Mostrando entradas con la etiqueta Creación literaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Creación literaria. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de abril de 2010

Sobre el amor y la muerte

"¿Me quieres?"
Preguntas y callas. Esperando. Como si yo fuera capaz de colmar tu deseo con mi voz, como si con frases yo pudiera escribir tu corazón.

"¿Me quieres?"
Sí, por supuesto, pero no te lo diré. Porque no significaría nada. Porque las palabras se enganchan a los pájaros para tocar el cielo sin haber sido nunca vistas.
Si me quiebras en dos, si destrozas mi esternón, verás las palabras que me pides, entonces esas palabras pesarán. Estarán empapadas en sangre, bien atadas a mi alma con una soga de arterias. Pero ya estarán muertas.

"¿Me quieres?"
No quieres escuchar "sí" o "no". Quieres SABERLO con CERTEZA ABSOLUTA. Y las únicas palabras que siempre la han dado son las que fueron arrancadas del cuerpo.
Rasga mi piel, revienta mis costillas, estruja mi corazón y las verás en lo más hondo de mí. Pegadas a mis pulmones, pues por ellas respiro.
Pero ya estaré muerto. Por eso las palabras que buscas, en ese momento y sólo entonces, pesarán. Tomarán cuerpo y sustancia.

"¿Me quieres?"
Jamás podrás saberlo. Infinitas veces preguntas, infinitos silencios responden.
Ahí está tu dilema. El tuyo y el de todos.
Para saber hay que llamar a la muerte.
Sólo lo que está muerto, pesa.
Yo te quiero también sin saber la respuesta.
Pero amando lo que no conocemos, somos.
Personas, vida. Somos.

La muerte es la única certeza que tenemos en este mundo.
No es extraño, pues, que todo lo que ella toque, se vuelva cierto.
Exista realmente.

El amor te hace flotar.
Engaña a la gravedad para llevarte a las estrellas.
El amor te da vida porque te quita peso.

Un amor que pesa como el granito
es tan cierto como la muerte
y está tan muerto como ella.

"¿Me quieres"?
Sólo hay una forma de que lo sepas sin matarme, sin matarte.

Bésame.

Porque en los besos no ves las palabras, no las escuchas.
Pero las sientes viajar de mi boca a la tuya y al revés.
Morimos en los besos.
Nacemos en las palabras.

Bésame, quiero morir.

viernes, 9 de abril de 2010

En el borde del acantilado

Estoy sentado justo en el borde del acantilado. Apenas se ve el fondo, sólo una interminable pared negra de roca viva que supura niebla.
Desde abajo se eleva el sonido de olas rojas estrellándose a lamentos contra las piedras más afiladas del abismo que contemplo.
Sé que sólo necesito una pequeña inclinación para caer y matarme, también sé que la gravedad está deseosa de hacer su trabajo.
Y lo más importante de todo.
Sé que no es la primera vez que me siento en el borde de este acantilado.
Reconozco el cielo violáceo sin estrellas ni luna que me aplasta desde arriba.
Reconozco la brisa pesada y salobre que me aplasta los costados.
Y por supuesto, reconozco el tajo brutalmente negro del acantilado que me aplasta desde abajo.

Sentado en el borde del acantilado soy una agonía silenciosa comprimida.
La sombra de una fresa licuada y exprimida.

Estoy sentado justo en el borde del acantilado. Y estoy en silencio.
Estoy callado porque no quiero escuchar palabras que disfrazan la esperanza de realidades; estoy aquí precisamente porque me disfrazaron la realidad con esperanzas.
Estoy sentado justo en el borde del acantilado. Y estoy solo.
Estoy solo porque no quiero tener a mi alrededor cuerpos que me griten que me lance y cuerpos que me chillen que no me lance. Estoy sin nadie porque la decisión de matarse ha de ser tomada en el monólogo solitario de un deseo amputado.

Sentado en el borde del acantilado soy atravesado por un lenguaje de piedra.
Sonidos hápticos de unos ojos hieráticos.

Sé que no es la primera vez que me siento justo en el borde de este acantilado. Pero no sé cuántas veces he venido. Quizá está sea mi segunda visita, quizá he venido más de un millón de vidas.
A pesar de todo, la pregunta más evidente
"¿Me inclino y me mato?"
no es la más importante
"¿Esto es el principio o es el final?"

Estoy sentado justo en el borde del acantilado.

sábado, 30 de enero de 2010

Sobre la muerte y el tiempo (II)

Se me acaba el tiempo.
Y no quisiera tener que gritar que estoy muerto.

Hace años me contaron una leyenda.
En la era en que la Tierra no había sido desangrada, un pueblo habitaba rodeado de montañas. Era el último pueblo de hombres inmortales que alguna vez hollaron el mundo.
Todos los pueblos aliados y enemigos se habían desintegrado, víctimas irreparables de la eternidad que moraba en su sangre.
Todos los hombres y mujeres de las comunidades más antiguas desaparecieron en el agua y en la tierra, en el fuego y en el aire, víctimas desesperadas del olvido que engullía sus almas.

Pues está escrito en las olas que el precio de la inmortalidad es la memoria. Y si nadie recuerda, nunca existió nada.

Con la noticia de la desaparición de la tribu gris, el pueblo rodeado de montañas tomó conciencia de su soledad eterna, condenada, a la larga, a la ausencia.
Consultaron al chamán, el único hombre del pueblo que en lugar de corazón tenía agua y en lugar de ojos, aire.
El chamán, tras días de leer la orilla del río y lunas de escuchar la brisa entre la hierba, les dijo que la única manera de detener el olvido era congelar el tiempo.
- Hay - susurró el chamán. - en lo más alto de la montaña más alta una cueva infinita rodeada de fuego donde habita Theck, dios del tiempo y de la inmortalidad. En lo más profundo de la caverna guarda celosamente un trozo de hielo negro. Ese fragmento de hielo es lo único capaz de inmovilizar a Theck.
Entonces el pueblo rodeado de montañas envió al hombre más joven (apenas un niño) en busca del hielo negro.

Así fue como el último inmortal trepó a lo más alto de la montaña más alta.
Descubrió la cueva y penetró en ella apagando las llamas con su sangre. Engañó a Theck con la melodía de su laúd y desde entonces el tiempo se detiene con la música.
Atravesó puñales de roca, se enfrentó con arañas de carbón y con dragones de lava.
Y por fin, en el centro de un laberinto de piedra tallada en espiral halló el trozo de hielo negro.
Abandonó el laúd en lo más hondo de la caverna del tiempo y en su funda escondió el hielo.

A la salida le esperaba Theck. Gigante. Eterno.
Al no tener el laúd, el último inmortal se enfrentó al dios blandiendo el hielo negro. Pero Theck ya estaba prevenido porque el chamán se lo había contado todo al dios del tiempo a cambio de ser el último hombre en olvidar.
Theck se protegió con un escudo de sangre y llamas que derritió el hielo dejando al último inmortal armado con la última astilla del negro fragmento.
Theck, llevado por la venganza, se abalanzó contra el último inmortal decidido a torturarle por toda la eternidad.
Fue en ese momento cuando el último inmortal se atravesó los ojos con la última esquirla de hielo negro para no ver el odio de Theck.
Al levantar la vista y clavar los ojos en el dios, éste quedó congelado. Sin embargo, con el último aullido de rabia, Theck lanzó una maldición. Ellos congelarían el tiempo, vencerían al olvido, pero a costa de su vida.

Por eso desde entonces los hombres tienen un círculo negro en el centro de cada ojo. Es él el que congela el tiempo y, al congelarlo, se vuelve recuerdo.
Desde entonces los hombres recuerdan.
Es por eso desde entonces que los hombres son mortales. Desde entonces la muerte va unida al tiempo. De ese matrimonio nace la memoria.
La memoria, que congela al tiempo pero no lo detiene.
La memoria, que recuerda a la muerte, pero no recuerda la forma de vencerla.

Se me acaba el tiempo.
Empiezo a gritar
que ya estoy muerto.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Frente al lago de alquitrán

Frente al lago de alquitrán encontró a la muerte.
Estaba encogida en un ovillo, asustada, tratando de esconderse.
Antes no se hubiera imaginado que la muerte pudiera sentir miedo de algo.
Y la desesperación cambió su roce por el de la compasión.

Frente al lago de alquitrán le preguntó a la muerte,
"¿De qué tienes miedo?"
La muerte le miró con ojos que han de ver del final de todo.
Entonces lo supo.

"Jamás me imaginé que la muerte temiera a los suicidas"

Frente al lago de alquitrán le hizo comprender la muerte
que el suicida no la busca a ella, sino a la vida,
y que ella no podía soportar la decepción
de entregar únicamente un paisaje inerte.

"No te preocupes", la consuela el suicida.
"No puedo dejar de ver la primavera en tu rostro
desolado. No puedo dejar de ver en tu cuerpo
consumido mi lenguaje. Tú oscuridad siendo el final
es el principio.
Ya le dijo la emperatriz infantil a Bastián que todos
los principios son oscuros"

Frente al lago de alquitrán la muerte
entendió que el que busca la muerte
sólo quiere la vida que la vida le negó
con una muerte viva, que no se controla,
que es vivir muerto cuando el único momento
que importa es morir estando vivo.

Frente al lago de alquitrán la muerte
y el suicida se conocieron al fin.
Frente al lago de alquitrán la muerte
supo que podía dar la vida.
Que era lo único que siempre había hecho
frente al lago de alquitrán.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Sobre el amor y el miedo

Se derrite el tacto del suspiro en la almohada.
En lo que tardo en decir "coraza de corazones", ella se disuelve entre los labios.
Ella se evapora en tres roces.
Ella, la emoción que siento, la vida que trato de apresar entre las manos y que se me escapa a latidos.

Luchamos para no tener miedo, cuando lo único que deseamos es dejar de sentir miedos.

El amor nace del miedo. Del miedo a conocernos y del miedo más acuciante a no encontrarnos jamás. Del miedo a vivir, del miedo a morir. Todos son el mismo miedo, el que define la angustia existencial que surge del abrazo mágico entre vida y conciencia.

El amor se va desgarrando por los miedos. El miedo a la soledad y el miedo más retorcido a no ser aceptado. El miedo a los otros, el miedo a lo que puedan pensar. Todos son miedos diferentes, pero les une su origen, son disfraces del miedo a vivir y del miedo a morir.
El miedo se disfraza de miedos. El miedo se defiende con miedos.

Sin miedo no hay amor, pero con miedos el amor se rompe o se corrompe.

Se funde el sabor del abrazo en los ojos.
En lo que tardo en oír "personas de poesía", ella ha hablado con mi voz.
Ella se ha licuado en tres lágrimas.
Ella, palabra que me escribe de la nada y me hace nacer a medias escrito, esperanza que me golpea contra la libertad de haber amado viviendo.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Las tres formas humanas de enfrentarse a la muerte

Me inclino a pensar que la primera fue la religión. Sus dulces palabras dibujando un ente divino que ordena el universo, el tiempo, cada vida individual. Bonito, maravilloso, pura armonía tranquilizadora.
Creo que la religión entra mejor cuando uno es inocente. Con su bello discurso vistiendo el alma desnuda del hombre, facilitándole el sentido a una vida recién descubierta y tan fácilmente consumida, perdida.
Ella, que pone todo fuera, que explica, en menor medida la alegría y en inmensa mayoría las desgracias, por una voluntad superior incontrolable a nuestros ojos terrenales.
Y su promesa del premio prometido a la obediencia dedicada de toda una vida. Ese cielo, ese Valhala, ese Nirvana, esa Felicidad. Intangible como los suspiros, anhelada como los deseos.
Por eso me inclino a pensar que la primera forma humana de enfrentarse a la muerte desde que adquirimos conciencia de ser fue la religión.

Mi intuición me dice que la segunda fue el arte. Como dioses tratando de moldear una pizca de nuestra alma con barro en esculturas, con colores en lienzos o con versos en poemas.
Poniendo fuera algo interno, para que no muera todo con nosotros, para que nos recuerden.
Pero el tiempo y la historia siempre juegan malas pasadas; y se acaba recordando la obra, no el artista; se acaba recordando el nombre, no la vida; la cultura, no la persona.
Sin embargo, algo en nuestro interior nos grita que creemos. No nos basta crear vida (como hace el resto de la vida animal y vegetal). Eso es poco. Tenemos que petrificar nuestra esencia en símbolos de tela, de tinta o de tierra. Y así nos comprendemos, nos explicamos y nos convertimos en lo que no podemos ser para evitar la muerte.
De todo arte, el más humano ha sido siempre la música. Que sólo existe si alguien existe para tocarla, para escucharla. La música es movimiento porque la vida es movimiento.
El núcleo más interno de la música no se puede encerrar en la blancura pautada de una partitura.
Creo que el resto del arte intenta que nos convirtamos en dioses. Trata de parar con un grano de arena, la marea de negrura que es la muerte. Pero creo que la música es el único arte que intenta recordarnos que somos humanos, el único arte que muere con el músico, con el oyente. El único arte efímero y, quizá por ello, auténtico.
Por eso mi intuición me dice que la segunda forma humana de enfrentarse a la muerte desde que adquirimos conciencia de ser fue el arte.

Sé que la tercera fue la Filosofía. Que quiso responder a la religión mostrándole que hay cuestiones que no pueden ser explicadas sólo por la fe. Que quiso enseñarle al arte que el desorden caótico del alma humana reflejaba todo lo que de perecedero e inmortal hay en el cosmos.
La Filosofía, que se empezó a cuestionar el propio cuestionamiento racional, religioso, artístico, natural y humano. Que sólo preguntaba y muy pocas veces respondía.
Ella nació siendo una y tuvo que divirse casi hasta el infinito para tratar de responder a las tres preguntas clave. Ahora parece que tenemos un problema y, debido a las divisiones ¿necesarias?, casi no recordamos esas tres preguntas cruciales.
Pero seguimos en la brecha.
La Filosofía, que trata de poner un límite al universo, un límite al conocimiento, al pensamiento y al lenguaje, y que poco a poco va descubriendo que sólo hay un único límite, común para todos. La muerte.
La Filosofía habló por la boca de Bataille y le hizo decir que la muerte es algo que desconocemos y, además, pensar sobre ella tampoco nos ayuda a conocerla, por lo tanto es el límite entre el saber y el no saber.
¿O entre el saber parcial y el saber completo? No sé, pues nadie ha vuelto jamás para aclararlo.
Por eso sé que la tercera forma humana de enfrentarse a la muerte desde que adquirimos conciencia de ser fue la filosofía.

viernes, 24 de julio de 2009

Atravesé millones de estrellas abrasándome el corazón en cada una de ellas.
Me ahogué en océanos de lágrimas habiendo llorado cada uno de ellos.
Para llegar a... nada.
Para sentirme... vacío.
Dependiente de cada una de las personas a las que consideré valiosas, pero disfrazándome de independencia, de una fortaleza hueca.

Tras incontables modelos sociales de héroes, de resistencia y abnegación, de superación, de seguridad inquebrantable y autoestima inflexible, de resolución y adaptación y éxito y admiración... Me encuentro a mí mismo.
Antítesis de todo, reverso oscuro del ideal. Un niño consciente de que lo es y no debería serlo.
Físicamente autorrechazado.
Moralmente automutilado.
Espiritualmente autocompasivo.
Y en mi autocastigo encuentro mi salvación y mi condena.

Engarzada en azul está mi desesperanza.
Y mi alma es un fundido inevitable hacia el negro.
Alienado en el sentido espiritual y social.

No soy nada, tampoco soy nadie. No quiero serlo, de todas formas ¿o sí?
Apagado en la incomprensión que he creado y que estaba antes que yo.
Sólo quiero gritar de pena, llorar de rabia, expresar emociones culturalmente prohibidas.
¿Es que necesito estar a punto de morir para sentirme vivo? ¿Qué estoy buscando? ¿Qué pretendo encontrar? ¿El cariño de los otros, el respeto de mí mismo, el éxito social? No lo sé, quizá todo, quizá nada en absoluto.

Me disuelvo en una elegía inacabada.
Me recreo en la indiferencia de mi mirada (escudo de lo muchísimo que me importa lo invisible).
Me retuerzo en un espasmo indescriptible de sentimientos, de ideas decapitadas antes de ser habladas.

Trastornado, imposible, retorcido, mentalmente enfermo.

No tengo lo que quiero y eso me hace fracasadamente dependiente.

Estoy roto por dentro otra vez, pero la cuestión es ¿he dejado de estar roto alguna vez?

No No No No No No NO NO NOOOOOOOOOOOOOOOOO.

domingo, 25 de enero de 2009

Me reflejé en espirales

Momentáneamente me perdí en la claridad creciente de la inconsciencia.
Me perdí en la alquimia de mis propias ansias, en la certeza fracasada de la ignorancia.
Buscando el suicidio encontré la música y con ella, el deseo y con él, mi vida.
Me reflejé en espirales de aguamarina construyendo delirios de grandeza que jamás se cumplirían.
Maldije la sociedad hasta que los insultos se convirtieron en fango entre mis dientes.
Viajé al corazón de los dragones que tejen la rabia, al ocaso infantil del tiempo.
- Cambiaré el sistema, cambiaré el mundo - Me decía intentando ocultar que mi objetivo había sido siempre cambiarme a mí mismo.
Provocaba peleas para ganarlas perdiendo, y Cyrano me susurraba al oído "Es más bello porque es inútil".
Presumí de mis carencias exagerándolas hasta la hipérbole. No me percaté de que lo hacía como defensa y se volvió contra mí. Mi terapeuta lo bautizó como mi eterna inseguridad.
Comparé y no sirvió de nada. La envidia me deshollaba al ver a personas mejor situadas que yo y el remordimiento me devoraba al contemplar a gente peor parada que yo.
Mi alma se deshizo en palabras que nadie escuchó, que nadie leyó y que todo el mundo repetía sin saberlo.
Me reflejé en espirales de ónice pintando la muerte con besos.
Agonicé en autocompasión hasta que mi imagen se oxidó entre mis manos.
- Me odio, me detesto, me doy asco - Me gritaba evitando saber que me amaba, pero no lo aceptaba.
Atravesé el umbral del palacio donde moraban los dioses de la locura, me arrodillé y pedí su bendición.
Desgarraron mi pecho con promesas ilimitadas, mi espalda con carcajadas en forma de lágrima, mi rostro con infiernos de lealtad.
Recuerdo que me vestí con los labios de un adolescente. Mi idealismo se licuaba en mis ojos como la sangre en una navaja.
Volé a lomos del viento intentando volcar las estrellas, pero mis brazos se abrasaron en una elipse de carne humeante. Y no me importó.
Conté tres veces los granos de arena de un desierto y tres veces reventé mis valores, mis principios.
Me reflejé en espirales de turmalina entregándole mi esencia.
Exploté en alaridos hasta que mi lujuria se convirtió en un océano que desgajó mi realidad en billones de realidades más complejas.
- ¿Por qué? ¿Por qué? - Me preguntaba ignorando que ya sabía la respuesta.
Habité en el reino del olvido navegando entre recuerdos ajenos.
Supliqué tu corazón y conseguí mi comprensión. Así que seguí delirando hasta consumirme en un abismo de plenitud. Y de repente todo el mundo chillaba en mis oídos.
Me gritaron que dejara de pensar, me exigieron que dejara de soñar, me prohibieron imaginar, crear, nombrar.
Y entonces supe que en ese momento acababa de morir.

martes, 20 de enero de 2009

El hombre de ceniza (I)

- ¿Cómo pretendes que me crea que eso es un arco iris? - Se asombró la doctora - ¡Es todo rojo!
El hombre de ceniza la miró enarcando las cejas y sonrió con ironía.
- No es rojo, es un arco iris normal, color arco iris. - Repuso con total seriedad.
La doctora apuñaló el dibujo con la mirada. El arco iris ocupaba el centro del papel y encima de él a los lados estaban pintadas dos bocas en un chillido silencioso, negras como el corazón de la verdad.
- ¿Eres consciente de lo que dices? - Preguntó la doctora - Mira, intento ayudarte, pero si no pones de tu parte, no puedo hacer nada.
- ¿Por qué me dice eso? Es un arco iris. Usted me pidió un dibujo y se lo he traído. Estoy tratando de trabajar como usted me dijo.
- Vale, te agradezco que te impliques en la terapia, pero no puedes decirme que es un arco iris normal cuando es todo rojo.
- Ya, pero es que no es rojo, es un arco iris normal.
- Está bien. ¿Qué significan esas bocas a los lados?
- Son dos bocas que gritan de frente y, por lo tanto, no se escuchan la una a la otra, van cada una por su lado. - Explicó el hombre de ceniza. - El mundo funciona así. Ahora todo el mundo habla de la importancia de la comunicación, pero es sólo teórica. No se comunican.
La doctora le sostuvo la mirada y guardó un silencio prudente.
- Mire, doctora, vine aquí buscando ayuda, pero, si le soy sincero, no sé para qué. Nací perdido, crecí ahogándome en angustia y moriré atrapado.
- Háblame de tus recuerdos, dime qué te angustia, cuándo te diste cuenta de que estabas perdido y por qué te sientes atrapado.
El hombre de ceniza cerró sus ojos amarillos, inspiró profundamente y se dispuso a descorrer la cortina oscura de la negación.

El niño gritaba.
El niño lloraba.
Testigo de violencia sexual hacia él, hacia su madre. Sin apoyo, sin palabras, sólo con la comprensión inevitable que dan la sangre y las lágrimas del ser más querido.
Pinceladas de gris y rojo destrozaban la identidad que jamás de construyó.

sábado, 25 de octubre de 2008

Mi primer beso...

En los libros lo describen como puro, limpio, romántico. En las películas lo muestran como dulce, pulcro, inocente.
Pero en mi caso no fue así y creo que arrastro sus consecuencias.

Mi primer beso fue indecente, corrupto, ansioso, amargo, obsceno y, ante todo, culpable.

No consigo deshacerme de ella. Me arrastra, creo que me alimenta, que me impulsa.
Nací de ella, como todos, pero a diferencia de muchos no trato de negarla, al menos ya no.
La lujuria me atrapa y, precisamente por eso, me define.

Y allí estaba yo, con apenas quince años y la lascivia tatuada en el alma, frente a unos labios desconocidos y un rostro borroso en mi excitación.
Y busqué esos labios ajenos con los míos, pero no había inocencia, sólo ganas y una atracción irresistible desde la parte más incomprensible de mi ser.
Los encontré. Entonces toda mi sangre inundó mi entrepierna y mi cerebro se rompió con su textura, descuartizado a cuchillazos de libido.
Y nuestras bocas se abrieron y nuestras lenguas se exploraron. Me sentí como el hombre que descubre un secreto hundido en el olvido; y me sentí vivo, completo. Pero no me completaba la otra persona sino la satisfacción de mi lujuria. Allí vi su cara por primera vez y supe que la había buscado desde que entendí que yo era un ser diferente al mundo que me rodeaba.
Y sólo saboreaba el color rojo de la sangre, de la lengua, de los pezones y de la parte interna de los genitales, todo lo saboreaba en ese beso.
Y sólo sentía latigazos de color rojo por todo mi cuerpo. Y sólo veía saliva de color rojo ante mis ojos. Me zambullí en ella y encontré un millón de puñales rojos que se bebían mi sangre roja, mientras mis dientes rojos mordían una lengua roja que no era la mía y mis labios rojos sellaban la única salida.

No había pureza en ese beso, sólo deseos de arrancar la ropa a la chica que me lo regalaba y que se convertiría en una de las losas más pesadas que habría de cargar en mi vida. Y después de la ropa, desgarrar sus pechos con las manos, su cuello con mis dedos, su espalda con mis puños y su sexo con mis uñas sin separar mi boca de la suya, para descubrir cómo la parte más física se entrelaza con la más espiritual en un orgasmo de sangre y preguntas, de fluidos y pensamientos, de gemidos y lágrimas. De chillidos y respuestas.

Y me sentí culpable. Culpable por sentir eso, por desearlo. Pensaba que era horrible que la lujuria viviera a través de mí, pensaba que todo había empezado con ese beso.
Pero ahora veo que con ese beso no comenzó nada. Ese beso era inevitable.
Estoy seguro que con otra persona y en otras circunstancias el resultado habría sido el mismo.
Así que me envuelvo en mi lujurioso desenfreno y dejo que me arrastre, porque, al fin y al cabo, soy yo quien se arrastra a sí mismo.
Lo acepto.

¿Por qué voy a cambiar la fuerza donde nacen los sentimientos que me hacen humano, que me obliga a aferrarme a la vida?
¿Por qué voy a cambiar la esencia que me da mi lugar en el mundo, que me da la posibilidad de comprenderme a mí mismo y a mi entorno?

Ya no la niego.
Me siento culpable, porque lo soy.
Perdón, no puedo evitar decirlo con orgullo.

lunes, 28 de julio de 2008

Frágil, punzante

Algo había que hacer, así que eligió la opción que parecía más sensata.
Su corazón era de cristal, frágil y transparente.
En su infancia estuvo a punto de rompérsele en más de una ocasión. Una vez incluso llegó a mellarse un poco y aún tenía la grieta que lo cruzaba verticalmente, recuerdo de su primera batalla contra la vida.
Mientras crecía se dedicó a construir una coraza más dura que el odio y tan alta como su miedo.
Aisló su corazón de la gente, del mundo y de él mismo.
Mientras pasaba el tiempo, su cuerpo vivía, pero su mente no aprendía. Volvía a caer en los mismos errores estúpidos de su niñez.
Atrapado en un crucero de omisiones, la coraza se tornaba tan gruesa como el mundo.
Cientos de bocas gritaban en sus entrañas y engullían su autoestima, pero no le afectaba.
Su corazón era de cristal, delicado y decorativo.
Poco a poco se olvidó de cómo era sentir, del sabor de la tristeza y del fuego de la alegría.
Se volvió incoloro como el gris, irreal como las alucinaciones.
Veía su existencia intangible, risible, insípida. Era un concierto de silencio.
Sin sueños, sin emociones, sin identidad, sin sentido. Y todo por seguir la opción que parecía más razonable. No siempre lo adecuado es lo racional.
Pero eso se aprende siendo descabellado, como el odio; incongruente, como el miedo; ilógico, como la compasión.
Su corazón era de cristal, frío e inerte.
Observaba a la gente vivir. Se fijaba que en todos había cierta chispa en los ojos que no podía nombrar, pues él nunca la había poseído.
Preguntó y preguntó sobre cómo conseguir esa gota en la mirada y no obtuvo respuesta.
Agotado se dejó caer en el suelo. Un anciano milenario se sentó a su lado.
- Uno sólo siente plenamente cuando le destrozan el corazón al menos una vez en la vida. - Dijo.
Y el anciano se fundió con el suelo en un charco de ironía.
Asombrado se irguió a contraluz.
Comenzó a demoler la coraza con lágrimas que rebasaban lo imaginable, delante de todos, sin pudor; con alaridos que desgajaban el autocontrol.
Capa tras capa, su blindaje se tornaba más pequeño y más fino y en el remolino de emociones vivió por primera vez.
Ahí estaba. Un corazón de cristal apenas mancillado, apenas utilizado.
Y con una rabia largo tiempo olvidada lo golpeó.
Y estalló en millones de átomos de dolor.
Y se consumió con placer disfrutando la victoria de la agonía.
Y se liberó.
Su corazón era de cristal, punzante y sangrante.

La música manda:

Over and Under (Egypt Central)
Savin´me (Nickelback)
So far away (Staind)

Más libros, más libres:

La historia interminable (Michael Ende)

miércoles, 23 de julio de 2008

Imposible

Apuñaló la realidad para poder comprenderla y la realidad se desangraba en ríos de idealismo.
Estranguló las normas para poder aceptarlas y las normas morían en jadeos de anarquía.
Suicidó su cuerpo para encontrarse a sí mismo y él se perdía en él mientras la muerte preguntaba y la sangre respondía. Porque ella no miente. Roja. Marcada con cada pensamiento, emoción y vivencia.
Allí estaba. En la nada con nadie.
Rebelde hasta en la risa.
Mientras su cuerpo estuvo vivo y su mente respiraba, se burlaron de él. Lo llamaron ignorante. Lo marginaron.
La gente le odió.
La misma gente que se contradecía en cada acto, en cada palabra. La misma gente que imponía normas porque le asustaba lo que no podía controlar.
A él no puedieron educarle, porque no hay nada que educar cuando uno sólo es sentido común y pasiones.
Fue fuego en las lágrimas, agua en las palabras, tierra en el alma y aire en los límites.
Creó un empirismo vital de su existencia.
Plus ultra. Siempre más allá.
Más allá de lo establecido, de lo conocido. Más allá del cuerpo y del alma. Más allá de todo. Más allá de dios. Pero supo que primero había que ir más allá de uno.
Amó hasta el síncope del desvarío.
Se enamoró de lo diferente porque todo en este mundo es diferente y sólo nosotros necesitamos que todo sea igual a todo. Tal vez para no pasar por el trauma de elegir.
Inhaló odio y exhaló energía.
Llegó a mover el universo símplemente pensando.
Se vistió con todos los corazones que han latido alguna vez y se sumergió en el mar con la bandera del interrogante.
Al final llegó donde quiso, no donde tenía.
Allí estaba. En la nada con nadie.
Rebelde hasta en la risa.

La música manda:

Meant to Live (Switchfoot)
Hello, Zepp (B. S. O. Saw)
Hana-Bi (Joe Hisaishi)

Más libros, más libres:

Trilogía "El elfo Oscuro" (R. A. Salvatore)

lunes, 21 de julio de 2008

El hombre que no tenía cara

El hombre que no tenía cara se acercó a él despacio. Un paso tras otro, marcando el ritmo al andar, lento. Se puso a su lado.
El temblaba y, al mismo tiempo, un pozo de vacío se le abría en el pecho, no podía controlar las lágrimas que gritaban preguntas y nombres y que le surcaban el rostro como si un ojo fuera el Tigris y otro el Eufrates.
El hombre que no tenía cara le puso una mano en el hombro y lo comprimió suavemente.
El siguió llorando sin atreverse a mirarle y entonces todos los sucesos tristes de su vida se abrieron camino en su conciencia. Recordó todos los deseos que nunca llegó a conseguir, todas las humillaciones que sufrió, todos los desamores, las decepciones, las muertes. Toda la tristeza. Comenzó a acariciar la idea del suicidio como algo más que aceptable, como algo confortable.
- ¿A qué has venido? - Le preguntó desesperado al hombre que no tenía cara.
Silencio.
- Me duele el pecho al respirar- Continuó él. - Mis ojos arden de tanto llorar, mi cabeza se embota de melancolía. ¿Qué me está pasando? Siento que mi alma agoniza y no lo soporto.
Se giró para observar al hombre que no tenía cara y cayó de rodillas ante el espanto y la comprensión.
- ¿Qué coño es ésto? No puede ser. - Aullaba mientras lloraba a mares. - Las cosas que no... A veces, tal vez... Yo... Pude...
Las palabras que pronunciaba se tornaban en un galimatías sin sentido, hasta que sólo los gemidos salieron de su boca. Gemidos tétricos, ansiosos de compasión, pero solitarios. Gemidos de la más absoluta desesperanza.
El hombre que no tenía cara le tumbó en el suelo y se sentó a su lado tomándole la mano. Esperaba.
El seguía llorando y gimiendo como si lo único que hubiera hecho en el mundo desde su nacimiento fuera eso.
Intentaba entender que el hombre que no tenía cara era él mismo. Donde habría debido de estar su rostro sólo quedaban dos cuencas oculares de un negro tan terrible como el luto.
Intentaba entender que ese ente que era él también había tenido cara hacía tiempo, pero intuía (no sabía cómo, pero así era) que ese ser no había dejado de llorar desde que existía y que las lágrimas le habían consumido los ojos y habían borrado nariz, labios, arrugas y lunares dejando un rostro liso e infinito como un desierto de huesos pulverizados.
El hombre que no tenía cara quizá simbolizara su parte más indefensa. Sin embargo sabía que era algo peor que la muerte. El hombre que no tenía cara era la TRISTEZA.
En cuanto esa luz atravesó su comprensión, el gemido más intenso y doloroso se le quedó trabado en la laringe como una flecha empapada en fuego.
El aire dejó de entrar en sus pulmones.
Se asfixió con sus propias lágrimas.
El hombre que no tenía cara le cerró los ojos desencajados por el miedo y el dolor, le besó los labios y le lamió la última lágrima que colgaba de las pestañas inertes.
Se volvió hacia el espejo que le vomitó el reflejó de un hombre sin cara, con una lágrima solitaria deslizándose eternamente sobre la faz pulida por millones de ellas.

La música manda:

Tribute (Tenacious D)
Icarus Dream Fanfarre (Yngwie Malmsteen)
La Calma (M Clan)

Más libros, más libres:

La invención de trastornos mentales (Marino Pérez y Héctor González)

sábado, 5 de abril de 2008

El Filósofo

Cuando el sol se enterró en el horizonte el filósofo descendió de la torre por la estrecha escalera de caracol. A la luz del crepúsculo solía encontrar preguntas a las respuestas, no en vano la naturaleza del hombre comienza a comprenderse en sentido inverso.
Paseó por la ciudad abandonada como llevaba haciendo desde hacía una eternidad, noche tras noche. Sólo estaba él, la única presencia entre colosales palacios de papel, inmensas mansiones de palabras y monumentales rascacielos de corazones. Solo, sin nadie.
Quizá se habría vuelto loco si hubiera habido alguien que le reconociese como tal, pero la locura en solitario no deja de ser sino simple y llano sentido común.
Entre monólogos y respuestas preguntadas en su mente llegó al Muro.
El Muro formaba una grandiosa espiral gris, era un dragón infinito enroscado sobre sí mismo millones de veces, y estaba forrado de azulejos de plata pura. En cada uno había grabada una frase, allí estaban todos los idiomas del mundo incluso los que aún no se conocen. Cada frase constituía la pregunta que el filósofo había logrado responderse ese día.
El tenía todas las respuestas, pero debía esculpir todas las preguntas para que no se volatilizaran al pronunciarlas.
El filósofo se apróximo al último azulejo del muro, el que marcaba el centro de la espiral y, por tanto, su origen y sacó de su amplia túnica un cincel de diamante y un martillo de platino.
Cuando acabó su trabajo podía leerse la última de las preguntas "¿Quién soy?"
Guardó sus herramientas y volvió a la torre, a su espalda la luz de la luna hacía brillar El Muro de plata como si fuera una galaxia repleta de estrellas.
En la torre había alguien.
- ¿Hola?
Silencio.
- ¿Hola?
Ruido de pasos. La puerta de enfrente se abría.
Se encontró cara a cara con su propia imagen. El mismo pelo cano, los mismos ojos grises, la misma perilla incolora, hasta la túnica era idéntica.
- ¿Quién eres? - Inquirió el filósofo
- No soy tú. - Respondió su doble.
- ¿Ya ha finalizado mi tiempo?
- Sí, ya lo sabes todo. Ahora tienes que olvidarlo. No te preocupes, yo ocuparé tu lugar.
El doble del filósofo subió por la estrecha escalera de caracol dejándole solo, como siempre había estado.
Se acabó.
El filósofo volvió al Muro para comprobarlo. Era cierto, los azulejos estaban lisos, como acabados de colocar. No había frases, no había preguntas y, por tanto, no había respuestas.
Amanecía. El filósofo abandonó la ciudad y cuando los rayos del sol tocaron su persona se desintegró en mil preguntas.

El médico sostuvo al recién nacido boca abajo mientras le daba un azote en las nalgas. El último recuerdo del filósofo se desvaneció con el primer grito del llanto.
- Enhorabuena - dijo el médico a los preocupados padres. - Es un niño.
Era un niño. El filósofo por fin había logrado nacer.

La música manda:

Fallen Angel (King Crimson)
Expresso Love (Dire Straits)
Lamento Eroico (Rhapsody of Fire)

Más libros, más libres:

El Rey Lear (William Shakespeare)

lunes, 24 de marzo de 2008

La muerte y el niño

- No hay tiempo. Nunca lo ha habido. - Sentenció ella clavando sus ojos vacíos en él.
- Nunca te lo he pedido. - Respondió él tan orgulloso y alocado como siempre.
- Pues cógeme la mano y vámonos de una vez. - Se enfureció ella.
- No, aún no. Al menos me debes una última cosa.
- ¿El qué?
- Un baile, un abrazo y un beso.
- Eso son tres cosas.
- Te prometo que con el beso nos iremos.
Ella asintió casi a regañadientes, pero lo cierto es que le apetecía. Tenían todo el tiempo del mundo porque el tiempo no existía.
Y se abrazó a él. Le rodeó la cintura con ambas manos mientras bailaban una danza imposible y, precisamente por eso, perfecta.
Ella era la frialdad solitaria de la muerte, la merma constante de la enfermedad, la tristeza inevitable de la desesperación, la amargura irreparable del vacío y él se había empeñado en llamarla, en unirse a ella, en fugarse con ella.
Ella, que nunca permitió que nadie se le acercase, cayó rendida ante él.
Porque él era el sabor intangible del idealismo, el ardor irrevocable de los sentimientos, el candor egoísta de la niñez, el estallido salvaje de la vida y ella se había empeñado en conocerle, en descansar en él, en desnudarse para él.
Él, que siempre pudo ponerle fin a todo lo que inició, esta vez a ella no consiguió pararla, y tampoco quería.
Bailaron. Mientras bailaron, sonó la música más profunda del mundo que nacía del movimiento sincronizado de sus cuerpos.
La música contó cómo los extremos se buscan y se funden formando un círculo sin principio ni final, cómo todos los que hemos nacido niños, morimos siendo niños aunque tengamos más años que las estrellas y cómo la muerte no es más que la cualidad más universal y humana de la existencia, odiosa y fascinante por su inevitabilidad.
El baile acabó y la música se detuvo.
Se abrazaron. En ese abrazo se conocieron por primera vez sin mentiras y sin espejimos. El fue la pregunta y ella la respuesta. Ella fue la sangre y él el corazón.
Juntos, por fin. Dio igual si por un segundo o por diez eternidades, juntos. Juntos.
Se besaron. El niño besó a la tentación, así se convirtió en adulto.
La desesperación besó a la vida, así nació la esperanza.
Y se desvanecieron en el aire, porque la comprensión sólo dura una décima de segundo pero marca para toda la vida, porque al alcanzar lo que más deseamos, nos disolvemos a manos de otra persona, de nosotros mismos o de una idea, pero desaparecemos.
No importa. El tiempo no existe y la desesperación en nuestra vida, sólo puede traer la muerte o la esperanza.
Las dos son igual de buenas, sólo nosotros las hacemos horribles. Porque nunca aprendemos.

La música manda:

Everything louder than everything else (Meat Loaf)
Happiness (Grant Lee Buffalo)
Bat Out of Hell (Meat Loaf)

Más libros, más libres:

Nuestra Especie (Marvin Harris)

lunes, 26 de noviembre de 2007

El hombre hecho palabras

Irreconocible sonrisa, irreconocible movimiento, irreconocible tiempo.
Todo en ti es ambiguo y a la vez claro. Contradicciones sin término medio, extremismo e imaginación.
Pinceladas de ti con el color de lo inexplorado.
Deseo de deseo, principiante eterno, maestro en la insensatez.
Eres irracional, eres descabellado y aún así encuentras el sentido.
¿Eres creativo o eres el prisionero de tus emociones?
Te defines en base a ideas, te defines en base a la espiritualidad, pero tu cuerpo está ligado a la sangre y a lo que es tangible.
¿Transformas la materia en alma o el alma en objetos?
Ven, abrázame con la boca, muérdeme con palabras, disípame en una espiral de vida; porque al fin y al cabo estamos condenados a comprendernos.

Despertad vuestros sentidos aletargados con estas gotas de claridad:

Finally Free (Dream Theater)
Comptine D´un Autre Ete (B. S. O. Amelie)
Stairway to Heaven (Led Zeppelin)

Más libros, más libres:

Cien años de soledad (Gabriel García Márquez)