lunes, 4 de enero de 2010

Versos

Pregúntame allí

Donde el agua y el cristal se fundieron en nuestro aliento
y arrancaron jirones violetas de amor.
Un amor que olvidamos sentir,
del que renegamos y al que escupimos,
que nos avergonzó mientras nos definía.
Y liberaba a quienes jamás
quisimos ser libres.

Contéstame allí

Porque yo no sé de dónde coño viene
esta melancolía malsana,
esta angustia de desgarrarme el pecho
y estrujarme el corazón
para que pare de latir.

Te juro que no sé de dónde me viene
esta tristeza rabiosa,
esta locura de romperme la cabeza
contra hierros oxidados para olvidarme
de tu nombre, del mío y de todos los por qués.

Abrázame allí

Porque quiero llorar ginebra
y emborracharme de odio.
Quiero un puto abrazo que no recuerde
a todos los fracasos,
que me rompa la columna
y me parta los pulmones.

Porque no quiero quedarme de rodillas
suplicándome mi sonrisa.
No quiero perderte entre versos
ni disfrazarte de canciones.
Quiero verte desnuda,
sin ropa y sin nombres.

Mátame allí

Donde las flores te crecían en los labios
pidiendo ser palabras.
Donde me arrancaste los ojos a besos
que te salían a borbotones.
El ansia siempre es una metralleta.

Mátame allí, porque no quiero volver
a estar del revés, con los pies en el suelo
y la cabeza en el cielo.
No quiero escribirme con música ni con tinta.
Tú ya me escribiste allí con los brazos.
Quiero soñarte en el suelo
y tenerte en el cielo.
Quiero romperme y crearte.
Quiero que me consueles diciéndome
que te marchas con mi alma.
Mi cuerpo sin vida déjalo,
que en su podredumbre crezca un árbol.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Sobre el amor y el deseo

Se dejó llevar por el infierno negro que creyó que le definía.
Y la profecía lacaniana golpeó con todo su peso. "El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no es".
El no tenía nada excepto una sima oscura entre sus palabras y sus deseos, como todos.
Sentía que necesitaba llenarla, taparla, completarla, rellenarla de tal forma que las palabras fueran deseos y los deseos, palabras.
En su caso intuía que el deseo golpeaba más fuerte. Las emociones chillaban breves y eternas. Sus imágenes sólo eran los colores de lo que sentía.
Y, como la profecía anunciaba, se acercó a alguien que no era. Alguien que no era quien llenaría su abismo, que no rellenaría su brecha, porque nadie podía.
Pero ella era todo lo que él creía no ser.
Tan bonita, tan preciosa, tan bella.
Lamentablemente, la belleza exige que todo lo que quiera ser considerado bello ha de tener su imagen y semejanza.
La belleza, como todas las ideas, da seguridad a cambio de arrebatar libertad.

Y la chica bella que él creyó que completaría su falta hizo lo que no podía dejar de hacer. Le pidió que cambiara.
Le exigió ser el ideal que ella encarnaba. Sólo cambiar de aspecto.
Pero al cambiar de aspecto, se cambia la estructura, ya que al cambiar la estructura, se cambia el aspecto. Todo cambio cambia algo dentro y fuera.
Y él sintió el infierno negro que le definía y le nombraba inundar sus ojos como años antes inundó su mente, porque había dos mordiscos desgajando su conciencia.

El primer mordisco era un aullido.
El, que había pasado toda su vida tratando de conocerse sin atreverse a conocerse, que había leído tantos libros fuera que ya no le quedó más remedio que empezar a leerse por dentro, que tras años de rabia y llanto empezaba a aceptar parte de su esencia, ahora se veía empujado a renunciar a la única parte de la que le era imposible desprenderse. De sí mismo, de todo.
No quería disfrazarse de alguien que no era porque lo poquito que él aceptaba ser contradecía la belleza y la fealdad, el orden y el desorden. Contradecía cualquier idea, ya que lo poquito que él descubrió ser era ser libre. En un sentido minúsculo, casi inexistente, sí, pero libre al fin y al cabo.
El cambio que le exigía el amor entendido según la chica lo privaba de lo único que había tenido.

El segundo mordisco era una súplica.
Si, a pesar de todo, él lograba cambiar (cosa improbable puesto que el cambio no se exigía desde dentro, sino desde fuera), ¿ella no se daba cuenta de que entonces no tendría sentido estar juntos? Puesto que habría tapado la brecha convirtiéndose él en lo que él mismo deseaba y, por tanto, a ella no la necesitaría. Es evidente que en ese momento se abriría otra sima, porque el deseo no se apaga hasta que se muere, pero entonces ella tampoco sería capaz de llenarla porque el deseo no la buscaría a ella, sino a otra persona que APARENTEMENTE tuviera la cualidad anhelada, y, desde luego, dicha cualidad ya no sería la belleza.
Si se convertía en lo que no era, no sentiría ya nunca más amor por ella.

Y justo en el medio, perdido en la selva de cuchillas que es el deseo, atrapado en el museo inerte que son las palabras, se debatía entre el aullido y la súplica. Entre ella y él. Entre él y su abismo.

domingo, 22 de noviembre de 2009

XVIII Jornadas de encuentro en salud mental

¡Miradnos! Hemos organizado un acto social como un espejo que nos refleja.
Refleja lo comprometidos que estamos con la institución, refleja lo máximamente mínimo que hemos avanzado.
Refleja nuestra hipocresía, porque al cambio de los valores por los que elegimos esta profesión lo llamamos "evolución", "maduración", cuando la palabra es retroceso o cobardía.
Y, por encima de todo, refleja nuestro narcisismo insolente y prosistema.
Todos comentaban "Yo estuve allí, en el inicio de la reforma psiquiátrica", pero el mensaje implícito reforzado por el paralenguaje y la conducta no verbal era "gracias a mí la reforma psiquiátrica fue posible".
Allí estaban los veteranos (y los que no eran veteranos pero que trataban socialmente de aparentarlo) dándonos lecciones sobre su experiencia y su grandísima contribución a la salud mental y a la desinstitucionalización.
Es bastante irónico que las bocas de los líderes institucionales se llenen de propaganda sobre desinstitucionalización.
Y se reforzaban entre ellos. Son los compañeros del batallón de secretariado que jamás participó en la guerra, pero que la recuerdan mejor que los que murieron en ella. Y no es de extrañar, pues tienen la misión más importante de todas: el contar la guerra, que es a la vez la más peligrosa, porque no la cuentan, sino que la manipulan a su favor sin ningún conflicto moral.

Ellos abrían las jornadas afirmando "estar al margen del discurso institucional y científico ortodoxo". Creo que es un excelente ejemplo de hipocresía y de formación reactiva.
La mayoría han sido alabanzas a la institución e incluso han puesto ejemplos y han "demostrado" su participación y arrojo con estadísticas y estudios al más puro estilo de Medicina Basada en la Evidencia.
Lo más curioso es que ellos echan la vista atrás y afirman que se ha avanzado. Lo difícil hubiera sido que los manicomios se mantuvieran abiertos cuando toda una revolución política abogaba por la igualdad y la libertad.
Esos personajes institucionales se regocijaban en su idea de progreso, cuando los únicos cambios que ELLOS HAN LOGRADO han sido sólo a nivel superficial.
Nadie (a excepción del último ponente, curiosamente fuera de la institución) se había planteado las consecuencias que estaban logrando con su "revolución antipsiquiátrica".
Al final era una lucha de poder, como se ha ido demostrando a lo largo de estos 30 años.
Al final, estos entes institucionales que tan bien han aprendido el doble juego democrático, se instalan en sus puestos y burocratizan un sistema que por fuerza ha de ser libre. Convierten a los trabajadores en recursos, a los pacientes, en números que puedan usarse para cobrar la tan ansiada productividad.
El manicomio antiguo era la antigua fábrica de montaje.
El sistema de salud mental actual es un conglomorado de empresas que tiene hasta sus franquicias (Comunidad terapéutica, URA, hospital de día...) Todas gobernadas con el objeto de obtener más beneficio, más dinero, más poder político.
Y, como ya se debería saber, esos objetivos son la antítesis del que mueve al clínico, es decir, el objetivo de pensar.

Pero también estamos nosotros. Recién llegados que acabamos de entrar y que vamos viendo, para nuestra desgracia, cómo han montado en el nombre del progreso, el ámbito de la salud mental nuestros predecesores.
Y nos quedamos callados y no decimos nada, por miedo, porque están nuestros jefes delante, porque hemos sido educados en el respeto a la autoridad, en lugar de en su cuestionamiento.
Nosotros, que no nos levantamos para decir lo que pensábamos.
Para decir que las experiencias de otros, por muy veteranos y revolucionarios que fueran, jamás podrán ser repetidas por nosotros y, además, están descontextuadas.
Para decir que no queremos escuchar cómo se besan los unos a los otros.
Para decir que el cambio no es lo que hicieron ellos (con todo un escenario público, político y social que les EXIGÍA hacerlo), sino que el cambio es lo que nos toca hacer a nosotros (arreglar el despropósito de la institución, exigir que se nos devuelva la libertad de pensamiento que nos fue arrebatada), es decir, cambiar lo que desde ningún ámbito público, político o social se nos pide, pero que vemos que no funciona. Cambiar lo que el poder no quiere que sea cambiado porque se sustenta en él.
Para decir que hubiéramos sacado muchísimo más provecho de un día de consultas o de lecturas que de estas jornadas vacías y narcisistas.
Para decir que a los residentes se nos puede enseñar técnicas, actitudes frente a pacientes, teorías y formas de expresarnos, pero JAMÁS se nos tiene que enseñar a pensar como piensa la institución, no se nos tiene que enseñar experiencias ajenas, no se nos tiene que enseñar a cómo lamernos el culo unos a otros tras años de lucha por el poder y estancamiento de sintomatología y su tratamiento.

Pero no nos levantamos, muchos por miedo, otros por indiferencia.
Yo no lo hice por las dos cosas.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Tristeza

Estoy triste.
Tanto, que ya no sé si lo estoy o si lo soy.
El otro día lloré.
Me deshice en llanto.

Lloré por el sonido de un piano
que apuñalaba mi conciencia
a golpes de corchea.
Lloré por la infancia perdida de todo el mundo,
cuando sólo quería llorar por la mía.
Lloré porque sabía que acabaremos
siendo una bola de papel arrugado.

Y al acabar ese llanto interminable
sentí que seguía donde había empezado.
Sin comprensión,
sin tiempo.
Sin mí.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Frente al lago de alquitrán

Frente al lago de alquitrán encontró a la muerte.
Estaba encogida en un ovillo, asustada, tratando de esconderse.
Antes no se hubiera imaginado que la muerte pudiera sentir miedo de algo.
Y la desesperación cambió su roce por el de la compasión.

Frente al lago de alquitrán le preguntó a la muerte,
"¿De qué tienes miedo?"
La muerte le miró con ojos que han de ver del final de todo.
Entonces lo supo.

"Jamás me imaginé que la muerte temiera a los suicidas"

Frente al lago de alquitrán le hizo comprender la muerte
que el suicida no la busca a ella, sino a la vida,
y que ella no podía soportar la decepción
de entregar únicamente un paisaje inerte.

"No te preocupes", la consuela el suicida.
"No puedo dejar de ver la primavera en tu rostro
desolado. No puedo dejar de ver en tu cuerpo
consumido mi lenguaje. Tú oscuridad siendo el final
es el principio.
Ya le dijo la emperatriz infantil a Bastián que todos
los principios son oscuros"

Frente al lago de alquitrán la muerte
entendió que el que busca la muerte
sólo quiere la vida que la vida le negó
con una muerte viva, que no se controla,
que es vivir muerto cuando el único momento
que importa es morir estando vivo.

Frente al lago de alquitrán la muerte
y el suicida se conocieron al fin.
Frente al lago de alquitrán la muerte
supo que podía dar la vida.
Que era lo único que siempre había hecho
frente al lago de alquitrán.

martes, 3 de noviembre de 2009

Tú, que me miraste con superioridad y tuviste la engañosa sensación de creer que estabas por encima de mí.

Tú, que tratabas de imponerme tu ignorancia como dogma y tu opinión vacía como ley irrebatible.
Tú, que me escupías palabras de desprecio porque el miedo a enfrentarte a tu propia necedad era demasiado grande.
Tú, que destrozaste a patadas cualquier intento de acercamiento, quizá porque necesitabas reafirmarte en una despreciable categoría que consideraste prestigiosa socialmente.
Tú, que antepusiste tu profesión a tu humanidad.
Tú, que necesitas la aprobación de los que consideras iguales para valorarte.
Tú, que disfrazas de falsa condescendencia las ideas que violan con la fuerza imparable de la lógica, el sentido común y la ética tu mediocre y pervertida concepción del mundo.
Tú, que siempre has considerado que la mejor defensa es un buen ataque, incluso ante palabras que trataban de entenderte, ayudarte y tenderte visiones alternativas.
Tú, cuyo enorme ego parece imposible que quepa en una mente tan pequeña.
Tú, producto abyecto del sistema en el que tratas de encajar a costa de otras personas, ideales o valores.
Tú, que en el fondo necesitas el poder, cualquier poder, ante los demás para que no se sepa lo insignificante que realmente eres.
Tú, cuyo narcisismo raya la paranoia.
Tú, ente superficial, vil, bestia despojada de conciencia, psicópata sin empatía.
Tú, que como máximo principio ético sólo tienes las apariencias, que eres una imagen y no un alma. Una caricatura, no una persona.
Tú, que hablas con la certeza que da la ineptitud y, por tanto, siembras odio.
Tú, cuyo futuro es la amarga infelicidad del que sacrificó su esencia (en tu caso escasa) por un segundo de gloria, aunque ésta sea falsa e hija de la fachada social.

Tú, que me miraste desde una altura en la que sólo tú te habías colocado,
te digo que, en el mejor de los casos me envidias porque he recibido una educación en la que se me ha enseñado a pensar, porque he empleado mi tiempo de estudio en comprender lo que leía y no sólo en memorizar como un estúpido mono, porque sientes que has de destruirme aunque yo jamás tuve intención de atacarte, sólo porque a mi lado salen a relucir todas tus carencias.
En el peor de los casos, yo soy sólo tu reflejo. Por tanto, aun en los defectos, sigo siendo tu igual.
Despreciable aborto de institución, execrable ser ávido de reconocimiento social.
Eso eres, aunque incluso eso te viene grande, porque cualquier adjetivo peyorativo se vuelve superlativo cuando trata de describir a alguien que en realidad no es nada, no es nadie.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Sobre el amor y el miedo

Se derrite el tacto del suspiro en la almohada.
En lo que tardo en decir "coraza de corazones", ella se disuelve entre los labios.
Ella se evapora en tres roces.
Ella, la emoción que siento, la vida que trato de apresar entre las manos y que se me escapa a latidos.

Luchamos para no tener miedo, cuando lo único que deseamos es dejar de sentir miedos.

El amor nace del miedo. Del miedo a conocernos y del miedo más acuciante a no encontrarnos jamás. Del miedo a vivir, del miedo a morir. Todos son el mismo miedo, el que define la angustia existencial que surge del abrazo mágico entre vida y conciencia.

El amor se va desgarrando por los miedos. El miedo a la soledad y el miedo más retorcido a no ser aceptado. El miedo a los otros, el miedo a lo que puedan pensar. Todos son miedos diferentes, pero les une su origen, son disfraces del miedo a vivir y del miedo a morir.
El miedo se disfraza de miedos. El miedo se defiende con miedos.

Sin miedo no hay amor, pero con miedos el amor se rompe o se corrompe.

Se funde el sabor del abrazo en los ojos.
En lo que tardo en oír "personas de poesía", ella ha hablado con mi voz.
Ella se ha licuado en tres lágrimas.
Ella, palabra que me escribe de la nada y me hace nacer a medias escrito, esperanza que me golpea contra la libertad de haber amado viviendo.