viernes, 24 de julio de 2009

Atravesé millones de estrellas abrasándome el corazón en cada una de ellas.
Me ahogué en océanos de lágrimas habiendo llorado cada uno de ellos.
Para llegar a... nada.
Para sentirme... vacío.
Dependiente de cada una de las personas a las que consideré valiosas, pero disfrazándome de independencia, de una fortaleza hueca.

Tras incontables modelos sociales de héroes, de resistencia y abnegación, de superación, de seguridad inquebrantable y autoestima inflexible, de resolución y adaptación y éxito y admiración... Me encuentro a mí mismo.
Antítesis de todo, reverso oscuro del ideal. Un niño consciente de que lo es y no debería serlo.
Físicamente autorrechazado.
Moralmente automutilado.
Espiritualmente autocompasivo.
Y en mi autocastigo encuentro mi salvación y mi condena.

Engarzada en azul está mi desesperanza.
Y mi alma es un fundido inevitable hacia el negro.
Alienado en el sentido espiritual y social.

No soy nada, tampoco soy nadie. No quiero serlo, de todas formas ¿o sí?
Apagado en la incomprensión que he creado y que estaba antes que yo.
Sólo quiero gritar de pena, llorar de rabia, expresar emociones culturalmente prohibidas.
¿Es que necesito estar a punto de morir para sentirme vivo? ¿Qué estoy buscando? ¿Qué pretendo encontrar? ¿El cariño de los otros, el respeto de mí mismo, el éxito social? No lo sé, quizá todo, quizá nada en absoluto.

Me disuelvo en una elegía inacabada.
Me recreo en la indiferencia de mi mirada (escudo de lo muchísimo que me importa lo invisible).
Me retuerzo en un espasmo indescriptible de sentimientos, de ideas decapitadas antes de ser habladas.

Trastornado, imposible, retorcido, mentalmente enfermo.

No tengo lo que quiero y eso me hace fracasadamente dependiente.

Estoy roto por dentro otra vez, pero la cuestión es ¿he dejado de estar roto alguna vez?

No No No No No No NO NO NOOOOOOOOOOOOOOOOO.

martes, 30 de junio de 2009

La consecuencia del silencio

Solo.
Me siento solo.
Solo ante la comprensión. Solo ante uno de los incontables lados de la verdad.
Es una pequeña parte del precio que pago.
El precio de no saber argumentar "racionalmente", el precio de la sinceridad, el precio de tomar partido en contra de lo establecido, el precio de no manejar la diplomacia de salón, la política de la mayoría.

Y te tachan de anárquico. Te tachan de antisistema, de idealista, de inexperto. No sirven tus argumentos porque no tienes la capacidad de generarlos ante oídos ajenos.
Y no puedes dejar de ver lo que has visto, de creer en lo que sientes.
Porque has llegado allí atravesando lo que otros están experimentando y dan por supuesto, porque lo probaste y viste que no te llenaba, porque tuviste la decencia de reconocer tu propia ignorancia.

Inútil.
Me siento inútil.
Inútil ante los demás y, sobre todo, inútil ante mí mismo. Inútil no por no persuadir, sino por no motivar a la reflexión.
Es una gran parte del precio que pago.
El precio de no castigarme (que acaba castigándome), el precio de insistir (que acaba anulándome), el precio de defender mis convicciones (que acaba por convertirse en el precio de defenderme a mí mismo).

Y te tachan de poco realista, de inmaduro, de utópico.
Te tachan de subversivo porque tratas de ayudar pensando otra cosa, porque tratas de crecer a partir de tu propia experiencia, porque negaste la autoridad al descubrir que no había una única verdad absoluta que pudiera y pidiera ser defendida, ser reconocida.

Para ti era evidente. Para el sistema, inaceptable.
Y fuiste definido como desobediente en lugar de aventurero, como peligroso en lugar de comprometido.

Pero sólo son palabras, como las que tú dices. Si las tuyas tienen el mismo peso que las suyas, entonces o las suyas no pesan nada o las tuyas, demasiado.

Y cuando ya no lo soportas más, decides tomarte un respiro y callar.
Como yo ahora, callado, hastiado, inútil y solo.
Sin embargo, hay un problema. El silencio es arriesgado. El sistema respira tranquilo porque te has callado, pero no puede silenciarte. Ya nada puede conseguirlo porque lo que viste, lo que creíste, ha pasado a formar parte de ti, de tu cuerpo y tu mente.
Y si no puede hacerte callar, pero ya estás harto de pronunciar palabras, haces lo que inevitablemente te han obligado a hacer:

Actúas.

La consecuencia del silencio es el movimiento.
Que es, precisamente, lo que todo sistema trata de evitar reprimiendo, aplastando, despreciando, silenciando.

La consecuencia del silencio es el principio del cambio.

Me alegro de estar callado.

lunes, 15 de junio de 2009

De la revolución espiritual

"La publicidad nos hace desear coches y ropa. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos medianos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos vivido una gran guerra, ni una gran depresión. Nuestra guerra es una guerra espiritual, nuestra gran depresión son nuestras vidas. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos. Y poco a poco lo entendemos. Lo que hace que estemos muy, muy cabreados".
Es lo que dice Tyler Durden a su cada día creciente "Club de la Lucha".

Y es cierto. Cada palabra, cada silencio, si escuchamos a Lacan diciendo que nuestro deseo, en realidad, no es nuestro, sino del otro, de los demás.
Vamos por partes.
Lacan, haciendo una relectura de Freud, afirma que toda persona nace con una falta, una brecha, que no se puede llenar, pues esa brecha es el precio que pagamos por el lenguaje, por nuestra capacidad de simbolizar. Es una brecha que es peligrosa, pues pide ser llenada irracionalmente y sin atenerse a las consecuencias (así surgen los famosos goces) y, precisamente por eso, también es motivacional, porque nos impulsa a eliminar la desazón que el hueco simbólico nos provoca.
Nacemos y, al no haber aprendido aún a hablar, lloramos, pero quizá no sabemos por qué lloramos, tiene que ser la figura materna la que interprete la causa de nuestro llanto. Es esa figura la que nos cambia o da de comer, por tanto, ya desde el principio, el deseo no es nuestro, sino una interpretación que viene de fuera y que nosotros vamos interiorizando.
No profundizaré más en la teoría lacaniana por mi enorme desconocimiento, pero sí remarcaré lo irónico de que TODOS tendamos a llenar nuestra falta interna, nuestro precio por el lenguaje, con realidades, símbolos, objetos o ideas externas. Es irónico, sí, pero también inevitable porque si ya nacemos rotos, en nuestro interior no podremos encontrar lo que arregle eso. Y así va apareciendo la socialización, la separación materna, y, con trabajo, la sublimación de esa angustia en energía vital, en esperanza.
El objeto de nuestro deseo es externo, pero la capacidad de desear es nuestra, ineludiblemente unida a nuestra existencia. Y vamos pasando de un deseo a otro. Si conseguimos algo que anhelábamos con todo nuestro ser, al tenerlo, inmediatamente se vuelve inútil y necesitamos algo diferente.
Pero ¿Qué pasa cuando deseamos y/o nos hacen desear algo que jamás alcanzaremos?
Supongo que la primera respuesta es la negación.
En un mundo donde lo externo, lo considerado exitoso socialmente, sólo es privilegio de unos pocos, ¿qué pasa cuando no lo alcanzamos, aunque sea lo más deseado por nosotros, precisamente porque es lo más apreciado fuera de nosotros?
Da igual, intentamos lograrlo negando nuestra imposibilidad de conseguirlo.
Y vamos a complicarlo para mal. ¿Qué pasa cuando lo que nos hacen desear o lo que deseamos NO es simbólico, es decir, no es algo que nos ayude a nuestro crecimiento personal, a redirigir el hambre inagotable de nuestra falta para impulsarnos a nosotros mismos? ¿Cuando lo que nos hacen desear o lo que deseamos es sólo material, son sólo cosas que perversamente nos han hecho identificar con ideales simbólicos como felicidad, satisfacción, realización personal?
Creo que al principio seguimos negándolo e intentamos conseguir esos objetos socialmente loables, continuamos creyendo a la televisión, a las películas, porque la felicidad está en ser millonario, un dios del cine o una estrella del rock, teniendo cosas que otros jamás podrían soñar, mejores coches, mejores casas, más dinero.
Pero cuando la brecha insaciable además de quemarnos como siempre ni siquiera se calma un poquito, ni siquiera nos acerca a lo socialmente establecido, ¿qué pasa con nuestro deseo?
Sigue ahí, pero vamos tomando conciencia de él. Poco a poco vemos lo que nos ha querido ocultar nuestra cultura negando el sufrimiento, identificando tener muchos objetos a ser más felices. Vamos viendo la necesaria desigualdad que ha de haber para que unos pocos sean "felices", según la sociedad, a costa de la desgracia de millones que no podemos permitirnos esos objetos, o que no pueden permitirse ni tan siquiera comer.
No hemos vivido una gran guerra ni una gran depresión. Claro, no hemos vivido sucesos externos que hayan puesto el peso más en lo simbólico que en lo material, más en los ideales que en la autosatisfacción inmediata. Por eso nuestra guerra es una guerra espiritual, en busca de los símbolos perdidos, en busca de los ideales asesinados por un hedonismo horriblemente mal entendido. Por eso nuestra gran depresión son nuestras vidas, porque somos conscientes de que ese deseo que viene desde fuera no sólo no lo podremos lograr jamás, sino que tampoco nos serviría para definirnos si lo alcanzáramos y no nos aporta nada que nos ayude mientras tratamos de obtenerlo.
Por eso somos los hijos medianos de la historia, desarraigados y sin objetivos. Porque no podemos llamar hogar (literal o metafóricamente) a un coche, a un traje de marca o a un billete de 500 euros, porque no podemos marcarnos como objetivo vital esas cosas cuando hemos empezado a entender de dónde vienen y por qué vienen. Porque nos avergonzamos de desearlas.
Y nos vamos cabreando cada vez más. Porque nos damos cuenta de que hemos vivido en una gran mentira. Porque nuestra identidad individual no puede ser definida a través de elitismo material.
Nos mintieron. Nos mentimos.
Y entonces es cuando el suicidio (simbólico o real) no parece tan deleznable, sino algo puro, algo vocacional. No por el hecho en sí, sino por lo que entraña. Por lo que significa.
Autodestrucción como fiera oposición a autosatisfacción. Lo verdadero (fealdad, gordura, locura) como rabioso desafío a la perfección. Nuestra catarsis, nuestra liberación es la aniquilación de la falsa espiritualidad con la que hemos comulgado hasta que no fuimos capaces de ignorar que la odiábamos.
Necesitamos la destrucción (simbólica o real) para sentirnos verdaderamente desesperados. Vamos aprendiendo que sólo los desesperados son los únicos libres para elegir y, eligiendo líbremente, encontramos la esperanza. LA VERDADERA esperanza, porque es nuestra, ya que la deseamos de dentro pero la cogemos de fuera ELIGIÉNDOLA nosotros.
Y entonces es cuando la rabia, la decepción y la muerte nos impulsan porque deseamos el amor, la realización y la vida.

Negamos porque nos echamos de menos.
Luchamos porque echamos de menos la libertad.
Gritamos por la esperanza.
Morimos en normas que no establecimos nosotros.
Pero nacemos en el cambio.
Y tenemos sentido en la revolución inevitable del alma.

lunes, 8 de junio de 2009

Reflejos

PROLOGO: NACIMIENTO

Estoy dormida,
Abrazada al dios
del eterno retorno.
Soy el adorno
de un gesto de adios.
Yo y yo dividida.

I: SUSURRO

Me reflejo en ti.
Sumergida en tu voz
voy uniendo retazos de realidad.
Atrapada en ti, despojada de mí
soy la correlación sin causalidad.

II: ALARIDO

He gritado como si pudiera elegir.
He llorado como si pudieras callar.
He soñado como si pudiera escoger.
Y he negado tu decisión.

¡Pues escúchame!
¡Elijo quedarme aquí!
¡Con las alas rotas y el sabor del error!
¡Con la fuerza que da el dolor!
¡Escúchame!
¡Elijo sufrir!
¡Lo elijo para mí!

III: SÚPLICA

Encadéname.
Estoy sumida en la voz
que me exige que el mundo vuelva a girar.
Imagínate.
No pedí repetir
la eternidad.

Laberinto de ideas
reflejado en mí.
Espiral sin fin,
rota por latidos
que no pueden
acordarse del silencio
que me diste con palabras.
¿Dónde está aquella mirada
que bebía mis secretos?

IV: ESTERTOR

Tu reflejo en mí.
Sumergida en mi voz
voy rompiendo pedazos de realidad.
Atrapada en mí, despojada de ti,
la oscuridad.

Laberinto de ideas
reflejado en mí.
Espiral sin fin,
rota por latidos
que no pueden
acordarse del silencio
que me diste con palabras.
¿Dónde está aquella mirada
que bebía mis secretos?

EPÍLOGO: EPITAFIO

Cien ojos tiene la culpa que me golpea
y están mirando hacia... (mí)
Cien años dura el exilio
de mi esencia y de mi alma
Fuera de mí.
Fuera de mí.
Tan fuera de mí...



Estás muerta, S..., estás muerta porque te mataste. Lo decidiste.
Y lloré, y grité... y escribí.
pero no sabía qué eras TÚ lo que estaba escribiendo hasta que acabé y lo leí entero. Tú hablabas por mi mano, por la tinta.
Estoy seguro de que el poema era tu alma, tu variación constante de ánimo, tu eterna sensación de vacío.
En esa época yo aún quería ser músico, aún tenía el grupo.
Así que pusimos música al poema, a TU esencia.
Fue la mejor canción que compusimos, y ya no hubo más. No podía haber más.
El grupo desapareció, se desintegró. Como tú.
Aún me sorprende esa habilidad tuya para romper todo lo que te rozaba.

Tu sangre me hizo adulto.
Muy a mi pesar.

viernes, 17 de abril de 2009

Aún no recuerdo mi asesinato

Aún no recuerdo mi asesinato.
Todo... se diluye... en un mosaico de sensaciones.
La perversidad tampoco tiene un rostro definido.
Al esperar pasivamente, al desnudarte en palabras vas muriendo a mordiscos.
Recuerdo llorar callando y callar llorando.
Recuerdo haber buscado un nombre para mi dolencia,
para mi autoconciencia,
para mi vida.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Nada... define... la brecha mental que no deja de sangrar,
el deseo insaciable que a veces regurgita respuestas,
pues por las venas no corre sangre;
sólo tinta, sólo lluvia.
Las balas de espejo, los puñales de hipocresía te van matando a naufragios.
Recuerdo gritar desnudo y desnudarme gritando.
Recuerdo tener en mis manos, tus manos
en mis ojos, tus ojos
en mi boca, la tuya.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Todo... se retuerce... en una serpiente de agujas.
En una odisea de remolinos.
Trozos de piezas, fragmentos de fracciones.
Al comerte en latidos, al devorarte en razones vas muriendo en desgarrones.
Recuerdo vivir sangrando y sangrar viviendo.
Recuerdo intentar reirme de la risa,
de lo real y lo personal,
de lo eterno y lo mortal.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Nada... se inventa... salvo el alma en el alma,
el color en el beso,
la mar en el suspiro y el océano en la caricia.
El diluvio en su sonrisa y el vendaval en su mirada te van matando a tormentas.
Recuerdo arder gimiendo y gemir ardiendo.
Recuerdo fundir el tiempo en tus labios,
descubrir el mundo en nuestra cama,
navegar en tu pelo,
perderte y encontrarte.
Y aún no recuerdo mi asesinato.

domingo, 12 de abril de 2009

Revolución. El salto del salto.

Por fin he encontrado mi revolución. Mi causa perdida.
Yo no he corrido delante de los grises. No he luchado por ideas sociales.
En una época donde la televisión bombardea con viejas glorias pasadas de la transición, con las penalidades de los españoles en tiempos inciertos, con el peligro omnipresente de una vuelta a la dictadura, yo no he tomado parte en ningún movimiento.
Donde la anterior generación se vanagloria de haber instaurado la democracia, donde presumen de haber escrito un documento que rebosa "igualdad" en cada una de sus palabras, yo no he tomado partido ni en un sentido ni en otro.
Mi revolución ha sido, y siempre será, la intelectual. La que voltea todos los supuestos anteriores, la que contradice la ignorancia, la idotez, la simplicidad.
Mi revolución es la que escupe en la cara de la ciencia ortodoxa, la que instaura la anarquía en la lógica, la que acepta las contradicciones porque no se resuelven, sino que se necesitan mutuamente.
Mi revolución, que pretendía ser aséptica y mantenerse al margen de tendencias políticas, al final toca al gobierno, a su forma y origen, a su sustentación. Porque todo está relacionado y todo causa todo; así que se empiece por donde se empiece, si se es perseverante, se llega al otro extremo, el que no se proyectaba.
Si uno empieza plantando cara a la ciencia, se encontrará con la política. Si se empieza con la biología, se encontrará con la psicología y la filosofía, si se empieza con la política, se acabará con la ciencia.
Porque todo nos atañe a nosotros, ya que somos nosotros los que buscamos respuestas y nosotros somos los que otorgamos significado a lo que percibimos, medimos, manipulamos o gobernamos.
En una de sus conferencias entendí al Doctor Germán Berrios afirmar que lo que investigamos y cómo lo investigamos no está en nuestras manos, sino en las de los políticos.
A los expertos los controlan los políticos (que reparten los recursos), a los políticos los controla la gente (o más bien, lo que la sociedad en conjunto siente, teme y percibe), a la gente la controla la información manipulada, sus creencias y sus relaciones, la naturaleza, y todo se retroalimenta causándose a sí mismo y produciéndose a sí mismo.
Así que la causalidad lineal, antaño pilar de toda disciplina que aspirara a llevar el nombre de "ciencia", se ha quedado obsoleta. Uno ve lo que quiere ver. Y lo que se quiere ver varía mucho en función de las motivaciones que uno tenga (efecto de la profecía autocumplida). Porque uno tiene más recursos para investigar si lo que investiga satisface al que controla los recursos, y lo que le satisface a éste es la forma de ahorrar recursos en el campo en el que los aporta.
Por eso, entre otras muchas cosas (modelos epistemológicos de ciencia, conocimiento presente, creencias de la sociedad, mitos, historia...) las explicaciones reduccionistas triunfaron y permitieron el desarrollo de las "ciencias en sí mismas" hasta el punto de obtener niveles tecnológicos inimaginables.
Sin embargo sería estúpido separar el estallido desarrollador de la Física, Química, Medicina, Ingeniería, etc. de la historia del momento. De la pérdida de poder de la religión, del florecimiento de los regímenes democráticos, del antropocentrismo humanista.
Una cosa no causó la otra, ni al revés tampoco. Es mucho más complejo que eso. Aquí se vislumbra la idea de Morin de RECURSIVIDAD donde el productor se vuelve producto y el producto, productor.
Como señalaron los filósofos de la ciencia, todo paradigma tiene su brecha. El paradigma que permitió nuestro desarrolló tecnológico se rompe en lo que el propio Morin llama INTELIGENCIA CIEGA.
Un desarrollo tan espectacular en millones de mini parcelas disciplinarias, hacen que perdamos de vista las consecuencias que cada desarrollo tiene en el cuadro completo. "El pensamiento mutilante acaba por mutilar al hombre" (E. Morin).
Lo que nos lleva al aquí y al ahora. Una ciencia que en gran parte sigue estando separada disciplinarmente y sigue siendo simplista y reduccionista. Un sistema político que inauguraron los griegos, pero que eclosionó al mismo tiempo que las ciencias modernas.
No obstante, se empiezan a vislumbrar aires de cambio en la ciencia. Si ella supera la brecha de su paradigma con otro más completo, inevitablemente influirá en la forma de concebir al universo y al hombre, y, a su vez, en la política.
También si se produjera una revolución en la política esta afectaría a la ciencia, para bien o para mal dependería del tipo de revolución (si regresiva o progresiva).
Y en este punto me encuentro ahora.
Envuelto en dudas, pero con una aspiración inevitable hacia la complejidad.
Mi revolución es la locura, los trastornos mentales.
Mi humilde y, por supuesto criticable opinión, es que ellos expresan de una forma inigualable los problemas sociales, biológicos, psicológicos y antropológicos de nuestro tiempo, de nuestra especie.
Si se supieran leer con claridad, muy probablemente nos contarían cómo se resuelve el conflicto individuo-sociedad, cómo se genera y se mantiene. También nos aportaría las pruebas necesarias para pasar del paradigma simplista al complejo, para influir en la política, en la ciencia, en la concepción del hombre.
Aunque también se llegaría al mismo camino partiendo de otras disciplinas (incluidas la física y la ingeniería).
Lo que permite conocer más y dar el salto no es el campo que se estudie o la materia de la que se parta, sino la forma en la que uno concibe esa materia, en la que uno la interpreta y la relaciona.
La solución siempre ha estado en nuestras mentes. Somos nosotros mismos los que nos limitamos (inseguridades, creencias arraigadas, temores, adoctrinamiento...)
La revolución comienza cuando uno se vence a sí mismo.

miércoles, 11 de marzo de 2009

NO ESTOY LOCO (pero falta tan poco...)

"¡No estoy loco!" Me gritaba mientras mi yo se desmoronaba ante mi asombro.
"No estoy loco" Me susurraba mientras me abrazaba a la nada.
"¿No estoy loco?" Me preguntaba mientras descubría una verdad.
Si los demás creen que estás loco, ¿importa en algo que tú pienses lo contrario?.
¿Es la locura una "minoría de uno solo" como afirmaba Orwell?
No es verdad, es verdad, no es verdad, sí lo es... Y así hasta llenar un vacío infinito.
Cuando estoy tan sumamente desesperado (aunque no sea capaz de percibirlo conscientemente), cuando el medio en el que vivo ha destrozado mis posibilidades de adaptación de todas las formas concebibles, cuando como última defensa ante la invasión inevitable del exterior en mi interior (o cómo última resistencia ante mi propia desintegración) tengo que reajustar de una forma tan violenta mi esencia más íntima, mi realidad más propia a través de delirios, de alucinaciones, de desorganización conductual y mental, vosotros tenéis la odiosa osadía de llamarme loco, de ponerme una etiqueta, de tratar por todos los modos (manipulativos, violentos, inevitables...) que yo asuma que estoy enfermo.
¿Por qué? ¿Acaso mi locura no es el último intento que me queda para adaptarme a las normas, modos de vida, familia y desigualdades que vosotros imponéis?

Os asusta. Lo entiendo perfectamente. Mi locura refleja la vuestra.
Además es mucho más fácil convenceros de que la culpa es mía, de que yo tengo un problema, de que mi cerebro está marchito. Antes eso que atreverse a reconocer que algo en vuestro perfecto sistema social no funciona del todo bien.
Pero tenéis razón. La culpa es mía, puesto que soy yo quien "ha brotado" (como os encanta decir) y quien os hace sentir inseguros y atemorizados. Desde luego, también asumo parte de la responsabilidad en mi mejoría (quedó perfectamente claro cuando empecé a delirar para adaptarme a vuestra sociedad), pero ¿cuándo diablos asumiréis la vuestra?
No me hagáis reir con vuestras batas blancas y vuestras pastillas que lo solucionan todo, con vuestras psicoterapias centradas en los síntomas, con vuestro burdo boceto de tratamiento comunitario. Eso sólo es una parte del todo. Es como los preliminares sin coito o como la amenaza sin la consecuencia. Te hace sentir inútil, hueco. Te hace sentir un pelele incomprendido, cuando tú te has dejado la cordura por comprender lo que te rodea.

Me escupís a la cara que por mi enfermedad resulto impredecible, agresivo, casi demoníaco. Si ni siquiera podéis predecir la hora de llegada de un avión, ¿tratáis de predecir los actos de una persona? ¿Predecir o controlar? Es bastante sospechoso que la primera palabra vaya necesariamente unida a la segunda.
Si no actúo como vosotros consideráis que debo actuar, si no pienso como vosotros habéis determinado que hay que pensar, si siento demasiado o demasiado poco, si percibo cosas que vosotros no percibís, estoy enfermo.
Preferiría que me quemaráis en la hoguera como antaño, así me ahorraría al menos años y años de sufrimiento, de deterioro (pero es tu enfermedad la que te va deteriorando, chilláis. Vuestros fármacos destroza-neuronas, el aislamiento al que me sometéis, los prejuicios que me asociáis... eso no me deteriora, en absoluto).

La locura (psicosis, esquizofrenia... no importa el nombre) no tiene una causa biológica, en todo caso un MEDIO biológico de expresión.
La locura no es un factor sociológico, ni una enfermedad, ni una condena antropológica (aunque se le parece bastante).
La locura es la más desesperada de las tentativas de solución del conflicto simbiosis-individualidad y su evolución hasta el conflicto persona-sociedad. Pero ante todo, la locura es una realidad subjetiva y, por ello, REAL. Ni la propia persona la entiende, necesita imperiosamente darle un significado, comprenderla. ¿Qué es lo primero que nosotros trataríamos de hacer si nos despertamos un día sumidos en un cataclismo inenarrable? Probablemente trataríamos de comprenderlo para así poder escapar de él y solucionarlo.
Sin embargo, a los locos los tildamos de enfermos e ignoramos sus urgentes exigencias de significado. No quieren oir una explicación biológica ni psicológica, quieren comprenderlo DESDE SU PUNTO DE VISTA, DESDE SU VIDA Y EXPERIENCIA.
Pero les ignoramos.

Su locura refleja la nuestra.