsele en más de una ocasión. Una vez incluso llegó a mellarse un poco y aún tenía la grieta que lo cruzaba verticalmente, recuerdo de su primera batalla contra la vida.
Mientras crecía se dedicó a construir una coraza más dura que el odio y tan alta como su miedo.
Aisló su corazón de la gente, del mundo y de él mismo.
Mientras pasaba el tiempo, su cuerpo vivía, pero su mente no aprendía. Volvía a caer en los mismos errores estúpidos de su niñez.
Atrapado en un crucero de omisiones, la coraza se tornaba tan gruesa como el mundo.
Cientos de bocas gritaban en sus entrañas y engullían su autoestima, pero no le afectaba.
Su corazón era de cristal, delicado y decorativo.
Poco a poco se olvidó de cómo era sentir, del sabor de la tristeza y del fuego de la alegría.
Se volvió incoloro como el gris, irreal como las alucinaciones.
Veía su existencia intangible, risible, insípida. Era un concierto de silencio.
Sin sueños, sin emociones, sin identidad, sin sentido. Y todo por seguir la opción que parecía más razonable. No siempre lo adecuado es lo racional.
Pero eso se aprende siendo descabellado, como el odio; incongruente, como el miedo; ilógico, como la compasión.
Su corazón era de cristal, frío e inerte.
Observaba a la gente vivir. Se fijaba que en todos había cierta chispa en los ojos que no podía nombrar, pues él nunca la había poseído.
Preguntó y preguntó sobre cómo conseguir esa gota en la mirada y no obtuvo respuesta.
Agotado se dejó caer en el suelo. Un anciano milenario se sentó a su lado.
- Uno sólo siente plenamente cuando le destrozan el corazón al menos una vez en la vida. - Dijo.
Y el anciano se fundió con el suelo en un charco de ironía.
Asombrado se irguió a contraluz.
Comenzó a demoler la coraza con lágrimas que rebasaban lo imaginable, delante de todos, sin pudor; con alaridos que desgajaban el autocontrol.
Capa tras capa, su blindaje se tornaba más pequeño y más fino y en el remolino de emociones vivió por primera vez.
Ahí estaba. Un corazón de cristal apenas mancillado, apenas utilizado.
Y con una rabia largo tiempo olvidada lo golpeó.
Y estalló en millones de átomos de dolor.
Y se consumió con placer disfrutando la victoria de la agonía.
Y se liberó.
Su corazón era de cristal, punzante y sangrante.

La música manda:

Over and Under (Egypt Central)
Savin´me (Nickelback)
So far away (Staind)

Más libros, más libres:

La historia interminable (Michael Ende)

miércoles, 18 de junio de 2008

La pieza que no encaja

Definitivamente, no encajo.
No me encuentro cómodo, no estoy agusto.
Pensaba que cuando consiguiera esto, todo iría más o menos recto, o por lo menos, todo estaría más claro.
Cuánto me equivocaba.
La infinitud de mi ignorancia se hace más patente con cada día que pasa.
No sé absolutamente nada de mi profesión y como eso me desmotiva muchísimo (cosas del autoconcepto) no hago nada por subsanarlo.
¿Necesitaré ayuda de mi propio gremio?
En mi centro de trabajo no hay buen ambiente, tampoco es que se lleven a matar, pero los conflictos se respiran con más necesidad que el aire.
No tengo las responsabilidades que creía que me iba a encontrar y las pocas que tengo se me escapan de las manos porque no tengo ninguna orientación.
A nadie le importa que vaya o no vaya.
Mi refugio soy yo mismo y por experiencia sé que ese no es de los mejores sitios donde guarecerse.
La relación con mi familia ha cambiado, con mi pareja también.
Se están desatando todas las ansiedades que intentaba reprimir y con ellas se desata el descontrol. Soy adicto a la comida, a los caramelos de menta y a los llantos desesperados, de esos que te dejan destrozado al derramar la última lágrima.
Tengo mucho miedo. No quiero crecer, pero parece ser inevitable. Creo que como no quiero crecer, el camino que tomo me hace crecer en el sentido negativo.
Aún no sé cuál fue la decisión que tomé en mi vida que condicionó el resto de mis decisiones equivocadas, si es que hubo una primera.
Me siento mal. Y lo peor de todo, es que no puedo dejar de pensar en que puedo hacer algo para remediarlo o, tampoco paro de pensar en las ideas que tengo, en lo que quiero escribir, crear.
Mis allegados me dicen que es porque estoy adaptándome.
Puede ser.
Pero no lo creo.
Otro día en el infierno de mi cabeza.
Ojalá hubiera alguien que pudiera ayudarme, por Dios.

La música manda:

La senda del tiempo (Celtas Cortos)
Spain (Michel Camilo & Tomatito)
Aqualung (Jethro Tull)

Más libros, más libres:

Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental (Stanley Milgram)

miércoles, 21 de mayo de 2008

La rabia del desesperado

Por tu cabeza pasan todas las muertes que has sufrido en esta vida.
Todas las muertes ajenas (las violentas, las naturales, todas inesperadas) y todas las muertes propias (los suicidios, los asesinatos, todas premeditadas).
Por tu sangre fluyen los restos de todos tus fracasos, de todas las situaciones en las que te has encontrado fuera de lugar.
En tu boca vive el regusto de todos tus miedos y de toda tu desesperanza.
Eres un laberinto sin salida, un ocaso de decepciones, un mero boceto de lo que quisiste ser.
Al final te das cuenta de que siempre estuviste solo, de que jamás te lograste vencer a ti mismo aunque lo intentases a menudo con todas tus fuerzas.
Al final sigues siendo un niño pequeño suplicando por una protección que nunca existió.
Incomprendido, loco, descerebrado, inmaduro, mortal, todo eso eres.

Tienes miedo, como siempre, y eso dejó de tener sentido cuando abriste los ojos.
¿Cuándo todo empezó a carecer de sentido? ¿Cuándo abriste los ojos?
Deseaste y lo conseguiste, volviste a desear y volviste a conseguir. A tu alrededor te consideraron afortunado, pero tú sabías que no merecía la pena, que por dentro no estabas más que podrido.
Porque deseabas cosas, metas, reconocimiento, y jamás te deseaste a ti mismo.
Fallaste, como todos, como nadie.
No eres digno de compasión y, probablemente, no la pidas. No eres digno del amor, porque eso es para los estables, los idealistas y los que están cuerdos.
Tú sólo eres digno de la soledad, de la impotencia, del rechazo, de los gritos y las lágrimas, de lo opuesto.

Tranquilo, no eres más que un vagabundo abandonado. Yo te comprendo, porque estoy viviendo tu vida, porque repito tus actos, tus sentimientos y expreso tus emociones.
Nos hemos desterrado nosotros mismos y le echamos la culpa al sistema o a la sociedad o a los demás, sin embargo el fallo estuvo siempre dentro de nosotros, que no somos más que una enfermedad autoinmune que no ataca nuestro cuerpo, sino nuestra mente.

Si hemos rechazado todo tipo de redención, ¿somos los únicos a los que jamás se les concederá ningún tipo de perdón?
¿Lo hicimos nosotros, por nuestra culpa?
¿O símplemente era inevitable?

Quizá no importe, porque el alambre de espino del dolor está grabado en mi alma y creo que sólo sé hacer bien una cosa en la vida: sufrir.

La música manda:

Sinfonía nº 5 (Mahler)
Objects in the rare view mirror may appear closer than they are (Meat Loaf)
Wish You Were Here (Pink Floyd)

Más libros, más libres

Los Hermanos Karamazov (Fiodor Dostoievski)

martes, 22 de abril de 2008

Adios

¿Cuántas veces nos hemos hecho la misma pregunta? ¿Cuántas veces nos hemos cuestionado el sentido de nuestra existencia, el por qué, la razón de nuestro ser?
Estamos atrapados en la vida. Encadenados a ella, en algunos momentos incluso llegamos a odiarla, pero cuánto cuesta separarnos de ella.
¿Qué sentiremos en ese instante interminable, si es que llegamos a ser conscientes de él, en el que la muerte nos abraza friamente antes de arrancarnos del mundo?
"No somos nada" - decimos. Gran verdad, pues nada somos, nada ni nadie.
Todos nuestros éxitos y nuestros fracasos se evaporan, no significan nada. Afortunado aquel que puede llevarse al hoyo paz en su interior, sin embargo, desgraciadamente, no creo que ninguna persona que haya existido en la Tierra pueda haber estado en paz consigo misma a la hora de morir.
Tantas cosas por hacer, por descubrir y por amar. Tantas frustraciones que te curten, que te vuelven más sabio, tantos viajes, momentos, explosiones de emociones, sabores, imágenes, libros, besos, experiencias, palabras, música, texturas, gritos, orgasmos, pensamientos quedan por experimentar, por realizar, por decir.
El consuelo, si es que existe ese sentimiento, que nos queda a los que quedamos vivos es la oportunidad de exprimir cada segundo como si fuera el último.
Y no podemos hacerlo.
La vida social nos marca obligaciones estúpidas para sobrevivir (hipotecas, trabajo, pagos, rutinas...) que nos van comiendo el tiempo escaso que nos ha sido otorgado.
No tengo la solución, sólo la angustia.

Adios, Luis, te echaré de mucho de menos.

La música manda:

Misa de Requiem (Verdi)
Si no hubiera que correr (Revólver)
Tears in Heaven (Eric Clapton)

Más libros, más libres:

Sagrada Biblia

jueves, 10 de abril de 2008

Otro imbécil más

Marchitó sus sentimientos reventando contra la pared de la negación.
No quedó de él nada más que el loco alarido que siguió a su desaparición y tampoco lo lamentó nadie en exceso.
Era un imbécil más entre mil millones de imbéciles. No era especial, no era superior, era un idiota más; quizá un poco más idealista y desde luego bastante más impulsivo, pero no bastaba para dejar de ser un imbécil más.
Le quemaban lo que el percibía como sus fracasos igual que agua hirviendo sobre una herida recién abierta, no cesaba de sangrar por ellas, contínuamente se iba vaciando de esperanza y de sonrisas.
- ¿Por qué? - le preguntaba al aire
Sólo el ruido de la ciudad le respondía, puede que fuera mejor respuesta de lo que él se esperaba.
Quiso diluirse en una partitura de un requiem para cellos y sólo pudo dar un par de brazadas antes de que el mundo real le arrancara también la tranquilidad del suicidio.
No podía entender cómo coño había llegado a estar condenado a vivir. Todos los días se enfrentaba a él mismo una y mil veces, todos los días regaba su alma con torbellinos de sueños desgajados.
-Basta, basta, basta, basta, basta, basta. - Suplicó el idiota.
-Nunca. - Le respondió el mundo.
-JAMAS. - Le gritó vida.
Su cuerpo no pudo hacer otra cosa más que llorar, llorar y llorar.
Pobre imbécil.

sábado, 15 de marzo de 2008

Ligero sabor a sonrisa

A lo largo de estos meses me he dedicado a destapar lo horrible de nuestra sociedad y lo despiadado que hay en cada uno de nosotros, pero en esta vida tan breve también hay tiempo para pequeñas gotas de optimismo y alegría.
Este post trata sobre las pequeñas cosas grandes que me hacen sentir bien, porque incluso la infelicidad y la amargura sonríen de tarde en tarde:

Cerrar los ojos y fundir mis sentidos con una de las mil canciones y obras musicales que conozco, lograr durante un segundo ser uno con las notas y con la voz y con los instrumentos, es casi como si te atravesarán el corazón con el abrazo más potente y dulce que existe.

Los labios de la persona que amas rozando los tuyos y presionándolos suave y sinceramente. Su aliento arropando el tuyo como si fuera el comienzo del mundo, justo esa milésima de segundo que antecede a la inevitable lujuria. Esos besos son los que nos hacen aún más humanos, en esos besos nos encontramos a nosotros mismos en otra persona y, como todo lo bueno, son demasiado escasos.

Aprender algo que no sabías y que cambia algo dentro de ti. Conocer una idea que de repente relaciona otras ideas dispersas en tu mente y construyen un cuadro muy hermoso porque dotan de sentido al mundo o a ti mismo, cómo podías no haberlo visto antes si parece que lleva ahí desde siempre. Y te vas completando y evolucionando y creando como una espiral gigantesca de sentimientos y conceptos que siempre va a más.

La sensación de calor del sol en una mitad de tu cuerpo y la de frío en la otra. Pequeña ambivalencia que se encuentra en el centro de tu pecho haciéndote sentir parte minúscula de un planeta inmenso y a la vez perdido en al amplitud del universo.

El grito de furia, rabia o placer explosivo que te hace sentir tan vivo como fuerte es su sonido. Esos gritos que definen nuestra esencia primordial y que duran mil años en cinco segundos, que te liberan de cadenas materiales y espirituales, que expresan deseos y frustraciones a la vez, que expulsan nuestra alma fuera para vaciarla y llenarla de nuevo con una independencia interminable.

Podría seguir así bastante tiempo, pero creo que me estoy volviendo cursi y redicho y no lo soporto. En realidad cualquier idea, objeto o persona capaz de despertar nuestros sentidos aletargados proporciona las pequeñas maravillas que nos provocan sonrisas, importancia a nuestros ojos, placer y éxtasis.
Yo tengo las mías y cada uno las suyas.
Conozco gente a la que le gusta decir que la felicidad es un camino no una meta. Yo prefiero expresarlo diciendo que la vida no tiene sentido, sino que hay que dárselo y son las cosas que acabo de decir junto con las que me guardo (buenas y malas) las que le dan el sentido a mi vida y, por extensión, a mí mismo.

La música manda:

Beautiful Day (U2)
The Swans (Väinö Raitio)
Outcast (Mike Oldfield)

Más libros, más libres:

El Ultimo Deseo (Andrzej Sapkowski)