La inmensa mayoría de los nacidos en regímenes democráticos repudiamos la dictadura, escupimos en esa carnalidad fascista de uniformes, desfiles y armas.
La totalidad del hemisferio occidental gritamos orgullosos con el pecho henchido las virtudes y ventajas del "gobierno del pueblo".
A veces llegan a nuestros anodinos televisores imágenes del funcionamiento dictatorial (China, Países Arabes, algunos Latinoamericanos...) Y piensamos cosas como "qué horror", "a ver cuándo espabilarán", "menos mal que nosotros logramos salir de eso"...
¡Ay, amigo! Pero el núcleo es bastante más complejo que afirmar que la dictadura es mala y la democracia buena.
Los términos que conllevan juicios morales positivos o negativos surgen por comparación y referencia.
La democracia es buena comparándola con la dictadura y en referencia a una serie de valores morales y sociales que el grupo en el poder democrático concibe como positiva.
La dictadura es mala comparándola con la democracia y en referencia a una serie de valores morales y sociales que el grupo en oposición de la dictadura considera como negativa.
Este razonamiento, obviamente, también puede hacerse a la inversa y quedaría moralmente justificada la bondad de la dictadura respecto a la maldad de la democracia.
Sin embargo, no interesa aquí qué sistema político o de gobierno es mejor o peor y por qué. Lo que interesa es algo diferente. El razonamiento anterior es un ejemplo de cómo se solapan ambas formas de poder, aparentemente opuestas.
Mucha gente puede estar de acuerdo en la afirmación de que la dictadura es una forma de democracia.
Hay muchísimos ejemplos. En España con el régimen franquista se celebraban elecciones, al igual que con Pinochet en Chile y otros dictadores en otros países. Hitler consiguió su mayoría absoluta democráticamente.
Algún purista podrá criticar esto afirmando que la democracia se diferencia de la dictadura en la idea de tener elecciones libres con sufragio universal. Rebatiré esta idea más adelante.
A efectos prácticos, la dictadura es una forma de democracia. Una forma viciada y enquistada, pero una expresión de la democracia en su máximo extremo.
Bien. Quizá entonces se podría afirmar que si la dictadura es una forma de democracia, la democracia es una forma de dictadura.
Una forma más sutil y evolucionada, pero que fomenta exactamente lo mismo que una dictadura.
Para mostrar el continuum bidireccional entre democracia-dictadura mostraré un ejemplo a mi juicio clarificador. El gobernante actual de Venezuela Hugo. Ch.
Este hombre, que accedió democráticamente al poder, va camino de una dictadura al tratar en numerosas ocasiones de convocar elecciones "libres" para conseguir el puesto vitalicio de gobernante de su nación.
En el camino opuesto tenemos nuestro propio gobierno. En los años 70 la figura del Rey, elegido por Franco como institución que continuaría su régimen. Desde una dictadura se llegó a una democracia (sin excesivo derramamiento de sangre).
La democracia alienta los valores dictatoriales: Permanencia en el poder a toda costa, nepotismo, mantenimiento de riqueza y pobreza en la misma proporción y en el mismo status, censura, uso del poder político para desequilibrar la balanza de la justicia... De hecho es lo que se denomina Dictadura Constitucional, pero aún más sutil.
En la democracia no hay elecciones libres con sufragio universal. Por ejemplo, en el modelo que hemos seguido, el estadounidense, no todo el mundo puede votar.
Además, ¿qué entendemos por libertad? ¿Elegir a uno de los dos partidos mayoritarios que en el sistema bipartidista financian sus campañas propagandísticas con fondos públicos? En la dictadura puedes elegir entre votar o morir. En la democracia puedes elegir entre votar y que tu voz no se oiga o no votar y que tu voz no se oiga.
¿Dónde está representada la minoría? Simbólicamente, si se logra un escaño, sólo servirá de títere y de apoyo en elecciones políticas que no suelen beneficiar a la inmensa mayoría de la población.
La democracia, como buen sistema burocrático, se retroalimenta a sí mismo, se autorregula y censura posturas de desequilibrio que puedan poner en peligro a sus dirigentes o su estructura.
A los democráticos les invade un latigazo incontrolable de lujuria cuando alguien cita la "libertad de expresión" tan propia de su regimen. Y sin embargo, si el discurso que uno expresa no está en consonancia con los valores del momento y la opinión de la mayoría, acaba culturalmente desterrado y socialmente devastado. Como en la dictadura, pero peor porque no muere, sino que muere condenado a seguir viviendo, aislado, ridiculizado.
Hemos logrado parir un sistema político maravilloso. Dicho sistema es capaz de pintar la utopía, de vender valores sólidos y apetecibles, de aparentar encarnar la verdadera, la auténtica libertad. Y al lograr vendernos eso, que nos utilicen, nos denigren, nos ninguneen, nos ignoren (como en las dictaduras), nos da igual, porque no lo notamos, porque han logrado construir un auténtico Matrix en nuestra realidad.
Además, en el fondo, sabemos que desconectarse y ver lo que esconde esa aparente dulzura es muy doloroso.
Somos hipócritas, como el sistema.
¿Democracia o totalitarismo?
Pero si es lo mismo, ¿no? No. En la democracia las consecuencias y el funcionamiento están tapados y ocultos, por eso es más peligrosa.
sábado, 15 de agosto de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
Entre los mitos de la familia
Y me entra una incomprensible melancolía.
Un espectro del recuerdo de épocas pasadas, que no viví, pero que parecían más sencillas, quizá precisamente porque no las viví.
Me da la impresión de que esas épocas parecen más reales.
Creo que porque no había tanta electrónica para captarlas. No había teléfonos móviles, ni videocámaras, ni internet. Las fotos eran en blanco y negro y los libros tenían ese encanto especial de las antiguas imprentas.
Pienso que eran más reales porque sólo se veían con los ojos de quien las vivía.
Ahora la realidad es un monstruo de mil ojos, cada uno viendo algo diferente de la misma nada.
Y allá a lo lejos, en la periferia de mi memoria, veo la habitación de esa casa de pueblo, antigua, misteriosa. Con todo por descubrir. Repleta de garrafas de aceite para hacer jabón, de libros antiguos ya desencuadernados, de baules de ropa para trabajar en el campo.
Y veo a mi abuela respondiendo que la guerra fue muy mala a la pregunta curiosa de un crío inconsciente. Me veo acompañándola al corral y veo los conejos, los perros, las gallinas y los pavos. La vida y la muerte, la jaula y el mar.
Me veo envuelto en las brumas de una infancia no saboreada.
Me veo surgiendo de orígenes sencillos. Campesino en el alma, obrero en los hechos. ¿Cómo no me va a gustar el rojo cuando he nacido de la sangre y me he definido en un atardecer que ahora empieza a amanecer?
Pero están los mitos familiares. Las figuras ensalzadas como los cristos de cada casa. Idealizados y, precisamente por eso, mutilantes y condenatorios, porque el amor real muerde besando y acaricia apuñalando.
En esos mitos se engloban lo que uno DEBERÍA pensar y sentir, lo que uno TENDRÍA que hacer, como uno HABRÍA de ser.
Pero son inalcanzables.
Porque sólo son ideas.
La persona que las representaba murió (real o simbólicamente) tiempo atrás.
Soy mitad campo, mitad mar. Cargando las cruces de mis mitos, huí, como la inmensa mayoría.
Entre la austeridad y la apariencia, el trabajo y el honor, la tenacidad y el riesgo, la lealtad y la discreción, trato de sobrevivir.
Trato de reconocerme entre esos mitos y mi lujuria, mi pasión, mi inconformismo, mis miedos.
Todo mi ser es un síntoma que carga con todos los DEBERÍA de mi familia, y a la vez intenta expresar lo que REALMENTE contiene.
Paradójico.
Tenso.
Contradictorio.
Doloroso.
Un espectro del recuerdo de épocas pasadas, que no viví, pero que parecían más sencillas, quizá precisamente porque no las viví.
Me da la impresión de que esas épocas parecen más reales.
Creo que porque no había tanta electrónica para captarlas. No había teléfonos móviles, ni videocámaras, ni internet. Las fotos eran en blanco y negro y los libros tenían ese encanto especial de las antiguas imprentas.
Pienso que eran más reales porque sólo se veían con los ojos de quien las vivía.
Ahora la realidad es un monstruo de mil ojos, cada uno viendo algo diferente de la misma nada.
Y allá a lo lejos, en la periferia de mi memoria, veo la habitación de esa casa de pueblo, antigua, misteriosa. Con todo por descubrir. Repleta de garrafas de aceite para hacer jabón, de libros antiguos ya desencuadernados, de baules de ropa para trabajar en el campo.
Y veo a mi abuela respondiendo que la guerra fue muy mala a la pregunta curiosa de un crío inconsciente. Me veo acompañándola al corral y veo los conejos, los perros, las gallinas y los pavos. La vida y la muerte, la jaula y el mar.
Me veo envuelto en las brumas de una infancia no saboreada.
Me veo surgiendo de orígenes sencillos. Campesino en el alma, obrero en los hechos. ¿Cómo no me va a gustar el rojo cuando he nacido de la sangre y me he definido en un atardecer que ahora empieza a amanecer?
Pero están los mitos familiares. Las figuras ensalzadas como los cristos de cada casa. Idealizados y, precisamente por eso, mutilantes y condenatorios, porque el amor real muerde besando y acaricia apuñalando.
En esos mitos se engloban lo que uno DEBERÍA pensar y sentir, lo que uno TENDRÍA que hacer, como uno HABRÍA de ser.
Pero son inalcanzables.
Porque sólo son ideas.
La persona que las representaba murió (real o simbólicamente) tiempo atrás.
Soy mitad campo, mitad mar. Cargando las cruces de mis mitos, huí, como la inmensa mayoría.
Entre la austeridad y la apariencia, el trabajo y el honor, la tenacidad y el riesgo, la lealtad y la discreción, trato de sobrevivir.
Trato de reconocerme entre esos mitos y mi lujuria, mi pasión, mi inconformismo, mis miedos.
Todo mi ser es un síntoma que carga con todos los DEBERÍA de mi familia, y a la vez intenta expresar lo que REALMENTE contiene.
Paradójico.
Tenso.
Contradictorio.
Doloroso.
viernes, 24 de julio de 2009
Atravesé millones de estrellas abrasándome el corazón en cada una de ellas.
Me ahogué en océanos de lágrimas habiendo llorado cada uno de ellos.
Para llegar a... nada.
Para sentirme... vacío.
Dependiente de cada una de las personas a las que consideré valiosas, pero disfrazándome de independencia, de una fortaleza hueca.
Tras incontables modelos sociales de héroes, de resistencia y abnegación, de superación, de seguridad inquebrantable y autoestima inflexible, de resolución y adaptación y éxito y admiración... Me encuentro a mí mismo.
Antítesis de todo, reverso oscuro del ideal. Un niño consciente de que lo es y no debería serlo.
Físicamente autorrechazado.
Moralmente automutilado.
Espiritualmente autocompasivo.
Y en mi autocastigo encuentro mi salvación y mi condena.
Engarzada en azul está mi desesperanza.
Y mi alma es un fundido inevitable hacia el negro.
Alienado en el sentido espiritual y social.
No soy nada, tampoco soy nadie. No quiero serlo, de todas formas ¿o sí?
Apagado en la incomprensión que he creado y que estaba antes que yo.
Sólo quiero gritar de pena, llorar de rabia, expresar emociones culturalmente prohibidas.
¿Es que necesito estar a punto de morir para sentirme vivo? ¿Qué estoy buscando? ¿Qué pretendo encontrar? ¿El cariño de los otros, el respeto de mí mismo, el éxito social? No lo sé, quizá todo, quizá nada en absoluto.
Me disuelvo en una elegía inacabada.
Me recreo en la indiferencia de mi mirada (escudo de lo muchísimo que me importa lo invisible).
Me retuerzo en un espasmo indescriptible de sentimientos, de ideas decapitadas antes de ser habladas.
Trastornado, imposible, retorcido, mentalmente enfermo.
No tengo lo que quiero y eso me hace fracasadamente dependiente.
Estoy roto por dentro otra vez, pero la cuestión es ¿he dejado de estar roto alguna vez?
No No No No No No NO NO NOOOOOOOOOOOOOOOOO.
Me ahogué en océanos de lágrimas habiendo llorado cada uno de ellos.
Para llegar a... nada.
Para sentirme... vacío.
Dependiente de cada una de las personas a las que consideré valiosas, pero disfrazándome de independencia, de una fortaleza hueca.
Tras incontables modelos sociales de héroes, de resistencia y abnegación, de superación, de seguridad inquebrantable y autoestima inflexible, de resolución y adaptación y éxito y admiración... Me encuentro a mí mismo.
Antítesis de todo, reverso oscuro del ideal. Un niño consciente de que lo es y no debería serlo.
Físicamente autorrechazado.
Moralmente automutilado.
Espiritualmente autocompasivo.
Y en mi autocastigo encuentro mi salvación y mi condena.
Engarzada en azul está mi desesperanza.
Y mi alma es un fundido inevitable hacia el negro.
Alienado en el sentido espiritual y social.
No soy nada, tampoco soy nadie. No quiero serlo, de todas formas ¿o sí?
Apagado en la incomprensión que he creado y que estaba antes que yo.
Sólo quiero gritar de pena, llorar de rabia, expresar emociones culturalmente prohibidas.
¿Es que necesito estar a punto de morir para sentirme vivo? ¿Qué estoy buscando? ¿Qué pretendo encontrar? ¿El cariño de los otros, el respeto de mí mismo, el éxito social? No lo sé, quizá todo, quizá nada en absoluto.
Me disuelvo en una elegía inacabada.
Me recreo en la indiferencia de mi mirada (escudo de lo muchísimo que me importa lo invisible).
Me retuerzo en un espasmo indescriptible de sentimientos, de ideas decapitadas antes de ser habladas.
Trastornado, imposible, retorcido, mentalmente enfermo.
No tengo lo que quiero y eso me hace fracasadamente dependiente.
Estoy roto por dentro otra vez, pero la cuestión es ¿he dejado de estar roto alguna vez?
No No No No No No NO NO NOOOOOOOOOOOOOOOOO.
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Creación literaria,
Introspección
martes, 30 de junio de 2009
La consecuencia del silencio
Solo.
Me siento solo.
Solo ante la comprensión. Solo ante uno de los incontables lados de la verdad.
Es una pequeña parte del precio que pago.
El precio de no saber argumentar "racionalmente", el precio de la sinceridad, el precio de tomar partido en contra de lo establecido, el precio de no manejar la diplomacia de salón, la política de la mayoría.
Y te tachan de anárquico. Te tachan de antisistema, de idealista, de inexperto. No sirven tus argumentos porque no tienes la capacidad de generarlos ante oídos ajenos.
Y no puedes dejar de ver lo que has visto, de creer en lo que sientes.
Porque has llegado allí atravesando lo que otros están experimentando y dan por supuesto, porque lo probaste y viste que no te llenaba, porque tuviste la decencia de reconocer tu propia ignorancia.
Inútil.
Me siento inútil.
Inútil ante los demás y, sobre todo, inútil ante mí mismo. Inútil no por no persuadir, sino por no motivar a la reflexión.
Es una gran parte del precio que pago.
El precio de no castigarme (que acaba castigándome), el precio de insistir (que acaba anulándome), el precio de defender mis convicciones (que acaba por convertirse en el precio de defenderme a mí mismo).
Y te tachan de poco realista, de inmaduro, de utópico.
Te tachan de subversivo porque tratas de ayudar pensando otra cosa, porque tratas de crecer a partir de tu propia experiencia, porque negaste la autoridad al descubrir que no había una única verdad absoluta que pudiera y pidiera ser defendida, ser reconocida.
Para ti era evidente. Para el sistema, inaceptable.
Y fuiste definido como desobediente en lugar de aventurero, como peligroso en lugar de comprometido.
Pero sólo son palabras, como las que tú dices. Si las tuyas tienen el mismo peso que las suyas, entonces o las suyas no pesan nada o las tuyas, demasiado.
Y cuando ya no lo soportas más, decides tomarte un respiro y callar.
Como yo ahora, callado, hastiado, inútil y solo.
Sin embargo, hay un problema. El silencio es arriesgado. El sistema respira tranquilo porque te has callado, pero no puede silenciarte. Ya nada puede conseguirlo porque lo que viste, lo que creíste, ha pasado a formar parte de ti, de tu cuerpo y tu mente.
Y si no puede hacerte callar, pero ya estás harto de pronunciar palabras, haces lo que inevitablemente te han obligado a hacer:
Actúas.
La consecuencia del silencio es el movimiento.
Que es, precisamente, lo que todo sistema trata de evitar reprimiendo, aplastando, despreciando, silenciando.
La consecuencia del silencio es el principio del cambio.
Me alegro de estar callado.
Me siento solo.
Solo ante la comprensión. Solo ante uno de los incontables lados de la verdad.
Es una pequeña parte del precio que pago.
El precio de no saber argumentar "racionalmente", el precio de la sinceridad, el precio de tomar partido en contra de lo establecido, el precio de no manejar la diplomacia de salón, la política de la mayoría.
Y te tachan de anárquico. Te tachan de antisistema, de idealista, de inexperto. No sirven tus argumentos porque no tienes la capacidad de generarlos ante oídos ajenos.
Y no puedes dejar de ver lo que has visto, de creer en lo que sientes.
Porque has llegado allí atravesando lo que otros están experimentando y dan por supuesto, porque lo probaste y viste que no te llenaba, porque tuviste la decencia de reconocer tu propia ignorancia.
Inútil.
Me siento inútil.
Inútil ante los demás y, sobre todo, inútil ante mí mismo. Inútil no por no persuadir, sino por no motivar a la reflexión.
Es una gran parte del precio que pago.
El precio de no castigarme (que acaba castigándome), el precio de insistir (que acaba anulándome), el precio de defender mis convicciones (que acaba por convertirse en el precio de defenderme a mí mismo).
Y te tachan de poco realista, de inmaduro, de utópico.
Te tachan de subversivo porque tratas de ayudar pensando otra cosa, porque tratas de crecer a partir de tu propia experiencia, porque negaste la autoridad al descubrir que no había una única verdad absoluta que pudiera y pidiera ser defendida, ser reconocida.
Para ti era evidente. Para el sistema, inaceptable.
Y fuiste definido como desobediente en lugar de aventurero, como peligroso en lugar de comprometido.
Pero sólo son palabras, como las que tú dices. Si las tuyas tienen el mismo peso que las suyas, entonces o las suyas no pesan nada o las tuyas, demasiado.
Y cuando ya no lo soportas más, decides tomarte un respiro y callar.
Como yo ahora, callado, hastiado, inútil y solo.
Sin embargo, hay un problema. El silencio es arriesgado. El sistema respira tranquilo porque te has callado, pero no puede silenciarte. Ya nada puede conseguirlo porque lo que viste, lo que creíste, ha pasado a formar parte de ti, de tu cuerpo y tu mente.
Y si no puede hacerte callar, pero ya estás harto de pronunciar palabras, haces lo que inevitablemente te han obligado a hacer:
Actúas.
La consecuencia del silencio es el movimiento.
Que es, precisamente, lo que todo sistema trata de evitar reprimiendo, aplastando, despreciando, silenciando.
La consecuencia del silencio es el principio del cambio.
Me alegro de estar callado.
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Introspección
lunes, 15 de junio de 2009
De la revolución espiritual
"La publicidad nos hace desear coches y ropa. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos medianos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos vivido una gran guerra, ni una gran depresión. Nuestra guerra es una guerra espiritual, nuestra gran depresión son nuestras vidas. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos. Y poco a poco lo entendemos. Lo que hace que estemos muy, muy cabreados".
Es lo que dice Tyler Durden a su cada día creciente "Club de la Lucha".
Y es cierto. Cada palabra, cada silencio, si escuchamos a Lacan diciendo que nuestro deseo, en realidad, no es nuestro, sino del otro, de los demás.
Vamos por partes.
Lacan, haciendo una relectura de Freud, afirma que toda persona nace con una falta, una brecha, que no se puede llenar, pues esa brecha es el precio que pagamos por el lenguaje, por nuestra capacidad de simbolizar. Es una brecha que es peligrosa, pues pide ser llenada irracionalmente y sin atenerse a las consecuencias (así surgen los famosos goces) y, precisamente por eso, también es motivacional, porque nos impulsa a eliminar la desazón que el hueco simbólico nos provoca.
Nacemos y, al no haber aprendido aún a hablar, lloramos, pero quizá no sabemos por qué lloramos, tiene que ser la figura materna la que interprete la causa de nuestro llanto. Es esa figura la que nos cambia o da de comer, por tanto, ya desde el principio, el deseo no es nuestro, sino una interpretación que viene de fuera y que nosotros vamos interiorizando.
No profundizaré más en la teoría lacaniana por mi enorme desconocimiento, pero sí remarcaré lo irónico de que TODOS tendamos a llenar nuestra falta interna, nuestro precio por el lenguaje, con realidades, símbolos, objetos o ideas externas. Es irónico, sí, pero también inevitable porque si ya nacemos rotos, en nuestro interior no podremos encontrar lo que arregle eso. Y así va apareciendo la socialización, la separación materna, y, con trabajo, la sublimación de esa angustia en energía vital, en esperanza.
El objeto de nuestro deseo es externo, pero la capacidad de desear es nuestra, ineludiblemente unida a nuestra existencia. Y vamos pasando de un deseo a otro. Si conseguimos algo que anhelábamos con todo nuestro ser, al tenerlo, inmediatamente se vuelve inútil y necesitamos algo diferente.
Pero ¿Qué pasa cuando deseamos y/o nos hacen desear algo que jamás alcanzaremos?
Supongo que la primera respuesta es la negación.
En un mundo donde lo externo, lo considerado exitoso socialmente, sólo es privilegio de unos pocos, ¿qué pasa cuando no lo alcanzamos, aunque sea lo más deseado por nosotros, precisamente porque es lo más apreciado fuera de nosotros?
Da igual, intentamos lograrlo negando nuestra imposibilidad de conseguirlo.
Y vamos a complicarlo para mal. ¿Qué pasa cuando lo que nos hacen desear o lo que deseamos NO es simbólico, es decir, no es algo que nos ayude a nuestro crecimiento personal, a redirigir el hambre inagotable de nuestra falta para impulsarnos a nosotros mismos? ¿Cuando lo que nos hacen desear o lo que deseamos es sólo material, son sólo cosas que perversamente nos han hecho identificar con ideales simbólicos como felicidad, satisfacción, realización personal?
Creo que al principio seguimos negándolo e intentamos conseguir esos objetos socialmente loables, continuamos creyendo a la televisión, a las películas, porque la felicidad está en ser millonario, un dios del cine o una estrella del rock, teniendo cosas que otros jamás podrían soñar, mejores coches, mejores casas, más dinero.
Pero cuando la brecha insaciable además de quemarnos como siempre ni siquiera se calma un poquito, ni siquiera nos acerca a lo socialmente establecido, ¿qué pasa con nuestro deseo?
Sigue ahí, pero vamos tomando conciencia de él. Poco a poco vemos lo que nos ha querido ocultar nuestra cultura negando el sufrimiento, identificando tener muchos objetos a ser más felices. Vamos viendo la necesaria desigualdad que ha de haber para que unos pocos sean "felices", según la sociedad, a costa de la desgracia de millones que no podemos permitirnos esos objetos, o que no pueden permitirse ni tan siquiera comer.
No hemos vivido una gran guerra ni una gran depresión. Claro, no hemos vivido sucesos externos que hayan puesto el peso más en lo simbólico que en lo material, más en los ideales que en la autosatisfacción inmediata. Por eso nuestra guerra es una guerra espiritual, en busca de los símbolos perdidos, en busca de los ideales asesinados por un hedonismo horriblemente mal entendido. Por eso nuestra gran depresión son nuestras vidas, porque somos conscientes de que ese deseo que viene desde fuera no sólo no lo podremos lograr jamás, sino que tampoco nos serviría para definirnos si lo alcanzáramos y no nos aporta nada que nos ayude mientras tratamos de obtenerlo.
Por eso somos los hijos medianos de la historia, desarraigados y sin objetivos. Porque no podemos llamar hogar (literal o metafóricamente) a un coche, a un traje de marca o a un billete de 500 euros, porque no podemos marcarnos como objetivo vital esas cosas cuando hemos empezado a entender de dónde vienen y por qué vienen. Porque nos avergonzamos de desearlas.
Y nos vamos cabreando cada vez más. Porque nos damos cuenta de que hemos vivido en una gran mentira. Porque nuestra identidad individual no puede ser definida a través de elitismo material.
Nos mintieron. Nos mentimos.
Y entonces es cuando el suicidio (simbólico o real) no parece tan deleznable, sino algo puro, algo vocacional. No por el hecho en sí, sino por lo que entraña. Por lo que significa.
Autodestrucción como fiera oposición a autosatisfacción. Lo verdadero (fealdad, gordura, locura) como rabioso desafío a la perfección. Nuestra catarsis, nuestra liberación es la aniquilación de la falsa espiritualidad con la que hemos comulgado hasta que no fuimos capaces de ignorar que la odiábamos.
Necesitamos la destrucción (simbólica o real) para sentirnos verdaderamente desesperados. Vamos aprendiendo que sólo los desesperados son los únicos libres para elegir y, eligiendo líbremente, encontramos la esperanza. LA VERDADERA esperanza, porque es nuestra, ya que la deseamos de dentro pero la cogemos de fuera ELIGIÉNDOLA nosotros.
Y entonces es cuando la rabia, la decepción y la muerte nos impulsan porque deseamos el amor, la realización y la vida.
Negamos porque nos echamos de menos.
Luchamos porque echamos de menos la libertad.
Gritamos por la esperanza.
Morimos en normas que no establecimos nosotros.
Pero nacemos en el cambio.
Y tenemos sentido en la revolución inevitable del alma.
Es lo que dice Tyler Durden a su cada día creciente "Club de la Lucha".
Y es cierto. Cada palabra, cada silencio, si escuchamos a Lacan diciendo que nuestro deseo, en realidad, no es nuestro, sino del otro, de los demás.
Vamos por partes.
Lacan, haciendo una relectura de Freud, afirma que toda persona nace con una falta, una brecha, que no se puede llenar, pues esa brecha es el precio que pagamos por el lenguaje, por nuestra capacidad de simbolizar. Es una brecha que es peligrosa, pues pide ser llenada irracionalmente y sin atenerse a las consecuencias (así surgen los famosos goces) y, precisamente por eso, también es motivacional, porque nos impulsa a eliminar la desazón que el hueco simbólico nos provoca.
Nacemos y, al no haber aprendido aún a hablar, lloramos, pero quizá no sabemos por qué lloramos, tiene que ser la figura materna la que interprete la causa de nuestro llanto. Es esa figura la que nos cambia o da de comer, por tanto, ya desde el principio, el deseo no es nuestro, sino una interpretación que viene de fuera y que nosotros vamos interiorizando.
No profundizaré más en la teoría lacaniana por mi enorme desconocimiento, pero sí remarcaré lo irónico de que TODOS tendamos a llenar nuestra falta interna, nuestro precio por el lenguaje, con realidades, símbolos, objetos o ideas externas. Es irónico, sí, pero también inevitable porque si ya nacemos rotos, en nuestro interior no podremos encontrar lo que arregle eso. Y así va apareciendo la socialización, la separación materna, y, con trabajo, la sublimación de esa angustia en energía vital, en esperanza.
El objeto de nuestro deseo es externo, pero la capacidad de desear es nuestra, ineludiblemente unida a nuestra existencia. Y vamos pasando de un deseo a otro. Si conseguimos algo que anhelábamos con todo nuestro ser, al tenerlo, inmediatamente se vuelve inútil y necesitamos algo diferente.
Pero ¿Qué pasa cuando deseamos y/o nos hacen desear algo que jamás alcanzaremos?
Supongo que la primera respuesta es la negación.
En un mundo donde lo externo, lo considerado exitoso socialmente, sólo es privilegio de unos pocos, ¿qué pasa cuando no lo alcanzamos, aunque sea lo más deseado por nosotros, precisamente porque es lo más apreciado fuera de nosotros?
Da igual, intentamos lograrlo negando nuestra imposibilidad de conseguirlo.
Y vamos a complicarlo para mal. ¿Qué pasa cuando lo que nos hacen desear o lo que deseamos NO es simbólico, es decir, no es algo que nos ayude a nuestro crecimiento personal, a redirigir el hambre inagotable de nuestra falta para impulsarnos a nosotros mismos? ¿Cuando lo que nos hacen desear o lo que deseamos es sólo material, son sólo cosas que perversamente nos han hecho identificar con ideales simbólicos como felicidad, satisfacción, realización personal?
Creo que al principio seguimos negándolo e intentamos conseguir esos objetos socialmente loables, continuamos creyendo a la televisión, a las películas, porque la felicidad está en ser millonario, un dios del cine o una estrella del rock, teniendo cosas que otros jamás podrían soñar, mejores coches, mejores casas, más dinero.
Pero cuando la brecha insaciable además de quemarnos como siempre ni siquiera se calma un poquito, ni siquiera nos acerca a lo socialmente establecido, ¿qué pasa con nuestro deseo?
Sigue ahí, pero vamos tomando conciencia de él. Poco a poco vemos lo que nos ha querido ocultar nuestra cultura negando el sufrimiento, identificando tener muchos objetos a ser más felices. Vamos viendo la necesaria desigualdad que ha de haber para que unos pocos sean "felices", según la sociedad, a costa de la desgracia de millones que no podemos permitirnos esos objetos, o que no pueden permitirse ni tan siquiera comer.
No hemos vivido una gran guerra ni una gran depresión. Claro, no hemos vivido sucesos externos que hayan puesto el peso más en lo simbólico que en lo material, más en los ideales que en la autosatisfacción inmediata. Por eso nuestra guerra es una guerra espiritual, en busca de los símbolos perdidos, en busca de los ideales asesinados por un hedonismo horriblemente mal entendido. Por eso nuestra gran depresión son nuestras vidas, porque somos conscientes de que ese deseo que viene desde fuera no sólo no lo podremos lograr jamás, sino que tampoco nos serviría para definirnos si lo alcanzáramos y no nos aporta nada que nos ayude mientras tratamos de obtenerlo.
Por eso somos los hijos medianos de la historia, desarraigados y sin objetivos. Porque no podemos llamar hogar (literal o metafóricamente) a un coche, a un traje de marca o a un billete de 500 euros, porque no podemos marcarnos como objetivo vital esas cosas cuando hemos empezado a entender de dónde vienen y por qué vienen. Porque nos avergonzamos de desearlas.
Y nos vamos cabreando cada vez más. Porque nos damos cuenta de que hemos vivido en una gran mentira. Porque nuestra identidad individual no puede ser definida a través de elitismo material.
Nos mintieron. Nos mentimos.
Y entonces es cuando el suicidio (simbólico o real) no parece tan deleznable, sino algo puro, algo vocacional. No por el hecho en sí, sino por lo que entraña. Por lo que significa.
Autodestrucción como fiera oposición a autosatisfacción. Lo verdadero (fealdad, gordura, locura) como rabioso desafío a la perfección. Nuestra catarsis, nuestra liberación es la aniquilación de la falsa espiritualidad con la que hemos comulgado hasta que no fuimos capaces de ignorar que la odiábamos.
Necesitamos la destrucción (simbólica o real) para sentirnos verdaderamente desesperados. Vamos aprendiendo que sólo los desesperados son los únicos libres para elegir y, eligiendo líbremente, encontramos la esperanza. LA VERDADERA esperanza, porque es nuestra, ya que la deseamos de dentro pero la cogemos de fuera ELIGIÉNDOLA nosotros.
Y entonces es cuando la rabia, la decepción y la muerte nos impulsan porque deseamos el amor, la realización y la vida.
Negamos porque nos echamos de menos.
Luchamos porque echamos de menos la libertad.
Gritamos por la esperanza.
Morimos en normas que no establecimos nosotros.
Pero nacemos en el cambio.
Y tenemos sentido en la revolución inevitable del alma.
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lunes, 8 de junio de 2009
Reflejos
PROLOGO: NACIMIENTO
Estoy dormida,
Abrazada al dios
del eterno retorno.
Soy el adorno
de un gesto de adios.
Yo y yo dividida.
I: SUSURRO
Me reflejo en ti.
Sumergida en tu voz
voy uniendo retazos de realidad.
Atrapada en ti, despojada de mí
soy la correlación sin causalidad.
II: ALARIDO
He gritado como si pudiera elegir.
He llorado como si pudieras callar.
He soñado como si pudiera escoger.
Y he negado tu decisión.
¡Pues escúchame!
¡Elijo quedarme aquí!
¡Con las alas rotas y el sabor del error!
¡Con la fuerza que da el dolor!
¡Escúchame!
¡Elijo sufrir!
¡Lo elijo para mí!
III: SÚPLICA
Encadéname.
Estoy sumida en la voz
que me exige que el mundo vuelva a girar.
Imagínate.
No pedí repetir
la eternidad.
Laberinto de ideas
reflejado en mí.
Espiral sin fin,
rota por latidos
que no pueden
acordarse del silencio
que me diste con palabras.
¿Dónde está aquella mirada
que bebía mis secretos?
IV: ESTERTOR
Tu reflejo en mí.
Sumergida en mi voz
voy rompiendo pedazos de realidad.
Atrapada en mí, despojada de ti,
la oscuridad.
Laberinto de ideas
reflejado en mí.
Espiral sin fin,
rota por latidos
que no pueden
acordarse del silencio
que me diste con palabras.
¿Dónde está aquella mirada
que bebía mis secretos?
EPÍLOGO: EPITAFIO
Cien ojos tiene la culpa que me golpea
y están mirando hacia... (mí)
Cien años dura el exilio
de mi esencia y de mi alma
Fuera de mí.
Fuera de mí.
Tan fuera de mí...
Estás muerta, S..., estás muerta porque te mataste. Lo decidiste.
Y lloré, y grité... y escribí.
pero no sabía qué eras TÚ lo que estaba escribiendo hasta que acabé y lo leí entero. Tú hablabas por mi mano, por la tinta.
Estoy seguro de que el poema era tu alma, tu variación constante de ánimo, tu eterna sensación de vacío.
En esa época yo aún quería ser músico, aún tenía el grupo.
Así que pusimos música al poema, a TU esencia.
Fue la mejor canción que compusimos, y ya no hubo más. No podía haber más.
El grupo desapareció, se desintegró. Como tú.
Aún me sorprende esa habilidad tuya para romper todo lo que te rozaba.
Tu sangre me hizo adulto.
Muy a mi pesar.
Estoy dormida,
Abrazada al dios
del eterno retorno.
Soy el adorno
de un gesto de adios.
Yo y yo dividida.
I: SUSURRO
Me reflejo en ti.
Sumergida en tu voz
voy uniendo retazos de realidad.
Atrapada en ti, despojada de mí
soy la correlación sin causalidad.
II: ALARIDO
He gritado como si pudiera elegir.
He llorado como si pudieras callar.
He soñado como si pudiera escoger.
Y he negado tu decisión.
¡Pues escúchame!
¡Elijo quedarme aquí!
¡Con las alas rotas y el sabor del error!
¡Con la fuerza que da el dolor!
¡Escúchame!
¡Elijo sufrir!
¡Lo elijo para mí!
III: SÚPLICA
Encadéname.
Estoy sumida en la voz
que me exige que el mundo vuelva a girar.
Imagínate.
No pedí repetir
la eternidad.
Laberinto de ideas
reflejado en mí.
Espiral sin fin,
rota por latidos
que no pueden
acordarse del silencio
que me diste con palabras.
¿Dónde está aquella mirada
que bebía mis secretos?
IV: ESTERTOR
Tu reflejo en mí.
Sumergida en mi voz
voy rompiendo pedazos de realidad.
Atrapada en mí, despojada de ti,
la oscuridad.
Laberinto de ideas
reflejado en mí.
Espiral sin fin,
rota por latidos
que no pueden
acordarse del silencio
que me diste con palabras.
¿Dónde está aquella mirada
que bebía mis secretos?
EPÍLOGO: EPITAFIO
Cien ojos tiene la culpa que me golpea
y están mirando hacia... (mí)
Cien años dura el exilio
de mi esencia y de mi alma
Fuera de mí.
Fuera de mí.
Tan fuera de mí...
Estás muerta, S..., estás muerta porque te mataste. Lo decidiste.
Y lloré, y grité... y escribí.
pero no sabía qué eras TÚ lo que estaba escribiendo hasta que acabé y lo leí entero. Tú hablabas por mi mano, por la tinta.
Estoy seguro de que el poema era tu alma, tu variación constante de ánimo, tu eterna sensación de vacío.
En esa época yo aún quería ser músico, aún tenía el grupo.
Así que pusimos música al poema, a TU esencia.
Fue la mejor canción que compusimos, y ya no hubo más. No podía haber más.
El grupo desapareció, se desintegró. Como tú.
Aún me sorprende esa habilidad tuya para romper todo lo que te rozaba.
Tu sangre me hizo adulto.
Muy a mi pesar.
viernes, 17 de abril de 2009
Aún no recuerdo mi asesinato
Aún no recuerdo mi asesinato.
Todo... se diluye... en un mosaico de sensaciones.
La perversidad tampoco tiene un rostro definido.
Al esperar pasivamente, al desnudarte en palabras vas muriendo a mordiscos.
Recuerdo llorar callando y callar llorando.
Recuerdo haber buscado un nombre para mi dolencia,
para mi autoconciencia,
para mi vida.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Nada... define... la brecha mental que no deja de sangrar,
el deseo insaciable que a veces regurgita respuestas,
pues por las venas no corre sangre;
sólo tinta, sólo lluvia.
Las balas de espejo, los puñales de hipocresía te van matando a naufragios.
Recuerdo gritar desnudo y desnudarme gritando.
Recuerdo tener en mis manos, tus manos
en mis ojos, tus ojos
en mi boca, la tuya.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Todo... se retuerce... en una serpiente de agujas.
En una odisea de remolinos.
Trozos de piezas, fragmentos de fracciones.
Al comerte en latidos, al devorarte en razones vas muriendo en desgarrones.
Recuerdo vivir sangrando y sangrar viviendo.
Recuerdo intentar reirme de la risa,
de lo real y lo personal,
de lo eterno y lo mortal.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Nada... se inventa... salvo el alma en el alma,
el color en el beso,
la mar en el suspiro y el océano en la caricia.
El diluvio en su sonrisa y el vendaval en su mirada te van matando a tormentas.
Recuerdo arder gimiendo y gemir ardiendo.
Recuerdo fundir el tiempo en tus labios,
descubrir el mundo en nuestra cama,
navegar en tu pelo,
perderte y encontrarte.
Y aún no recuerdo mi asesinato.
Todo... se diluye... en un mosaico de sensaciones.
La perversidad tampoco tiene un rostro definido.
Al esperar pasivamente, al desnudarte en palabras vas muriendo a mordiscos.
Recuerdo llorar callando y callar llorando.
Recuerdo haber buscado un nombre para mi dolencia,
para mi autoconciencia,
para mi vida.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Nada... define... la brecha mental que no deja de sangrar,
el deseo insaciable que a veces regurgita respuestas,
pues por las venas no corre sangre;
sólo tinta, sólo lluvia.
Las balas de espejo, los puñales de hipocresía te van matando a naufragios.
Recuerdo gritar desnudo y desnudarme gritando.
Recuerdo tener en mis manos, tus manos
en mis ojos, tus ojos
en mi boca, la tuya.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Todo... se retuerce... en una serpiente de agujas.
En una odisea de remolinos.
Trozos de piezas, fragmentos de fracciones.
Al comerte en latidos, al devorarte en razones vas muriendo en desgarrones.
Recuerdo vivir sangrando y sangrar viviendo.
Recuerdo intentar reirme de la risa,
de lo real y lo personal,
de lo eterno y lo mortal.
Pero aún no recuerdo mi asesinato.
Nada... se inventa... salvo el alma en el alma,
el color en el beso,
la mar en el suspiro y el océano en la caricia.
El diluvio en su sonrisa y el vendaval en su mirada te van matando a tormentas.
Recuerdo arder gimiendo y gemir ardiendo.
Recuerdo fundir el tiempo en tus labios,
descubrir el mundo en nuestra cama,
navegar en tu pelo,
perderte y encontrarte.
Y aún no recuerdo mi asesinato.
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