¡Miradnos! Hemos organizado un acto social como un espejo que nos refleja.
Refleja lo comprometidos que estamos con la institución, refleja lo máximamente mínimo que hemos avanzado.
Refleja nuestra hipocresía, porque al cambio de los valores por los que elegimos esta profesión lo llamamos "evolución", "maduración", cuando la palabra es retroceso o cobardía.
Y, por encima de todo, refleja nuestro narcisismo insolente y prosistema.
Todos comentaban "Yo estuve allí, en el inicio de la reforma psiquiátrica", pero el mensaje implícito reforzado por el paralenguaje y la conducta no verbal era "gracias a mí la reforma psiquiátrica fue posible".
Allí estaban los veteranos (y los que no eran veteranos pero que trataban socialmente de aparentarlo) dándonos lecciones sobre su experiencia y su grandísima contribución a la salud mental y a la desinstitucionalización.
Es bastante irónico que las bocas de los líderes institucionales se llenen de propaganda sobre desinstitucionalización.
Y se reforzaban entre ellos. Son los compañeros del batallón de secretariado que jamás participó en la guerra, pero que la recuerdan mejor que los que murieron en ella. Y no es de extrañar, pues tienen la misión más importante de todas: el contar la guerra, que es a la vez la más peligrosa, porque no la cuentan, sino que la manipulan a su favor sin ningún conflicto moral.
Ellos abrían las jornadas afirmando "estar al margen del discurso institucional y científico ortodoxo". Creo que es un excelente ejemplo de hipocresía y de formación reactiva.
La mayoría han sido alabanzas a la institución e incluso han puesto ejemplos y han "demostrado" su participación y arrojo con estadísticas y estudios al más puro estilo de Medicina Basada en la Evidencia.
Lo más curioso es que ellos echan la vista atrás y afirman que se ha avanzado. Lo difícil hubiera sido que los manicomios se mantuvieran abiertos cuando toda una revolución política abogaba por la igualdad y la libertad.
Esos personajes institucionales se regocijaban en su idea de progreso, cuando los únicos cambios que ELLOS HAN LOGRADO han sido sólo a nivel superficial.
Nadie (a excepción del último ponente, curiosamente fuera de la institución) se había planteado las consecuencias que estaban logrando con su "revolución antipsiquiátrica".
Al final era una lucha de poder, como se ha ido demostrando a lo largo de estos 30 años.
Al final, estos entes institucionales que tan bien han aprendido el doble juego democrático, se instalan en sus puestos y burocratizan un sistema que por fuerza ha de ser libre. Convierten a los trabajadores en recursos, a los pacientes, en números que puedan usarse para cobrar la tan ansiada productividad.
El manicomio antiguo era la antigua fábrica de montaje.
El sistema de salud mental actual es un conglomorado de empresas que tiene hasta sus franquicias (Comunidad terapéutica, URA, hospital de día...) Todas gobernadas con el objeto de obtener más beneficio, más dinero, más poder político.
Y, como ya se debería saber, esos objetivos son la antítesis del que mueve al clínico, es decir, el objetivo de pensar.
Pero también estamos nosotros. Recién llegados que acabamos de entrar y que vamos viendo, para nuestra desgracia, cómo han montado en el nombre del progreso, el ámbito de la salud mental nuestros predecesores.
Y nos quedamos callados y no decimos nada, por miedo, porque están nuestros jefes delante, porque hemos sido educados en el respeto a la autoridad, en lugar de en su cuestionamiento.
Nosotros, que no nos levantamos para decir lo que pensábamos.
Para decir que las experiencias de otros, por muy veteranos y revolucionarios que fueran, jamás podrán ser repetidas por nosotros y, además, están descontextuadas.
Para decir que no queremos escuchar cómo se besan los unos a los otros.
Para decir que el cambio no es lo que hicieron ellos (con todo un escenario público, político y social que les EXIGÍA hacerlo), sino que el cambio es lo que nos toca hacer a nosotros (arreglar el despropósito de la institución, exigir que se nos devuelva la libertad de pensamiento que nos fue arrebatada), es decir, cambiar lo que desde ningún ámbito público, político o social se nos pide, pero que vemos que no funciona. Cambiar lo que el poder no quiere que sea cambiado porque se sustenta en él.
Para decir que hubiéramos sacado muchísimo más provecho de un día de consultas o de lecturas que de estas jornadas vacías y narcisistas.
Para decir que a los residentes se nos puede enseñar técnicas, actitudes frente a pacientes, teorías y formas de expresarnos, pero JAMÁS se nos tiene que enseñar a pensar como piensa la institución, no se nos tiene que enseñar experiencias ajenas, no se nos tiene que enseñar a cómo lamernos el culo unos a otros tras años de lucha por el poder y estancamiento de sintomatología y su tratamiento.
Pero no nos levantamos, muchos por miedo, otros por indiferencia.
Yo no lo hice por las dos cosas.
domingo, 22 de noviembre de 2009
jueves, 19 de noviembre de 2009
Tristeza
Estoy triste.
Tanto, que ya no sé si lo estoy o si lo soy.
El otro día lloré.
Me deshice en llanto.
Lloré por el sonido de un piano
que apuñalaba mi conciencia
a golpes de corchea.
Lloré por la infancia perdida de todo el mundo,
cuando sólo quería llorar por la mía.
Lloré porque sabía que acabaremos
siendo una bola de papel arrugado.
Y al acabar ese llanto interminable
sentí que seguía donde había empezado.
Sin comprensión,
sin tiempo.
Sin mí.
Tanto, que ya no sé si lo estoy o si lo soy.
El otro día lloré.
Me deshice en llanto.
Lloré por el sonido de un piano
que apuñalaba mi conciencia
a golpes de corchea.
Lloré por la infancia perdida de todo el mundo,
cuando sólo quería llorar por la mía.
Lloré porque sabía que acabaremos
siendo una bola de papel arrugado.
Y al acabar ese llanto interminable
sentí que seguía donde había empezado.
Sin comprensión,
sin tiempo.
Sin mí.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Frente al lago de alquitrán
Frente al lago de alquitrán encontró a la muerte.
Estaba encogida en un ovillo, asustada, tratando de esconderse.
Antes no se hubiera imaginado que la muerte pudiera sentir miedo de algo.
Y la desesperación cambió su roce por el de la compasión.
Frente al lago de alquitrán le preguntó a la muerte,
"¿De qué tienes miedo?"
La muerte le miró con ojos que han de ver del final de todo.
Entonces lo supo.
"Jamás me imaginé que la muerte temiera a los suicidas"
Frente al lago de alquitrán le hizo comprender la muerte
que el suicida no la busca a ella, sino a la vida,
y que ella no podía soportar la decepción
de entregar únicamente un paisaje inerte.
"No te preocupes", la consuela el suicida.
"No puedo dejar de ver la primavera en tu rostro
desolado. No puedo dejar de ver en tu cuerpo
consumido mi lenguaje. Tú oscuridad siendo el final
es el principio.
Ya le dijo la emperatriz infantil a Bastián que todos
los principios son oscuros"
Frente al lago de alquitrán la muerte
entendió que el que busca la muerte
sólo quiere la vida que la vida le negó
con una muerte viva, que no se controla,
que es vivir muerto cuando el único momento
que importa es morir estando vivo.
Frente al lago de alquitrán la muerte
y el suicida se conocieron al fin.
Frente al lago de alquitrán la muerte
supo que podía dar la vida.
Que era lo único que siempre había hecho
frente al lago de alquitrán.
Estaba encogida en un ovillo, asustada, tratando de esconderse.
Antes no se hubiera imaginado que la muerte pudiera sentir miedo de algo.
Y la desesperación cambió su roce por el de la compasión.
Frente al lago de alquitrán le preguntó a la muerte,
"¿De qué tienes miedo?"
La muerte le miró con ojos que han de ver del final de todo.
Entonces lo supo.
"Jamás me imaginé que la muerte temiera a los suicidas"
Frente al lago de alquitrán le hizo comprender la muerte
que el suicida no la busca a ella, sino a la vida,
y que ella no podía soportar la decepción
de entregar únicamente un paisaje inerte.
"No te preocupes", la consuela el suicida.
"No puedo dejar de ver la primavera en tu rostro
desolado. No puedo dejar de ver en tu cuerpo
consumido mi lenguaje. Tú oscuridad siendo el final
es el principio.
Ya le dijo la emperatriz infantil a Bastián que todos
los principios son oscuros"
Frente al lago de alquitrán la muerte
entendió que el que busca la muerte
sólo quiere la vida que la vida le negó
con una muerte viva, que no se controla,
que es vivir muerto cuando el único momento
que importa es morir estando vivo.
Frente al lago de alquitrán la muerte
y el suicida se conocieron al fin.
Frente al lago de alquitrán la muerte
supo que podía dar la vida.
Que era lo único que siempre había hecho
frente al lago de alquitrán.
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Creación literaria,
Filosofía
martes, 3 de noviembre de 2009
Tú
Tú, que me miraste con superioridad y tuviste la engañosa sensación de creer que estabas por encima de mí.
Tú, que tratabas de imponerme tu ignorancia como dogma y tu opinión vacía como ley irrebatible.
Tú, que me escupías palabras de desprecio porque el miedo a enfrentarte a tu propia necedad era demasiado grande.
Tú, que destrozaste a patadas cualquier intento de acercamiento, quizá porque necesitabas reafirmarte en una despreciable categoría que consideraste prestigiosa socialmente.
Tú, que antepusiste tu profesión a tu humanidad.
Tú, que necesitas la aprobación de los que consideras iguales para valorarte.
Tú, que disfrazas de falsa condescendencia las ideas que violan con la fuerza imparable de la lógica, el sentido común y la ética tu mediocre y pervertida concepción del mundo.
Tú, que siempre has considerado que la mejor defensa es un buen ataque, incluso ante palabras que trataban de entenderte, ayudarte y tenderte visiones alternativas.
Tú, cuyo enorme ego parece imposible que quepa en una mente tan pequeña.
Tú, producto abyecto del sistema en el que tratas de encajar a costa de otras personas, ideales o valores.
Tú, que en el fondo necesitas el poder, cualquier poder, ante los demás para que no se sepa lo insignificante que realmente eres.
Tú, cuyo narcisismo raya la paranoia.
Tú, ente superficial, vil, bestia despojada de conciencia, psicópata sin empatía.
Tú, que como máximo principio ético sólo tienes las apariencias, que eres una imagen y no un alma. Una caricatura, no una persona.
Tú, que hablas con la certeza que da la ineptitud y, por tanto, siembras odio.
Tú, cuyo futuro es la amarga infelicidad del que sacrificó su esencia (en tu caso escasa) por un segundo de gloria, aunque ésta sea falsa e hija de la fachada social.
Tú, que me miraste desde una altura en la que sólo tú te habías colocado,
te digo que, en el mejor de los casos me envidias porque he recibido una educación en la que se me ha enseñado a pensar, porque he empleado mi tiempo de estudio en comprender lo que leía y no sólo en memorizar como un estúpido mono, porque sientes que has de destruirme aunque yo jamás tuve intención de atacarte, sólo porque a mi lado salen a relucir todas tus carencias.
En el peor de los casos, yo soy sólo tu reflejo. Por tanto, aun en los defectos, sigo siendo tu igual.
Despreciable aborto de institución, execrable ser ávido de reconocimiento social.
Eso eres, aunque incluso eso te viene grande, porque cualquier adjetivo peyorativo se vuelve superlativo cuando trata de describir a alguien que en realidad no es nada, no es nadie.
Tú, que tratabas de imponerme tu ignorancia como dogma y tu opinión vacía como ley irrebatible.
Tú, que me escupías palabras de desprecio porque el miedo a enfrentarte a tu propia necedad era demasiado grande.
Tú, que destrozaste a patadas cualquier intento de acercamiento, quizá porque necesitabas reafirmarte en una despreciable categoría que consideraste prestigiosa socialmente.
Tú, que antepusiste tu profesión a tu humanidad.
Tú, que necesitas la aprobación de los que consideras iguales para valorarte.
Tú, que disfrazas de falsa condescendencia las ideas que violan con la fuerza imparable de la lógica, el sentido común y la ética tu mediocre y pervertida concepción del mundo.
Tú, que siempre has considerado que la mejor defensa es un buen ataque, incluso ante palabras que trataban de entenderte, ayudarte y tenderte visiones alternativas.
Tú, cuyo enorme ego parece imposible que quepa en una mente tan pequeña.
Tú, producto abyecto del sistema en el que tratas de encajar a costa de otras personas, ideales o valores.
Tú, que en el fondo necesitas el poder, cualquier poder, ante los demás para que no se sepa lo insignificante que realmente eres.
Tú, cuyo narcisismo raya la paranoia.
Tú, ente superficial, vil, bestia despojada de conciencia, psicópata sin empatía.
Tú, que como máximo principio ético sólo tienes las apariencias, que eres una imagen y no un alma. Una caricatura, no una persona.
Tú, que hablas con la certeza que da la ineptitud y, por tanto, siembras odio.
Tú, cuyo futuro es la amarga infelicidad del que sacrificó su esencia (en tu caso escasa) por un segundo de gloria, aunque ésta sea falsa e hija de la fachada social.
Tú, que me miraste desde una altura en la que sólo tú te habías colocado,
te digo que, en el mejor de los casos me envidias porque he recibido una educación en la que se me ha enseñado a pensar, porque he empleado mi tiempo de estudio en comprender lo que leía y no sólo en memorizar como un estúpido mono, porque sientes que has de destruirme aunque yo jamás tuve intención de atacarte, sólo porque a mi lado salen a relucir todas tus carencias.
En el peor de los casos, yo soy sólo tu reflejo. Por tanto, aun en los defectos, sigo siendo tu igual.
Despreciable aborto de institución, execrable ser ávido de reconocimiento social.
Eso eres, aunque incluso eso te viene grande, porque cualquier adjetivo peyorativo se vuelve superlativo cuando trata de describir a alguien que en realidad no es nada, no es nadie.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Sobre el amor y el miedo
Se derrite el tacto del suspiro en la almohada.
En lo que tardo en decir "coraza de corazones", ella se disuelve entre los labios.
Ella se evapora en tres roces.
Ella, la emoción que siento, la vida que trato de apresar entre las manos y que se me escapa a latidos.
Luchamos para no tener miedo, cuando lo único que deseamos es dejar de sentir miedos.
El amor nace del miedo. Del miedo a conocernos y del miedo más acuciante a no encontrarnos jamás. Del miedo a vivir, del miedo a morir. Todos son el mismo miedo, el que define la angustia existencial que surge del abrazo mágico entre vida y conciencia.
El amor se va desgarrando por los miedos. El miedo a la soledad y el miedo más retorcido a no ser aceptado. El miedo a los otros, el miedo a lo que puedan pensar. Todos son miedos diferentes, pero les une su origen, son disfraces del miedo a vivir y del miedo a morir.
El miedo se disfraza de miedos. El miedo se defiende con miedos.
Sin miedo no hay amor, pero con miedos el amor se rompe o se corrompe.
Se funde el sabor del abrazo en los ojos.
En lo que tardo en oír "personas de poesía", ella ha hablado con mi voz.
Ella se ha licuado en tres lágrimas.
Ella, palabra que me escribe de la nada y me hace nacer a medias escrito, esperanza que me golpea contra la libertad de haber amado viviendo.
En lo que tardo en decir "coraza de corazones", ella se disuelve entre los labios.
Ella se evapora en tres roces.
Ella, la emoción que siento, la vida que trato de apresar entre las manos y que se me escapa a latidos.
Luchamos para no tener miedo, cuando lo único que deseamos es dejar de sentir miedos.
El amor nace del miedo. Del miedo a conocernos y del miedo más acuciante a no encontrarnos jamás. Del miedo a vivir, del miedo a morir. Todos son el mismo miedo, el que define la angustia existencial que surge del abrazo mágico entre vida y conciencia.
El amor se va desgarrando por los miedos. El miedo a la soledad y el miedo más retorcido a no ser aceptado. El miedo a los otros, el miedo a lo que puedan pensar. Todos son miedos diferentes, pero les une su origen, son disfraces del miedo a vivir y del miedo a morir.
El miedo se disfraza de miedos. El miedo se defiende con miedos.
Sin miedo no hay amor, pero con miedos el amor se rompe o se corrompe.
Se funde el sabor del abrazo en los ojos.
En lo que tardo en oír "personas de poesía", ella ha hablado con mi voz.
Ella se ha licuado en tres lágrimas.
Ella, palabra que me escribe de la nada y me hace nacer a medias escrito, esperanza que me golpea contra la libertad de haber amado viviendo.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Las tres formas humanas de enfrentarse a la muerte
Me inclino a pensar que la primera fue la religión. Sus dulces palabras dibujando un ente divino que ordena el universo, el tiempo, cada vida individual. Bonito, maravilloso, pura armonía tranquilizadora.
Creo que la religión entra mejor cuando uno es inocente. Con su bello discurso vistiendo el alma desnuda del hombre, facilitándole el sentido a una vida recién descubierta y tan fácilmente consumida, perdida.
Ella, que pone todo fuera, que explica, en menor medida la alegría y en inmensa mayoría las desgracias, por una voluntad superior incontrolable a nuestros ojos terrenales.
Y su promesa del premio prometido a la obediencia dedicada de toda una vida. Ese cielo, ese Valhala, ese Nirvana, esa Felicidad. Intangible como los suspiros, anhelada como los deseos.
Por eso me inclino a pensar que la primera forma humana de enfrentarse a la muerte desde que adquirimos conciencia de ser fue la religión.
Mi intuición me dice que la segunda fue el arte. Como dioses tratando de moldear una pizca de nuestra alma con barro en esculturas, con colores en lienzos o con versos en poemas.
Poniendo fuera algo interno, para que no muera todo con nosotros, para que nos recuerden.
Pero el tiempo y la historia siempre juegan malas pasadas; y se acaba recordando la obra, no el artista; se acaba recordando el nombre, no la vida; la cultura, no la persona.
Sin embargo, algo en nuestro interior nos grita que creemos. No nos basta crear vida (como hace el resto de la vida animal y vegetal). Eso es poco. Tenemos que petrificar nuestra esencia en símbolos de tela, de tinta o de tierra. Y así nos comprendemos, nos explicamos y nos convertimos en lo que no podemos ser para evitar la muerte.
De todo arte, el más humano ha sido siempre la música. Que sólo existe si alguien existe para tocarla, para escucharla. La música es movimiento porque la vida es movimiento.
El núcleo más interno de la música no se puede encerrar en la blancura pautada de una partitura.
Creo que el resto del arte intenta que nos convirtamos en dioses. Trata de parar con un grano de arena, la marea de negrura que es la muerte. Pero creo que la música es el único arte que intenta recordarnos que somos humanos, el único arte que muere con el músico, con el oyente. El único arte efímero y, quizá por ello, auténtico.
Por eso mi intuición me dice que la segunda forma humana de enfrentarse a la muerte desde que adquirimos conciencia de ser fue el arte.
Sé que la tercera fue la Filosofía. Que quiso responder a la religión mostrándole que hay cuestiones que no pueden ser explicadas sólo por la fe. Que quiso enseñarle al arte que el desorden caótico del alma humana reflejaba todo lo que de perecedero e inmortal hay en el cosmos.
La Filosofía, que se empezó a cuestionar el propio cuestionamiento racional, religioso, artístico, natural y humano. Que sólo preguntaba y muy pocas veces respondía.
Ella nació siendo una y tuvo que divirse casi hasta el infinito para tratar de responder a las tres preguntas clave. Ahora parece que tenemos un problema y, debido a las divisiones ¿necesarias?, casi no recordamos esas tres preguntas cruciales.
Pero seguimos en la brecha.
La Filosofía, que trata de poner un límite al universo, un límite al conocimiento, al pensamiento y al lenguaje, y que poco a poco va descubriendo que sólo hay un único límite, común para todos. La muerte.
La Filosofía habló por la boca de Bataille y le hizo decir que la muerte es algo que desconocemos y, además, pensar sobre ella tampoco nos ayuda a conocerla, por lo tanto es el límite entre el saber y el no saber.
¿O entre el saber parcial y el saber completo? No sé, pues nadie ha vuelto jamás para aclararlo.
Por eso sé que la tercera forma humana de enfrentarse a la muerte desde que adquirimos conciencia de ser fue la filosofía.
Creo que la religión entra mejor cuando uno es inocente. Con su bello discurso vistiendo el alma desnuda del hombre, facilitándole el sentido a una vida recién descubierta y tan fácilmente consumida, perdida.
Ella, que pone todo fuera, que explica, en menor medida la alegría y en inmensa mayoría las desgracias, por una voluntad superior incontrolable a nuestros ojos terrenales.
Y su promesa del premio prometido a la obediencia dedicada de toda una vida. Ese cielo, ese Valhala, ese Nirvana, esa Felicidad. Intangible como los suspiros, anhelada como los deseos.
Por eso me inclino a pensar que la primera forma humana de enfrentarse a la muerte desde que adquirimos conciencia de ser fue la religión.
Mi intuición me dice que la segunda fue el arte. Como dioses tratando de moldear una pizca de nuestra alma con barro en esculturas, con colores en lienzos o con versos en poemas.
Poniendo fuera algo interno, para que no muera todo con nosotros, para que nos recuerden.
Pero el tiempo y la historia siempre juegan malas pasadas; y se acaba recordando la obra, no el artista; se acaba recordando el nombre, no la vida; la cultura, no la persona.
Sin embargo, algo en nuestro interior nos grita que creemos. No nos basta crear vida (como hace el resto de la vida animal y vegetal). Eso es poco. Tenemos que petrificar nuestra esencia en símbolos de tela, de tinta o de tierra. Y así nos comprendemos, nos explicamos y nos convertimos en lo que no podemos ser para evitar la muerte.
De todo arte, el más humano ha sido siempre la música. Que sólo existe si alguien existe para tocarla, para escucharla. La música es movimiento porque la vida es movimiento.
El núcleo más interno de la música no se puede encerrar en la blancura pautada de una partitura.
Creo que el resto del arte intenta que nos convirtamos en dioses. Trata de parar con un grano de arena, la marea de negrura que es la muerte. Pero creo que la música es el único arte que intenta recordarnos que somos humanos, el único arte que muere con el músico, con el oyente. El único arte efímero y, quizá por ello, auténtico.
Por eso mi intuición me dice que la segunda forma humana de enfrentarse a la muerte desde que adquirimos conciencia de ser fue el arte.
Sé que la tercera fue la Filosofía. Que quiso responder a la religión mostrándole que hay cuestiones que no pueden ser explicadas sólo por la fe. Que quiso enseñarle al arte que el desorden caótico del alma humana reflejaba todo lo que de perecedero e inmortal hay en el cosmos.
La Filosofía, que se empezó a cuestionar el propio cuestionamiento racional, religioso, artístico, natural y humano. Que sólo preguntaba y muy pocas veces respondía.
Ella nació siendo una y tuvo que divirse casi hasta el infinito para tratar de responder a las tres preguntas clave. Ahora parece que tenemos un problema y, debido a las divisiones ¿necesarias?, casi no recordamos esas tres preguntas cruciales.
Pero seguimos en la brecha.
La Filosofía, que trata de poner un límite al universo, un límite al conocimiento, al pensamiento y al lenguaje, y que poco a poco va descubriendo que sólo hay un único límite, común para todos. La muerte.
La Filosofía habló por la boca de Bataille y le hizo decir que la muerte es algo que desconocemos y, además, pensar sobre ella tampoco nos ayuda a conocerla, por lo tanto es el límite entre el saber y el no saber.
¿O entre el saber parcial y el saber completo? No sé, pues nadie ha vuelto jamás para aclararlo.
Por eso sé que la tercera forma humana de enfrentarse a la muerte desde que adquirimos conciencia de ser fue la filosofía.
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jueves, 15 de octubre de 2009
¡Maldita Epistemología!
Vale. Cada vez entiendo más a Kenneth Gergen cuando habla (adoptando una posición posmodernista) de la deconstrucción de los conceptos y de la eterna duda (que creíamos haber eliminado con Descartes)que surge a partir de ella.
Una vez más he sido puesto delante de mi ignorancia.
Mis influencias epistemológicas son recientes y paupérrimas (Morin, Foucault, Gergen...), por circunstancias ambientales me he tenido que poner en contacto con un representante muy relevante y capacitado del otro bando epistemológico (escuela inglesa, esencialismo y no-reduccionismo anglosajón).
Y entonces mi mundo se desmorona.
No estamos hablando de conceptos que puedan ser demostrados empíricamente, sino de ideas (casi me atrevería a decir axiomas) donde se origina todo paradigma teórico-científico y su inevitable praxis. Con las consecuencias que en la realidad individual y social conllevan.
Me resisto a abandonar las maravillosas ideas de Foucault sobre las estructuras de poder y su ansia de perpetuidad, así como la tremenda concepción de Morin respecto a la auto-eco-organización de un sistema y la necesidad de una racionalidad auto-crítica.
Esos autores enlazan, de algún modo, con la Poesía; la literatura y la filosofía se conjugan, así como los aspectos sociológicos y psicológicos subjetivos que (ya cojeo de ese pie) el psicoanálisis siempre ha defendido.
El problema es que del otro lado también hay ideas encantadoras (el concepto de intencionalidad y estados mentales, la crítica constructiva al biologismo reduccionista, el intento para mí aparentemente infructuoso de conjugar la postura posmodernista con la esencialista...)
Si no hay nada a lo que uno se pueda agarrar, debido a que no hay datos (sino captos), si partimos de ideas indemostrables porque están dadas por supuestas (podemos demostrarlas en otro sistema de ideas que a su vez tendrá su brecha lógica), ¿cómo decide uno qué opción es la más adecuada?
En mi mente no para de bailar la premisa esbozada por Freud y desarrollada por Lacan que afirma que la actitud terapéutica al final no es más que la adopción de una postura ética.
¿Pasa eso con la asunción de una cierta posición epistemológica?
En el fondo, creo que sí.
Que si no tienes nada a lo que agarrarte, tus principios morales y éticos (influidos por tu mayor o menor conocimiento del tema, biografía y variables sociales y biológicas que, lamentablemente, nunca podré determinar)son lo único que te queda para tomar una decisión.
Cualquier decisión.
Supongo entonces que habrá que desempolvar el desarrollo ético desde la Filosofía Clásica Occidental hasta nuestros días, junto con otros desarrollos filosóficos que, no por ser menos conocidos son menos importantes (Filosofía Oriental, Africana, de cualquier tipo).
No creo que eso nos resuelva la incertidumbre, pero al menos es un sitio por donde empezar a intentar no llevarnos por la corriente de nuestras dudas.
Como decía Morin:
"Quizá haya que empezar a plantear un conocimiento más completo pero menos cierto y olvidarnos de un conocimiento más cierto pero incompleto".
Una vez más he sido puesto delante de mi ignorancia.
Mis influencias epistemológicas son recientes y paupérrimas (Morin, Foucault, Gergen...), por circunstancias ambientales me he tenido que poner en contacto con un representante muy relevante y capacitado del otro bando epistemológico (escuela inglesa, esencialismo y no-reduccionismo anglosajón).
Y entonces mi mundo se desmorona.
No estamos hablando de conceptos que puedan ser demostrados empíricamente, sino de ideas (casi me atrevería a decir axiomas) donde se origina todo paradigma teórico-científico y su inevitable praxis. Con las consecuencias que en la realidad individual y social conllevan.
Me resisto a abandonar las maravillosas ideas de Foucault sobre las estructuras de poder y su ansia de perpetuidad, así como la tremenda concepción de Morin respecto a la auto-eco-organización de un sistema y la necesidad de una racionalidad auto-crítica.
Esos autores enlazan, de algún modo, con la Poesía; la literatura y la filosofía se conjugan, así como los aspectos sociológicos y psicológicos subjetivos que (ya cojeo de ese pie) el psicoanálisis siempre ha defendido.
El problema es que del otro lado también hay ideas encantadoras (el concepto de intencionalidad y estados mentales, la crítica constructiva al biologismo reduccionista, el intento para mí aparentemente infructuoso de conjugar la postura posmodernista con la esencialista...)
Si no hay nada a lo que uno se pueda agarrar, debido a que no hay datos (sino captos), si partimos de ideas indemostrables porque están dadas por supuestas (podemos demostrarlas en otro sistema de ideas que a su vez tendrá su brecha lógica), ¿cómo decide uno qué opción es la más adecuada?
En mi mente no para de bailar la premisa esbozada por Freud y desarrollada por Lacan que afirma que la actitud terapéutica al final no es más que la adopción de una postura ética.
¿Pasa eso con la asunción de una cierta posición epistemológica?
En el fondo, creo que sí.
Que si no tienes nada a lo que agarrarte, tus principios morales y éticos (influidos por tu mayor o menor conocimiento del tema, biografía y variables sociales y biológicas que, lamentablemente, nunca podré determinar)son lo único que te queda para tomar una decisión.
Cualquier decisión.
Supongo entonces que habrá que desempolvar el desarrollo ético desde la Filosofía Clásica Occidental hasta nuestros días, junto con otros desarrollos filosóficos que, no por ser menos conocidos son menos importantes (Filosofía Oriental, Africana, de cualquier tipo).
No creo que eso nos resuelva la incertidumbre, pero al menos es un sitio por donde empezar a intentar no llevarnos por la corriente de nuestras dudas.
Como decía Morin:
"Quizá haya que empezar a plantear un conocimiento más completo pero menos cierto y olvidarnos de un conocimiento más cierto pero incompleto".
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