martes, 28 de junio de 2022

Mis similitudes con los perros

Lobos domesticados que han renunciado a aullar para intentar hablar, pero de sus hocicos largos sólo salen ladridos. Nadie entiende qué quieren decir, si es que quieren decir algo. A nadie le importa. Tan sólo esperan la caricia o el puntapié. Leales hasta la muerte o quizá por medio de la muerte. Esperando, siempre esperando la presencia mientras se les encierra en minúsculas jaulas o en prisiones un poco mayores en forma de salón. Esperando la caricia o el puntapié.

En esa existencia apática y asfixiante algunos terminan royéndose las patas, con la sangre empapando sus hocicos. Imaginan que así podrán escapar. Estúpidos animales amarrados por un lenguaje que son incapaces de comprender. Algunos acaban rabiosos, pero antes de intentar morder la mano que les da de comer construyen sinfonías de ladridos agresivos tratando de evitar morder, sustituyendo la dentellada por sonidos rabiosos e iracundos. Entonces se les dice que están subiditos. Un perro debería saber cuál es su lugar. ¿No han aguantado sus amos sus dolencias? ¿No les han recogido sus amos la mierda y les han limpiado sus orines? ¿No les han alimentado sus amos? Entonces ¿qué derecho tienen a la rabia? ¿Qué derecho poseen a la protesta y al alarido? ¿Qué derecho tienen a morder? Malditos perros subiditos que no entienden nada y a los que hay que enseñar a porrazos. Espera, perro de mierda, espera a la caricia o al puntapié.

No eres animal ni tampoco humano, perro tonto.

Da igual cuántos acaben sacrificados o abandonados. Da igual si se les encadena a un poste al sol o si se les encierra entre barrotes forrados con alambre de espino. Los buenos perros no pueden, no deben quejarse. Sólo tienen que ladrar cuando a su amo le parezca bien. Los buenos perros dan siempre la patita y obedecen órdenes. Los buenos perros están desterrados de la rabia y sólo deben derrochar alegría por las migajas de presencia que sus amos les brindan. Los buenos perros sólo esperan. Esperan la caricia o el puntapié.

A los amos no les entra en la cabeza que los perros gruñan como un coro de condenados a los que se les está castrando o que ladren con la fuerza de un millón de explosiones para no morder, para evitar clavar los dientes afilados en la carne débil y autoritaria de esos mismos amos. Y en esa tormenta de decibelios animales basta el susurro del amo para hundir ese estruendo en el silencio del que se sabe que ha nacido derrotado. Aún así se les juzgará siempre, se les dirá que están subiditos, muy subiditos. Y, de postre, se les regalará el sarcasmo de que los perros lo hacen todo bien. Los perros no entienden el sarcasmo, pero comprenden demasiado bien la culpa. Una palabra apenas audible del amo basta para destrozar los insultos que esos animales idiotas tratan de recrear con ladridos para defenderse o para reivindicar unos derechos que jamás les han pertenecido.

Espera, perro asqueroso, espera la caricia o el puntapié.

Acaban con la mirada vacía, perdida, en un mundo cuyo sentido siempre les ha sido ajeno. Tumbados en el suelo, con el alma extraída y el carácter drenado. Totalmente eviscerados por un tiempo que pasa 7 veces más rápido que para sus amos y, aún así, siempre es demasiado lento. Acaban con la cola deshilachada en el movimiento automático que los amos confunden con felicidad. Acaban triturados por las órdenes y por sostener el amor. Un amor que ha de ser el que los amos entienden como tal. A nadie le importa qué puede entender un perro sarnoso por amor. Y si son incapaces de dar el signo de amor que el amo entiende, entonces se les castiga, se les reprende, se les maltrata y se les escupe delante de sus orejas gachas y del rabo entre las piernas que están subiditos, que son malos perros, malas mascotas, malparidos. Porque un perro sólo tiene un objetivo en la vida: esperar. Esperar la caricia o el puntapié.

Al final también esa promesa resulta ser falsa. Los perros pasamos la vida esperando la caricia o el puntapié. Sin embargo, esa larga espera culmina siempre de la misma manera. Llega un momento que no hay ni caricia ni puntapié, sino la inyección anónima que nos lleva a la tumba y que los buenos perros también han de agradecer sin ladridos y meneando el rabo. Porque los buenos perros, los perros que no están subiditos y que reconocen que no han hecho nada bien en su perra vida, han de compartir la visión del amo. Esa visión que confunde la inyección que les arrebata la poca vida que aún les queda con la compasión.

Espera, perro de mierda, espera a la caricia o al puntapié. 

Espera, perro sarnoso de los cojones, espera a la caricia o al puntapié, cuando en realidad todos sabemos que estás esperando la inyección.

 

martes, 24 de mayo de 2022

Espirales rotas

Toda boca es un abismo invertido

donde se derrumban las vidas, 

las personas, los lugares

en palabras.

Todo pensamiento, una obsesión

en ciernes tratando de apresar

mitades disparejas, insalvables,

imposibles.

Todo hombre es una infancia

puesta del revés,

una adolescencia asesinada,

una fugacidad que se desangra.

Toda memoria es una mordaza,

todo olvido, una promesa

irrompible de repetición.

Todo terror es hijo del odio,

todo dolor, el aullido imparable

de un agujero a medio cerrar.

Toda nada es siempre todas las cosas.


¿Cómo saber cuándo se cruza el límite

si el borde es tan íntimo como transparente?

¿De qué forma puede establecerse 

la medida del desastre cuando zozobrar

es la única escala?

¿Existe distancia entre delinearse

y deshacerse?

¿Y entre lamentarse y repudiarse?

Si todos los nichos ya están ocupados

¿dónde mueren los silencios?

¿Cuál es la geometría de la rotura?

¿Por qué solo podemos construirnos

cayendo por el acantilado?

¿En qué dimensión deshabitamos?

¿Desde qué llanto nos nombraron?

¿Desde qué exilio nos nombramos?

domingo, 4 de abril de 2021

De rupturas y reencuentros


Infinito es el aura tenue

del cristal que se piensa esquirlas,

de la llama que será incendio,

del dolor anunciando su eco.

Infinito el temblor sincrónico

que nos quema a la vez por dentro.

Infinito el instante que ata

sin nosotros querer saberlo.


Inmortales heridas líquidas

del cariño apagado y yerto,

del crujido inicial del odio,

de la piel que recuerda el hielo.

Inmortal la utopía ardiente

que sangrando en el pecho llevo.

Inmortal el audaz intento

de querernos romper de nuevo.


Imborrable es la densa huella

del amor inventando el cuerpo,

de la pena que olvida su hambre,

de la brasa grabando su hueco.

Imborrable el poema trágico

que nos lanza a los dos al fuego.

Imborrables cenizas grises

que nos vuelven a unir de nuevo.



jueves, 1 de abril de 2021

Sobre la escritura y el amor

 I

Las muertes florecen deprisa

los días que anudo palabras.

El llanto se muere, se mueren

la angustia, los ríos de rabia,

los sustos, la voz del invierno

y a veces también la esperanza.


La luz se marchita despacio

los días que escojo el silencio.

El ansia deslumbra, deslumbran

el tacto, los márgenes lentos

del fuego, los rostros, la lluvia

y a veces también cada pérdida.


Soy preso de todo lo frágil

- calor, decepción y aleteo -. 

Las cosas que fácil se rompen,

dejándome mudo y confuso

- presencia, deseo y amor -, 

empujan a hablar a mis manos.


II

La paz cicatriza en los bordes

de heridas abiertas a tientas

por labios, tropiezos y estrellas.

Desbordan aullando a través

del alma los valles labrados

en sal, los aludes sin brújula

de todo el abismo que somos.

Si errar es el único abrazo

que damos a Dios siendo humanos,

hagámoslo juntos y libres,

caigamos igual que la noche,

callada y repleta de amantes.

Aprieta los dientes y salta,

fudámonos ya. Al final 

a un paso, tan sólo a un paso

del cielo espera el olvido.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Destrozos

I

En esta soledad de gasolina
he llegado a confundir espera
con esperanza.
En esta soledad de queroseno
no entiendo cómo mi cuerpo
permanece entero
si siento que algo no cesa
de arrancarse sin anestesia.
En esta soledad de benceno
que me empapa la vida
veo como está cayendo la chispa
que me convertirá en un infierno
de fantasías calcinadas
y carne carbonizada.

II

De sus palabras he construido mi mentira.
Aunque sus actos me chillaran a la cara
la verdad del asunto,
he preferido vivir engañado.
Durante años.
Es terrible cuando se revela que basta una idea
para joderte la vida, para matarte el tiempo.
¿Pero qué pensaba que era el amor?
¿Por qué me he aferrado a que el amor
se encarna en la presencia de alguien?
Ella no tiene la culpa, aunque quiera creer que sí.
La culpa es mía, de mi familia, que me metió
en las entrañas esta idea del amor que a la larga
me ha asesinado,
esta idea que he preferido defender con espejismos
en vez de aprender que no hay el amor
sino amores.
No aprendo jamás que el amor o muere o te mata.

III

Desde pequeño el mundo de los otros,
el que existe fuera de la casa,
me ha mostrado que mi lugar está en ser
la última opción.
La última opción a quien elegir en el equipo
de fútbol, la última opción para quedar,
para recurrir, para besar.
Eso no ha cambiado y no cambiará jamás.
Cristo decía que los últimos serán los primeros
en alcanzar el reino de los cielos.
Tenía toda la razón, porque ahora sé que los últimos
son siempre los primeros en morir.

IV

Había alquitrán en la playa a la que iba de niño,
parasitaba el agua y formaba manchas en la arena.
Recuerdo que se me pegaba en la piel
y mi madre rápidamente lo limpiaba con saña,
trataba de mantenerme limpio, quizá puro.
Pero yo ya era de alquitrán,
oscuro, denso, maloliente, un desecho.
Nadie ama el alquitrán.

V

Tengo vocación de suicida,
pero sólo porque el suicidio me llama.
Si el suicidio tiene mi nombre,
¿qué es esta extraña espera
que los demás denominan vida?
Tengo vocación de suicida,
pero sólo porque únicamente
me han movido utopías,
que sólo es un bonito nombre
para definir a las mentiras.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Dos percepciones del abismo

I:

Miraba los chapiteles sin tallar de la muerte, la corona de toda vida. Y se preguntaba si habría olas allí encerradas. Y se preguntaba por qué es siempre la muerte de otro la que importa más que la propia. Y se preguntaba si eso tendría que ver con el amor, si era su causa o su consecuencia, si se podría imaginar una existencia del amor que no estuviera sostenida por la muerte.
El tiempo caía en un chirimiri sin pausa. Empapaba su camisa y su piel, se le metía por dentro hasta licuar su memoria, hasta desplegar todas las sensaciones, todas las imágenes, todos los olores que había visitado sin saber en el fondo qué significaban.
En esa soledad punteada de ausencias que le hablaban miraba los chapiteles sin tallar de la muerte, el culmen de toda vida. Y se preguntaba si habría latidos allí encerrados. Si permanecerían allí los latidos de ella, los de su familia y sus amigos.
Un anciano de treinta y seis años lloraba mientras miraba los chapiteles sin tallar de la muerte.

II:

Le había pedido la música y él no la encontraba.
La había dejado yaciendo en la cama con los ojos cerrados y un rictus de agonía sobre los párpados, saliendo como un loco a buscar la música.
Con la mirada roja de la angustia y en el pecho el aullido silente de la desesperación corrió hacia las partituras sin encontrar la que buscaba. Parecía un vendaval de papel, se derramaban las melodías y la música no aparecía. Había desenfundado los discos, esparciendo vinilos mudos sobre el mundo, y no hallaba la música.
Pasaron dos eternidades en un viaje frenético sin éxito. Rodeado de discos negros y partituras blancas él lloraba inconsolable. Ella se moría y la música había desaparecido. Poco a poco se fue levantando. Le costó un año apoyar la mano en el suelo frío y otro año más coger impulso con las piernas. Se acercó al violoncello nadando contracorriente en el río de aceite que era el sufrimiento.
Volvió a la habitación donde ella permanecía como la había dejado. Tomó asiento a su lado, acarició su frente y abrazó el violoncello. Cogió aire muy despacio, cerró los ojos, desplegó la memoria, apuñaló su corazón y comenzó a tocar.
Tocó sobre el otoño que se conocieron, el momento en que cruzaron la mirada y el nacimiento del tiempo. Arpegió las noches abrazados, el calor de la unión y las escapadas de los fines de semana. El cello vibraba con las discusiones y los reproches, con los colores con los que ella había pintado la casa, con los desayunos diarios y las cenas de celebración. Tocó sobre ella, su sensibilidad y su capacidad de encontrar la belleza en los sitios más comunes. Tocó sobre él, sobre su extravío y su deseo de que ella permaneciera a su lado. Tocó sobre la vida y sobre lo que no volvió. Tocó sobre sus manos entrelazadas a pesar del abismo.
Cuando terminó de tocar pasaba la medianoche y se había quedado vacío. Notó su mano en la rodilla y vio que había abierto los ojos. Ella lloraba en silencio y sus labios esbozaban una sonrisa.
Así dejó de respirar, pues esa música fue lo que le permitió cruzar el umbral de la muerte sin temor.
Con los ojos nublados de dolor, él destrozó el cello contra el suelo y partió el arco con las manos, se arrodilló vacío al lado de la cama y la abrazó.
Ella se había llevado la música.

jueves, 8 de agosto de 2019

Torsiones

I

Alamedas tachonan mis brazos y me tatúan su sombra,
tachado cruzo la vida sobre resplandores apagados.
Me sorprendo todavía al seguir sosteniendo
mi propio reflejo irreconocible en sus ojos.
Espacio despacio los lazos lacios del cartapacio
donde pulsan los proyectos de los desesperados.
No hay recuerdos tallados cuando despertamos,
es la misma pesadilla recurrente la que persiste:
no conozco el lugar, pero ese lugar me invade.

II

Se compone de humo de mármol,
de música astillada en crescendo,
de aguamarinas sin engarzar,
del hiato entre dos idiomas,
del peso de la sombra de mil cipreses,
pero sigo sin entender qué abarca
ese momento en el que nos quebramos.

III

Quiero reinar sobre los agujeros, sobre los abismos,
sobre las espirales vacías de los desfiladeros.
Ahí donde nada puede sostenerse busco mi corona.
Tengo la esperanza de que si gobierno sobre los huecos infinitos,
podré convertirme en tiempo, recordaré todas las primeras veces
antes de que la repetición las apague en el frenesí de lo habitual.

IV

El tacto es una fuga enloquecida,
por eso los ciegos orbitan en torno a un sol
de pieles.
No por pasión se buscan los cuerpos,
sino para mantener los ojos cerrados.
Habría que examinar las causas de la ceguera.
Ciego es el amor, ciega es la ignorancia,
ciega es la tranquilidad.
Sólo existe una calma que soporte la visión,
la llaman serenidad
y ella siempre exige transitar por la pérdida.

V

¿Qué hago cuando digo cadencias esteparias,
nudos líquidos de bramante, relámpagos amordazados?
¿Qué hago cuando escribo trasteros de añoranza,
punzante piedad silente, naufragios ardientes de la luz?
Creo. Creo universos. Universos quebradizos de sonidos
que colapsan sobre otros universos quebradizos de sonidos.
Escribir es abrir el infinito y hablar es iniciar el infinito de infinitos.
Tal vez por eso Lacan creía que el lenguaje
es el verdadero nombre de Dios.
Si hablar es lo único humano, Dios tiene que ser humano.
Dios, que se declina en sangre enamorada,
en linajes perdidos de gorriones, en cuevas partidas de despedidas,
en átomos planetarios, en verdades de vidrio, en sollozos de rocas,
en metal masticable, en universos quebradizos de sonidos
que colapsan sobre otros universos quebradizos de sonidos.

VI

Envolver un látigo con la bajamar
o descubrir el pulso en una huida.
Avanzar desfasado, existir a traspiés,
darse cuenta de que uno vivió
porque algo se ha perdido
y saber que se perdió porque se recuerda.
Hacer un museo de los errores.
No sé si todo eso compone un fragmento de algo,
tal vez del paso del tiempo, quizás de un roce,
desde luego que no de un aprendizaje.

VII

Música, hay música. ¿No la oyes?
Hasta en la decepción hay música.
Sí, sé que no toda música puede bailarse.
Pero hay música.
Escucha,
es la melodía escarchada del adiós,
la fanfarria épica de la hipocresía,
el arpegio retumbante del deseo,
los violines aullantes del valor,
la sinfonía abrupta del amor,
el concierto desesperado de la vida.
Escucha, dentro de mí suenan levemente
las notas en pizzicato de tu nombre
junto a la estática percusión en granizo
de mi nada.

martes, 25 de septiembre de 2018

Descensos

I: Espera

Me he dado cuenta de que la espera es un abismo.
Caigo por él y no se perfila el fondo. Años y años cayendo.
Tanto tiempo que confundo la caída con inmovilidad.
¿Desciendo o estoy en el mismo sitio? ¿No es lo mismo?
Me he dado cuenta de que la espera con la esperanza
rota se convierte en un abismo.
Y yo lo habito.
¿Ha sido siempre mi hogar?
En esta paradoja que entrelaza la caída infinita
con la inmovilidad eterna
el único movimiento perceptible son las puñaladas
con las que el tiempo cose mi mente, mi figura.
Espero. Mis padres envejecen y mueren.
Pierdo un lugar y una brújula. Caigo.
Espero. Mis amigos construyen su vida y se van.
Pierdo la risa y el color. Caigo.
Espero. Mis decisiones se desvanecen vírgenes.
Pierdo la oportunidad y los ideales. Caigo.
Espero cayendo, caigo esperando.
Este baile estático de una sola persona
sólo puede desenterrar la muerte. Nada más.
Me he dado cuenta de que la espera es un abismo
porque me he dado cuenta de que la espera
sin esperanza es una forma de suicidio.
La más larga, por supuesto.

II: Perro

Siempre he creído que era libre, independiente.
Pero en realidad sé que soy un perro. Obediente.
Lo descubro observando qué forma toma en mí el amor.
Salvar a una mujer para salvarme de mí mismo
me convierte en un perro.
El amor me convierte en un perro.
Yo me convierto en perro.
El amo es el corazón del amor para mí.
Salvarla la transforma a ella en mi amo
y a mí en el perro.
El perro que espera a su amo y depende de sus caricias
sin que el perro pueda decidir cuándo o de qué manera.
El perro que acusa los golpes de su amo(r)
y llega a identificar las cicatrices en el lomo con las marcas
de la presencia y de la devoción de aquel.
Convertirme en perro es un descenso
porque el perro no sabe que no puede salvar a su amo(r).
Pero si no puede salvarle tampoco puede salvarse.
No obstante, no lo sabe.
El perro que soy espera y desciende sin salvación.
Rabia. Aparece la rabia. El perro se ha vuelto rabioso.
Me convierto en un perro rabioso por amor.
Y todo acaba siempre de la misma manera:
Soltando espuma por la boca, aullando a los muebles,
golpeándome a cabezazos con la vida, mirando perdido,
hasta que logro eviscerarme con mis propios dientes.
Hasta que logro suicidarme a mordiscos.

martes, 17 de julio de 2018

A mi padre

Desde hace un tiempo, cada vez que hablo con mi padre tengo la sensación de estar despidiéndome de él. Como si fuera a morirse en cualquier momento, como si nuestras palabras no formaran ya ideas sino estertores.
Desde hace un tiempo. No sé cuánto, pero sé que va para varios años ya.

Le escucho hablar del tiempo que hace en Madrid, le escucho preguntarme por la consulta y le escucho bromear. Pero entre esos sonidos, entre sus palabras, también escucho quebrarse algo. Es muy tenue y aparece al final de algunas de sus palabras. Es un crujido sutil que anuncia que la vida está a punto de ceder.
La vida le está llegando al límite, no aguanta más peso y le cruje levemente la voz. Madera rompiéndose. El principio del final. Y se lo oigo en la voz, cada vez con más frecuencia.
Cuando escucho ese crujido me quedo un rato callado, muy callado, casi sin respirar. Mi padre me pregunta si aún estoy ahí, al otro lado del teléfono. No respondo, no puedo responder. Estoy aterrado, paralizado. Mi padre me pregunta si me pasa algo, pero no puedo hablar porque sé que si abro la boca empezaré a llorar y sé que será un llanto que no podré parar durante varios siglos y no quiero preocupar a mi padre. Además, tampoco sabría explicárselo. Cada vez me cuesta más tiempo retomar la conversación.

Me debato entre acortar los espacios para volver a hablar con él, sentir que aún permanece conmigo, y dejar que pasen los días para borrar el recuerdo de esos crujidos sobre mi pecho.

Sé que su voz poco a poco va siendo conquistada por los ecos de la agonía. Y no lo soporto. ¿Cuál va a ser la última palabra que escuche de sus labios? ¿Podré estar junto a él para mirarle a los ojos y decirle a través de las manos que sé que él hizo todo lo que pudo, que sus aciertos le dieron color a mis ideales y sus fallos le hicieron más humano a mis ojos? ¿Sabrá, en el último segundo de su vida, que le he amado y que le amo?

¿Pero cómo se va a morir mi padre? Es estoico y frugal. Ha vivido grandes muertes y grandes decepciones y siempre ha estado ahí, erguido en la tenacidad, como un puntal de hierro y seda.
Si hasta parecía que la vida se las apañaba para cederle el paso. ¿Por qué no puede hacer lo mismo la muerte?
Se acaba su tiempo y con él algo central del mío. No sé hacia dónde apuntará mi vida cuando él muera, porque él ha marcado una dirección que siempre ha estado. Daba igual que yo la siguiera o no, lo importante es que había una flecha que indicaba un camino. Ese rumbo se borrará con él, porque él es ese rumbo, ese sentido, esa derrota. Sin su derrota sé que yo estaré derrotado.

Ha hecho grandes sacrificios, mi padre. Renunció a la canción del mar para estar con nosotros. Renunció al tabaco para darnos ejemplo, aunque no lo consiguiera. Renunció a la sonrisa de la vida para trabajar en una oficina, así mi madre pudo tener tiempo, mi hermana pudo tener una vida y yo pude tener libros. Renunció a una vejez tranquila por amor. Y esas renuncias tendrían ya que haberme  hecho un hombre. No es culpa suya que yo jamás haya querido aprender.
Ha hecho grandes sacrificios, mi padre. Es él quien debería tener mi nombre, pues creo que yo nunca he sacrificado nada o, al menos, nada tan importante como la vida.

Dale una tregua, muerte, dásela. Retira los crujidos de su voz. Se merece vivir un poco más y tener algunas chispas de satisfacción, algún aroma de felicidad, aunque sea al final.
Por favor, muerte, retira esos malditos crujidos de su voz. Se merece saber que su hijo ya no quiere cambiarle. Dame tiempo para que pueda transmitírselo, que ya no quiero cambiarle, que algo he podido entenderle.
Por favor, muerte, haz una excepción y convierte esta eterna despedida en una eterna presencia.
Sí, sé que es imposible. Pero al menos hazle saber que ya no quiero cambiarle y que su hijo le ama. Por favor, haz que sea la paz del amor profundo lo último que sienta antes de que su voz deje de crujirle para siempre, por favor, muerte, por favor.

lunes, 4 de junio de 2018

Lucha

I
Todo es humo.
Las pesadillas de los reyes,
la sangre congelada del verano,
el último beso del ajusticiado,
el sudario recio de la alegría,
el surco de su alma encendida.
Ya no hay nada que me ate a la vida.

II
Salir es quebrarse, romperse de a poco.
Está vacío el carcaj de sombra
y sin flechas no puede haber memoria.
Mi corazón también es humo.
Un corazón de pobre, de penitente.
Duele creer que fui extranjero
allí donde más me amaron.

III
Se me escapan las letras entre las manos,
como si huir fuese el alfabeto derramado.
Se me agota la esperanza con las palabras,
como si soñar fuese hablar a la mortaja.
Se me nubla la pasión bajo la lágrima,
como si amar fuese inventar distancias.
Se me funde la existencia con la nada,
como si vivir fuese una anciana en la plaza.
Como si luchar fuera el nombre del error
y tocar fuera el hogar de lamentar.

IV
Para mí un signo de profunda tristeza
es no tener fuerzas para odiar.
Igual que ahora, igual que hoy.
Si uno no puede odiar, no puede reír.
Tampoco puede existir.
Se odia porque se desea.
En el odio también hay esperanza,
una esperanza oscura y brutal.
Hay amor, un amor viscoso y ruin.
Hay vida, una vida pegajosa y vil.
Mejor amor que odio, claro,
pero mejor odio que nada.

V
Este saltar ciego contra el suelo
me da el sentido al mundo.
Voy al revés, abrazando el fracaso
y rechazando la armonía.
Me siento partido, como el sonido
entrecortado de los jadeos
o como la fractura invisible del adiós.
No puedo comprender por qué
para encontrarme siempre tengo
que interrogar a mis pedazos.





miércoles, 30 de mayo de 2018

El paso leve de la memoria

I

Los dragones volaban alto y sus alas
parecían el telar de las estrellas.
Los bosques hablaban y las olas
eran el corazón de los piratas.
La arena cantaba la elegía del sol
y el papel era la voz de las hazañas.
A veces me recuerdo allí,
donde lo desconocido no era todavía
uno de los nombres de la muerte.
Allí, pequeño y abierto como alma de cachorro.
Cada vez más me recuerdo allí,
cuando todo era nuevo porque yo también lo era
y el paso del tiempo no lo marcaban los días
sino las historias, los cuentos y las fábulas.
Siendo un niño me estaban escribiendo.
Me pregunto si aún existen en algún lugar de mí
las palabras que hicieron que la vida fuera
una aventura y no sólo una condena.

II

No tengo claro si amo porque recuerdo
o recuerdo porque amo.
Amor y memoria. De eso están hechas
las esperanzas, las decisiones y las caídas.
También los duelos y las oraciones.
Todo lo importante en realidad.
Si pierdo el amor, pierdo los colores.
Si pierdo la memoria, pierdo los lugares.
Creo que si perdiera los dos,
me perdería en acantilados de algodón.
Tan suave y brutal es la inexistencia.

III

Mi madre escuchaba sevillanas en una ciudad
de Madrid porque añoraba el sol de Andalucía.
Mi padre leía La Isla del Tesoro porque aún
se veía navegando en el universo del mar.
Estaban viviendo donde estaba el futuro
no donde habitaban sus corazones.
Yo les miraba recordar perdidos
y no comprendía nada.
No comprendía su amor,
porque no entendía
que dos personas
se aman más
fuerte si
ambas
están
perdidas.


miércoles, 11 de abril de 2018

Intentos

I:

Si pudiera prolongar la canción
del amor que se abre en mis venas,
si pudiera lanzarme a la boca
de tierra que bosteza en el tiempo,
si pudiera cartografiar la pulsación
que define los remolinos del duelo
y pudiera repetir el baile de sus caderas,
entonces podría firmar mi existencia,
me reconocería en la vida
y creo que entendería lo que significa
estar en paz.

II:

Vuelvo a estar enredado en las palabras.
De un sinónimo a otro, de un concepto
a otro,
voy leyendo un texto que no concibo,
que no entiendo, que no me pertenece.
Y sin embargo hay algo de mí en eso.
Tal vez porque yo soy el que lee.
Tal vez porque es mi rostro el que acaba
surcado de sonidos, sembrado de sílabas.
Cada vez que me hablas
se vuelven a separar el sentido y la escritura.
Es decir, vuelvo a ser un niño
aprendiendo a leer.

III:

Se retuercen la luz y los lapsos y los tactos.
Bajo la sombra.
Serpentean las voces y las épocas y los fuegos.
Bajo la historia.
Se mecen las despedidas y las noches y los espacios.
Bajo los labios.
Ya no busco que me completes ni que me complementes,
ya no busco ser tu apoyo ni tu mitad perdida.
Creo que después de todos nuestros laberintos,
creo que después de todos nuestros infiernos,
creo que después de todos nuestros arañazos
sólo busco seguir encontrándote.

IV:

Me resulta curioso que siempre me sea más fácil
declinar las formas de la muerte
cuando estoy en el foco de tu mirada,
que no haya un abismo demasiado profundo
cuando mi piel recuerda tu contacto
o cuando mis espinas tejen tu poesía.
El arco iris negro, el rojo despertar del llanto,
la evocación azul de la repetición
forman el mismo cuadro que enmarca mi ser.
Me resulta curioso que siempre te las apañes
para pintar otros mundos con los mismos colores.

V:

Me he asomado a la cuenca del odio,
he visitado la acrópolis de la ignorancia,
he pagado el billete de la pérdida,
he cruzado los palacios de la traición,
y aún tengo la vocación de la inocencia,
aún puedo sentir que el óxido antes fue hierro
o que la caída fue primero un salto.
A pesar de todo aún quiero seguir caminando.

domingo, 26 de junio de 2016

Una breve nota sobre los discursos

Una vez leí que un psicoanalista era aquella persona que detentaba un poder pero que rehusaba ejercerlo. Era una frase de Jacques-Alain Miller.
Fue una frase que tocó algo de mí. Pero eso no importa. No importa lo que las palabras toquen de uno. No importa. Y sin embargo, es lo único importante. Algo resuena en el propio cuerpo. Y ahí es donde puede emerger la ética. Pero eso tampoco importa. Como si la ética pudiera delimitar la frontera entre el Bien y lo Verdadero o entre lo pecaminoso y la nobleza. No hay ética compartida, sólo éticas solitarias. ¿Acaso no funciona como único límite el propio cuerpo sosteniendo ciertas palabras?
Todo discurso, sea el que sea, a la par que posibilita el lazo social (o lo que es lo mismo, a la par que atenúa la soledad), exige el derramamiento de sangre de los cuerpos humanos. Al final, en el límite, no hay discurso que no se sostenga con sangre. Creer otra cosa es opositar a la ceguera. Y ahí se incluye todo discurso ético, religioso, científico, político, tecnológico, filosófico o psicoanalítico.
No se trata de hacer una revolución para eliminar cualquier discurso (eso es imposible) o para cambiar de discurso (los efectos siempre son los mismos). No, se trata de saber que cualquier discurso se sostiene en su fondo con la sangre.
El discurso devora cuerpos humanos puesto que los cuerpos humanos son los únicos que se forman con las palabras, que a su vez es la única materia sustancial de cualquier discurso.
Por lo que se refiere al ámbito humano palabra y sangre son indisociables. La una es el reverso de la otra, una es el origen de otra y otra es el origen de una.

Más allá de eso lo ignoro todo.

sábado, 18 de junio de 2016

Disecciones anatómicas de la soledad

I

Me aterran los sábados.
Más allá de las sombras
que constituyen mi espacio,
o precisamente por ellas,
me aterran los sábados.

II

Hay dos tipos de hombres:
los que están por nacer
y los que consumen la vida
intentándolo.
Todos los hombres vivos
tenemos un pie en cada lado
de esa frontera.

III

Imaginemos que en vez de piel, sangre y voz
estamos constituidos por lugares,
el del amor, el de la rabia, el del tiempo.
Entonces la soledad es el lugar de los lugares,
da el espacio a todos pero no es ocupado
por ninguno.
Nos habita y nos sostiene y, sin embargo,
cuando nos vemos abocados a ella
porque todo lo demás se ha derrumbado
ni siquiera podemos ocuparla.
De ahí el terror y la desesperanza.
Un lugar que nos pertenece pero
que nos rechaza.
La soledad, ese lugar vacío del que surgimos
pero que nunca podemos apropiarnos.

IV

No me preocupa caer en el torso de la muerte,
puede ser tan buen refugio como cualquiera.
Tampoco me preocupa el torbellino de sal
que en ocasiones entierra los ojos
ni la eterna grisura que define el corazón
de cada uno de los hombres.
Sólo me preocupa no sentir la pequeña
astilla clavada bajo la uña del meñique,
la diminuta espina incrustada bajo
los párpados
o el minúsculo grano de arena alojado
entre los dientes.
Ínfimas incomodidades que otros grandes
discursos han llamado "vida".

V

Siempre me ha parecido curioso
que lo más pesado sea precisamente
lo que jamás ha tenido materia:
el alma, el tiempo, las palabras,
la soledad, el amor, el vacío.
No deja tampoco de sorprenderme
que cuanto más pesados se vuelven
todos esos elementos,
más acaba uno siendo devorado
por su propio cuerpo.
No conozco otro camino
ni otra forma
de llegar a la muerte
y de morir.

VI

En este naufragio de mordiscos,
en esta hoguera de música,
en estos libros de cal,
en esta muda agonía de movimientos,
en estos atardeceres de roca viva
hay algo.
No sé qué es, ni siquiera si tiene nombre.
Sé que es algo porque existe un desgarro
de mi ser en cada trozo
de esa lista que no deja de proseguir
en estos aullidos de cristal,
en esta atmósfera de cuerpos,
en este pensamiento de agujas
en esta levedad de artillería,
en estos puntos suspensivos
...

VII

En un cuaderno deshojado
sólo hay restos y nada.
Cada uno es libre
de elegir entonces
su propia patria,
su propia sustancia:
o restos o nada.

sábado, 11 de junio de 2016

Poesía sangrienta (I)

I

Va marcando su cuerpo.
Da igual si con cuchillos o palabras.
El resultado es el mismo.
Un reguero de sangre que forma
siempre la misma voz.
Lo más importante
es no comprender nada.

II

Desgajar del cuerpo las palabras.
No se me ocurre mayor acto sangriento.
Eso es vaciarse de vacío
y quedar habitado solamente
por lo único que llena.
Trazos de venas,
sombras de vísceras que enseñan
un respeto a lo sagrado:
el acto de mutilación.
Separar algo de la imagen de uno
necesariamente es heroico.

III

Todo el problema de la psicoterapia
y el cuerpo es no comprender
que se trata de eviscerar
lo inmaterial.
Tal vez es la lluvia de sangre
lo que hace existir a las palabras
de la misma forma que un discurso
sólo se sostiene mientras puede
devorar, aplastar, hacer sangrar
cuerpos humanos.

IV

Lo grotesco es lo humano.
Si no fuera así, sería natural.
Compartir un gargajo por dos bocas,
vomitar la misma bilis en cuatro labios.
¿Es asqueroso? Bien, he aquí
una definición real de amor.

V

Admiro a esos ganapanes que tejen
supuestamente belleza con música
y a las adolescentes que chorrean
flujo por esos estribillos malsonantes.
Ellos y ellas se quedan siempre a las puertas.
Sólo quien ha saboreado el pus ajeno,
el menstruo de otra, los mocos de un extraño
puede realmente construir belleza con lo simbólico.
Pues sólo ellos saben que la belleza
no es un fin sino una barrera.

VI

Destripar, desollar, desgajar, desmembrar.
Todos verbos de liberación,
todos verbos de libación.
Búscame en cada uno de los trozos
más sangrientos, más profundos,
pues únicamente allí podrás descubrir la verdad:
que nunca fui algo, que siempre fui cuerpo
y que las palabras que pudieron enamorarte
pertenecen al registro tranquilo de la magia.
Y que sólo tú fuiste la hechicera,
pues de mierda y sangre
lograste inventar un lenguaje.

VII

Mi piel se escama infinitamente
y soy capaz de producir caspa
en los codos, en la espalda, en las piernas.
Mi obesidad se obsesiona cada vez más
y cuanto más espacio ocupo
menos pertenezco al registro humano.
Soy la mancha en el ideal,
la calavera en el cuadro.
Mi cuerpo se pudre en vida
con la nueva lepra de lo contemporáneo:
lo psicosomático.
En mí no existe la barrera de la belleza
y tampoco la de lo verdadero.
Soy la muerte consciente de sí.
Soy el grano en el culo de la vida.
Con todo su pus, con toda su mierda.
Y aún así, ¡sorpresa! Soy capaz de escribir.

VIII

Cuando dos sacos de entrañas se enamoran
puede pasar que conciban otro pequeño
saco de entrañas al que llamarán hijo.
Pero ni es suyo ni es hijo.
Es sólo la muerte renacida en una
nueva funda.
A este nivel desde donde hoy escribo
no hay vida, ni amor, ni deseo, ni sueños.
Sólo hay cuerpo y lo que ello significa:
trozos de carne, flujos espesos,
muerte declinada en apariencia vital.

lunes, 15 de junio de 2015

A modo de ejercicio

I

Al lado del camino me mantengo erguido
como un monumento al desafío.
Podría observar la gaviota engarzada en la luz
o el asfalto líquido que envuelve el color
y sin embargo sólo soy el acorde de un tambor.

II

Sólo busco lo que ya he encontrado
y en esa ignorancia entierro una parte del tiempo.
Tambalearse simplemente es bailar sin saber.
Zozobra la realidad a mi lado y sostenerla
es demasiado...
breve.

III

Creen los hombres que los ojos son dueños de la mirada.
No basta sentirse para saberse, no basta romperse para tocarse.
Y esos ojos ¿qué sujetan sino el peso de la culpa?
No basta limpiarse para sanar, no basta gritar para empezarse.
Quién te dice que lo que miras no es lo que odias de ti
salvo tu propia obstinación en la ceguera.
No basta actuar para pensarse como no basta la palabra para la poesía.
La única parte que los hombres dominan de su mirada
es sólo el movimiento del parpadeo.

IV

Cómo corrí aquel año, igual que si hubiera perdido la piel.
Sólo quería dejarlas atrás, que no volvieran con su veneno,
que no regresaran con sus posibilidades.
Huí de ellas como un ciervo huye del fuego.
Me habían abierto el mundo y el mundo era de abismos,
me habían descubierto la vida y la vida era de sonidos.
Así que escapé para cortar el viento con el cuerpo
y al llegar me estaban esperando.
No podía huir de mis propias palabras.

V

Trato de encogerme para caber en un aliento
 y expandirme como la música sobre el pecho.
Desplegarme siempre me ha exigido sinceridad
pero esta vez quiero una mentira atravesada
a lo largo de lo que digo para que marque eso que deseo.
Es fácil ser, pues sólo hay que imitar lo que se admira.
Lo difícil es inventar, ya que no ha ocurrido aún.
Es fácil crear, pues sólo hay que sacar algo de la nada.
Lo difícil es sacar nada de la nada y hacerlo pasar por algo.
Creo que hay algo de eso en el amor.

VI

Vestirse de heridas es obligado
en las bodas de la razón y el saber,
especialmente si uno se ha nombrado sacerdote.
No hay poder peor fundamentado
ni argumento peor sostenido
que el que se evoca apelando
a la justicia, a la verdad o al bien.
Siendo víctima del resto
sólo se acaba como verdugo de uno mismo.

sábado, 19 de julio de 2014

Necedades

I: Caminar

Anduve tropezando
como el ignorante que tropieza con su sombra
o como la urraca
que tropieza con el brillo.
Anduve desbocado
como el sonido que arrolla la intención
o como el clavel
que aplasta la solapa.
Anduve cojeando
como una mano sobre otro cuerpo
o como la despedida
que corta los labios.
Anduve desarraigado
como la mirada que busca el vacío
o como el temblor
que responde a una palabra.
Y mientras caía, antes de que mis dientes
encontraran el sabor del fango,
entendí que caminaba tropezando
porque quería desandarme,
desbocado porque deseaba mirar atrás,
cojeando porque no supe girar,
desarraigado porque mi brújula
habitaba en otros ojos.
Y comprendí que sólo la caída
hacía sabios a los caminantes.

II: Escritura

Escribe.
Me decías con una voz floreciente de tibieza.
Y yo te negaba con la angustia sobre mis piernas
haciendo tambalearse mi silueta en la vida.
Escribe.
Insistías con el corazón atravesado en el aliento.
Y yo callaba con el escalofrío amorzándome las manos.
No sabía explicarte que escribir para mí
significaba recorrer mi cuerpo sobre las marcas del odio
con la esperanza frágil de descifrar amor,
que era pasear sobre bancales de ceniza
y nombrarlos de otra forma deseando
que así se convirtieran
en la luz irisada de una duna junto al mar,
en el roce de una lechuza hacia la madrugada,
en la música del hielo bajo la lava,
en la boca de un laberinto tallado dentro de un topacio.
Escribir para mí significaba voltearme como un guante
y soportar la imagen que las letras trazaban,
desdoblar la pérdida y verme cercado por su trama.
No sabía explicarte que a veces la textura de las propias palabras
deviene aterradora, insoportable, descarnada.
No sabía explicarte que cuando trazo un sonido
algo de mí se derrama y me mutila.
Que a veces me da miedo escribir
y descubrir.

III: Juego fonemático

Hay días que amanecen con el sonido suave de la letra ele,
con el lateral de la almohada labrado de la luz líquida
y ella como un leve letargo limpio.
Podría languidecer de blancura latiendo libros y lazos.
Levantarme y limar el lapso de la loza con leche y labios,
ablandar los lentos silabeos con la dulzura del loto
y luchar lastrado de licor sobre su labor de liebre.
Hay tardes que se despliegan con el sonido roto de la letra ge,
guardando los gritos que gimen en la gruta del globo ocular,
gastando las gradas de gente gozosa de saberse grande
y avergonzada a la vez, gotas de glicerina y glosas.
Gatear no fue agradable ni grotesco, sólo gasolina para el gaznate.
Me gusta su gracia agrupando los gigantes de sus ganas
y ganar el glaciar de su gran gestación gélida.
Hay noches que arropan con el sonido profundo de la letra ene,
nadie navega nadando bajo la nao de Neptuno.
Nieva y nada es tan notable como la nena desnuda
en el paladar de la noche, en el níveo nocturno del nirvana.
La nata no enerva la natividad, tal vez la novena de un violín negro.
Nísperos y necedades, tunantes que truenan de nepotismo nivelado.
Nacer y nicotina desmenuzados en la nariz noctámbula. Nadie.



lunes, 7 de julio de 2014

Pequeñeces

I: Renacer

Este hablar solo con las piedras acaba machacando
lo que creía comprender del abismo.
Aún me pregunto qué parte del mundo me ha golpeado
para seguir girando encerrado.
Quizá una decepción en la boca o un engaño en la mano,
mostrarse visible o el chirriar de un jadeo.
Tal vez no daba todo por perdido cuando crucé el arco
de sus piernas.
Me pasa por la cabeza que renacer puede que
sea esto,
ser sacudido por el fuego y gatear derrotado
sobre la cima del enamorado.
Confundir extravío con amanecer,
esperanza con asombro,
acabar, en fin, mezclado con lo que uno más teme
y lo que a uno más le atrae.
Renacer es saberse desordenado,
trastocado, como si el libro que te late
aún colgara del arbol del papel.
Volver de la muerte siempre ha exigido inventar una palabra.

II: Arena

Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
Tiene para mí algo de mágico, de ancestral,
algo de lo prohibido.
Para crear vidrio necesitas arena y fuego.
Fundes la arena hasta volverla un líquido abrasador.
A ese río de cristal debes robarle un trocito
y soplar a través de un tubo para darle forma.
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.
Me fascina que de la dispersión de la arena
surja algo compacto y a la vez tan quebradizo.
Me asombra que sólo la boca pueda darle forma
a la fragilidad.
Como si uno recorriera la silueta de una mujer
a pequeños soplos
para encontrarse al final desnudo de nombres.
Siempre quise aprender a soplar el vidrio.

III: Espacio

Entre dos miradas
desborda el espacio
al igual que entre dos palabras
o entre dos cuerpos por muy unidos que estén.
Es el espacio lo que me sostiene, siempre en el vacío,
a pesar de la sensación de vivir pegado al suelo.
El espacio entre sus brazos y mi cuerpo
es el mismo que el existente entre mis dedos y mis pupilas,
coordenadas espaciales del amor.
El espacio está lleno de nada, lo que quiere decir
que toda posibilidad aún no ha sido puesta en acto.
Quisiera poder distinguir alguna vez
el espacio que habito
del que soy habitado.

IV: Tiempo

La metralla del tiempo agujerea la pasión
y estar maldito sólo significa que una vez
alguien pudo de alguna forma nombrarme.
Los años llueven sobre el mar
de la misma manera que los siglos
cantan bajo el aire que me disuelve.
Podría recortar una clepsidra
de cada temblor.
Es deshojar la roca con las yemas de los dedos
y percibirte adolescente.
Si lo piensas bien una vida no es más
que el asesinato inagotable de los instantes.
Un segundo, nada más que necesitas un segundo
y habrás cruzado la aurora. 

V: Sombra

Un hombre danza a través del silencio
mientras el horizonte perfila un desnivel.
Nunca cesa, la mancha en tu retina.
Así es como puedes seguir el rastro del limón en el agua,
el eco de la música en la pared,
la sombra de su tacto en la almohada.
Esta alambrada de suspiros marca el límite
entre lo que deseas y lo que rompes.
Aún hay bastante nieve para encender la lumbre.
Es ir a tientas lo que te permite descubrir la arruga
porque una referencia sólo ha sido una huella de alguien que pisó primero.
Sabes bien que hay voces que lucen más que otras
y que no es el brillo sino el color lo que atrae la búsqueda.
Es bonito solapar tu pecho con el ala de una libélula,
dejar una muesca en el viento para derramarte a su través.
Ya lo sabes, siempre es la luz que te deja ciego
la que te obliga a mantener la mirada.

martes, 29 de abril de 2014

Desidia

Es difícil ser paciente con esta especie de insatisfacción que nunca cesa.
Acentuada por la soledad, esa sensación engulle de poquito a poco la espiral viviente que mi cuerpo traza sobre un vacío.
Últimamente me cuesta encontrar la veta de donde extraigo las palabras. Es como si la desidia se hubiera apoderado de mí. Sentarme a ver pasar las salpicaduras que el mundo deja en mi retina para ignorarlas apenas se han posado.
He caído en el aislamiento, y la amenaza que siempre ha supuesto el contacto con los otros se ha tornado en estos tiempos en insoportable.
Creo que no es una cuestión de ética, de lo correcto o incorrecto, de lo adecuado o no. Más bien es una elipse que circunscribe un horror interno. Inaprensible pero no por ello menos vivencial.
A veces echo de menos la ceguera. Ese no saber sobre la insatisfacción perpetua, esa ignorancia sobre la ausencia de completud. Bonita pasión, la de la ignorancia.
Se me escurren entre los dedos recuerdos que había olvidado mi cuerpo, paisajes que me vieron gritar y abismos que me cortaron la voz.
Sentado en un sofá de hielo observo mi profesión, el sonido chirriante que produce tratar de descubrir una armonía entre dos pentagramas de distintas tonalidades.
Es una palabra fea esa que nombra lo que soy en mi trabajo. Una palabra demasiado artificial y sin ninguna historia ni fin establecido. Pienso que es como habitar una alambrada de espino, llena de agujeros y punzante. Si lo reflexiono bien, con mi profesión se trata de soportar la propia ignorancia y convertirla en algo parecido al amor para ofrecerlo a otra persona que habla. Creo que muy pocos pueden hacerlo y estoy seguro de que no soy uno de ellos. No es que lo desee con toda mi alma, tampoco me duele especialmente pero me gustaría saber qué hacer cuando uno descubre uno de sus límites.
A veces me asusta preguntarme si puede haber algún idealismo en el color gris, pues parece que tiendo hacia ese color. No es un mal color si uno lo medita con calma ya que las cenizas son así. Es la tranquilidad de la uniformidad lo que me da miedo, el idealismo de la uniformidad.
He de reconocer que con el tiempo he aprendido a admirar a quienes se consideraron mis enemigos. Al menos ellos tienen las cosas claras. Lo cual no impide para que todos acabemos desparramados entre los deseos, rotos todos, solos todos, muertos todos.
Me gustaría saber en qué momento exacto la curiosidad se me tornó en temor. Supongo que en ese punto uno se hace adulto.
También he visitado las despedidas. Pasarse la vida diciendo adiós tiene que pasar factura.
Así que me deslizo entre la desidia y sigo descubriendo cosas. Sin embargo ya no sé qué hacer con ellas porque hasta la escritura se me resiste. Tal vez me esté diciendo adiós.
Mientras tanto sueño con arena mullida y que mis ojos ardan, que mi saliva queme como la lava sólo por el deseo de echar de menos el agua.

viernes, 7 de marzo de 2014

Trocitos

El piano arde.
Él lo mira arder muy de cerca,
tanto que siente la quemazón
abrasando sus mejillas.
El piano arde.
Sus entrañas gimen alaridos
cuando las cuerdas metálicas
se parten por el calor.
El piano arde.
Él lo mira arder muy de cerca.
Y la música.
La música sigue ejecutándose en el aire.


Iba cazando óvalos.
En un mundo rectangular
iba cazando óvalos.
Quería encontrar
el reflejo de su labios
entreabiertos
por la sorpresa.


En su boca una sombra,
en sus ojos un prisma.
En su garganta
el sonido mudo
de la letra h.
Entre sus manos
varias puertas.
Sobre su pecho
pesaba la luz.
De esta forma
un hombre se desnudaba.


En el corazón del remolino,
en los pétalos de la flores,
en el movimiento de las aves
reina ella.
Me pregunto si también
la decepción del idealista
o el parpadeo conjunto
que inagura el amor
o la topología del suicida
seguirán el trazado
de la espiral áurea.


He buscado a través
de las palabras
y no he encontrado
su nombre.
Supongo que por eso
un cuchillo agrieta
mi piel.


Hay un espejo de asfalto
encima de su cerviz.
Crujen las cruces
crueles costras de crisis.
Al menos la saliva
cuando se une con la tinta
puede marcar una vida.


La aguja atraviesa su mirada.
Punzante, como triturar piedras
con los dientes.
El desamparo es una vocación.
No hace falta emparentarlo
con la muerte.


Empaparse de humo,
despojarse del mapa
traicionero del propio
cuerpo,
correr descalzo
por los cristales del invierno.
Y llorar.
Llorar, sí.
Pero delante de una chimenea.


Es fácil matar el amor,
sólo basta suponerse
uno mismo como completo
por encima de todo.
Es fácil mandar sobre otros,
sólo basta un ansia profunda
por querer obedecer
por encima de todo.
Es fácil juzgar por fuera,
sólo basta creer
que el ser humano
busca su propio bien
por encima de todo.
Es fácil disculparse,
pues sólo es el aviso
de que se va a repetir
lo mismo de nuevo
por encima de todo.


Se despide
y un extraño calor
se apodera de sus huesos.
No conocerse
y sin embargo saber
que algo se ha roto
en el saco que anuda
el pecho.
Sin imágenes,
sin conceptos,
sin poesía.
Sólo un adiós aleteando
en su mirada.
Y más allá
el horizonte inexplorado
de la existencia.