domingo, 12 de abril de 2009
Revolución. El salto del salto.
Yo no he corrido delante de los grises. No he luchado por ideas sociales.
En una época donde la televisión bombardea con viejas glorias pasadas de la transición, con las penalidades de los españoles en tiempos inciertos, con el peligro omnipresente de una vuelta a la dictadura, yo no he tomado parte en ningún movimiento.
Donde la anterior generación se vanagloria de haber instaurado la democracia, donde presumen de haber escrito un documento que rebosa "igualdad" en cada una de sus palabras, yo no he tomado partido ni en un sentido ni en otro.
Mi revolución ha sido, y siempre será, la intelectual. La que voltea todos los supuestos anteriores, la que contradice la ignorancia, la idotez, la simplicidad.
Mi revolución es la que escupe en la cara de la ciencia ortodoxa, la que instaura la anarquía en la lógica, la que acepta las contradicciones porque no se resuelven, sino que se necesitan mutuamente.
Mi revolución, que pretendía ser aséptica y mantenerse al margen de tendencias políticas, al final toca al gobierno, a su forma y origen, a su sustentación. Porque todo está relacionado y todo causa todo; así que se empiece por donde se empiece, si se es perseverante, se llega al otro extremo, el que no se proyectaba.
Si uno empieza plantando cara a la ciencia, se encontrará con la política. Si se empieza con la biología, se encontrará con la psicología y la filosofía, si se empieza con la política, se acabará con la ciencia.
Porque todo nos atañe a nosotros, ya que somos nosotros los que buscamos respuestas y nosotros somos los que otorgamos significado a lo que percibimos, medimos, manipulamos o gobernamos.
En una de sus conferencias entendí al Doctor Germán Berrios afirmar que lo que investigamos y cómo lo investigamos no está en nuestras manos, sino en las de los políticos.
A los expertos los controlan los políticos (que reparten los recursos), a los políticos los controla la gente (o más bien, lo que la sociedad en conjunto siente, teme y percibe), a la gente la controla la información manipulada, sus creencias y sus relaciones, la naturaleza, y todo se retroalimenta causándose a sí mismo y produciéndose a sí mismo.
Así que la causalidad lineal, antaño pilar de toda disciplina que aspirara a llevar el nombre de "ciencia", se ha quedado obsoleta. Uno ve lo que quiere ver. Y lo que se quiere ver varía mucho en función de las motivaciones que uno tenga (efecto de la profecía autocumplida). Porque uno tiene más recursos para investigar si lo que investiga satisface al que controla los recursos, y lo que le satisface a éste es la forma de ahorrar recursos en el campo en el que los aporta.
Por eso, entre otras muchas cosas (modelos epistemológicos de ciencia, conocimiento presente, creencias de la sociedad, mitos, historia...) las explicaciones reduccionistas triunfaron y permitieron el desarrollo de las "ciencias en sí mismas" hasta el punto de obtener niveles tecnológicos inimaginables.
Sin embargo sería estúpido separar el estallido desarrollador de la Física, Química, Medicina, Ingeniería, etc. de la historia del momento. De la pérdida de poder de la religión, del florecimiento de los regímenes democráticos, del antropocentrismo humanista.
Una cosa no causó la otra, ni al revés tampoco. Es mucho más complejo que eso. Aquí se vislumbra la idea de Morin de RECURSIVIDAD donde el productor se vuelve producto y el producto, productor.
Como señalaron los filósofos de la ciencia, todo paradigma tiene su brecha. El paradigma que permitió nuestro desarrolló tecnológico se rompe en lo que el propio Morin llama INTELIGENCIA CIEGA.
Un desarrollo tan espectacular en millones de mini parcelas disciplinarias, hacen que perdamos de vista las consecuencias que cada desarrollo tiene en el cuadro completo. "El pensamiento mutilante acaba por mutilar al hombre" (E. Morin).
Lo que nos lleva al aquí y al ahora. Una ciencia que en gran parte sigue estando separada disciplinarmente y sigue siendo simplista y reduccionista. Un sistema político que inauguraron los griegos, pero que eclosionó al mismo tiempo que las ciencias modernas.
No obstante, se empiezan a vislumbrar aires de cambio en la ciencia. Si ella supera la brecha de su paradigma con otro más completo, inevitablemente influirá en la forma de concebir al universo y al hombre, y, a su vez, en la política.
También si se produjera una revolución en la política esta afectaría a la ciencia, para bien o para mal dependería del tipo de revolución (si regresiva o progresiva).
Y en este punto me encuentro ahora.
Envuelto en dudas, pero con una aspiración inevitable hacia la complejidad.
Mi revolución es la locura, los trastornos mentales.
Mi humilde y, por supuesto criticable opinión, es que ellos expresan de una forma inigualable los problemas sociales, biológicos, psicológicos y antropológicos de nuestro tiempo, de nuestra especie.
Si se supieran leer con claridad, muy probablemente nos contarían cómo se resuelve el conflicto individuo-sociedad, cómo se genera y se mantiene. También nos aportaría las pruebas necesarias para pasar del paradigma simplista al complejo, para influir en la política, en la ciencia, en la concepción del hombre.
Aunque también se llegaría al mismo camino partiendo de otras disciplinas (incluidas la física y la ingeniería).
Lo que permite conocer más y dar el salto no es el campo que se estudie o la materia de la que se parta, sino la forma en la que uno concibe esa materia, en la que uno la interpreta y la relaciona.
La solución siempre ha estado en nuestras mentes. Somos nosotros mismos los que nos limitamos (inseguridades, creencias arraigadas, temores, adoctrinamiento...)
La revolución comienza cuando uno se vence a sí mismo.
miércoles, 11 de marzo de 2009
NO ESTOY LOCO (pero falta tan poco...)
"No estoy loco" Me susurraba mientras me abrazaba a la nada.
"¿No estoy loco?" Me preguntaba mientras descubría una verdad.
Si los demás creen que estás loco, ¿importa en algo que tú pienses lo contrario?.
¿Es la locura una "minoría de uno solo" como afirmaba Orwell?
No es verdad, es verdad, no es verdad, sí lo es... Y así hasta llenar un vacío infinito.
Cuando estoy tan sumamente desesperado (aunque no sea capaz de percibirlo conscientemente), cuando el medio en el que vivo ha destrozado mis posibilidades de adaptación de todas las formas concebibles, cuando como última defensa ante la invasión inevitable del exterior en mi interior (o cómo última resistencia ante mi propia desintegración) tengo que reajustar de una forma tan violenta mi esencia más íntima, mi realidad más propia a través de delirios, de alucinaciones, de desorganización conductual y mental, vosotros tenéis la odiosa osadía de llamarme loco, de ponerme una etiqueta, de tratar por todos los modos (manipulativos, violentos, inevitables...) que yo asuma que estoy enfermo.
¿Por qué? ¿Acaso mi locura no es el último intento que me queda para adaptarme a las normas, modos de vida, familia y desigualdades que vosotros imponéis?
Os asusta. Lo entiendo perfectamente. Mi locura refleja la vuestra.
Además es mucho más fácil convenceros de que la culpa es mía, de que yo tengo un problema, de que mi cerebro está marchito. Antes eso que atreverse a reconocer que algo en vuestro perfecto sistema social no funciona del todo bien.
Pero tenéis razón. La culpa es mía, puesto que soy yo quien "ha brotado" (como os encanta decir) y quien os hace sentir inseguros y atemorizados. Desde luego, también asumo parte de la responsabilidad en mi mejoría (quedó perfectamente claro cuando empecé a delirar para adaptarme a vuestra sociedad), pero ¿cuándo diablos asumiréis la vuestra?
No me hagáis reir con vuestras batas blancas y vuestras pastillas que lo solucionan todo, con vuestras psicoterapias centradas en los síntomas, con vuestro burdo boceto de tratamiento comunitario. Eso sólo es una parte del todo. Es como los preliminares sin coito o como la amenaza sin la consecuencia. Te hace sentir inútil, hueco. Te hace sentir un pelele incomprendido, cuando tú te has dejado la cordura por comprender lo que te rodea.
Me escupís a la cara que por mi enfermedad resulto impredecible, agresivo, casi demoníaco. Si ni siquiera podéis predecir la hora de llegada de un avión, ¿tratáis de predecir los actos de una persona? ¿Predecir o controlar? Es bastante sospechoso que la primera palabra vaya necesariamente unida a la segunda.
Si no actúo como vosotros consideráis que debo actuar, si no pienso como vosotros habéis determinado que hay que pensar, si siento demasiado o demasiado poco, si percibo cosas que vosotros no percibís, estoy enfermo.
Preferiría que me quemaráis en la hoguera como antaño, así me ahorraría al menos años y años de sufrimiento, de deterioro (pero es tu enfermedad la que te va deteriorando, chilláis. Vuestros fármacos destroza-neuronas, el aislamiento al que me sometéis, los prejuicios que me asociáis... eso no me deteriora, en absoluto).
La locura (psicosis, esquizofrenia... no importa el nombre) no tiene una causa biológica, en todo caso un MEDIO biológico de expresión.
La locura no es un factor sociológico, ni una enfermedad, ni una condena antropológica (aunque se le parece bastante).
La locura es la más desesperada de las tentativas de solución del conflicto simbiosis-individualidad y su evolución hasta el conflicto persona-sociedad. Pero ante todo, la locura es una realidad subjetiva y, por ello, REAL. Ni la propia persona la entiende, necesita imperiosamente darle un significado, comprenderla. ¿Qué es lo primero que nosotros trataríamos de hacer si nos despertamos un día sumidos en un cataclismo inenarrable? Probablemente trataríamos de comprenderlo para así poder escapar de él y solucionarlo.
Sin embargo, a los locos los tildamos de enfermos e ignoramos sus urgentes exigencias de significado. No quieren oir una explicación biológica ni psicológica, quieren comprenderlo DESDE SU PUNTO DE VISTA, DESDE SU VIDA Y EXPERIENCIA.
Pero les ignoramos.
Su locura refleja la nuestra.
domingo, 15 de febrero de 2009
Reflexión final de la sesión teórica de Modelos de Locura
Sé que el libro parece resaltar exclusivamente la parte negativa del modelo médico. Pienso que los autores hacen eso para poder destacar las peligrosas consecuencias de los modelos reduccionistas tanto biológicos como psicológicos, y de cómo el excesivo énfasis en la biología hace perder de vista otros factores igualmente implicados y del mismo peso a la hora de explicar la psicosis.
Mi objetivo no es únicamente criticar y demostrar cómo el modelo biológico de la psicosis está obsoleto y carece de la adecuada base científica. Es simplemente el punto de partida a una visión global de la psicosis donde interactúan a la vez cerebro, persona, familia y sociedad.
Aún falta mucho por investigar, pero lo que sí está claro es que la psicosis sucede EN la vida de la persona, no es algo que surja de la nada, tiene un sentido para esa persona, sentido que está desesperada por encontrar.
Por eso no podemos separar la sintomatología de la psicobiografía y tampoco podemos aislar a la persona en el proceso de explicación y búsqueda de significado que esa alteración pudiera tener para ella. No es ético, no es científico, no es útil y, desde luego, no es profesional.
Por supuesto que la psicosis tiene causas, pero quizá esa causalidad no sea tan lineal como nos gustaría. La hiperactividad dopaminérgica no es la causa de la psicosis, la elevada emoción expresada en la familia tampoco. Algo tan complejo como la psicosis no puede tener una causa lineal o una multicausalidad lineal.
La psicología y la psiquiatría tratan de imitar la supuesta perfección de ciencias como la física o la biología, pero ellas a principios del S.XX se dieron cuenta de que la causalidad lineal se quedaba corta a la hora de comprender fenómenos tan complejos como el Universo o la interacción atómica.
Nuestro objeto de estudio es igual de complejo que el suyo. Estudiamos las patologías mentales, pero éstas aparecen en la persona que está inmersa en su vida, su familia, su sociedad y sus deseos además de en su biología.
Las causas de la psicosis están inseparablemente unidas a la psicobiografía de la persona, a su desarrollo biológico y social, a su percepción del mundo y de su patología.
La psicosis se produce en una interacción circular recíproca que envuelve a la persona y la va modificando. La psicosis, al igual que la vida, es dinámica, no estática.
Si nosotros sólo ofrecemos a los pacientes explicaciones reduccionistas, les estamos fallando, además de estar fracasando en nuestro papel de profesionales.
Nos quejamos de que en muchos pacientes su patología se explicaría por la necesidad de eludir la responsabilidad que tienen en su propia vida y tratamos de reconducir eso.
Bien, pero ¿y nuestra responsabilidad profesional? Ya no con ellos, sino con nosotros mismos. Nuestra responsabilidad de actualizar nuestros conocimientos, nuestra responsabilidad de promover tratamientos cada vez más eficaces y complejos (en el sentido de que involucren no sólo a la persona, sino a su familia y a la sociedad), nuestra responsabilidad de actuar conforme a la ética.
Si es cierto que la psicosis es un fenómeno complejo que se desarrolla en la vida de la persona y tiene un sentido para ella, deberíamos comenzar por utilizar métodos de tratamiento eficaces que posibiliten la búsqueda de ese sentido y el desarrollo de la persona. No hay ni habrá fármacos que puedan conseguir esto.
Si es cierto que las psicosis están causadas por factores estresantes que danzan en una circularidad retroalimentaria, deberíamos comenzar por luchar para dotar a las personas de los recursos socio-sanitarios necesarios para cambiar, en lo posible, dichos factores. No hay ni habrá pastillas que puedan sacar de la pobreza, eliminar el racismo, hacer olvidar los abusos o cambiar a la familia.
Debemos ofrecer psicoterapia porque es el único tratamiento en el que la persona puede retomar el contacto con su responsabilidad y su vida, en el que puede ser comprendida globalmente y en el que se pueden incluir personas e instituciones que estén en la base de su problemática.
Debemos esforzarnos por conseguir recursos socioeconómicos útiles para las personas y para su integración, no que las anclen cada vez más en su patología.
Es cierto, no podemos cambiar la sociedad ni el sistema, pero sí podemos cambiar nuestra praxis. Tenemos que empezar a asumir y a ejercer la responsabilidad por la que hemos estudiado y por la que hemos luchado.
En el centro del laberinto
Tras el velatorio por mi amor propio y el funeral de mi autoconcepto.
Tras las críticas vacías que me atacaron. Tras la pequeñez de mi existencia.
Tras la jaula en la que me ha encerrado la vergüenza que jamás dejé de sentir hacia mí mismo.
Tras la estupidez que me define.
Tras el llanto inevitable con el que hablaba.
Tras las palabras arrancadas de mi alma y los deseos asfixiados en mi fantasía.
Tras mis incontables errores.
Está el centro de un laberinto de prejuicios y frustraciones, de rabia macerada a lo largo de toda una vida, de nulidad como rasgo innato de personalidad.
Y soy incapaz de encontrar la salida.
La boca tan grande y negra de mi ignorancia que me ha devorado tantas veces.
El silencio al que he condenado mis opiniones y mis principios.
La falta desesperada de sentido, de humildad, de mí mismo que ha mutilado mi alma.
El frío egoísmo psicopático del que han nacido todos mis miedos.
La hiel amarillenta con la que he cubierto mi corazón para protegerlo de lo que es imposible defenderse.
El vacío donde he elegido vivir y marchitarme.
Las consecuencias imparables de mi ausencia de decisiones, que decidí llevar a cabo.
La nada que me nombra como loco y me explica como infinitamente furioso.
Me conducen al centro de un laberinto de culpa y subversión, de raptos constantes de lo único bueno que me quedaba, de mi propia violación perpetua y dolorosa.
Y no sé si existe la salida.
Antes del principio de mi infancia, postergada y condenado a repetirla.
Antes de mi incapacidad de amar y comprender.
Antes de la violencia que aulla por salir. Antes de que se acaben mis reservas de empatía.
Antes de que mis ojos se nieguen a mirar a la muerte a la cara.
Antes de la autocompasión sellada a mis elecciones.
Antes del asesinato de mi esencia a manos de mi arrepentimiento.
Antes de olvidar cómo besarte.
Antes del suicidio por motivos equivocados.
Siempre me esperará el centro de un laberinto de pasiones compartidas y lujuria por la vida, de rebeldía soldada a mi idealismo incondicional, de amistad construida contracorriente. De ti y de mí en un grito de primavera eterna.
Y no quiero encontrar la salida.
La música manda:
These Colours don´t Run (Iron Maiden)
The Longest Day (Iron Maiden)
The Legacy (Iron Maiden)
Más libros, más libres:
Introducción al Pensamiento Complejo (Edgar Morin)
domingo, 1 de febrero de 2009
Polémico, muy polémico
Y ahí está el padre de esa niña de Huelva llorando por una justicia que para él no es suficiente. Y ahí están los medios de comunicación difundiendo la noticia sólo desde un punto de vista. Pobre hombre que ha perdido a su hija, que no obtiene justicia, que el juez dejó al asesino libre. Eso es intolerable y hay que tomar medidas porque el padre se lo merece, porque la familia se lo merece. Así que multamos al juez, pero eso no es suficiente, tenemos que destituirle, pero eso tampoco es suficiente porque hay que enviarle a prisión, él es tan criminal como el asesino. A por él, a por él. Y manifestaciones y gritos de una sociedad parcializada que el gobierno recibe con los brazos abiertos. El cadáver de una niña es una excusa perfecta para desviar la atención de los problemas que realmente tiene que resolver el poder legislativo, así que interfiere en las funciones del poder judicial poniendo a la constitución contra el suelo y violándola hasta sangrar. Y el pobre padre se hincha de rabia porque aún no es suficiente.
Y nunca lo será ¿Hay algo que este mundo, que la gente de un país pueda hacer para que ese hombre expíe su parte de responsabilidad? No, nada, nunca.
Porque por otro lado están hechos y circunstancias que dulcemente se obvian. ¿Qué pasa con el contexto del juez? Trabajando al triple de su obligación y su capacidad, intentando desahogar un sistema burocrático sepultado en causas pendientes que no se resuelven por falta de recursos, porque el poder legislativo no aporta los medios, pero interfiere donde no ha de hacerlo. Y ese juez comete un error, así que hay que despojarle de todo por ello, hay que multarle, inhabilitarle y llevarle a prisión por trabajar tres veces más, por cometer un error producto probable de la fatiga.
Y por otro lado está el hecho aplastante, doloroso y convenientemente ignorado de que el padre, la madre, la familia, las figuras encargadas en primera instancia de la seguridad de la niña, consienten en que ella con 5 años salga a la calle sola a comprar caramelos, da igual que la tienda estuviera cruzando la calle, como si está a tres metros en el portal de al lado. Pero eso no se dice porque ya bastante dolor están soportando.
No se trata de culpar a nadie, ni de juzgar a nadie. Pero la responsabilidad ha de estar donde corresponde, en el grado que corresponda según a quién corresponda. Basta de parcialismos, ¿por qué nos dejamos llevar como peleles, por qué no pensamos en la otra versión, tanto trabajo cuesta, tan primitivos somos aún?
Y ahí está la violencia de género. Las estadísticas de mujeres maltratadas que mueren a manos de los desalmados de sus maridos/parejas/novios/amigos. Y ahí están de nuevo los medios de comunicación llenando la información de sucesos que no hacen más que incrementar nuestro sesgo de representatividad (como hoy han habido tres noticias de mujeres maltratadas y ayer dos, seguro que está pasando en todos los hogares a todas horas), y ahí está de nuevo el gobierno con otro asunto que puede utilizar para desviar nuestra atención, y redacta una ley "modelo en Europa" donde ante el maltratador tolerancia cero, pero ¿y si es la mujer la que maltrata? silencio largo para luego remitir a las estadísticas, pero ¿y si la mujer miente y denuncia por interés y entonces privamos de libertad a una persona que no ha hecho nada sin que haya pruebas fehacientes? silencio incómodo para luego remitir a las estadísticas, pero ¿y si es uno de los muchos casos en los que la mujer vuelve con su pareja por octava vez después de siete veces en que el hombre casi la mata, o si la mujer vuelve con otro hombre del mismo perfil que los maltratadores con los que ha estado anteriormente? Silencio interminable que no se puede rellenar con estadísticas ni con excusas porque no se sabe, no se entiende. De hecho, juraría que no se quiere entender.
Otra vez un solo punto de vista, otra vez una imagen parcializada de la realidad. Sólo nos muestran el final de una vida, un acto que se repite, una conducta que es reiterativa. Está claro quién es el culpable, pero ¿tan claro está quién es el responsable? ¿Es que todas las mujeres tienen tan alterada su capacidad de juicio y decisión? Quizá se nos olvida un hecho clave. Es una pareja. Para el sentido común habría de ser evidente que la dinámica de actuación de una pareja es totalmente diferente que la dinámica de una persona en solitario. Sin embargo, no lo vemos, no lo pensamos, no queremos comprenderlo.
¿Tan políticamente incorrecto es que las personas asuman su parte de responsabilidad en su propia vida?
Ese miedo a asumir nuestra propia responsabilidad en nuestra propia vida podría explicar la ira inagotable del padre al que arrebataron su hija, podría explicar que las cifras de maltrato se mantengan o incluso se incrementen a pesar de las leyes gubernamentales, podría explicar que queramos fármacos y pastillas para aliviar nuestra angustia en vez de encararla, podría explicar nuestra ansia de prejuzgar, de ser absolutamente parciales.
Sí, podría explicarlo, pero desde luego, no podría cambiarlo.
Eso tenemos que hacerlo nosotros. Mierda, creo que para eso también necesitamos asumir responsabilidad.
Y ahí tenemos otro de los millones de círculos viciosos en los que nosotros mismos nos encerramos para evitar.
Siempre evitar. Si se trata de eso, ¿por qué no aceleramos el proceso suicidándonos? ¿Tan cobardes somos? o, peor aún ¿tan vagos, perezosos e hipócritas somos?
¿En qué nos estamos convirtiendo?
domingo, 25 de enero de 2009
Me reflejé en espirales
Me perdí en la alquimia de mis propias ansias, en la certeza fracasada de la ignorancia.
Buscando el suicidio encontré la música y con ella, el deseo y con él, mi vida.
Me reflejé en espirales de aguamarina construyendo delirios de grandeza que jamás se cumplirían.
Maldije la sociedad hasta que los insultos se convirtieron en fango entre mis dientes.
Viajé al corazón de los dragones que tejen la rabia, al ocaso infantil del tiempo.
- Cambiaré el sistema, cambiaré el mundo - Me decía intentando ocultar que mi objetivo había sido siempre cambiarme a mí mismo.
Provocaba peleas para ganarlas perdiendo, y Cyrano me susurraba al oído "Es más bello porque es inútil".
Presumí de mis carencias exagerándolas hasta la hipérbole. No me percaté de que lo hacía como defensa y se volvió contra mí. Mi terapeuta lo bautizó como mi eterna inseguridad.
Comparé y no sirvió de nada. La envidia me deshollaba al ver a personas mejor situadas que yo y el remordimiento me devoraba al contemplar a gente peor parada que yo.
Mi alma se deshizo en palabras que nadie escuchó, que nadie leyó y que todo el mundo repetía sin saberlo.
Me reflejé en espirales de ónice pintando la muerte con besos.
Agonicé en autocompasión hasta que mi imagen se oxidó entre mis manos.
- Me odio, me detesto, me doy asco - Me gritaba evitando saber que me amaba, pero no lo aceptaba.
Atravesé el umbral del palacio donde moraban los dioses de la locura, me arrodillé y pedí su bendición.
Desgarraron mi pecho con promesas ilimitadas, mi espalda con carcajadas en forma de lágrima, mi rostro con infiernos de lealtad.
Recuerdo que me vestí con los labios de un adolescente. Mi idealismo se licuaba en mis ojos como la sangre en una navaja.
Volé a lomos del viento intentando volcar las estrellas, pero mis brazos se abrasaron en una elipse de carne humeante. Y no me importó.
Conté tres veces los granos de arena de un desierto y tres veces reventé mis valores, mis principios.
Me reflejé en espirales de turmalina entregándole mi esencia.
Exploté en alaridos hasta que mi lujuria se convirtió en un océano que desgajó mi realidad en billones de realidades más complejas.
- ¿Por qué? ¿Por qué? - Me preguntaba ignorando que ya sabía la respuesta.
Habité en el reino del olvido navegando entre recuerdos ajenos.
Supliqué tu corazón y conseguí mi comprensión. Así que seguí delirando hasta consumirme en un abismo de plenitud. Y de repente todo el mundo chillaba en mis oídos.
Me gritaron que dejara de pensar, me exigieron que dejara de soñar, me prohibieron imaginar, crear, nombrar.
Y entonces supe que en ese momento acababa de morir.
martes, 20 de enero de 2009
El hombre de ceniza (I)
El hombre de ceniza la miró enarcando las cejas y sonrió con ironía.
- No es rojo, es un arco iris normal, color arco iris. - Repuso con total seriedad.
La doctora apuñaló el dibujo con la mirada. El arco iris ocupaba el centro del papel y encima de él a los lados estaban pintadas dos bocas en un chillido silencioso, negras como el corazón de la verdad.
- ¿Eres consciente de lo que dices? - Preguntó la doctora - Mira, intento ayudarte, pero si no pones de tu parte, no puedo hacer nada.
- ¿Por qué me dice eso? Es un arco iris. Usted me pidió un dibujo y se lo he traído. Estoy tratando de trabajar como usted me dijo.
- Vale, te agradezco que te impliques en la terapia, pero no puedes decirme que es un arco iris normal cuando es todo rojo.
- Ya, pero es que no es rojo, es un arco iris normal.
- Está bien. ¿Qué significan esas bocas a los lados?
- Son dos bocas que gritan de frente y, por lo tanto, no se escuchan la una a la otra, van cada una por su lado. - Explicó el hombre de ceniza. - El mundo funciona así. Ahora todo el mundo habla de la importancia de la comunicación, pero es sólo teórica. No se comunican.
La doctora le sostuvo la mirada y guardó un silencio prudente.
- Mire, doctora, vine aquí buscando ayuda, pero, si le soy sincero, no sé para qué. Nací perdido, crecí ahogándome en angustia y moriré atrapado.
- Háblame de tus recuerdos, dime qué te angustia, cuándo te diste cuenta de que estabas perdido y por qué te sientes atrapado.
El hombre de ceniza cerró sus ojos amarillos, inspiró profundamente y se dispuso a descorrer la cortina oscura de la negación.
El niño gritaba.
El niño lloraba.
Testigo de violencia sexual hacia él, hacia su madre. Sin apoyo, sin palabras, sólo con la comprensión inevitable que dan la sangre y las lágrimas del ser más querido.
Pinceladas de gris y rojo destrozaban la identidad que jamás de construyó.