Mostrando entradas con la etiqueta Contra el sistema. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Contra el sistema. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de marzo de 2010

La podredumbre también tiene olor dulzón

Hablaré del cambio. Del imposible y del ilusorio. De la tremenda dificultad que han (estamos) sembrado (sembrando) para conseguirlo.
Hay un susurro encerrado en mi corazón. Con la sístole auricular se libera empapado en sangre, llega a mis pulmones y junto con la inspiración va subiendo por mi garganta, engordando entre mis cuerdas vocales. Al final, con la expiración, el susurro ya no es tal, sino un grito inmenso. Un grito Universal.
Ese grito tiene el sabor de una pregunta desesperada.

¿Qué ha pasado? Pasé mi infancia entre Bastian y Fujur y, en clase, la pasé escuchando loas y parabienes a la democracia. En las noticias seguían sin creerse que ya no hubiera un dictador. Cada cuatro años pareciera como si el mismo Dios fuera a bajar del cielo, colas kilométricas en los colegios electorales, calles empapeladas de fotos de los futuros mesías... Casi era un pecado no ir a votar.
Y mis padres inculcándome el trabajo que costó el "voto libre", "la constitución", la fortuna que toda mi generación había tenido de no haber padecido una represión dictatorial que robaba muchas veces el alma y, algunas, hasta la vida.

Ahora soy adulto. El único pasado que conozco es el que he vivido y el presente que toco no es nada agradable.
Después de reflexionar durante años, al final sólo llego a una conclusión lógica que no por obvia deja de ser ominosa: El sistema está pervertido.
¡Oh, qué novedad!
Sí, el sarcasmo es mi religión. Sin embargo, la diferencia está en que siento en mi interior la perversión exterior.

La generación anterior presume de su lucha en la sombra y de los objetivos logrados. Y no dejan de recordarnos lo muchísimo que les debemos (bien sea literalmente a través de sus palabras, bien sea a través de series televisivas que nos cuentan el pasado según un único prisma, o mediante películas que recrean la vida de personajes ilustres a la hora de la transición).
Como somos muy bien educados les decimos "gracias". "Muchísimas gracias por obtener una libertad que no es más que la perversión de vuestras ilusiones y la ilusión de vuestras perversiones".
Qué suerte hemos tenido de no padecer una represión dictatorial... Sí, una suerte condenada.
Es lo prohibido lo que da el aguijonazo a la motivación, lo que hace que el deseo se forme y reivindique.
Es la norma visible y bien delimitada (impuesta las más de las veces) la que hace que busquemos un cambio, la que nos otorga la necesidad de libertad y los ideales sociales.
Eso lo tenían nuestros padres con la dictadura. Lo prohibido, la norma inquebrantable. Y, por tanto, el deseo crecía y crecía, las ansias de libertad formaban ideales que prometían utopías verdaderas.
Lo simbólico encauzaba lo real y lo imaginario en la forma más sana de neurosis.
Cuando murió el dictador, los ideales eclosionaron.

Y nos dejaron los despojos y lo aborrecible.
El movimiento pendular siempre es extremo. De un lado hemos pasado al otro.
Tratan de convencernos de vivir en una sociedad que es la opuesta a una dictadura. Y lo es. Lo es porque en la dictadura no se permitía nada, pero ahora se nos permite todo. Eso es la democracia y el capitalismo y el libre comercio y la sociedad del bienestar. La permisividad absoluta. No hay normas (sólo sombras de normas en forma de leyes). El deseo es libre de ligarse al objeto que quiera cuando quiera.
Los grandes artistas y los grandes filósofos coinciden en que los extremos se tocan. Es decir, nada es todo y todo es nada.
Todo está prohibido (nada está permitido): definición de dictadura.
Todo está permitido (nada está prohibido): definición de democracia.
Si nada es todo, todo es nada y los extremos se tocan, la democracia no puede ser más que una dictadura encubierta.
Y eso es así.
En la dictadura está legitimado cualquier medio de coerción (hasta la muerte) para mantener el orden establecido.
En la democracia no hace falta esa legitimación porque ¿quién va a ir contra el orden establecido si el deseo siempre está colmado? He ahí la perversión del sistema, de los ideales que lo levantaron.
Claro que un deseo siempre colmado sólo conduce a la apatía. En ese punto estamos ahora la mayoría de los considerados "adultos jóvenes". Los primeros hijos de la democracia.

Ahora, por favor, que alguien tenga la desfachatez de decirme que es más fácil el cambio en una sociedad democratizada que en una dictadura.
Al menos en la segunda estaban muy bien establecidos los límites. ¿Cómo se cambia algo que aparentemente es lo mejor que puede dar el sistema, la evolución máxima?.

Y esa perversión se extiende a todos los ámbitos. Sólo puedo hablar de lo que conozco (que es la salud mental), pero también sucede (lógico, la sanidad pública toca justo con los estamentos gobernantes). Ahora está muy claro que los psiquiátricos antiguos cronificaban y eran indignos de la persona. Sin embargo a ver quién se atreve a afirmar que este deshecho heredado de la "reforma psiquiátrica" cronifica y también es indigno de la persona. Aunque sea verdad. La verdad es lo de menos.
Vivimos en la era de lo políticamente correcto, todo el sistema está montado para pervertir. Incluso los argumentos que emplea el sistema te dicen a la cara que precisamente están haciendo lo que propones con tu crítica. "Claro que si se enfoca así, el sistema sanitario cronifica. No obstante, como estamos invirtiendo en más recursos sociales (ambigüedad), más formación (a favor del stato quo) y nuevos dispositivos (lo que crea conveniente el político de turno sin plantearse las consecuencias éticas) solucionamos la cronificación".

Esta es nuestra herencia. Realizar el cambio imposible. En la dictadura sólo había que esperar a que muriera el dictador, pero ¿ahora? A un presidente perverso le sigue otro, el sistema se retroalimenta y autorregula.
Nuestra tarea es hacer transparente lo que todo el mundo sabe implícitamente.
Hay que admirar lo maravilloso de la perversión del sistema porque cuando ves que el sistema está pervertido y lo dices, lo único que recibes como respuesta (si es que recibes alguna) es "¿y qué?". No provoca asombro, ni insight, ni sorpresa, ni inquietud. No provoca nada (en todo caso, una leve y agotada resignación).
¡La gente lo sabe y le da igual!
¡Ni siquiera haciendo explícita la perversión se logra la movilización!
Es admirable.
Y terrible.

Podemos cambiarlo.
Focault decía que todo lo que se construye históricamente se puede destruir políticamente. Yo tengo la esperanza de que esa sentencia sea bidireccional y que todo lo que se construye políticamente se pueda destruir históricamente.
Podemos cambiarlo.
Pero la estrategia no debe ser la empleada contra una dictadura (la formación de grupos rebeldes, la revolución grupal, no sirven de nada. Para empezar ni siquiera tienen sentido).
El cambio ha de ser individual. Busquemos conscientemente lo que nuestro inconsciente nos señala a cada instante, un deseo que no se sacie. Pongamos las miras en algo más que en un objeto tangible.
Enseñémosles a los que nos arrebataron lo simbólico que aún tenemos lenguaje.
Lenguaje para construir ideas, pensamientos, para expresar sentimientos y cubrir de utopías individuales la "cosa en sí" de la democracia o del sistema.
Lenguaje para nombrar no un nuevo mundo (el mundo siempre será el mismo), sino una nueva vida. Mi vida. TÚ VIDA, donde sólo tú te gobiernas.
Lenguaje para describir y experimentar la muerte, la rabia, el amor, la primavera.
Lenguaje para decir "Basta" y hacerlo REAL.

martes, 23 de febrero de 2010

Contra la universidad

Helos ahí. Insignias preclaras de la sapiencia y la verdad, del conocimiento y del buen hacer.
Esos pretéritos imperfectos denominados catedráticos y profesores de universidad.
Es evidente que no se puede generalizar (si no, caeríamos en los mismos errores que cometen esos fantoches vomitivos), no obstante, aquí voy a hablar de la inmensa mayoría, de los que me he cruzado en mi camino que, casualmente, pertenecían a universidades de distintas provincias. Es decir, aquí me voy a dirigir a casi todos.
Ellos, insertos en una institución anacrónica y carcomida por su propio reflejo, acaban por ser tan amarillentos y aberrantes como el organismo que alimenta sus patéticas bocas.
Esas bocas por donde no sale conocimiento, sino ignorancia, por donde no sale ciencia, sino doctrina amojamada.
Se creen poseedores de la verdad absoluta y, por tanto, del poder inherente a ella. El gran problema es que no existe la verdad absoluta y su poder reside en el poder que les damos (como siempre).

Analicemos su entorno antes de analizarles a ellos.
La gloriosa institución universitaria, donde no se premia la creatividad sino la adhesión a lo mismo (a la doctrina propia del sistema).
Allí las puñaladas traperas, las cuchilladas barriobajeras vuelan por doquier. El propio contexto institucional facilita la psicopatía pisa-cabezas que tan bien practican los que dan cuerpo infrahumano a la "élite" docente.
Un entorno donde la enseñanza se practica peor que en primaria o secundaria, ya que ni siquiera facilitan el desarrollo de la persona. La enseñanza toma sustancia en esas aulas decimonónicas con su tarima y sus pupitres que machacan cualquier columna vertebral. Símbolos de una época trasnochada donde la autoridad se depositaba en la "eminencia" que detentaba el cátedro.
Es en ese entorno donde el alumno es la última de las preocupaciones (de hecho, ni siquiera llega a la categoría de preocupación). Ese contexto no favorece al alumnado, le escupe a la cara, insulta su inteligencia y, encima, tiene la soberana desfachatez de cobrarle por ello.
Es en ese entorno donde cobra vida inevitablemente el poder político del rectorado y del decanato, que tratan de vender una fabulosa salida social basada en el sólido conocimiento impartido por sus emisarios de la verdad.
Es curioso cómo una institución tan contaminada por su aislamiento, tan alejada de la sociedad tiene la osadía de afirmar que es una fuente de soluciones para esa misma sociedad de la que huye con ansia.
Deleznable.

Visto el entorno, no nos debería sorprender el elenco fúnebre que le da vida.
Siento rabia mezclada con una infinita tristeza ante esas parodias de personas que ostentan el título de profesor o catedrático.
Para empezar, han de realizar un "riguroso" trabajo de "investigación" llamado "tesis doctoral" si quieren tener posibilidades de acceder a tan deshumanizante institución.
Dicha tesis viene precedida de dos cursos que han debido ser pagados a la universidad y concluye con la lectura del trabajo ante un tribunal formado por amigos y colegas íntimos del director de tesis. Por tanto, estás aprobado seguro aunque te toques las narices y tu investigación sea absurda (que lo será porque la elegirá el director de tu tesis para que le vayas adelantando trabajo a él). Obtendrás el "cum laude" si te deshaces en alabanzas hacia el tribunal y tu director, lo aseguras fijo si tienes la deferencia de invitar a comer a esa panda de monos perezosos.
Una vez obtenido el tan deseado título de doctor, habrás de pasar unas oposiciones "transparentes" y "justas" que te favorecerán cuanto más tiempo hayas desperdiciado peloteando al catedrático y tragando la basura que él genera para que seas el segundón que realiza siempre el trabajo y nunca se lleva el mérito.
Evidentemente, si llegas a formar parte de la élite del profesorado, los años de lavado de cerebro y de obligatoria adhesión a los pensamientos del sistema rechazando los tuyos, hacen su efecto y te conviertes en lo que son ellos.
Así se explica que denigren y ridiculicen las formas de obtener conocimiento que no pasan por ellos.
Después de haberse humillado y prostituido tanto para llegar allí, por fuerza han de creer que lo que defienden es la única verdad válida. Ni siquiera se plantean que esa verdad coincide peligrosamente con la que propaga el poder político y no el poder científico creador.
Y así se van perpetuando en una endogamia enfermiza. El resultado son esos esperpentos que tienen la poca vergüenza de mirar por encima del hombro al resto del mundo, que fundan su identidad personal en un título vacío.
Pactaron con el diablo y obtuvieron el puesto a costa de su alma.
El colofón de todo esto son los títulos de posgrado. Donde ni siquiera se toman la molestia de ampliar la escasísima enseñanza que han excretado durante tres o cinco años. Repiten lo mismo sin aportar nada novedoso. La única diferencia es el precio. Mucho más caro, pero necesario para ascender socialmente.
La universidad y los fundamentos políticos y económicos de la sociedad se aparean eternamente en un coito sucio y marginal. El resultado de ese sexo sin embarazo son los miles de abortos en forma de licenciados o diplomados que no son capaces de pensar por sí mismos.
Despreciable.

Mi bilis es inmensa y he de regurgitarla después de tantos años de decepción. Me he mantenido al margen de esa institución demasiado tiempo. He desarrollado mi carrera profesional independientemente de ella y he aprendido muchísimo más, lo aseguro.
Dice Schopenhauer de las cátedras "esos establos con pienso que son las cátedras constituyen, en términos generales, el entorno ideal para los rumiantes. En cambio, aquellos que prefieran atrapar su propio alimento de manos de la naturaleza se hallarán mejor a la intemperie".
Todo iba más o menos bien, hasta que la universidad metió las narices donde no debía y jamás deberá. En el trabajo de cientos de profesionales como yo.

Soy psicólogo (penosa universidad que tuve que soportar para obtener el título que me diera "derecho" a hablar, a insertarme en el discurso que diría Foucault). Interno residente, además. Lo que quiere decir que he pasado una de las pruebas más duras de España debido al bajísimo número de plazas que se ofertan y a la inmensidad de personas que nos presentamos. Me he ganado a pulso mi formación. A pensar por mí mismo. Trabajo asumiendo una responsabilidad tan grande como la derivada de los intentos de suicidio o los delirios psicóticos. Me obligan (lo que quiere decir que me obligo) a leer y a estudiar el oceano inmenso de armas terapéuticas que rodea la pequeña islita que enseña la universidad.
Veo entre 8 y 10 pacientes todos los días, más los que atiendo en las tardes de atención continuada, más los que dirijo en los distintos grupos psicoterapéuticos en los que participo.
He visto en año y medio más personas, patologías, modos de tratamiento, formas de comunicación, estructuras de entrevista y contextos institucionales de los que verá jamás un profesor universitario o un catedrático en TODA su vida profesional.
He estudiado y leído más fundamentos epistemológicos, corrientes filosóficas y psicoterapéuticas, artículos sobre psicofarmacología, evidencia, evidencia contra la evidencia, técnicas sistémicas (de diversas escuelas), cognitivo-conductuales, psicoanalíticas (de diferentes orientaciones), existencialistas y humanistas de las que jamás conocerá un profesor universitario, un catedrático y no digamos un estudiantillo de un máster universitario.

¿Por qué exhibo tan narcisísticamente mis galones? Pues porque la Asociación Española de Psicología Clínica y Psicoterapia (AEPCP) está formada en su mayoría por personal docente universitario, porque el "Congreso internacional de avances en tratamientos psicológicos" que se celebrará en Granada en abril de 2010 está auspiciado por el poder asesino de la universidad (todas las conferencias y la mayoría de las mesas redondas están dirigidas por profesores universitarios y catedráticos).
Son ellas y otras sociedades las que dictan lo que un psicólogo clínico ha de hacer en la consulta y en la sanidad pública.
La inmensa mayoría de los profesores y catedráticos sólo tiene una orientación terapéutica (curiosamente la más pobre y la que nos vende al poder psiquiátrico de la rama biologicista), no conocen ninguna más, no han estudiado ninguna más. Por tanto, en lugar de conocer e investigar (que sería su trabajo) se dedican a imponer su único modelo sin importarles las consecuencias (síntoma patognomónico de la ignorancia). Lo culminan asesorando al poder legislativo estatal sobre cuáles serán las prácticas psicoterapéuticas de obligado cumplimiento por la ley y cuáles serán condenadas. Todo ello sin conocer la inmensa mayoría de orientaciones que funcionan en la práctica real, sin conocer las limitaciones del contexto epistemológico en el que se mueven.
Aún hay más. Tienen la odiosa insolencia, el abyecto cinismo de imponer su paupérrimo criterio en la práctica clínica.
Ellos, que entre todos no han visto en su vida ni siquiera el número de pacientes suficientes para formar una muestra pequeña, que utilizan para sus estudios "científicos" a los estudiantes de primero o último curso de carrera, tienen el descaro de obligarnos a los auténticos profesionales a asumir sus reglas inflexibles, sus protocolos estandarizados. Nos dicen cómo debemos trabajar, qué debemos hacer y pensar.

Eso sí que no.
Mi ética y mi alma no me permiten quedarme al margen pasivamente.
Me he ganado el derecho a trabajar, a pensar por mí mismo y a defender con la contundencia que dan los argumentos basados en una sólida experiencia real mi posición y mi práctica.
No me justificaré ante esa institución tan detestable.
Intentaré devolverles golpe por golpe, intentaré encararles contra su propia ignorancia.
Voy a por vosotros. Os asesinaré como habéis asesinado a tantos estudiantes deseosos de formación y conocimiento.
Miserables.

domingo, 22 de noviembre de 2009

XVIII Jornadas de encuentro en salud mental

¡Miradnos! Hemos organizado un acto social como un espejo que nos refleja.
Refleja lo comprometidos que estamos con la institución, refleja lo máximamente mínimo que hemos avanzado.
Refleja nuestra hipocresía, porque al cambio de los valores por los que elegimos esta profesión lo llamamos "evolución", "maduración", cuando la palabra es retroceso o cobardía.
Y, por encima de todo, refleja nuestro narcisismo insolente y prosistema.
Todos comentaban "Yo estuve allí, en el inicio de la reforma psiquiátrica", pero el mensaje implícito reforzado por el paralenguaje y la conducta no verbal era "gracias a mí la reforma psiquiátrica fue posible".
Allí estaban los veteranos (y los que no eran veteranos pero que trataban socialmente de aparentarlo) dándonos lecciones sobre su experiencia y su grandísima contribución a la salud mental y a la desinstitucionalización.
Es bastante irónico que las bocas de los líderes institucionales se llenen de propaganda sobre desinstitucionalización.
Y se reforzaban entre ellos. Son los compañeros del batallón de secretariado que jamás participó en la guerra, pero que la recuerdan mejor que los que murieron en ella. Y no es de extrañar, pues tienen la misión más importante de todas: el contar la guerra, que es a la vez la más peligrosa, porque no la cuentan, sino que la manipulan a su favor sin ningún conflicto moral.

Ellos abrían las jornadas afirmando "estar al margen del discurso institucional y científico ortodoxo". Creo que es un excelente ejemplo de hipocresía y de formación reactiva.
La mayoría han sido alabanzas a la institución e incluso han puesto ejemplos y han "demostrado" su participación y arrojo con estadísticas y estudios al más puro estilo de Medicina Basada en la Evidencia.
Lo más curioso es que ellos echan la vista atrás y afirman que se ha avanzado. Lo difícil hubiera sido que los manicomios se mantuvieran abiertos cuando toda una revolución política abogaba por la igualdad y la libertad.
Esos personajes institucionales se regocijaban en su idea de progreso, cuando los únicos cambios que ELLOS HAN LOGRADO han sido sólo a nivel superficial.
Nadie (a excepción del último ponente, curiosamente fuera de la institución) se había planteado las consecuencias que estaban logrando con su "revolución antipsiquiátrica".
Al final era una lucha de poder, como se ha ido demostrando a lo largo de estos 30 años.
Al final, estos entes institucionales que tan bien han aprendido el doble juego democrático, se instalan en sus puestos y burocratizan un sistema que por fuerza ha de ser libre. Convierten a los trabajadores en recursos, a los pacientes, en números que puedan usarse para cobrar la tan ansiada productividad.
El manicomio antiguo era la antigua fábrica de montaje.
El sistema de salud mental actual es un conglomorado de empresas que tiene hasta sus franquicias (Comunidad terapéutica, URA, hospital de día...) Todas gobernadas con el objeto de obtener más beneficio, más dinero, más poder político.
Y, como ya se debería saber, esos objetivos son la antítesis del que mueve al clínico, es decir, el objetivo de pensar.

Pero también estamos nosotros. Recién llegados que acabamos de entrar y que vamos viendo, para nuestra desgracia, cómo han montado en el nombre del progreso, el ámbito de la salud mental nuestros predecesores.
Y nos quedamos callados y no decimos nada, por miedo, porque están nuestros jefes delante, porque hemos sido educados en el respeto a la autoridad, en lugar de en su cuestionamiento.
Nosotros, que no nos levantamos para decir lo que pensábamos.
Para decir que las experiencias de otros, por muy veteranos y revolucionarios que fueran, jamás podrán ser repetidas por nosotros y, además, están descontextuadas.
Para decir que no queremos escuchar cómo se besan los unos a los otros.
Para decir que el cambio no es lo que hicieron ellos (con todo un escenario público, político y social que les EXIGÍA hacerlo), sino que el cambio es lo que nos toca hacer a nosotros (arreglar el despropósito de la institución, exigir que se nos devuelva la libertad de pensamiento que nos fue arrebatada), es decir, cambiar lo que desde ningún ámbito público, político o social se nos pide, pero que vemos que no funciona. Cambiar lo que el poder no quiere que sea cambiado porque se sustenta en él.
Para decir que hubiéramos sacado muchísimo más provecho de un día de consultas o de lecturas que de estas jornadas vacías y narcisistas.
Para decir que a los residentes se nos puede enseñar técnicas, actitudes frente a pacientes, teorías y formas de expresarnos, pero JAMÁS se nos tiene que enseñar a pensar como piensa la institución, no se nos tiene que enseñar experiencias ajenas, no se nos tiene que enseñar a cómo lamernos el culo unos a otros tras años de lucha por el poder y estancamiento de sintomatología y su tratamiento.

Pero no nos levantamos, muchos por miedo, otros por indiferencia.
Yo no lo hice por las dos cosas.

martes, 3 de noviembre de 2009

Tú, que me miraste con superioridad y tuviste la engañosa sensación de creer que estabas por encima de mí.

Tú, que tratabas de imponerme tu ignorancia como dogma y tu opinión vacía como ley irrebatible.
Tú, que me escupías palabras de desprecio porque el miedo a enfrentarte a tu propia necedad era demasiado grande.
Tú, que destrozaste a patadas cualquier intento de acercamiento, quizá porque necesitabas reafirmarte en una despreciable categoría que consideraste prestigiosa socialmente.
Tú, que antepusiste tu profesión a tu humanidad.
Tú, que necesitas la aprobación de los que consideras iguales para valorarte.
Tú, que disfrazas de falsa condescendencia las ideas que violan con la fuerza imparable de la lógica, el sentido común y la ética tu mediocre y pervertida concepción del mundo.
Tú, que siempre has considerado que la mejor defensa es un buen ataque, incluso ante palabras que trataban de entenderte, ayudarte y tenderte visiones alternativas.
Tú, cuyo enorme ego parece imposible que quepa en una mente tan pequeña.
Tú, producto abyecto del sistema en el que tratas de encajar a costa de otras personas, ideales o valores.
Tú, que en el fondo necesitas el poder, cualquier poder, ante los demás para que no se sepa lo insignificante que realmente eres.
Tú, cuyo narcisismo raya la paranoia.
Tú, ente superficial, vil, bestia despojada de conciencia, psicópata sin empatía.
Tú, que como máximo principio ético sólo tienes las apariencias, que eres una imagen y no un alma. Una caricatura, no una persona.
Tú, que hablas con la certeza que da la ineptitud y, por tanto, siembras odio.
Tú, cuyo futuro es la amarga infelicidad del que sacrificó su esencia (en tu caso escasa) por un segundo de gloria, aunque ésta sea falsa e hija de la fachada social.

Tú, que me miraste desde una altura en la que sólo tú te habías colocado,
te digo que, en el mejor de los casos me envidias porque he recibido una educación en la que se me ha enseñado a pensar, porque he empleado mi tiempo de estudio en comprender lo que leía y no sólo en memorizar como un estúpido mono, porque sientes que has de destruirme aunque yo jamás tuve intención de atacarte, sólo porque a mi lado salen a relucir todas tus carencias.
En el peor de los casos, yo soy sólo tu reflejo. Por tanto, aun en los defectos, sigo siendo tu igual.
Despreciable aborto de institución, execrable ser ávido de reconocimiento social.
Eso eres, aunque incluso eso te viene grande, porque cualquier adjetivo peyorativo se vuelve superlativo cuando trata de describir a alguien que en realidad no es nada, no es nadie.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El Statu Quo

La naturaleza, Dios, el azar o el puñetero minotauro de Creta dotó al hombre con el regalo de la simbolización.
Con ella vino el inmenso poderío de dar valor subjetivo a objetos externos. Al principio fueron objetos básicos para la supervivencia, nimiedades como comida, refugio, abrigo, fuego...
Pero el ser humano tiene que distinguirse de sus semejantes para (valiente excusa) mantener su individualidad organísmica y cultivar egoístamente la perversión de su narcisismo primario. Por ello comenzó a valorar cosas que sólo eran necesarias para su onanismo ególatra. Y así se empezaron a valorar las sedas que no abrigan, pero cuyos colores son bonitos, fríos metales como el oro y la plata que no se comían pero cuyo cálido brillo helaba poco a poco el alma, pedruscos coloreados semitransparentes que no evitaban la muerte pero que habían de ser bautizados con nombres regios como esmeralda, diamante o rubí para no desmerecer al que los portaba...
Y muy pocos podían participar de los lujos y comodidades que poco a poco aparecían, ya que si no, se corría el riesgo de admitir que se era igual que el resto, se corría el riesgo de joderse la autoestima.
La exclusividad sólo tiene sentido en solitario.
La exclusividad es para los especiales.
Los elegidos de Dios.
Los nobles rellenos de sangre azul.
Los prohombres que dan trabajo esclavizando.
Los líderes imprescindibles sin cuyo gobierno el mundo se va al carajo.
Ellos jamás fueron del montón, aunque salieron de él, aunque de él depende su existencia.

Ojo, hay dos polos. ¿Qué pasa con el montón?

Siglos atrás se tenía la excusa del analfabetismo y la ignorancia para depositar el poder en otros seres que se vendían a sí mismos como dotados de la información y las agallas necesarias para tomar el timón de vidas que, en el fondo, consideraban completamente prescindibles y despreciables.
¿Pero ahora?
A medida que la sociedad se ha ido complejizando, el pequeño grupúsculo en el poder ha tenido que ir tirando migajas al perro de la plebe, entre ellas la educación hasta un cierto nivel. Curiosamente el necesario para creer que se entiende y se es libre, pero no tanto como para engendrar toda una turba de críticos sociales e inconformistas.
La cuestión es que desde que se inventó el comercio, el mundo está gobernado por un diminuto clan en la cima que dicen hablar por la inmensa mayoría, que administran los recursos, que deciden qué nación vive y qué nación muere.
Hemos tenido decenas de cientos de años para que ese clan permanente (que como buen sistema se retroalimenta y autorregula) complejice la vida y se lo monte de tal forma que nos hacen creer que pensamos nosotros cuando en realidad piensan ellos.

Estamos en crisis, por lo menos en el hemisferio occidental (en el otro siempre se está en crisis). Es un momento peligroso porque la gente puede tomar conciencia de lo podrido e inútil que es el gobierno y la estructura social.
Hay que evitarlo, pero ¿cómo? Con un golpe maestro digno de toda alabanza.
El sistema social posibilita, en esencia, dos salidas.
La primera, violenta, consiste en el suicidio, ya se encargarán los expertos en salud mental de encontrar alguna palabra vacía que mienta para decir que la causa estaba dentro en vez de fuera.
Tocándose en este punto, está la segunda. Menos violenta y bastante más aceptada socialmente.
Acuda usted a su psiquiatra o a su psicólogo.
Usted está triste, nervioso, no puede dormir. Usted tiene un trastorno mental (de origen biológico, no le quepa duda).
Bonita forma de decir que la falta de trabajo, la imposibilidad de hacer frente a los pagos, los deshaucios del domicilio, el hambre brutal que acecha por no poder COMPRAR comida... no influyen en la persona.
Así las estructuras de poder se mantienen en el mismo y se justifican (precisamente eludiendo la responsabilidad) y así permiten que la persona también se desresponsabilice (al fin y al cabo es un enfermo).
Así se convierten la psiquiatría y la psicología en armas de control social al servicio de un gobierno viciado y oxidado que prefiere la agónica muerte de su creador antes que ceder un ápice, fuera de toda ética, de toda moral.
La psiquiatría y la psicología se prostituyen. Mantienen el statu quo de riqueza y pobreza.
El psicoanálisis perfiló ésto, Foucault lo chilló para el que quisiera escuchar y la humanidad lo viene sufriendo desde que, por miedo, varias personas se juntaron y perdieron un poco de libertad (ahora esa pérdida crece exponencialmente).

Basta.
El Statu Quo siempre se mantiene por dos partes. Sabemos (o deberíamos saber) que el poder va a manterlo a pesar de nuestras vidas y nuestras almas (sacrificio glorioso), y encima intentarán hacernos creer que es nuestra elección.
¿Pero lo es?
Nosotros, el montón, ¿queremos mantener el Statu Quo?
¿No ha habido ya suficiente violación de nuestros valores como para devolver el golpe?
Si ellos pueden incitarnos al suicidio, nosotros podemos asesinarles.

REVOLUCIÓN, JODER. No revolución comunista, ni fascista, ni grupal.
Revolución interna e individual.
Estoy convencido de que si uno se gobierna a sí mismo jamás puede hacerlo tan mal como esta parodia de democracia lo hace con nosotros. jamás. JAMÁS.

miércoles, 26 de agosto de 2009

La unidad de agudos de psiquiatría (primera parte)

Allí me golpeó.
Con toda la crudeza de la que fue capaz, con todo el peso que rebosaba sus nombres.
Locura. Hospital. Psiquiátrico. ¡Ciencia, joder!
Todas las palabras en ese lugar cobraban un sentido macabro. Paciente, contención, pertenencia, visita, electroshock, científicamente demostrado...
La puerta del ascensor se abrió con el chirrido de una navaja de afeitar sobre mi columna vertebral.
Y entonces las vi.
De hecho, lo que vi fue su ausencia. ¿Dónde estaba la libertad? ¿dónde estaba la dignidad? ¿Dónde diablos estaba la vida? Allí sólo había cadenas, deshonra. Allí sólo estaba la muerte.
El color azul desvaído de los pijamas hacía sangrar mis retinas.
Los pacientes, creando océanos de saliva sobre su pecho, rompían pedazos de mi alma. Lloraban por la boca lo que yo no me permitía llorar por los ojos.
Desterrados, prisioneros de su mente y del mundo. Atrapados en delirios que torturan, en fármacos que licuan las neuronas, en un sistema que les odiaba porque les temía.
Era el Auschwitz moderno, disfrazado con los adjetivos de sanitario y hospitalario.
Pero las buenas intenciones todo lo justifican, ¿verdad?

Eran personas.
Esos muñecos rotos, cubiertos con ropajes carcelarios que ni siquiera eran de su talla. Perdidos en mares de tela, sentían cómo los pantalones se resbalaban igual que se resbalaba su identidad, sus súplicas. Su voz.
Eran personas.
Esas marionetas bamboleantes por la gracia de la medicina. Marcando el paso como soldados ebrios, con la mirada tan perdida como su vida.
Eran personas.
Eran personas.

Atravesé kilómetros de pasillo hasta un despacho angosto y deprimente.
Allí me disfracé.
Mi uniforme me dotó inmediatamente de autoridad y respeto, de poder y conocimiento.
Bata blanca.
Era un ángel.
Mi autoridad se basaba en un mito, como la de los ángeles.
Mi conocimiento era falso, como los ángeles.
Mi escudo blanco me hacía intocable.
Ya pertrechado me reuní con el resto de nobles caballeros, unidos en la causa común de derrotar a la locura, a la enfermedad mental.
Gloriosos paladines de la ignominia.
Sentados en nuestra versión de la mesa redonda debatimos la estrategia, las víctimas del enemigo.
Allí comprobé que el poder mal entendido hace estragos en el sentido común, en la buena voluntad de las personas.
A partes iguales la corrupción y la ignorancia se disputaban la supremacía, el humillante derecho a decidir por los demás.
Yo era novato. Mi cometido siempre fue ver, oir y callar. Y sin embargo, hace poco tuve que entrar en acción.

¿Quién era yo para quitar la libertad a una persona? ¿Quién era yo para atarla a la cama?
¡Lo desconocido tiene que controlarse a cualquier precio!, eso gritaba la cultura.
En mi torpeza creí que mi cometido era comprender. En mi inexperiencia pensé que mi trabajo era señalar el camino, no empujar, no obligar a caminarlo.
Por lo visto me equivocaba. Llegó un punto en que la lucha entre mis principios y la realidad que estaba viviendo se tornó trágica.
Ahora lo que estaba en juego era mi propia cordura.
¿Rebelarme y perder? ¿Acatar y sufrir?
Vencieron mis miedos.
Actué como ellos. Era lo más fácil. Renegué de mí mismo.
Impartí órdenes y las justifiqué como ellos.
Me reí de la desgracia de los pacientes y les critiqué como ellos.
Sólo había una diferencia. Ellos CREÍAN que estaban en lo correcto, CREÍAN que ayudaban, yo sabía que no era así.
Sabía que su ceguera degollaba.
Y sin embargo, arrebaté libertad ajena, invadí el lado más íntimo de la otra persona, amenacé, obligué, desafié.
¡Lo hice, maldita sea! ¡Aún lo sigo haciendo!
Sólo espero que la sensación que a veces me golpea en el pecho al actuar como ellos tenga otro nombre que no sea el de disfrute, que no sea el de placer.
Mi única esperanza es que creo que aún soy capaz de admitir mis propias limitaciones, que creo que aún puedo decir NO.
Porque puedo ¿verdad?
¿VERDAD?

sábado, 15 de agosto de 2009

¿Totalicracia o demolitarismo?

La inmensa mayoría de los nacidos en regímenes democráticos repudiamos la dictadura, escupimos en esa carnalidad fascista de uniformes, desfiles y armas.
La totalidad del hemisferio occidental gritamos orgullosos con el pecho henchido las virtudes y ventajas del "gobierno del pueblo".

A veces llegan a nuestros anodinos televisores imágenes del funcionamiento dictatorial (China, Países Arabes, algunos Latinoamericanos...) Y piensamos cosas como "qué horror", "a ver cuándo espabilarán", "menos mal que nosotros logramos salir de eso"...

¡Ay, amigo! Pero el núcleo es bastante más complejo que afirmar que la dictadura es mala y la democracia buena.
Los términos que conllevan juicios morales positivos o negativos surgen por comparación y referencia.
La democracia es buena comparándola con la dictadura y en referencia a una serie de valores morales y sociales que el grupo en el poder democrático concibe como positiva.
La dictadura es mala comparándola con la democracia y en referencia a una serie de valores morales y sociales que el grupo en oposición de la dictadura considera como negativa.
Este razonamiento, obviamente, también puede hacerse a la inversa y quedaría moralmente justificada la bondad de la dictadura respecto a la maldad de la democracia.

Sin embargo, no interesa aquí qué sistema político o de gobierno es mejor o peor y por qué. Lo que interesa es algo diferente. El razonamiento anterior es un ejemplo de cómo se solapan ambas formas de poder, aparentemente opuestas.

Mucha gente puede estar de acuerdo en la afirmación de que la dictadura es una forma de democracia.
Hay muchísimos ejemplos. En España con el régimen franquista se celebraban elecciones, al igual que con Pinochet en Chile y otros dictadores en otros países. Hitler consiguió su mayoría absoluta democráticamente.
Algún purista podrá criticar esto afirmando que la democracia se diferencia de la dictadura en la idea de tener elecciones libres con sufragio universal. Rebatiré esta idea más adelante.
A efectos prácticos, la dictadura es una forma de democracia. Una forma viciada y enquistada, pero una expresión de la democracia en su máximo extremo.

Bien. Quizá entonces se podría afirmar que si la dictadura es una forma de democracia, la democracia es una forma de dictadura.
Una forma más sutil y evolucionada, pero que fomenta exactamente lo mismo que una dictadura.
Para mostrar el continuum bidireccional entre democracia-dictadura mostraré un ejemplo a mi juicio clarificador. El gobernante actual de Venezuela Hugo. Ch.
Este hombre, que accedió democráticamente al poder, va camino de una dictadura al tratar en numerosas ocasiones de convocar elecciones "libres" para conseguir el puesto vitalicio de gobernante de su nación.
En el camino opuesto tenemos nuestro propio gobierno. En los años 70 la figura del Rey, elegido por Franco como institución que continuaría su régimen. Desde una dictadura se llegó a una democracia (sin excesivo derramamiento de sangre).

La democracia alienta los valores dictatoriales: Permanencia en el poder a toda costa, nepotismo, mantenimiento de riqueza y pobreza en la misma proporción y en el mismo status, censura, uso del poder político para desequilibrar la balanza de la justicia... De hecho es lo que se denomina Dictadura Constitucional, pero aún más sutil.
En la democracia no hay elecciones libres con sufragio universal. Por ejemplo, en el modelo que hemos seguido, el estadounidense, no todo el mundo puede votar.
Además, ¿qué entendemos por libertad? ¿Elegir a uno de los dos partidos mayoritarios que en el sistema bipartidista financian sus campañas propagandísticas con fondos públicos? En la dictadura puedes elegir entre votar o morir. En la democracia puedes elegir entre votar y que tu voz no se oiga o no votar y que tu voz no se oiga.
¿Dónde está representada la minoría? Simbólicamente, si se logra un escaño, sólo servirá de títere y de apoyo en elecciones políticas que no suelen beneficiar a la inmensa mayoría de la población.

La democracia, como buen sistema burocrático, se retroalimenta a sí mismo, se autorregula y censura posturas de desequilibrio que puedan poner en peligro a sus dirigentes o su estructura.

A los democráticos les invade un latigazo incontrolable de lujuria cuando alguien cita la "libertad de expresión" tan propia de su regimen. Y sin embargo, si el discurso que uno expresa no está en consonancia con los valores del momento y la opinión de la mayoría, acaba culturalmente desterrado y socialmente devastado. Como en la dictadura, pero peor porque no muere, sino que muere condenado a seguir viviendo, aislado, ridiculizado.

Hemos logrado parir un sistema político maravilloso. Dicho sistema es capaz de pintar la utopía, de vender valores sólidos y apetecibles, de aparentar encarnar la verdadera, la auténtica libertad. Y al lograr vendernos eso, que nos utilicen, nos denigren, nos ninguneen, nos ignoren (como en las dictaduras), nos da igual, porque no lo notamos, porque han logrado construir un auténtico Matrix en nuestra realidad.
Además, en el fondo, sabemos que desconectarse y ver lo que esconde esa aparente dulzura es muy doloroso.

Somos hipócritas, como el sistema.

¿Democracia o totalitarismo?

Pero si es lo mismo, ¿no? No. En la democracia las consecuencias y el funcionamiento están tapados y ocultos, por eso es más peligrosa.

martes, 30 de junio de 2009

La consecuencia del silencio

Solo.
Me siento solo.
Solo ante la comprensión. Solo ante uno de los incontables lados de la verdad.
Es una pequeña parte del precio que pago.
El precio de no saber argumentar "racionalmente", el precio de la sinceridad, el precio de tomar partido en contra de lo establecido, el precio de no manejar la diplomacia de salón, la política de la mayoría.

Y te tachan de anárquico. Te tachan de antisistema, de idealista, de inexperto. No sirven tus argumentos porque no tienes la capacidad de generarlos ante oídos ajenos.
Y no puedes dejar de ver lo que has visto, de creer en lo que sientes.
Porque has llegado allí atravesando lo que otros están experimentando y dan por supuesto, porque lo probaste y viste que no te llenaba, porque tuviste la decencia de reconocer tu propia ignorancia.

Inútil.
Me siento inútil.
Inútil ante los demás y, sobre todo, inútil ante mí mismo. Inútil no por no persuadir, sino por no motivar a la reflexión.
Es una gran parte del precio que pago.
El precio de no castigarme (que acaba castigándome), el precio de insistir (que acaba anulándome), el precio de defender mis convicciones (que acaba por convertirse en el precio de defenderme a mí mismo).

Y te tachan de poco realista, de inmaduro, de utópico.
Te tachan de subversivo porque tratas de ayudar pensando otra cosa, porque tratas de crecer a partir de tu propia experiencia, porque negaste la autoridad al descubrir que no había una única verdad absoluta que pudiera y pidiera ser defendida, ser reconocida.

Para ti era evidente. Para el sistema, inaceptable.
Y fuiste definido como desobediente en lugar de aventurero, como peligroso en lugar de comprometido.

Pero sólo son palabras, como las que tú dices. Si las tuyas tienen el mismo peso que las suyas, entonces o las suyas no pesan nada o las tuyas, demasiado.

Y cuando ya no lo soportas más, decides tomarte un respiro y callar.
Como yo ahora, callado, hastiado, inútil y solo.
Sin embargo, hay un problema. El silencio es arriesgado. El sistema respira tranquilo porque te has callado, pero no puede silenciarte. Ya nada puede conseguirlo porque lo que viste, lo que creíste, ha pasado a formar parte de ti, de tu cuerpo y tu mente.
Y si no puede hacerte callar, pero ya estás harto de pronunciar palabras, haces lo que inevitablemente te han obligado a hacer:

Actúas.

La consecuencia del silencio es el movimiento.
Que es, precisamente, lo que todo sistema trata de evitar reprimiendo, aplastando, despreciando, silenciando.

La consecuencia del silencio es el principio del cambio.

Me alegro de estar callado.

lunes, 15 de junio de 2009

De la revolución espiritual

"La publicidad nos hace desear coches y ropa. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos medianos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos vivido una gran guerra, ni una gran depresión. Nuestra guerra es una guerra espiritual, nuestra gran depresión son nuestras vidas. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos. Y poco a poco lo entendemos. Lo que hace que estemos muy, muy cabreados".
Es lo que dice Tyler Durden a su cada día creciente "Club de la Lucha".

Y es cierto. Cada palabra, cada silencio, si escuchamos a Lacan diciendo que nuestro deseo, en realidad, no es nuestro, sino del otro, de los demás.
Vamos por partes.
Lacan, haciendo una relectura de Freud, afirma que toda persona nace con una falta, una brecha, que no se puede llenar, pues esa brecha es el precio que pagamos por el lenguaje, por nuestra capacidad de simbolizar. Es una brecha que es peligrosa, pues pide ser llenada irracionalmente y sin atenerse a las consecuencias (así surgen los famosos goces) y, precisamente por eso, también es motivacional, porque nos impulsa a eliminar la desazón que el hueco simbólico nos provoca.
Nacemos y, al no haber aprendido aún a hablar, lloramos, pero quizá no sabemos por qué lloramos, tiene que ser la figura materna la que interprete la causa de nuestro llanto. Es esa figura la que nos cambia o da de comer, por tanto, ya desde el principio, el deseo no es nuestro, sino una interpretación que viene de fuera y que nosotros vamos interiorizando.
No profundizaré más en la teoría lacaniana por mi enorme desconocimiento, pero sí remarcaré lo irónico de que TODOS tendamos a llenar nuestra falta interna, nuestro precio por el lenguaje, con realidades, símbolos, objetos o ideas externas. Es irónico, sí, pero también inevitable porque si ya nacemos rotos, en nuestro interior no podremos encontrar lo que arregle eso. Y así va apareciendo la socialización, la separación materna, y, con trabajo, la sublimación de esa angustia en energía vital, en esperanza.
El objeto de nuestro deseo es externo, pero la capacidad de desear es nuestra, ineludiblemente unida a nuestra existencia. Y vamos pasando de un deseo a otro. Si conseguimos algo que anhelábamos con todo nuestro ser, al tenerlo, inmediatamente se vuelve inútil y necesitamos algo diferente.
Pero ¿Qué pasa cuando deseamos y/o nos hacen desear algo que jamás alcanzaremos?
Supongo que la primera respuesta es la negación.
En un mundo donde lo externo, lo considerado exitoso socialmente, sólo es privilegio de unos pocos, ¿qué pasa cuando no lo alcanzamos, aunque sea lo más deseado por nosotros, precisamente porque es lo más apreciado fuera de nosotros?
Da igual, intentamos lograrlo negando nuestra imposibilidad de conseguirlo.
Y vamos a complicarlo para mal. ¿Qué pasa cuando lo que nos hacen desear o lo que deseamos NO es simbólico, es decir, no es algo que nos ayude a nuestro crecimiento personal, a redirigir el hambre inagotable de nuestra falta para impulsarnos a nosotros mismos? ¿Cuando lo que nos hacen desear o lo que deseamos es sólo material, son sólo cosas que perversamente nos han hecho identificar con ideales simbólicos como felicidad, satisfacción, realización personal?
Creo que al principio seguimos negándolo e intentamos conseguir esos objetos socialmente loables, continuamos creyendo a la televisión, a las películas, porque la felicidad está en ser millonario, un dios del cine o una estrella del rock, teniendo cosas que otros jamás podrían soñar, mejores coches, mejores casas, más dinero.
Pero cuando la brecha insaciable además de quemarnos como siempre ni siquiera se calma un poquito, ni siquiera nos acerca a lo socialmente establecido, ¿qué pasa con nuestro deseo?
Sigue ahí, pero vamos tomando conciencia de él. Poco a poco vemos lo que nos ha querido ocultar nuestra cultura negando el sufrimiento, identificando tener muchos objetos a ser más felices. Vamos viendo la necesaria desigualdad que ha de haber para que unos pocos sean "felices", según la sociedad, a costa de la desgracia de millones que no podemos permitirnos esos objetos, o que no pueden permitirse ni tan siquiera comer.
No hemos vivido una gran guerra ni una gran depresión. Claro, no hemos vivido sucesos externos que hayan puesto el peso más en lo simbólico que en lo material, más en los ideales que en la autosatisfacción inmediata. Por eso nuestra guerra es una guerra espiritual, en busca de los símbolos perdidos, en busca de los ideales asesinados por un hedonismo horriblemente mal entendido. Por eso nuestra gran depresión son nuestras vidas, porque somos conscientes de que ese deseo que viene desde fuera no sólo no lo podremos lograr jamás, sino que tampoco nos serviría para definirnos si lo alcanzáramos y no nos aporta nada que nos ayude mientras tratamos de obtenerlo.
Por eso somos los hijos medianos de la historia, desarraigados y sin objetivos. Porque no podemos llamar hogar (literal o metafóricamente) a un coche, a un traje de marca o a un billete de 500 euros, porque no podemos marcarnos como objetivo vital esas cosas cuando hemos empezado a entender de dónde vienen y por qué vienen. Porque nos avergonzamos de desearlas.
Y nos vamos cabreando cada vez más. Porque nos damos cuenta de que hemos vivido en una gran mentira. Porque nuestra identidad individual no puede ser definida a través de elitismo material.
Nos mintieron. Nos mentimos.
Y entonces es cuando el suicidio (simbólico o real) no parece tan deleznable, sino algo puro, algo vocacional. No por el hecho en sí, sino por lo que entraña. Por lo que significa.
Autodestrucción como fiera oposición a autosatisfacción. Lo verdadero (fealdad, gordura, locura) como rabioso desafío a la perfección. Nuestra catarsis, nuestra liberación es la aniquilación de la falsa espiritualidad con la que hemos comulgado hasta que no fuimos capaces de ignorar que la odiábamos.
Necesitamos la destrucción (simbólica o real) para sentirnos verdaderamente desesperados. Vamos aprendiendo que sólo los desesperados son los únicos libres para elegir y, eligiendo líbremente, encontramos la esperanza. LA VERDADERA esperanza, porque es nuestra, ya que la deseamos de dentro pero la cogemos de fuera ELIGIÉNDOLA nosotros.
Y entonces es cuando la rabia, la decepción y la muerte nos impulsan porque deseamos el amor, la realización y la vida.

Negamos porque nos echamos de menos.
Luchamos porque echamos de menos la libertad.
Gritamos por la esperanza.
Morimos en normas que no establecimos nosotros.
Pero nacemos en el cambio.
Y tenemos sentido en la revolución inevitable del alma.

miércoles, 11 de marzo de 2009

NO ESTOY LOCO (pero falta tan poco...)

"¡No estoy loco!" Me gritaba mientras mi yo se desmoronaba ante mi asombro.
"No estoy loco" Me susurraba mientras me abrazaba a la nada.
"¿No estoy loco?" Me preguntaba mientras descubría una verdad.
Si los demás creen que estás loco, ¿importa en algo que tú pienses lo contrario?.
¿Es la locura una "minoría de uno solo" como afirmaba Orwell?
No es verdad, es verdad, no es verdad, sí lo es... Y así hasta llenar un vacío infinito.
Cuando estoy tan sumamente desesperado (aunque no sea capaz de percibirlo conscientemente), cuando el medio en el que vivo ha destrozado mis posibilidades de adaptación de todas las formas concebibles, cuando como última defensa ante la invasión inevitable del exterior en mi interior (o cómo última resistencia ante mi propia desintegración) tengo que reajustar de una forma tan violenta mi esencia más íntima, mi realidad más propia a través de delirios, de alucinaciones, de desorganización conductual y mental, vosotros tenéis la odiosa osadía de llamarme loco, de ponerme una etiqueta, de tratar por todos los modos (manipulativos, violentos, inevitables...) que yo asuma que estoy enfermo.
¿Por qué? ¿Acaso mi locura no es el último intento que me queda para adaptarme a las normas, modos de vida, familia y desigualdades que vosotros imponéis?

Os asusta. Lo entiendo perfectamente. Mi locura refleja la vuestra.
Además es mucho más fácil convenceros de que la culpa es mía, de que yo tengo un problema, de que mi cerebro está marchito. Antes eso que atreverse a reconocer que algo en vuestro perfecto sistema social no funciona del todo bien.
Pero tenéis razón. La culpa es mía, puesto que soy yo quien "ha brotado" (como os encanta decir) y quien os hace sentir inseguros y atemorizados. Desde luego, también asumo parte de la responsabilidad en mi mejoría (quedó perfectamente claro cuando empecé a delirar para adaptarme a vuestra sociedad), pero ¿cuándo diablos asumiréis la vuestra?
No me hagáis reir con vuestras batas blancas y vuestras pastillas que lo solucionan todo, con vuestras psicoterapias centradas en los síntomas, con vuestro burdo boceto de tratamiento comunitario. Eso sólo es una parte del todo. Es como los preliminares sin coito o como la amenaza sin la consecuencia. Te hace sentir inútil, hueco. Te hace sentir un pelele incomprendido, cuando tú te has dejado la cordura por comprender lo que te rodea.

Me escupís a la cara que por mi enfermedad resulto impredecible, agresivo, casi demoníaco. Si ni siquiera podéis predecir la hora de llegada de un avión, ¿tratáis de predecir los actos de una persona? ¿Predecir o controlar? Es bastante sospechoso que la primera palabra vaya necesariamente unida a la segunda.
Si no actúo como vosotros consideráis que debo actuar, si no pienso como vosotros habéis determinado que hay que pensar, si siento demasiado o demasiado poco, si percibo cosas que vosotros no percibís, estoy enfermo.
Preferiría que me quemaráis en la hoguera como antaño, así me ahorraría al menos años y años de sufrimiento, de deterioro (pero es tu enfermedad la que te va deteriorando, chilláis. Vuestros fármacos destroza-neuronas, el aislamiento al que me sometéis, los prejuicios que me asociáis... eso no me deteriora, en absoluto).

La locura (psicosis, esquizofrenia... no importa el nombre) no tiene una causa biológica, en todo caso un MEDIO biológico de expresión.
La locura no es un factor sociológico, ni una enfermedad, ni una condena antropológica (aunque se le parece bastante).
La locura es la más desesperada de las tentativas de solución del conflicto simbiosis-individualidad y su evolución hasta el conflicto persona-sociedad. Pero ante todo, la locura es una realidad subjetiva y, por ello, REAL. Ni la propia persona la entiende, necesita imperiosamente darle un significado, comprenderla. ¿Qué es lo primero que nosotros trataríamos de hacer si nos despertamos un día sumidos en un cataclismo inenarrable? Probablemente trataríamos de comprenderlo para así poder escapar de él y solucionarlo.
Sin embargo, a los locos los tildamos de enfermos e ignoramos sus urgentes exigencias de significado. No quieren oir una explicación biológica ni psicológica, quieren comprenderlo DESDE SU PUNTO DE VISTA, DESDE SU VIDA Y EXPERIENCIA.
Pero les ignoramos.

Su locura refleja la nuestra.

domingo, 1 de febrero de 2009

Polémico, muy polémico

Nos venden una cara de la moneda y nos la tragamos con una sonrisa expresada en una ira coja y manca. Quizá nosotros sólo queremos ver una versión de los hechos porque es más fácil juzgar si sólo tenemos una parte del todo, porque lo fácil es parcializar.
Y ahí está el padre de esa niña de Huelva llorando por una justicia que para él no es suficiente. Y ahí están los medios de comunicación difundiendo la noticia sólo desde un punto de vista. Pobre hombre que ha perdido a su hija, que no obtiene justicia, que el juez dejó al asesino libre. Eso es intolerable y hay que tomar medidas porque el padre se lo merece, porque la familia se lo merece. Así que multamos al juez, pero eso no es suficiente, tenemos que destituirle, pero eso tampoco es suficiente porque hay que enviarle a prisión, él es tan criminal como el asesino. A por él, a por él. Y manifestaciones y gritos de una sociedad parcializada que el gobierno recibe con los brazos abiertos. El cadáver de una niña es una excusa perfecta para desviar la atención de los problemas que realmente tiene que resolver el poder legislativo, así que interfiere en las funciones del poder judicial poniendo a la constitución contra el suelo y violándola hasta sangrar. Y el pobre padre se hincha de rabia porque aún no es suficiente.
Y nunca lo será ¿Hay algo que este mundo, que la gente de un país pueda hacer para que ese hombre expíe su parte de responsabilidad? No, nada, nunca.
Porque por otro lado están hechos y circunstancias que dulcemente se obvian. ¿Qué pasa con el contexto del juez? Trabajando al triple de su obligación y su capacidad, intentando desahogar un sistema burocrático sepultado en causas pendientes que no se resuelven por falta de recursos, porque el poder legislativo no aporta los medios, pero interfiere donde no ha de hacerlo. Y ese juez comete un error, así que hay que despojarle de todo por ello, hay que multarle, inhabilitarle y llevarle a prisión por trabajar tres veces más, por cometer un error producto probable de la fatiga.
Y por otro lado está el hecho aplastante, doloroso y convenientemente ignorado de que el padre, la madre, la familia, las figuras encargadas en primera instancia de la seguridad de la niña, consienten en que ella con 5 años salga a la calle sola a comprar caramelos, da igual que la tienda estuviera cruzando la calle, como si está a tres metros en el portal de al lado. Pero eso no se dice porque ya bastante dolor están soportando.
No se trata de culpar a nadie, ni de juzgar a nadie. Pero la responsabilidad ha de estar donde corresponde, en el grado que corresponda según a quién corresponda. Basta de parcialismos, ¿por qué nos dejamos llevar como peleles, por qué no pensamos en la otra versión, tanto trabajo cuesta, tan primitivos somos aún?
Y ahí está la violencia de género. Las estadísticas de mujeres maltratadas que mueren a manos de los desalmados de sus maridos/parejas/novios/amigos. Y ahí están de nuevo los medios de comunicación llenando la información de sucesos que no hacen más que incrementar nuestro sesgo de representatividad (como hoy han habido tres noticias de mujeres maltratadas y ayer dos, seguro que está pasando en todos los hogares a todas horas), y ahí está de nuevo el gobierno con otro asunto que puede utilizar para desviar nuestra atención, y redacta una ley "modelo en Europa" donde ante el maltratador tolerancia cero, pero ¿y si es la mujer la que maltrata? silencio largo para luego remitir a las estadísticas, pero ¿y si la mujer miente y denuncia por interés y entonces privamos de libertad a una persona que no ha hecho nada sin que haya pruebas fehacientes? silencio incómodo para luego remitir a las estadísticas, pero ¿y si es uno de los muchos casos en los que la mujer vuelve con su pareja por octava vez después de siete veces en que el hombre casi la mata, o si la mujer vuelve con otro hombre del mismo perfil que los maltratadores con los que ha estado anteriormente? Silencio interminable que no se puede rellenar con estadísticas ni con excusas porque no se sabe, no se entiende. De hecho, juraría que no se quiere entender.
Otra vez un solo punto de vista, otra vez una imagen parcializada de la realidad. Sólo nos muestran el final de una vida, un acto que se repite, una conducta que es reiterativa. Está claro quién es el culpable, pero ¿tan claro está quién es el responsable? ¿Es que todas las mujeres tienen tan alterada su capacidad de juicio y decisión? Quizá se nos olvida un hecho clave. Es una pareja. Para el sentido común habría de ser evidente que la dinámica de actuación de una pareja es totalmente diferente que la dinámica de una persona en solitario. Sin embargo, no lo vemos, no lo pensamos, no queremos comprenderlo.
¿Tan políticamente incorrecto es que las personas asuman su parte de responsabilidad en su propia vida?
Ese miedo a asumir nuestra propia responsabilidad en nuestra propia vida podría explicar la ira inagotable del padre al que arrebataron su hija, podría explicar que las cifras de maltrato se mantengan o incluso se incrementen a pesar de las leyes gubernamentales, podría explicar que queramos fármacos y pastillas para aliviar nuestra angustia en vez de encararla, podría explicar nuestra ansia de prejuzgar, de ser absolutamente parciales.
Sí, podría explicarlo, pero desde luego, no podría cambiarlo.
Eso tenemos que hacerlo nosotros. Mierda, creo que para eso también necesitamos asumir responsabilidad.
Y ahí tenemos otro de los millones de círculos viciosos en los que nosotros mismos nos encerramos para evitar.
Siempre evitar. Si se trata de eso, ¿por qué no aceleramos el proceso suicidándonos? ¿Tan cobardes somos? o, peor aún ¿tan vagos, perezosos e hipócritas somos?
¿En qué nos estamos convirtiendo?

sábado, 13 de septiembre de 2008

Frikis, sí, quizá ellos nos deslumbren

Estamos seguros de identificarlos enseguida. Creemos conocerlos y puede que sintamos vergüenza ajena al verlos.
Los pobres frikis.
Cuántas veces hemos usado esa palabra. Muchas de ellas más de forma despectiva que descriptiva.
Patéticos personajillos que se disfrazan de héroes fantásticos, de ciencia ficción o de mangas japoneses.
Aislados esperpentos soñando despiertos con la cara cubierta de acné, gafas ridículas o perillas de chivo.
Cómo nos reímos de ellos y de su deformado idealismo.
Don Quijotes modernos, incomprendidos y rechazados.
Despreciamos el mundo diferente en el que ellos estarían encantados de vivir, su horrenda forma de vestir con camisetas de una comicidad sólo comprensible por su propia tribu, sus expresiones anacrónicas, desfasadas o ininiteligibles.
Nos burlamos de ellos y les miramos por encima del hombro.
Por ellos podemos sentirnos mejores, no tan locos. Sentir que estamos integrados en la sociedad, que tenemos planes de futuro, que somos "normales".

Cómo nos odio. Con nuestra estandarizada forma de vivir, nuestra aceptación incondicional de la anodina realidad. Damos pena. Somos repulsivos.
Nuestra fachada proclama a los cuatro vientos cuan individuales somos y en nuestro interior sólo conocemos la miserable igualdad que nos aglutina en una masa que autodenominamos normalidad.
Detestamos a los frikis, les consideramos fracasados, perdidos, personas física y espiritualmente execrables. Por eso nos mofamos contínuamente de ellos y usamos su nombre tribal como insulto terrible.
Y sin embargo ellos resisten y casi parece que cada día se hagan más fuertes.
Ellos defienden ideales que consideramos desfasados e infantiles. Ideales como la sinceridad, el honor, el sacrificio por los demás, el amor.
les consideramos los apestados del Siglo XXI y, quizá puede que sean los románticos, los visionarios y los idealistas de esta era.

Damos por supuesto que su identificación con héroes inexistentes procede de una bajísima autoestima, de unos fracasos brutales en lo que nosotros aceptamos que es la vida normal, y no nos paramos a pensar que quizá no nazca de eso, sino de una infancia tremendamente imaginativa, de una fuerza brutal por defender una norma ética utópica que no puede sino chocar y desangrarse contra una sociedad sucia, bastarda y corrompida como los monstruos de sus cómics y novelas.
Son los paladines de la cultura de internet y youtube, de la playstation y el tuning. Gracias a ellos aún hay valores que pueden perdurar y transmitirse.
Gordos desaliñados, granujientos grasientos, pálidos con gafas y dados de rol como amuletos, me inclino ante vosotros y vuestra perseverancia. Ante vuestro idealismo digno de Lord Byron y ante vuestro honor, ese que rechaza y hiere a la "sociedad normal".

Les despreciamos y nos reímos. Les odiamos y les aislamos. Y todo porque no nos permitimos ser como ellos, porque son una de las pocas muestras de libertad que se conservan en este mundo de acero, libretas bancarias y teléfonos móviles.
Ojalá pudieran salvarnos de nostros mismos.

La música manda:

The Seven Angels (Avantasia)
America (Pain of Salvation)
Over the Hills and Far Away (Nightwish)

Más libros, más libres

Más allá del principio del placer (Sigmund Freud)

martes, 19 de agosto de 2008

Criticando al sistema

Lo veo todos los días.
Es muy fácil (además de acertado) culpar a la psiquiatría biológica y a los laboratorios farmacológicos de alentar el concepto de "enfermedad mental" y de identificar los trastornos mentales con "enfermedades del cerebro".
Ese reduccionismo biológico es tan falso como dañino.
Es muy válido para todas las disciplinas médicas, pues casi todo nuestro cuerpo es biología, pero no para la psiquiatría.
Nuestra percepción del mundo, nuestra interpretación de la vida, nuestra mente en definitiva es un elemento emergente que supera a la biología y, por tanto, no es explicable partiendo de su base.
Sobre este tema remito a autores mucho más expertos y más válidos que yo y que fundamentan empíricamente esta postura junto con las causas que la mantienen (Veánse "Modelos de Locura" o "La invención de trastornos mentales").
Además de la psiquiatría biológica y de los laboratorios farmacológicos hay una tercera entidad que juega un papel tan importante como las anteriores en el sostenimiento de un modelo de trastornos mentales basado en la biología, y que lo único que ocasiona es un gasto desorbitado en medicamentos y una cronificación de esas "enfermedades mentales" que jamás remiten y que condenan a la persona a prejuicios constantes en su entorno por el mero hecho de soportar una etiqueta (esquizofrénico, bipolar, límite...)
Dicha entidad es la propia persona. A la que el sistema sanitario denomina paciente y la que se autodenomina enfermo.

Sois vosotros quienes psiquiatrizáis y psicologizáis cada circunstancia que os pasa en la vida.
Ya no estáis tristes, sino que estáis deprimidos. Ya no estáis nerviosos, sino que padecéis de ansiedad.
Negáis las emociones de una forma que hasta resulta cruel. Si se os muere alguien querido, no os permitís sentir pena ni dolor, sólo queréis estar "normales", estar "como siempre" y además estarlo lo más rápido posible.
Sois vosotros quienes exigís una pastilla para "curaros". ¿Por qué? ¿Por qué lo hacéis?
Es más fácil, es más rápido (supuestamente) y, sobre todo, os libra de la responsabilidad de vivir. Os libera de la responsabilidad de aceptar que el cambio reside en uno mismo. Os ahorra el intenso esfuerzo de tener que salir vosotros mismos, el horrible trabajo de crecer, de aprender, de sobreponeros, de concebir las dificultades vitales como inevitables.
Os libera de tener que aceptar la incertidumbre y VUESTRA PROPIA RESPONSABILIDAD.
Vuestra deplorable ignorancia no os hace pensar en los efectos que esa medicación tiene en vuestro cerebro ni en vuestras vidas. No os hace plantearos que esa pastilla más que curar lo que consigue es cronificar, crear dependencia o producir efectos secundarios tan desagradables que es peor el remedio que la enfermedad.
Hemos perdido la esencia de lucha, los valores de resistencia y de aceptación y los hemos sustituido por una comodidad enfermiza, por una evitación de la responsabilidad en nuestra propia vida, por una supuesta felicidad recetable.
Seguid permitiendo que instituciones biológicas continuen inventando nombres técnicos para circunstancias cotidianas, seguid en vuestra apatía y seguid reclamando vuestros derechos como pacientes.
La vida sólo llena al que está dispuesto a asumir su constante incerticumbre y su indudable final.

La música manda:

Umbrella (Vainilla Sky)
Damned (Bon Jovi)
The Best of You (Foo Fighters)

Más libros, más libres:

Shimriti (Jorge Bucay, muy a mi pesar)

miércoles, 23 de julio de 2008

Imposible

Apuñaló la realidad para poder comprenderla y la realidad se desangraba en ríos de idealismo.
Estranguló las normas para poder aceptarlas y las normas morían en jadeos de anarquía.
Suicidó su cuerpo para encontrarse a sí mismo y él se perdía en él mientras la muerte preguntaba y la sangre respondía. Porque ella no miente. Roja. Marcada con cada pensamiento, emoción y vivencia.
Allí estaba. En la nada con nadie.
Rebelde hasta en la risa.
Mientras su cuerpo estuvo vivo y su mente respiraba, se burlaron de él. Lo llamaron ignorante. Lo marginaron.
La gente le odió.
La misma gente que se contradecía en cada acto, en cada palabra. La misma gente que imponía normas porque le asustaba lo que no podía controlar.
A él no puedieron educarle, porque no hay nada que educar cuando uno sólo es sentido común y pasiones.
Fue fuego en las lágrimas, agua en las palabras, tierra en el alma y aire en los límites.
Creó un empirismo vital de su existencia.
Plus ultra. Siempre más allá.
Más allá de lo establecido, de lo conocido. Más allá del cuerpo y del alma. Más allá de todo. Más allá de dios. Pero supo que primero había que ir más allá de uno.
Amó hasta el síncope del desvarío.
Se enamoró de lo diferente porque todo en este mundo es diferente y sólo nosotros necesitamos que todo sea igual a todo. Tal vez para no pasar por el trauma de elegir.
Inhaló odio y exhaló energía.
Llegó a mover el universo símplemente pensando.
Se vistió con todos los corazones que han latido alguna vez y se sumergió en el mar con la bandera del interrogante.
Al final llegó donde quiso, no donde tenía.
Allí estaba. En la nada con nadie.
Rebelde hasta en la risa.

La música manda:

Meant to Live (Switchfoot)
Hello, Zepp (B. S. O. Saw)
Hana-Bi (Joe Hisaishi)

Más libros, más libres:

Trilogía "El elfo Oscuro" (R. A. Salvatore)

miércoles, 28 de mayo de 2008

Concierto para sangre y orquesta

CARA A

Era un cielo. Lo amaba tanto como una mujer puede amar a un hombre y, por lo visto, era demasiado pero no suficiente.
Lo colmó de atenciones y de besos, de abrazos y de deseos.
Lo llenó con su alma y sacrificó su carrera por él, lo adoraba, lo quería.
Se conocieron de casualidad. Ella ponía copas por las noches para poder pagarse los estudios y él acompañaba a sus amigos por no estar solo.
No bebía. No fumaba.
Hablaron y se enamoraron. Salieron. Se besaron. Se acostaron.
Y él comenzó a tejer su tapiz de espejismos.
La manipuló, la utilizó, la separó de su familia, de sus amigos. Sin embargo ella vivía en un sueño y no quería despertar. Al final los errores pasan factura ¿o quizá no?
Pasaron los años y vinieron los golpes, las palizas, los cortes, siempre precedidos por días interminables de insultos, vejaciones y masacres emocionales.
Seguía sin querer ver. Se justificaba afirmando que en el fondo era bueno, que cambiaría, que quizá ella se lo merecía. Hasta dónde es capaz de llegar la mente para evitar los cambios, para no caerse del precario equilibrio en que la mantienen las creencias erróneas, irracionales, pero, al fin y al cabo nuestras, sin ellas sólo está el caos, la locura ¿o quizá no?
Su vida se convirtió en un laberinto de dolor, en un infierno de golpes, sangre y gritos.
Un día no pudo más.
Empezó a investigar. Descubrió que antes de ella hubo varias (otra mentira más), que a todas las machacaba y las golpeaba. A una no logró encontrarla. No quiso visitar el cementerio, demasiado miedo.
La última paliza fue la gota que derramó el vaso. A duras penas logró arrastrarse al portal y suplicar ayuda.
La ambulancia voló a urgencias y los médicos dieron el parte al juzgado. Ella quiso seguir adelante, pero era demasiado tarde.
La mañana que acudía a comisaría, él se materializó de la nada tras una esquina.
Ella notó la aguja de hielo que le atravesaba las entrañas y antes de sumirse en una negrura mortal ,tuvo tiempo de ver cómo su torturador y verdugo saltaba delante de un autobús que le destripó sobre el asfalto.
Suspiró al darse cuenta de que moría sola, olvidada y miserable. ¿Quién tenía la culpa?
¿Importaba quizá?
Su último pensamiento también fue para él: "Dios, no permitas que me lo encuentre en la otra vida otra vez"

CARA B

No era nadie. Era feo, tímido, inseguro, poca cosa, un deshecho humano, un error que no debió nacer.
Y ahí estaba.
Suplió todas sus carencias con una dedicación al trabajo que rayaba en la religiosidad. Quizá por eso le ascendieron a gerente y después a director de la sección nacional. Tocó techo laboral a los 35 años.
Y apareció ella.
Al principio ni siquiera la miró ¿Cómo iba una mujer así a fijarse en un paria repulsivo como él?
Contra todo pronóstico ella se le acercó. El se escondió tras su muro de hormigón y metal, pero la chica estaba decidida y tras varios meses, abrió una brecha y después de un año destrozó sus defensas.
El se lanzó a ella con toda la esperanza de una vida amargada y solitaria. Le dio su identidad, su corazón y, lo más importante, le dio su dinero.
Ella no lo rechazó y siempre quería más. A cambio le facilitaba pseudoamor, pseudosexo, pseudovida, que eran menores conforme disminuían los lujos.
El empeñó sus bienes, le donó toda su fortuna, hipotecó su casa y sólo quería algo de cariño, sentirse querido por una vez en la vida.
Pero todo lo material acaba terminándose.
Ella ya no lo necesitaba. Se acercó a los barrios bajos, le dio 100 euros a la persona adecuada y a la media hora estaba en urgencias medio muriéndose.
Confesó a gritos que había sido su pareja, que ese era el culmen tras años de maltrato psicológico.
Los médicos dieron el parte al juzgado.
Ella sólo quería sacarle hasta el último céntimo, pero ál estaba arruinado, sin trabajo, sin familia, nunca tuvo amigos, sin propiedades.
La ley es injusta, pero necesaria y la justicia es absurda, pero demoledora.
La primera semana de sus 10 años de prisión fue violado dos veces.
Antes de acabar la segunda semana se había suicidado clavándose un picho en el ojo.
Su último pensamiento fue una brutal carcajada al imaginarse a sí mismo pegando a su pareja, pegando a alguien.

La música manda:

Resurrection (B. S. O The Passion of the Christ)
Endless Road (Tommy Emmanuel)
The Might Of Rome (B. S. O Gladiator)

Más libros, más libres:

Juego de Tronos (George. R. R. Martin)

lunes, 25 de febrero de 2008

Prometo prometer

Parece un aquelarre despiadado.
Los unos se pisan a los otros, desangrándose con argumentos vacuos y palabras vanas, es la apoteosis de la estupidez, justo como si el hombre involucionara en simio y este en un ente sin conciencia.
Esa es la definición de nuestra democracia. Esto es lo que hemos elegido y quizá sea lo que nos merecemos por imbéciles, por superficiales, por ignorantes.

Ahora se acerca el momento de renovar los votos, de otorgar el poder de nuestro gobierno a personas peores que nosotros. Son psicópatas sin empatía ¿cómo si no llega uno a la cumbre de la mentira en un sistema hipócrita?
Son unas furcias viejas y ajadas que no saben cómo maquillarse para poder entrar por los ojos y obtener unos cuantos clientes desesperados que puedan pagar su droga mil veces cortada.
Son una lacra, la mayoría dice que necesaria, yo pienso que han surgido con el poder de perpetuarse a sí mismos; el sistema les alimenta. Dan igual las ideas y los colores y el nombre del partido y los valores y las necesidades, ellos ganan siempre y nosotros siempre perdemos.

El voto es un derecho, pero es inútil. Si todos son iguales, si todos nos joden ¿de qué sirve votar? Sólo los idealistas o los fanáticos creen en la necedad del gobierno del pueblo. Ambos tipos de personas son peligrosas.

Prometen y prometen y vuelven a prometer mientras seguimos igual. Caminamos renqueantes como el aventurero sin agua perdido en el desierto, y lo poco que avanzamos no es gracias a ellos, sino a nosotros mismos, siempre gracias a nosotros.

¿Cómo podemos definir nuestra cultura como libre si siempre estamos gobernados? ¿Cómo han podido convencernos esa piara hedionda de que nosotros decidimos?
Puede que tú decidas el papel que metes en el sobre, pero tú no eliges todo el elenco de gobernantes y si aún así lo haces, eliges sin pensar.
¿Qué sabes del tío que llega al poder? Sólo su fachada, su imagen pública. No conoces sus motivaciones, ni sus deseos, ni su currículum, ni sus emociones, ni sus gustos, ni su entorno.
Si no te fías de quien te intenta vender un producto innecesario ¿cómo puedes fiarte de quien intenta venderse a sí mismo?

Sólo porque la dictadura sea el infierno no quiere decir que la democracia sea el cielo, ni siquiera se aproxima al purgatorio.
Para ser presidente del gobierno sólo hace falta ser español y mayor de edad (y tener padrinos y dinero y pertenecer a uno de los partidos mayoritarios y pisar cabezas como el que exprime uvas y ser de todos y de nadie y aliarse con los poderosos para que el sistema no cambie y prometer para no cumplir...)

Políticos desalmados, os odio. Diputados podridos de poder, os detesto. Votantes necios y culpables, os maldigo.

Es una lástima que la persona por ser incapaz de gobernarse a sí misma, necesite gobernar a los demás.

La música manda:

Los Planetas (Gustav Holst)
Happy Ending (Mika)
Erotomania (Dream Theater)

Más libros, más libres:

El Paraíso Perdido (John Milton)

martes, 22 de enero de 2008

Los gordos merecemos morir

No hay pantalones de mi talla. Es lógico, puesto que por lo visto el hombre adulto medio gasta entre la 34 y la 44.
Pantalones de la 34, ¡de la 34! Jajajaja, es para desternillarse. A partir de la 40 lo podría entender, pero es demasiado. Juraría que en esa prenda no cabe ni siquiera un niño, bueno quizá si lleva diez años sin probar bocado.
El mensaje implícito que tú, como gordo cabrón te tomas, es el siguiente: No hay pantalones de mi talla porque no soy normal, soy sólo un gordo asqueroso que no merece respeto, soy esclavo de mi voracidad insana, soy horrible, por eso nadie me acepta (eso quiere decir que tú no te aceptas), dios, qué asco doy.

Como la gran mayoría de las cosas de la vida, esto tiene más implicaciones de las que se dejan entrever a simple vista.
Los trastornos de la conducta alimentaria, y su estrella, la anorexia nerviosa, sólo existen en el mundo occidenal (u occidentalizado) y, sobre todo, en mujeres, aunque en los últimos años ha habido un notabilísimo incremento en varones.
La sociedad nos inculca un IDEAL de belleza. El problema es que en ese ideal de belleza van incluidos otros "privilegios" como aceptación social, éxito, dinero, estatus... Curiosamente todos externos a la propia persona.
Todos ansiamos eso, por la sencilla razón de que no encontramos en nosostros mismos la seguridad, la autoestima y la visión objetiva suficiente para separar lo real de lo absurdo.
Es probable que te hayas criado en una familia que te ha inculcado esos valores desde pequeño y entonces seas un poco más fuerte que los demás, pero la adolescencia, la presión grupal y una educación deficitaria en la propia aceptación pueden desencadenar no ya un trastorno, sino una inseguridad perenne que no tiene connotaciones clínicas, pero que te incapacita en el día a día.

Además la propia cultura occidental se contradice.
Por un lado te exigen estar delgado, con una determinada estatura y en una determinada proporción. Por el otro, te quitan todo tu tiempo en trabajos mal pagados que exigen estar sentado ante un ordenador, un teléfono, en un coche... Al no tener tiempo tienes que comer comida basura hipercalórica, al estar sentado todo el día no puedes hacer ejercicio. Conclusión, o tu metabolismo es estar delgado, o engordas.
Al engordar, tu autoimagen entra en contradicción con el ideal de belleza occidental, eso te provoca malestar. Al no encontrar pantalones de tu talla, se activan los sentimientos de inferioridad e inseguridad que te van marcando y retroalimentándose a sí mismos.

¿De quién es la culpa? De ambos. Nuestra y de la sociedad.
De la sociedad porque ensalza belleza irreal. Por que nos dice a quién debemos considerar digno de admiración y a quién debemos marginar, qué mujeres son bellas, qué hombres son apolíneos y quiénes merecen nuestro desprecio.
Nuestra porque tomamos como ley esa belleza. Le prestamos toda nuestra atención y la promocionamos a costa nuestra. Si nosotros nos salimos de esa estrechísima franja, nos odiamos. Ni siquiera nos planteamos que eso no puede ser así, lo damos por supuesto y nos flagelamos por no ser así, por ser sólo como somos.

Aún podemos inventar nuestras propias normas. Cada uno de nosotros puede saber perfectamente lo que para él es bueno o malo. Dejemos de dar dinero, atención y, sobre todo, credibilidad a los valores vacíos que promulga el "bello" aspecto físico (el tiempo se encarga de ajarlo de una forma mortalmente eficaz) y a las empresas que favorecen esos valores porque viven de ellos.

Somos dueños de nuestra propia imagen, de nuestras propias leyes y de nuestro propio éxito. Porque el único éxito que cuenta es estar en paz contigo mismo.

La música manda:

Iota (Hevein)
Chamber Symphony Op. 110 bis (Shostakovich)
Who Wants To Live Forever (Queen)

Más libros, más libres:

Mentira (Enrique de Hériz)

miércoles, 9 de enero de 2008

Dulce inocencia infantil

Pobres infantes prepúberes que no saben lo que hacen.
Pobres menores de edad que deben ser protegidos y dejar sus errores sin castigo.
Pobres preadolescentes.
Pobres mientras golpean a un profesor 20 años mayor que ellos, pobres mientras vejan a sus compañeros en grupo, pobres mientras provocan, insultan, destrozan a la vez que sus padres les colman de atenciones y de regalos.
Pobres mientras humillan grabando sus animaladas en los móviles último modelo con que sus amantes progenitores han tenido a bien obsequiarles.

Esto no es serio. Es guasa, mofa y burla a nuestra inteligencia y a nuestro sentido de la justicia.
A partir de los 10 años puede considerarse a un niño MORALMENTE RESPONSABLE de sus actos (salvo deficiencia psíquica justificable).
Saben perfectamente lo que está bien y lo que está mal. Saben qué deben y que no deben hacer.
A no ser que no conozcan los límites y ahí es donde entran a jugar la mayoría de los padres modernos.
Queridos padres, si sois estúpidos, dejad de engendrar perversos polimorfos. A un niño no se le educa delante de la tele, no se le educa delante de una consola. Un niño precisa de atención continuada, de educación las 24 horas del día en temas tan importantes como el respeto, como el aplazamiento de lo que se desea, como el empleo del lenguaje adecuado en vez de los puños... Por eso un niño cambia la vida.
Si no sois capaces de eso, usad condón, haceos la vasectomía o la ligadura de trompas, abortad, pero no nos carguéis al resto con el producto de vuestra irresponsabilidad y, por favor, no tengáis los santos redaños de solicitar ayudas sociales porque vuestro hijo/a os salga rebelde, drogadicto, delincuente o psicopático.
Queridos gobernantes, un niño necesita saber que sus malos actos serán VERDADERAMENTE castigados. Es verdad que no hay que condenarles a trabajos forzados, pero destrozar el alma, la autoestima y la vida de otros niños y adultos debería saldarse con algo más que con nada.

Por cierto, darle una bofetada a un niño si es proporcional a lo que ha hecho y justo después de hacerlo (no 2 horas después) e informándole de por qué se le da, ayuda bastante.
No hago apología del castigo infantil, hay que evitarlo siempre que se pueda, pero cuando las circunstancias lo exijan NO ES MALO.

La música manda:

None of Us Are Free (Solomon Burke)
O Cessate di Piagarmi (Scarlatti)
Music For a Nurse (Oceansize)

Más libros, más libres:

Vacas, cerdos, guerras y brujas (Marvin Harris)

domingo, 6 de enero de 2008

Desafinados

Así están los directivos de la SGAE, los que cortan el bacalao, completamente desafinados.
¿Creeis que voy a renegar de su famoso canon digital? No, eso es un insulto tan evidente que no hace falta mencionarlo, aunque está relacionado con el tema.
Muchas "personalidades" forman parte de esa mafia descastada, pero mi bilis va dirigida de una manera muy especial a esa especie de esperpentos anodinos que se autodenominan músicos.
Por citar sólo algunos nombres: Miguel Ríos, Ana Belén, Victor Manuel, Joan Manuel Serrat, Ramoncín, Luis Cobos... Y así hasta eternizarnos.
Estos individuos que tanto han hecho por ampliar las fronteras culturales de España y cuya música incita a escuchar los berridos de una pizarra rascada con un rastrillo de metal para limpiar los oídos, hacen y deshacen. Influyen en la pobre gente que no piensa (o sea en la mayoría) y les arrastra con ellos.

Veamos los currículums musicales de los citados y por qué son conocidos y admirados:

Miguel Ríos: Destrozando con toda su alma una de las mejores obras musicales de la historia. Beethoven estará revolcándose en el infierno (donde van los buenos músicos a seguir la fiesta). Se le llama padre del rock en España. Carcajadas mil. Ya está gastado, caducado y el granadino sigue incordiando con su desfasado "Bienvenidos" y su irritante contribución a ensuciar el gran nombre de Beethoven.
Ana Belén: Bonita voz, sin duda. Lástima que no la utilice nada más que para protestar por estupideces y cantar insulsas baladas con la misma armonía repetitiva.
Victor Manuel: El escudero de Ana Belén en su cruzada de injusticias. Musicalmente, mejor no hablar. Ausencia absoluta de sentimiento en la voz. Creatividad cero (esto será una constante en todos estos entes)
Joan Manuel Serrat: Cargado con su guitarra española a la que a duras penas consigue sacarle tres acordes después de décadas pateando los escenarios. Otro que necesita de la obra de grandes genios para darse a conocer, ensuciando vilmente a Miguel Hernández y a Machado. Seguro que el lo llama "homenaje".
Ramoncín: Ejem. Sin comentarios. En su juventud nos incitaba a que litros de alcohol corrieran por nuestras venas. Supongo que son las secuelas de las drogas lo que habla por su boca. ¿Por qué este tío no sabe ni lo que es una corchea y se cree insignia de la música?
Luis Cobos: El más odioso. Le mete percusión (y además mal) a las grandes obras de la música clásica, dice que "reinventa el género" y a vivir de las rentas. Insultas a los que entendemos algo de esto, Luis. Sin tu contribución la música tendría algo menos de lo que avergonzarse.

Seguro que hiero la sensibilidad de algún amante de estos ídolos odiosos. Seguro que alguien defiende su obra, sus letras y hasta su música. Sentíos ofendidos, eso quiero.
Así se seguirá ocultando que estos elementos tienen una gran participación en derechos de otros autores, en discográficas, en radios...
Se seguirá ocultando que ellos son los que hacen de España el país de la mierda en cuanto a música se refiere. Cortan la creatividad de otros artistas exigiendo el mismo producto en serie de siempre y vendiéndooslo como si fuera la última moda.
Para escuchar buena música debes irte a las discográficas de otros países o a los locales de ensayo, o a los bares de música en directo porque ellos sólo quieren vivir de los derechos de unas partituras odiosas.
La gente sigue llenando plazas de toros y estadios para verlos y sigue alimentando su bolsillo.
Eso es lo que queréis vosotros y eso es lo que tenéis.
Afortunadamente no estoy solo.
La mafia al final se vuelve contra sí misma.

Odiadles como yo les odio y seréis libres. Descubriréis sonidos, melodías, sentimientos que creíais olvidados. Dejad que vivan de su vacío papel pautado, dejad que sólo puedan comer su excremento musical.
Olvidadles y contribuiréis a vuestro desarrollo intelectual y al del mundo.

La VERDADERA música manda:

21st Century Squizoid Man (King Crimson)
In & Out of Love (Bon Jovi)
Sinfonía nº 8 (de los mil) (Mahler)

Más libros, más libres:

El Señor de las Moscas (William Golding)

martes, 18 de diciembre de 2007

Hoy les toca a ellos

He decidido afilar el teclado del ordenador y la mente para hablar de esos excelsos personajes.

Son los héroes nacionales. Idolatrados como dioses.
Parecen la auténtica luz celestial, capaces de las gestas más épicas, de las conquistas más homéricas.
Los deportistas profesionales.

Apenas saben encadenar dos frases seguidas gramaticalmente correctas y siempre han de finalizar con el sempiterno "¿no?".
Jovenzuelos (y algunos no tanto) escandalosamente incultos, podridos en tal cantidad de dinero que supera el cubo del cuadrado de la énesima potencia de su edad elevada al infinito.

Eso sí, forma física no les falta. Son cuerpos perfectos en su sincronía, resistentes, fibrosos, atléticos. Desgraciadamente no les sirve para escapar de animales feroces, ni para procurarse alimento cazando.
No, sólo sirven para entretener a la misma masa vacía y estúpida de siempre... Y para algo más.

Mientras mi equipo gane la liga, mientras un tenista español se lleve la ensaladera, mientras un piloto de carreras siga quemando caucho en circuitos perdidos de la mano de Dios ¿qué me importa la hipoteca? ¿qué me importa la subida de los precios? ¿qué me importa la constante violación de derechos individuales y colectivos? Y si me importa, si me preocupa algo, rápidamente se ve compensada con la alegría hueca de estos cuasitriunfos.

Los deportistas cumplen una función social y no lúdica precisamente. El antiguo adagio romano sigue siendo válido hoy: mientras la plebe esté entretenida, dejará tranquilos a los que manejan sus vidas.

Por eso los deportistas, por eso las fiestas (que ya hablaré de ellas otro día).

No les soporto. No soporto su descaro, su falta de vocabulario, su egolatría disfrazada de humildad, su papel de ser "los elegidos", sus coches caros, sus carteras llenas, sus múltiples casas, sus autógrafos.
No soporto a los deportistas profesionales ni a la función que cumplen.

Pero seguimos viéndoles, seguimos en la enfermiza homeostasis que rige nuestro día a día.
Ojalá veáis que hay otras formas de entretenimiento, que hay otras maneras de pasarlo igual de bien en los bares y no sólo con la vista fija en una pantalla que no enseña absolutamente nada.

El deporte profesional no es noble (como se empeñan en hacernos creer todos los que viven de él y no son capaces de adaptar sus vidas), es absurdo.
El deporte profesional no une a las personas, las separa y las hace entrar en un estado de peligrosa desindividuación.
El deporte profesional no es humanitario, es negocio, es venta, es una empresa (como todas las religiones, pero al menos ellas intentan vender paz espiritual).
El deporte profesional es bazofia, y basura comen los que se alimentan de él directa o indirectamente.
Y nosotros somos subnormales profundos (menos de 20 puntos de C. I) al seguir suministrándoles nuestro dinero y, lo que es peor, nuestra atención.

La música manda:

Madness (Joe Hisaishi)
Capricho Nº 24 (Paganini)
My New World (Transatlantic)

Más libros, más libres:

Caníbales y Reyes (Marvin Harris)