Lacan y Foucault, José María Alvarez y Fernando Colina, Bataille y Schopenhauer... Sólo me ayudan a comprenderla, pero no resuelven mi angustia.
Sólo le ponen palabras, pero no la callan.
No creo que pudieran hacerlo, porque los muy cabrones argumentarían que mi angustia es sólo mía, que no hay nadie que pueda repararla o quitarla porque mi deseo es el deseo de otro, porque mi falta refleja el precio que pago al simbolizar mis más biológicas pulsiones, porque al final soy preso de un discurso, de una frase o de una palabra.
En una simple sentencia: jódete y baila.
Y lo peor de todo es que siento que tienen razón, que no hablan en balde.
Pero no me ayuda. Al contrario, me asusta.
Si estar vivo es una casualidad envilecida por la agonía de tener que estar deseando lo que jamás podrás tener, ¿de dónde surgen el amor, la rabia, la decencia o la hipocresía?
Es más, ¿acaso importan?
Todo el mundo está de acuerdo en que la vida es la antesala de la muerte. Quizá por eso sea el único sitio donde nos está permitido sufrir.
Pero no es eso.
No me quejo del sufrimiento, sino del sinsentido.
Todo es etéreo y decadente. Todo es una construcción lingüística. Y por lo tanto, todo es nada.
En esa nada, como la cola de una lagartija que aún no se ha percatado de su separación y su muerte, aparece el deseo obligándonos a vivir y a quemarnos sin obtener nada que lo calme. Y resulta que si algo lo calmara nos moriríamos, mental y/o físicamente.
O sea, o vivimos en una acatisia espiritual constante, o morimos.
¿A eso se reduce todo?
¿A desear o morir?
¿Es eso lo que encierran todos los discursos con el sometimiento a su poder, señor Foucault?
¿Es eso lo que define la falta insaciable que otorga peso a la subjetividad individual, señor Lacan?
¿Es eso lo que les permite explicar, comprender y tratar las psicosis señores Alvarez y Colina?
¿Es eso lo que da significación humana al erotismo, señor Bataille?
¿Es eso lo que enmarca el mundo como voluntad y representación, señor Schopenhauer?
Porque yo no lo sé.
Y porque nunca me ha gustado que jugaran conmigo, lo controlara yo o no.
Si el amor es una construcción discursiva que se pierde entre los neurotransmisores y mi individualidad espiritual, allí donde se esconde la totalidad de mi ser que no puede ser reducida a palabras o signos y, por tanto, no puede ser explicada, entonces no quiero estar vivo.
Porque ser consciente de la inasibilidad de la vida, incluso a nivel espiritual, produce desasosiego y angustia.
Y entonces todo se vuelve REAL en el sentido lacaniano del término.
Me siento como un personaje de Lovecraft que descubre el mundo oculto en el mundo.
Si yo estoy hecho de palabras, jamás podré comprender la verdad objetiva que me rodea.
El precio de haberla visto por un instante es la locura o la muerte.
Creo que ya voy a medio camino de ambas.
La pregunta esencial para Dora que remarca Lacan es ¿qué es ser una mujer?
Mi pregunta esencial es ¿cuánto me falta para caer en una, en otra o en ambas?
lunes, 8 de febrero de 2010
sábado, 30 de enero de 2010
Sobre la muerte y el tiempo (II)
Se me acaba el tiempo.
Y no quisiera tener que gritar que estoy muerto.
Hace años me contaron una leyenda.
En la era en que la Tierra no había sido desangrada, un pueblo habitaba rodeado de montañas. Era el último pueblo de hombres inmortales que alguna vez hollaron el mundo.
Todos los pueblos aliados y enemigos se habían desintegrado, víctimas irreparables de la eternidad que moraba en su sangre.
Todos los hombres y mujeres de las comunidades más antiguas desaparecieron en el agua y en la tierra, en el fuego y en el aire, víctimas desesperadas del olvido que engullía sus almas.
Pues está escrito en las olas que el precio de la inmortalidad es la memoria. Y si nadie recuerda, nunca existió nada.
Con la noticia de la desaparición de la tribu gris, el pueblo rodeado de montañas tomó conciencia de su soledad eterna, condenada, a la larga, a la ausencia.
Consultaron al chamán, el único hombre del pueblo que en lugar de corazón tenía agua y en lugar de ojos, aire.
El chamán, tras días de leer la orilla del río y lunas de escuchar la brisa entre la hierba, les dijo que la única manera de detener el olvido era congelar el tiempo.
- Hay - susurró el chamán. - en lo más alto de la montaña más alta una cueva infinita rodeada de fuego donde habita Theck, dios del tiempo y de la inmortalidad. En lo más profundo de la caverna guarda celosamente un trozo de hielo negro. Ese fragmento de hielo es lo único capaz de inmovilizar a Theck.
Entonces el pueblo rodeado de montañas envió al hombre más joven (apenas un niño) en busca del hielo negro.
Así fue como el último inmortal trepó a lo más alto de la montaña más alta.
Descubrió la cueva y penetró en ella apagando las llamas con su sangre. Engañó a Theck con la melodía de su laúd y desde entonces el tiempo se detiene con la música.
Atravesó puñales de roca, se enfrentó con arañas de carbón y con dragones de lava.
Y por fin, en el centro de un laberinto de piedra tallada en espiral halló el trozo de hielo negro.
Abandonó el laúd en lo más hondo de la caverna del tiempo y en su funda escondió el hielo.
A la salida le esperaba Theck. Gigante. Eterno.
Al no tener el laúd, el último inmortal se enfrentó al dios blandiendo el hielo negro. Pero Theck ya estaba prevenido porque el chamán se lo había contado todo al dios del tiempo a cambio de ser el último hombre en olvidar.
Theck se protegió con un escudo de sangre y llamas que derritió el hielo dejando al último inmortal armado con la última astilla del negro fragmento.
Theck, llevado por la venganza, se abalanzó contra el último inmortal decidido a torturarle por toda la eternidad.
Fue en ese momento cuando el último inmortal se atravesó los ojos con la última esquirla de hielo negro para no ver el odio de Theck.
Al levantar la vista y clavar los ojos en el dios, éste quedó congelado. Sin embargo, con el último aullido de rabia, Theck lanzó una maldición. Ellos congelarían el tiempo, vencerían al olvido, pero a costa de su vida.
Por eso desde entonces los hombres tienen un círculo negro en el centro de cada ojo. Es él el que congela el tiempo y, al congelarlo, se vuelve recuerdo.
Desde entonces los hombres recuerdan.
Es por eso desde entonces que los hombres son mortales. Desde entonces la muerte va unida al tiempo. De ese matrimonio nace la memoria.
La memoria, que congela al tiempo pero no lo detiene.
La memoria, que recuerda a la muerte, pero no recuerda la forma de vencerla.
Se me acaba el tiempo.
Empiezo a gritar
que ya estoy muerto.
Y no quisiera tener que gritar que estoy muerto.
Hace años me contaron una leyenda.
En la era en que la Tierra no había sido desangrada, un pueblo habitaba rodeado de montañas. Era el último pueblo de hombres inmortales que alguna vez hollaron el mundo.
Todos los pueblos aliados y enemigos se habían desintegrado, víctimas irreparables de la eternidad que moraba en su sangre.
Todos los hombres y mujeres de las comunidades más antiguas desaparecieron en el agua y en la tierra, en el fuego y en el aire, víctimas desesperadas del olvido que engullía sus almas.
Pues está escrito en las olas que el precio de la inmortalidad es la memoria. Y si nadie recuerda, nunca existió nada.
Con la noticia de la desaparición de la tribu gris, el pueblo rodeado de montañas tomó conciencia de su soledad eterna, condenada, a la larga, a la ausencia.
Consultaron al chamán, el único hombre del pueblo que en lugar de corazón tenía agua y en lugar de ojos, aire.
El chamán, tras días de leer la orilla del río y lunas de escuchar la brisa entre la hierba, les dijo que la única manera de detener el olvido era congelar el tiempo.
- Hay - susurró el chamán. - en lo más alto de la montaña más alta una cueva infinita rodeada de fuego donde habita Theck, dios del tiempo y de la inmortalidad. En lo más profundo de la caverna guarda celosamente un trozo de hielo negro. Ese fragmento de hielo es lo único capaz de inmovilizar a Theck.
Entonces el pueblo rodeado de montañas envió al hombre más joven (apenas un niño) en busca del hielo negro.
Así fue como el último inmortal trepó a lo más alto de la montaña más alta.
Descubrió la cueva y penetró en ella apagando las llamas con su sangre. Engañó a Theck con la melodía de su laúd y desde entonces el tiempo se detiene con la música.
Atravesó puñales de roca, se enfrentó con arañas de carbón y con dragones de lava.
Y por fin, en el centro de un laberinto de piedra tallada en espiral halló el trozo de hielo negro.
Abandonó el laúd en lo más hondo de la caverna del tiempo y en su funda escondió el hielo.
A la salida le esperaba Theck. Gigante. Eterno.
Al no tener el laúd, el último inmortal se enfrentó al dios blandiendo el hielo negro. Pero Theck ya estaba prevenido porque el chamán se lo había contado todo al dios del tiempo a cambio de ser el último hombre en olvidar.
Theck se protegió con un escudo de sangre y llamas que derritió el hielo dejando al último inmortal armado con la última astilla del negro fragmento.
Theck, llevado por la venganza, se abalanzó contra el último inmortal decidido a torturarle por toda la eternidad.
Fue en ese momento cuando el último inmortal se atravesó los ojos con la última esquirla de hielo negro para no ver el odio de Theck.
Al levantar la vista y clavar los ojos en el dios, éste quedó congelado. Sin embargo, con el último aullido de rabia, Theck lanzó una maldición. Ellos congelarían el tiempo, vencerían al olvido, pero a costa de su vida.
Por eso desde entonces los hombres tienen un círculo negro en el centro de cada ojo. Es él el que congela el tiempo y, al congelarlo, se vuelve recuerdo.
Desde entonces los hombres recuerdan.
Es por eso desde entonces que los hombres son mortales. Desde entonces la muerte va unida al tiempo. De ese matrimonio nace la memoria.
La memoria, que congela al tiempo pero no lo detiene.
La memoria, que recuerda a la muerte, pero no recuerda la forma de vencerla.
Se me acaba el tiempo.
Empiezo a gritar
que ya estoy muerto.
viernes, 29 de enero de 2010
Sobre la muerte y el tiempo (I)
El tiempo me envuelve como el más suave de los vestidos.
Poco a poco, capa tras capa, se va desmenuzando y cae inevitablemente al suelo.
Los años, las horas, los segundos son hojas muertas que van formando una montaña en torno a mis pies.
Y el tiempo me va desvistiendo hasta que, desnudo, me tocará enfrentarme a la muerte.
Porque sin tiempo sólo existe la muerte.
Y cada capa que va cayendo, cada hoja que se va amontonando es una pequeña muerte. Quizá para que siempre sea consciente de mi propia desnudez.
Y el tiempo son los amigos que se van y la brecha que se abre en el pecho al no poder impedir la partida. Son los padres que mueren y que no puedes imitar. Son los besos de una mujer que ve en tus ojos el niño que eres.
El tiempo es todo lo que llega y no vuelve.
El tiempo, al vestirte, te engaña; susurrándote con los primeros segundos que no estás solo. Pero mientras se desprende de tu cuerpo como la costra de una sonrisa, sientes la punzante soledad que otorga la vida. Y yo me pregunto, si la soledad es la vivencia más propia de la locura ¿estoy loco? ¿Estoy loco por estar solo o estoy solo por estar loco?
y el tiempo se deshace en pérdidas de personas. Porque el tiempo es todo lo que te toca y no se queda. Es todo lo que te roza y te araña.
El tiempo me desnuda para entregarme a la muerte.
Y me entrega loco.
Y me entrega solo.
Poco a poco, capa tras capa, se va desmenuzando y cae inevitablemente al suelo.
Los años, las horas, los segundos son hojas muertas que van formando una montaña en torno a mis pies.
Y el tiempo me va desvistiendo hasta que, desnudo, me tocará enfrentarme a la muerte.
Porque sin tiempo sólo existe la muerte.
Y cada capa que va cayendo, cada hoja que se va amontonando es una pequeña muerte. Quizá para que siempre sea consciente de mi propia desnudez.
Y el tiempo son los amigos que se van y la brecha que se abre en el pecho al no poder impedir la partida. Son los padres que mueren y que no puedes imitar. Son los besos de una mujer que ve en tus ojos el niño que eres.
El tiempo es todo lo que llega y no vuelve.
El tiempo, al vestirte, te engaña; susurrándote con los primeros segundos que no estás solo. Pero mientras se desprende de tu cuerpo como la costra de una sonrisa, sientes la punzante soledad que otorga la vida. Y yo me pregunto, si la soledad es la vivencia más propia de la locura ¿estoy loco? ¿Estoy loco por estar solo o estoy solo por estar loco?
y el tiempo se deshace en pérdidas de personas. Porque el tiempo es todo lo que te toca y no se queda. Es todo lo que te roza y te araña.
El tiempo me desnuda para entregarme a la muerte.
Y me entrega loco.
Y me entrega solo.
domingo, 24 de enero de 2010
Sobre la muerte y la esperanza
En la fugacidad eterna
que siempre habita en lo imposible
de pensar, que siempre recorre
lo imposible de desnudar
lo intangible,
llora el deseo que se abraza
a la muerte
muy muy fuerte
para no extinguirse cayendo en
lo visible.
¡Qué extraño! sigo teniendo frío
a pesar de la hoguera donde
se queman mi rabia, mi miedo
y mi odio.
Ahora lo comprendo. Porque con
ellos también están ardiendo
mis sueños.
Por eso el deseo se abraza
a la muerte
muy muy fuerte.
Para no tener que matar la
esperanza.
que siempre habita en lo imposible
de pensar, que siempre recorre
lo imposible de desnudar
lo intangible,
llora el deseo que se abraza
a la muerte
muy muy fuerte
para no extinguirse cayendo en
lo visible.
¡Qué extraño! sigo teniendo frío
a pesar de la hoguera donde
se queman mi rabia, mi miedo
y mi odio.
Ahora lo comprendo. Porque con
ellos también están ardiendo
mis sueños.
Por eso el deseo se abraza
a la muerte
muy muy fuerte.
Para no tener que matar la
esperanza.
domingo, 17 de enero de 2010
Poema improvisado mientras se carga el ipod
Me he recogido del suelo
y me he vuelto a tirar de nuevo,
porque mi suelo es cielo pisado,
estrellado a voces sangrantes
entre una arcada y
dos carcajadas.
“Ni Dios ni amo”
y la anarquía convirtiéndose
en dos espejos rotos
derretidos entre mis manos.
Ya no tengo sangre ni vida
porque por mis venas sólo fluye
la entropía.
El único orden que he seguido
ha sido el del sinsentido.
La única norma que obedecí
fue la que prohibía morir.
Me dices que son necesarios
el orden, las normas y reglas
¿Es que el sexo es ordenado?
Si el amor es una norma,
se vuelve preso encadenado.
¿La emoción tiene reglas?
Entonces no es emoción,
sino derrota.
Tampoco el mar tiene forma
y todavía te enamora.
Si tu cuerpo es el lenguaje
mis labios son el abecedario.
Siento cómo el tiempo se deforma
en el centro de un arpegio rosa.
Si desearte es un ultraje
yo seré gustoso su tributario.
Tampoco el arte tiene normas
y todavía te emociona.
Tampoco el mar tiene forma
y todavía te enamora.
y me he vuelto a tirar de nuevo,
porque mi suelo es cielo pisado,
estrellado a voces sangrantes
entre una arcada y
dos carcajadas.
“Ni Dios ni amo”
y la anarquía convirtiéndose
en dos espejos rotos
derretidos entre mis manos.
Ya no tengo sangre ni vida
porque por mis venas sólo fluye
la entropía.
El único orden que he seguido
ha sido el del sinsentido.
La única norma que obedecí
fue la que prohibía morir.
Me dices que son necesarios
el orden, las normas y reglas
¿Es que el sexo es ordenado?
Si el amor es una norma,
se vuelve preso encadenado.
¿La emoción tiene reglas?
Entonces no es emoción,
sino derrota.
Tampoco el mar tiene forma
y todavía te enamora.
Si tu cuerpo es el lenguaje
mis labios son el abecedario.
Siento cómo el tiempo se deforma
en el centro de un arpegio rosa.
Si desearte es un ultraje
yo seré gustoso su tributario.
Tampoco el arte tiene normas
y todavía te emociona.
Tampoco el mar tiene forma
y todavía te enamora.
lunes, 4 de enero de 2010
Versos
Pregúntame allí
Donde el agua y el cristal se fundieron en nuestro aliento
y arrancaron jirones violetas de amor.
Un amor que olvidamos sentir,
del que renegamos y al que escupimos,
que nos avergonzó mientras nos definía.
Y liberaba a quienes jamás
quisimos ser libres.
Contéstame allí
Porque yo no sé de dónde coño viene
esta melancolía malsana,
esta angustia de desgarrarme el pecho
y estrujarme el corazón
para que pare de latir.
Te juro que no sé de dónde me viene
esta tristeza rabiosa,
esta locura de romperme la cabeza
contra hierros oxidados para olvidarme
de tu nombre, del mío y de todos los por qués.
Abrázame allí
Porque quiero llorar ginebra
y emborracharme de odio.
Quiero un puto abrazo que no recuerde
a todos los fracasos,
que me rompa la columna
y me parta los pulmones.
Porque no quiero quedarme de rodillas
suplicándome mi sonrisa.
No quiero perderte entre versos
ni disfrazarte de canciones.
Quiero verte desnuda,
sin ropa y sin nombres.
Mátame allí
Donde las flores te crecían en los labios
pidiendo ser palabras.
Donde me arrancaste los ojos a besos
que te salían a borbotones.
El ansia siempre es una metralleta.
Mátame allí, porque no quiero volver
a estar del revés, con los pies en el suelo
y la cabeza en el cielo.
No quiero escribirme con música ni con tinta.
Tú ya me escribiste allí con los brazos.
Quiero soñarte en el suelo
y tenerte en el cielo.
Quiero romperme y crearte.
Quiero que me consueles diciéndome
que te marchas con mi alma.
Mi cuerpo sin vida déjalo,
que en su podredumbre crezca un árbol.
Donde el agua y el cristal se fundieron en nuestro aliento
y arrancaron jirones violetas de amor.
Un amor que olvidamos sentir,
del que renegamos y al que escupimos,
que nos avergonzó mientras nos definía.
Y liberaba a quienes jamás
quisimos ser libres.
Contéstame allí
Porque yo no sé de dónde coño viene
esta melancolía malsana,
esta angustia de desgarrarme el pecho
y estrujarme el corazón
para que pare de latir.
Te juro que no sé de dónde me viene
esta tristeza rabiosa,
esta locura de romperme la cabeza
contra hierros oxidados para olvidarme
de tu nombre, del mío y de todos los por qués.
Abrázame allí
Porque quiero llorar ginebra
y emborracharme de odio.
Quiero un puto abrazo que no recuerde
a todos los fracasos,
que me rompa la columna
y me parta los pulmones.
Porque no quiero quedarme de rodillas
suplicándome mi sonrisa.
No quiero perderte entre versos
ni disfrazarte de canciones.
Quiero verte desnuda,
sin ropa y sin nombres.
Mátame allí
Donde las flores te crecían en los labios
pidiendo ser palabras.
Donde me arrancaste los ojos a besos
que te salían a borbotones.
El ansia siempre es una metralleta.
Mátame allí, porque no quiero volver
a estar del revés, con los pies en el suelo
y la cabeza en el cielo.
No quiero escribirme con música ni con tinta.
Tú ya me escribiste allí con los brazos.
Quiero soñarte en el suelo
y tenerte en el cielo.
Quiero romperme y crearte.
Quiero que me consueles diciéndome
que te marchas con mi alma.
Mi cuerpo sin vida déjalo,
que en su podredumbre crezca un árbol.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Sobre el amor y el deseo
Se dejó llevar por el infierno negro que creyó que le definía.
Y la profecía lacaniana golpeó con todo su peso. "El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no es".
El no tenía nada excepto una sima oscura entre sus palabras y sus deseos, como todos.
Sentía que necesitaba llenarla, taparla, completarla, rellenarla de tal forma que las palabras fueran deseos y los deseos, palabras.
En su caso intuía que el deseo golpeaba más fuerte. Las emociones chillaban breves y eternas. Sus imágenes sólo eran los colores de lo que sentía.
Y, como la profecía anunciaba, se acercó a alguien que no era. Alguien que no era quien llenaría su abismo, que no rellenaría su brecha, porque nadie podía.
Pero ella era todo lo que él creía no ser.
Tan bonita, tan preciosa, tan bella.
Lamentablemente, la belleza exige que todo lo que quiera ser considerado bello ha de tener su imagen y semejanza.
La belleza, como todas las ideas, da seguridad a cambio de arrebatar libertad.
Y la chica bella que él creyó que completaría su falta hizo lo que no podía dejar de hacer. Le pidió que cambiara.
Le exigió ser el ideal que ella encarnaba. Sólo cambiar de aspecto.
Pero al cambiar de aspecto, se cambia la estructura, ya que al cambiar la estructura, se cambia el aspecto. Todo cambio cambia algo dentro y fuera.
Y él sintió el infierno negro que le definía y le nombraba inundar sus ojos como años antes inundó su mente, porque había dos mordiscos desgajando su conciencia.
El primer mordisco era un aullido.
El, que había pasado toda su vida tratando de conocerse sin atreverse a conocerse, que había leído tantos libros fuera que ya no le quedó más remedio que empezar a leerse por dentro, que tras años de rabia y llanto empezaba a aceptar parte de su esencia, ahora se veía empujado a renunciar a la única parte de la que le era imposible desprenderse. De sí mismo, de todo.
No quería disfrazarse de alguien que no era porque lo poquito que él aceptaba ser contradecía la belleza y la fealdad, el orden y el desorden. Contradecía cualquier idea, ya que lo poquito que él descubrió ser era ser libre. En un sentido minúsculo, casi inexistente, sí, pero libre al fin y al cabo.
El cambio que le exigía el amor entendido según la chica lo privaba de lo único que había tenido.
El segundo mordisco era una súplica.
Si, a pesar de todo, él lograba cambiar (cosa improbable puesto que el cambio no se exigía desde dentro, sino desde fuera), ¿ella no se daba cuenta de que entonces no tendría sentido estar juntos? Puesto que habría tapado la brecha convirtiéndose él en lo que él mismo deseaba y, por tanto, a ella no la necesitaría. Es evidente que en ese momento se abriría otra sima, porque el deseo no se apaga hasta que se muere, pero entonces ella tampoco sería capaz de llenarla porque el deseo no la buscaría a ella, sino a otra persona que APARENTEMENTE tuviera la cualidad anhelada, y, desde luego, dicha cualidad ya no sería la belleza.
Si se convertía en lo que no era, no sentiría ya nunca más amor por ella.
Y justo en el medio, perdido en la selva de cuchillas que es el deseo, atrapado en el museo inerte que son las palabras, se debatía entre el aullido y la súplica. Entre ella y él. Entre él y su abismo.
Y la profecía lacaniana golpeó con todo su peso. "El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no es".
El no tenía nada excepto una sima oscura entre sus palabras y sus deseos, como todos.
Sentía que necesitaba llenarla, taparla, completarla, rellenarla de tal forma que las palabras fueran deseos y los deseos, palabras.
En su caso intuía que el deseo golpeaba más fuerte. Las emociones chillaban breves y eternas. Sus imágenes sólo eran los colores de lo que sentía.
Y, como la profecía anunciaba, se acercó a alguien que no era. Alguien que no era quien llenaría su abismo, que no rellenaría su brecha, porque nadie podía.
Pero ella era todo lo que él creía no ser.
Tan bonita, tan preciosa, tan bella.
Lamentablemente, la belleza exige que todo lo que quiera ser considerado bello ha de tener su imagen y semejanza.
La belleza, como todas las ideas, da seguridad a cambio de arrebatar libertad.
Y la chica bella que él creyó que completaría su falta hizo lo que no podía dejar de hacer. Le pidió que cambiara.
Le exigió ser el ideal que ella encarnaba. Sólo cambiar de aspecto.
Pero al cambiar de aspecto, se cambia la estructura, ya que al cambiar la estructura, se cambia el aspecto. Todo cambio cambia algo dentro y fuera.
Y él sintió el infierno negro que le definía y le nombraba inundar sus ojos como años antes inundó su mente, porque había dos mordiscos desgajando su conciencia.
El primer mordisco era un aullido.
El, que había pasado toda su vida tratando de conocerse sin atreverse a conocerse, que había leído tantos libros fuera que ya no le quedó más remedio que empezar a leerse por dentro, que tras años de rabia y llanto empezaba a aceptar parte de su esencia, ahora se veía empujado a renunciar a la única parte de la que le era imposible desprenderse. De sí mismo, de todo.
No quería disfrazarse de alguien que no era porque lo poquito que él aceptaba ser contradecía la belleza y la fealdad, el orden y el desorden. Contradecía cualquier idea, ya que lo poquito que él descubrió ser era ser libre. En un sentido minúsculo, casi inexistente, sí, pero libre al fin y al cabo.
El cambio que le exigía el amor entendido según la chica lo privaba de lo único que había tenido.
El segundo mordisco era una súplica.
Si, a pesar de todo, él lograba cambiar (cosa improbable puesto que el cambio no se exigía desde dentro, sino desde fuera), ¿ella no se daba cuenta de que entonces no tendría sentido estar juntos? Puesto que habría tapado la brecha convirtiéndose él en lo que él mismo deseaba y, por tanto, a ella no la necesitaría. Es evidente que en ese momento se abriría otra sima, porque el deseo no se apaga hasta que se muere, pero entonces ella tampoco sería capaz de llenarla porque el deseo no la buscaría a ella, sino a otra persona que APARENTEMENTE tuviera la cualidad anhelada, y, desde luego, dicha cualidad ya no sería la belleza.
Si se convertía en lo que no era, no sentiría ya nunca más amor por ella.
Y justo en el medio, perdido en la selva de cuchillas que es el deseo, atrapado en el museo inerte que son las palabras, se debatía entre el aullido y la súplica. Entre ella y él. Entre él y su abismo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)