CARA A
Era un cielo. Lo amaba tanto como una mujer puede amar a un hombre y, por lo visto, era demasiado pero no suficiente.
Lo colmó de atenciones y de besos, de abrazos y de deseos.
Lo llenó con su alma y sacrificó su carrera por él, lo adoraba, lo quería.
Se conocieron de casualidad. Ella ponía copas por las noches para poder pagarse los estudios y él acompañaba a sus amigos por no estar solo.
No bebía. No fumaba.
Hablaron y se enamoraron. Salieron. Se besaron. Se acostaron.
Y él comenzó a tejer su tapiz de espejismos.
La manipuló, la utilizó, la separó de su familia, de sus amigos. Sin embargo ella vivía en un sueño y no quería despertar. Al final los errores pasan factura ¿o quizá no?
Pasaron los años y vinieron los golpes, las palizas, los cortes, siempre precedidos por días interminables de insultos, vejaciones y masacres emocionales.
Seguía sin querer ver. Se justificaba afirmando que en el fondo era bueno, que cambiaría, que quizá ella se lo merecía. Hasta dónde es capaz de llegar la mente para evitar los cambios, para no caerse del precario equilibrio en que la mantienen las creencias erróneas, irracionales, pero, al fin y al cabo nuestras, sin ellas sólo está el caos, la locura ¿o quizá no?
Su vida se convirtió en un laberinto de dolor, en un infierno de golpes, sangre y gritos.
Un día no pudo más.
Empezó a investigar. Descubrió que antes de ella hubo varias (otra mentira más), que a todas las machacaba y las golpeaba. A una no logró encontrarla. No quiso visitar el cementerio, demasiado miedo.
La última paliza fue la gota que derramó el vaso. A duras penas logró arrastrarse al portal y suplicar ayuda.
La ambulancia voló a urgencias y los médicos dieron el parte al juzgado. Ella quiso seguir adelante, pero era demasiado tarde.
La mañana que acudía a comisaría, él se materializó de la nada tras una esquina.
Ella notó la aguja de hielo que le atravesaba las entrañas y antes de sumirse en una negrura mortal ,tuvo tiempo de ver cómo su torturador y verdugo saltaba delante de un autobús que le destripó sobre el asfalto.
Suspiró al darse cuenta de que moría sola, olvidada y miserable. ¿Quién tenía la culpa?
¿Importaba quizá?
Su último pensamiento también fue para él: "Dios, no permitas que me lo encuentre en la otra vida otra vez"
CARA B
No era nadie. Era feo, tímido, inseguro, poca cosa, un deshecho humano, un error que no debió nacer.
Y ahí estaba.
Suplió todas sus carencias con una dedicación al trabajo que rayaba en la religiosidad. Quizá por eso le ascendieron a gerente y después a director de la sección nacional. Tocó techo laboral a los 35 años.
Y apareció ella.
Al principio ni siquiera la miró ¿Cómo iba una mujer así a fijarse en un paria repulsivo como él?
Contra todo pronóstico ella se le acercó. El se escondió tras su muro de hormigón y metal, pero la chica estaba decidida y tras varios meses, abrió una brecha y después de un año destrozó sus defensas.
El se lanzó a ella con toda la esperanza de una vida amargada y solitaria. Le dio su identidad, su corazón y, lo más importante, le dio su dinero.
Ella no lo rechazó y siempre quería más. A cambio le facilitaba pseudoamor, pseudosexo, pseudovida, que eran menores conforme disminuían los lujos.
El empeñó sus bienes, le donó toda su fortuna, hipotecó su casa y sólo quería algo de cariño, sentirse querido por una vez en la vida.
Pero todo lo material acaba terminándose.
Ella ya no lo necesitaba. Se acercó a los barrios bajos, le dio 100 euros a la persona adecuada y a la media hora estaba en urgencias medio muriéndose.
Confesó a gritos que había sido su pareja, que ese era el culmen tras años de maltrato psicológico.
Los médicos dieron el parte al juzgado.
Ella sólo quería sacarle hasta el último céntimo, pero ál estaba arruinado, sin trabajo, sin familia, nunca tuvo amigos, sin propiedades.
La ley es injusta, pero necesaria y la justicia es absurda, pero demoledora.
La primera semana de sus 10 años de prisión fue violado dos veces.
Antes de acabar la segunda semana se había suicidado clavándose un picho en el ojo.
Su último pensamiento fue una brutal carcajada al imaginarse a sí mismo pegando a su pareja, pegando a alguien.
La música manda:
Resurrection (B. S. O The Passion of the Christ)
Endless Road (Tommy Emmanuel)
The Might Of Rome (B. S. O Gladiator)
Más libros, más libres:
Juego de Tronos (George. R. R. Martin)
miércoles, 28 de mayo de 2008
miércoles, 21 de mayo de 2008
La rabia del desesperado
Por tu cabeza pasan todas las muertes que has sufrido en esta vida.
Todas las muertes ajenas (las violentas, las naturales, todas inesperadas) y todas las muertes propias (los suicidios, los asesinatos, todas premeditadas).
Por tu sangre fluyen los restos de todos tus fracasos, de todas las situaciones en las que te has encontrado fuera de lugar.
En tu boca vive el regusto de todos tus miedos y de toda tu desesperanza.
Eres un laberinto sin salida, un ocaso de decepciones, un mero boceto de lo que quisiste ser.
Al final te das cuenta de que siempre estuviste solo, de que jamás te lograste vencer a ti mismo aunque lo intentases a menudo con todas tus fuerzas.
Al final sigues siendo un niño pequeño suplicando por una protección que nunca existió.
Incomprendido, loco, descerebrado, inmaduro, mortal, todo eso eres.
Tienes miedo, como siempre, y eso dejó de tener sentido cuando abriste los ojos.
¿Cuándo todo empezó a carecer de sentido? ¿Cuándo abriste los ojos?
Deseaste y lo conseguiste, volviste a desear y volviste a conseguir. A tu alrededor te consideraron afortunado, pero tú sabías que no merecía la pena, que por dentro no estabas más que podrido.
Porque deseabas cosas, metas, reconocimiento, y jamás te deseaste a ti mismo.
Fallaste, como todos, como nadie.
No eres digno de compasión y, probablemente, no la pidas. No eres digno del amor, porque eso es para los estables, los idealistas y los que están cuerdos.
Tú sólo eres digno de la soledad, de la impotencia, del rechazo, de los gritos y las lágrimas, de lo opuesto.
Tranquilo, no eres más que un vagabundo abandonado. Yo te comprendo, porque estoy viviendo tu vida, porque repito tus actos, tus sentimientos y expreso tus emociones.
Nos hemos desterrado nosotros mismos y le echamos la culpa al sistema o a la sociedad o a los demás, sin embargo el fallo estuvo siempre dentro de nosotros, que no somos más que una enfermedad autoinmune que no ataca nuestro cuerpo, sino nuestra mente.
Si hemos rechazado todo tipo de redención, ¿somos los únicos a los que jamás se les concederá ningún tipo de perdón?
¿Lo hicimos nosotros, por nuestra culpa?
¿O símplemente era inevitable?
Quizá no importe, porque el alambre de espino del dolor está grabado en mi alma y creo que sólo sé hacer bien una cosa en la vida: sufrir.
La música manda:
Sinfonía nº 5 (Mahler)
Objects in the rare view mirror may appear closer than they are (Meat Loaf)
Wish You Were Here (Pink Floyd)
Más libros, más libres
Los Hermanos Karamazov (Fiodor Dostoievski)
Todas las muertes ajenas (las violentas, las naturales, todas inesperadas) y todas las muertes propias (los suicidios, los asesinatos, todas premeditadas).
Por tu sangre fluyen los restos de todos tus fracasos, de todas las situaciones en las que te has encontrado fuera de lugar.
En tu boca vive el regusto de todos tus miedos y de toda tu desesperanza.
Eres un laberinto sin salida, un ocaso de decepciones, un mero boceto de lo que quisiste ser.
Al final te das cuenta de que siempre estuviste solo, de que jamás te lograste vencer a ti mismo aunque lo intentases a menudo con todas tus fuerzas.
Al final sigues siendo un niño pequeño suplicando por una protección que nunca existió.
Incomprendido, loco, descerebrado, inmaduro, mortal, todo eso eres.
Tienes miedo, como siempre, y eso dejó de tener sentido cuando abriste los ojos.
¿Cuándo todo empezó a carecer de sentido? ¿Cuándo abriste los ojos?
Deseaste y lo conseguiste, volviste a desear y volviste a conseguir. A tu alrededor te consideraron afortunado, pero tú sabías que no merecía la pena, que por dentro no estabas más que podrido.
Porque deseabas cosas, metas, reconocimiento, y jamás te deseaste a ti mismo.
Fallaste, como todos, como nadie.
No eres digno de compasión y, probablemente, no la pidas. No eres digno del amor, porque eso es para los estables, los idealistas y los que están cuerdos.
Tú sólo eres digno de la soledad, de la impotencia, del rechazo, de los gritos y las lágrimas, de lo opuesto.
Tranquilo, no eres más que un vagabundo abandonado. Yo te comprendo, porque estoy viviendo tu vida, porque repito tus actos, tus sentimientos y expreso tus emociones.
Nos hemos desterrado nosotros mismos y le echamos la culpa al sistema o a la sociedad o a los demás, sin embargo el fallo estuvo siempre dentro de nosotros, que no somos más que una enfermedad autoinmune que no ataca nuestro cuerpo, sino nuestra mente.
Si hemos rechazado todo tipo de redención, ¿somos los únicos a los que jamás se les concederá ningún tipo de perdón?
¿Lo hicimos nosotros, por nuestra culpa?
¿O símplemente era inevitable?
Quizá no importe, porque el alambre de espino del dolor está grabado en mi alma y creo que sólo sé hacer bien una cosa en la vida: sufrir.
La música manda:
Sinfonía nº 5 (Mahler)
Objects in the rare view mirror may appear closer than they are (Meat Loaf)
Wish You Were Here (Pink Floyd)
Más libros, más libres
Los Hermanos Karamazov (Fiodor Dostoievski)
martes, 22 de abril de 2008
Adios
¿Cuántas veces nos hemos hecho la misma pregunta? ¿Cuántas veces nos hemos cuestionado el sentido de nuestra existencia, el por qué, la razón de nuestro ser?
Estamos atrapados en la vida. Encadenados a ella, en algunos momentos incluso llegamos a odiarla, pero cuánto cuesta separarnos de ella.
¿Qué sentiremos en ese instante interminable, si es que llegamos a ser conscientes de él, en el que la muerte nos abraza friamente antes de arrancarnos del mundo?
"No somos nada" - decimos. Gran verdad, pues nada somos, nada ni nadie.
Todos nuestros éxitos y nuestros fracasos se evaporan, no significan nada. Afortunado aquel que puede llevarse al hoyo paz en su interior, sin embargo, desgraciadamente, no creo que ninguna persona que haya existido en la Tierra pueda haber estado en paz consigo misma a la hora de morir.
Tantas cosas por hacer, por descubrir y por amar. Tantas frustraciones que te curten, que te vuelven más sabio, tantos viajes, momentos, explosiones de emociones, sabores, imágenes, libros, besos, experiencias, palabras, música, texturas, gritos, orgasmos, pensamientos quedan por experimentar, por realizar, por decir.
El consuelo, si es que existe ese sentimiento, que nos queda a los que quedamos vivos es la oportunidad de exprimir cada segundo como si fuera el último.
Y no podemos hacerlo.
La vida social nos marca obligaciones estúpidas para sobrevivir (hipotecas, trabajo, pagos, rutinas...) que nos van comiendo el tiempo escaso que nos ha sido otorgado.
No tengo la solución, sólo la angustia.
Adios, Luis, te echaré de mucho de menos.
La música manda:
Misa de Requiem (Verdi)
Si no hubiera que correr (Revólver)
Tears in Heaven (Eric Clapton)
Más libros, más libres:
Sagrada Biblia
Estamos atrapados en la vida. Encadenados a ella, en algunos momentos incluso llegamos a odiarla, pero cuánto cuesta separarnos de ella.
¿Qué sentiremos en ese instante interminable, si es que llegamos a ser conscientes de él, en el que la muerte nos abraza friamente antes de arrancarnos del mundo?
"No somos nada" - decimos. Gran verdad, pues nada somos, nada ni nadie.
Todos nuestros éxitos y nuestros fracasos se evaporan, no significan nada. Afortunado aquel que puede llevarse al hoyo paz en su interior, sin embargo, desgraciadamente, no creo que ninguna persona que haya existido en la Tierra pueda haber estado en paz consigo misma a la hora de morir.
Tantas cosas por hacer, por descubrir y por amar. Tantas frustraciones que te curten, que te vuelven más sabio, tantos viajes, momentos, explosiones de emociones, sabores, imágenes, libros, besos, experiencias, palabras, música, texturas, gritos, orgasmos, pensamientos quedan por experimentar, por realizar, por decir.
El consuelo, si es que existe ese sentimiento, que nos queda a los que quedamos vivos es la oportunidad de exprimir cada segundo como si fuera el último.
Y no podemos hacerlo.
La vida social nos marca obligaciones estúpidas para sobrevivir (hipotecas, trabajo, pagos, rutinas...) que nos van comiendo el tiempo escaso que nos ha sido otorgado.
No tengo la solución, sólo la angustia.
Adios, Luis, te echaré de mucho de menos.
La música manda:
Misa de Requiem (Verdi)
Si no hubiera que correr (Revólver)
Tears in Heaven (Eric Clapton)
Más libros, más libres:
Sagrada Biblia
jueves, 10 de abril de 2008
Otro imbécil más
Marchitó sus sentimientos reventando contra la pared de la negación.
No quedó de él nada más que el loco alarido que siguió a su desaparición y tampoco lo lamentó nadie en exceso.
Era un imbécil más entre mil millones de imbéciles. No era especial, no era superior, era un idiota más; quizá un poco más idealista y desde luego bastante más impulsivo, pero no bastaba para dejar de ser un imbécil más.
Le quemaban lo que el percibía como sus fracasos igual que agua hirviendo sobre una herida recién abierta, no cesaba de sangrar por ellas, contínuamente se iba vaciando de esperanza y de sonrisas.
- ¿Por qué? - le preguntaba al aire
Sólo el ruido de la ciudad le respondía, puede que fuera mejor respuesta de lo que él se esperaba.
Quiso diluirse en una partitura de un requiem para cellos y sólo pudo dar un par de brazadas antes de que el mundo real le arrancara también la tranquilidad del suicidio.
No podía entender cómo coño había llegado a estar condenado a vivir. Todos los días se enfrentaba a él mismo una y mil veces, todos los días regaba su alma con torbellinos de sueños desgajados.
-Basta, basta, basta, basta, basta, basta. - Suplicó el idiota.
-Nunca. - Le respondió el mundo.
-JAMAS. - Le gritó vida.
Su cuerpo no pudo hacer otra cosa más que llorar, llorar y llorar.
Pobre imbécil.
No quedó de él nada más que el loco alarido que siguió a su desaparición y tampoco lo lamentó nadie en exceso.
Era un imbécil más entre mil millones de imbéciles. No era especial, no era superior, era un idiota más; quizá un poco más idealista y desde luego bastante más impulsivo, pero no bastaba para dejar de ser un imbécil más.
Le quemaban lo que el percibía como sus fracasos igual que agua hirviendo sobre una herida recién abierta, no cesaba de sangrar por ellas, contínuamente se iba vaciando de esperanza y de sonrisas.
- ¿Por qué? - le preguntaba al aire
Sólo el ruido de la ciudad le respondía, puede que fuera mejor respuesta de lo que él se esperaba.
Quiso diluirse en una partitura de un requiem para cellos y sólo pudo dar un par de brazadas antes de que el mundo real le arrancara también la tranquilidad del suicidio.
No podía entender cómo coño había llegado a estar condenado a vivir. Todos los días se enfrentaba a él mismo una y mil veces, todos los días regaba su alma con torbellinos de sueños desgajados.
-Basta, basta, basta, basta, basta, basta. - Suplicó el idiota.
-Nunca. - Le respondió el mundo.
-JAMAS. - Le gritó vida.
Su cuerpo no pudo hacer otra cosa más que llorar, llorar y llorar.
Pobre imbécil.
sábado, 5 de abril de 2008
El Filósofo
Cuando el sol se enterró en el horizonte el filósofo descendió de la torre por la estrecha escalera de caracol. A la luz del crepúsculo solía encontrar preguntas a las respuestas, no en vano la naturaleza del hombre comienza a comprenderse en sentido inverso.
Paseó por la ciudad abandonada como llevaba haciendo desde hacía una eternidad, noche tras noche. Sólo estaba él, la única presencia entre colosales palacios de papel, inmensas mansiones de palabras y monumentales rascacielos de corazones. Solo, sin nadie.
Quizá se habría vuelto loco si hubiera habido alguien que le reconociese como tal, pero la locura en solitario no deja de ser sino simple y llano sentido común.
Entre monólogos y respuestas preguntadas en su mente llegó al Muro.
El Muro formaba una grandiosa espiral gris, era un dragón infinito enroscado sobre sí mismo millones de veces, y estaba forrado de azulejos de plata pura. En cada uno había grabada una frase, allí estaban todos los idiomas del mundo incluso los que aún no se conocen. Cada frase constituía la pregunta que el filósofo había logrado responderse ese día.
El tenía todas las respuestas, pero debía esculpir todas las preguntas para que no se volatilizaran al pronunciarlas.
El filósofo se apróximo al último azulejo del muro, el que marcaba el centro de la espiral y, por tanto, su origen y sacó de su amplia túnica un cincel de diamante y un martillo de platino.
Cuando acabó su trabajo podía leerse la última de las preguntas "¿Quién soy?"
Guardó sus herramientas y volvió a la torre, a su espalda la luz de la luna hacía brillar El Muro de plata como si fuera una galaxia repleta de estrellas.
En la torre había alguien.
- ¿Hola?
Silencio.
- ¿Hola?
Ruido de pasos. La puerta de enfrente se abría.
Se encontró cara a cara con su propia imagen. El mismo pelo cano, los mismos ojos grises, la misma perilla incolora, hasta la túnica era idéntica.
- ¿Quién eres? - Inquirió el filósofo
- No soy tú. - Respondió su doble.
- ¿Ya ha finalizado mi tiempo?
- Sí, ya lo sabes todo. Ahora tienes que olvidarlo. No te preocupes, yo ocuparé tu lugar.
El doble del filósofo subió por la estrecha escalera de caracol dejándole solo, como siempre había estado.
Se acabó.
El filósofo volvió al Muro para comprobarlo. Era cierto, los azulejos estaban lisos, como acabados de colocar. No había frases, no había preguntas y, por tanto, no había respuestas.
Amanecía. El filósofo abandonó la ciudad y cuando los rayos del sol tocaron su persona se desintegró en mil preguntas.
El médico sostuvo al recién nacido boca abajo mientras le daba un azote en las nalgas. El último recuerdo del filósofo se desvaneció con el primer grito del llanto.
- Enhorabuena - dijo el médico a los preocupados padres. - Es un niño.
Era un niño. El filósofo por fin había logrado nacer.
La música manda:
Fallen Angel (King Crimson)
Expresso Love (Dire Straits)
Lamento Eroico (Rhapsody of Fire)
Más libros, más libres:
El Rey Lear (William Shakespeare)
Paseó por la ciudad abandonada como llevaba haciendo desde hacía una eternidad, noche tras noche. Sólo estaba él, la única presencia entre colosales palacios de papel, inmensas mansiones de palabras y monumentales rascacielos de corazones. Solo, sin nadie.
Quizá se habría vuelto loco si hubiera habido alguien que le reconociese como tal, pero la locura en solitario no deja de ser sino simple y llano sentido común.
Entre monólogos y respuestas preguntadas en su mente llegó al Muro.
El Muro formaba una grandiosa espiral gris, era un dragón infinito enroscado sobre sí mismo millones de veces, y estaba forrado de azulejos de plata pura. En cada uno había grabada una frase, allí estaban todos los idiomas del mundo incluso los que aún no se conocen. Cada frase constituía la pregunta que el filósofo había logrado responderse ese día.
El tenía todas las respuestas, pero debía esculpir todas las preguntas para que no se volatilizaran al pronunciarlas.
El filósofo se apróximo al último azulejo del muro, el que marcaba el centro de la espiral y, por tanto, su origen y sacó de su amplia túnica un cincel de diamante y un martillo de platino.
Cuando acabó su trabajo podía leerse la última de las preguntas "¿Quién soy?"
Guardó sus herramientas y volvió a la torre, a su espalda la luz de la luna hacía brillar El Muro de plata como si fuera una galaxia repleta de estrellas.
En la torre había alguien.
- ¿Hola?
Silencio.
- ¿Hola?
Ruido de pasos. La puerta de enfrente se abría.
Se encontró cara a cara con su propia imagen. El mismo pelo cano, los mismos ojos grises, la misma perilla incolora, hasta la túnica era idéntica.
- ¿Quién eres? - Inquirió el filósofo
- No soy tú. - Respondió su doble.
- ¿Ya ha finalizado mi tiempo?
- Sí, ya lo sabes todo. Ahora tienes que olvidarlo. No te preocupes, yo ocuparé tu lugar.
El doble del filósofo subió por la estrecha escalera de caracol dejándole solo, como siempre había estado.
Se acabó.
El filósofo volvió al Muro para comprobarlo. Era cierto, los azulejos estaban lisos, como acabados de colocar. No había frases, no había preguntas y, por tanto, no había respuestas.
Amanecía. El filósofo abandonó la ciudad y cuando los rayos del sol tocaron su persona se desintegró en mil preguntas.
El médico sostuvo al recién nacido boca abajo mientras le daba un azote en las nalgas. El último recuerdo del filósofo se desvaneció con el primer grito del llanto.
- Enhorabuena - dijo el médico a los preocupados padres. - Es un niño.
Era un niño. El filósofo por fin había logrado nacer.
La música manda:
Fallen Angel (King Crimson)
Expresso Love (Dire Straits)
Lamento Eroico (Rhapsody of Fire)
Más libros, más libres:
El Rey Lear (William Shakespeare)
lunes, 24 de marzo de 2008
La muerte y el niño
- No hay tiempo. Nunca lo ha habido. - Sentenció ella clavando sus ojos vacíos en él.
- Nunca te lo he pedido. - Respondió él tan orgulloso y alocado como siempre.
- Pues cógeme la mano y vámonos de una vez. - Se enfureció ella.
- No, aún no. Al menos me debes una última cosa.
- ¿El qué?
- Un baile, un abrazo y un beso.
- Eso son tres cosas.
- Te prometo que con el beso nos iremos.
Ella asintió casi a regañadientes, pero lo cierto es que le apetecía. Tenían todo el tiempo del mundo porque el tiempo no existía.
Y se abrazó a él. Le rodeó la cintura con ambas manos mientras bailaban una danza imposible y, precisamente por eso, perfecta.
Ella era la frialdad solitaria de la muerte, la merma constante de la enfermedad, la tristeza inevitable de la desesperación, la amargura irreparable del vacío y él se había empeñado en llamarla, en unirse a ella, en fugarse con ella.
Ella, que nunca permitió que nadie se le acercase, cayó rendida ante él.
Porque él era el sabor intangible del idealismo, el ardor irrevocable de los sentimientos, el candor egoísta de la niñez, el estallido salvaje de la vida y ella se había empeñado en conocerle, en descansar en él, en desnudarse para él.
Él, que siempre pudo ponerle fin a todo lo que inició, esta vez a ella no consiguió pararla, y tampoco quería.
Bailaron. Mientras bailaron, sonó la música más profunda del mundo que nacía del movimiento sincronizado de sus cuerpos.
La música contó cómo los extremos se buscan y se funden formando un círculo sin principio ni final, cómo todos los que hemos nacido niños, morimos siendo niños aunque tengamos más años que las estrellas y cómo la muerte no es más que la cualidad más universal y humana de la existencia, odiosa y fascinante por su inevitabilidad.
El baile acabó y la música se detuvo.
Se abrazaron. En ese abrazo se conocieron por primera vez sin mentiras y sin espejimos. El fue la pregunta y ella la respuesta. Ella fue la sangre y él el corazón.
Juntos, por fin. Dio igual si por un segundo o por diez eternidades, juntos. Juntos.
Se besaron. El niño besó a la tentación, así se convirtió en adulto.
La desesperación besó a la vida, así nació la esperanza.
Y se desvanecieron en el aire, porque la comprensión sólo dura una décima de segundo pero marca para toda la vida, porque al alcanzar lo que más deseamos, nos disolvemos a manos de otra persona, de nosotros mismos o de una idea, pero desaparecemos.
No importa. El tiempo no existe y la desesperación en nuestra vida, sólo puede traer la muerte o la esperanza.
Las dos son igual de buenas, sólo nosotros las hacemos horribles. Porque nunca aprendemos.
La música manda:
Everything louder than everything else (Meat Loaf)
Happiness (Grant Lee Buffalo)
Bat Out of Hell (Meat Loaf)
Más libros, más libres:
Nuestra Especie (Marvin Harris)
- Nunca te lo he pedido. - Respondió él tan orgulloso y alocado como siempre.
- Pues cógeme la mano y vámonos de una vez. - Se enfureció ella.
- No, aún no. Al menos me debes una última cosa.
- ¿El qué?
- Un baile, un abrazo y un beso.
- Eso son tres cosas.
- Te prometo que con el beso nos iremos.
Ella asintió casi a regañadientes, pero lo cierto es que le apetecía. Tenían todo el tiempo del mundo porque el tiempo no existía.
Y se abrazó a él. Le rodeó la cintura con ambas manos mientras bailaban una danza imposible y, precisamente por eso, perfecta.
Ella era la frialdad solitaria de la muerte, la merma constante de la enfermedad, la tristeza inevitable de la desesperación, la amargura irreparable del vacío y él se había empeñado en llamarla, en unirse a ella, en fugarse con ella.
Ella, que nunca permitió que nadie se le acercase, cayó rendida ante él.
Porque él era el sabor intangible del idealismo, el ardor irrevocable de los sentimientos, el candor egoísta de la niñez, el estallido salvaje de la vida y ella se había empeñado en conocerle, en descansar en él, en desnudarse para él.
Él, que siempre pudo ponerle fin a todo lo que inició, esta vez a ella no consiguió pararla, y tampoco quería.
Bailaron. Mientras bailaron, sonó la música más profunda del mundo que nacía del movimiento sincronizado de sus cuerpos.
La música contó cómo los extremos se buscan y se funden formando un círculo sin principio ni final, cómo todos los que hemos nacido niños, morimos siendo niños aunque tengamos más años que las estrellas y cómo la muerte no es más que la cualidad más universal y humana de la existencia, odiosa y fascinante por su inevitabilidad.
El baile acabó y la música se detuvo.
Se abrazaron. En ese abrazo se conocieron por primera vez sin mentiras y sin espejimos. El fue la pregunta y ella la respuesta. Ella fue la sangre y él el corazón.
Juntos, por fin. Dio igual si por un segundo o por diez eternidades, juntos. Juntos.
Se besaron. El niño besó a la tentación, así se convirtió en adulto.
La desesperación besó a la vida, así nació la esperanza.
Y se desvanecieron en el aire, porque la comprensión sólo dura una décima de segundo pero marca para toda la vida, porque al alcanzar lo que más deseamos, nos disolvemos a manos de otra persona, de nosotros mismos o de una idea, pero desaparecemos.
No importa. El tiempo no existe y la desesperación en nuestra vida, sólo puede traer la muerte o la esperanza.
Las dos son igual de buenas, sólo nosotros las hacemos horribles. Porque nunca aprendemos.
La música manda:
Everything louder than everything else (Meat Loaf)
Happiness (Grant Lee Buffalo)
Bat Out of Hell (Meat Loaf)
Más libros, más libres:
Nuestra Especie (Marvin Harris)
sábado, 15 de marzo de 2008
Ligero sabor a sonrisa
A lo largo de estos meses me he dedicado a destapar lo horrible de nuestra sociedad y lo despiadado que hay en cada uno de nosotros, pero en esta vida tan breve también hay tiempo para pequeñas gotas de optimismo y alegría.
Este post trata sobre las pequeñas cosas grandes que me hacen sentir bien, porque incluso la infelicidad y la amargura sonríen de tarde en tarde:
Cerrar los ojos y fundir mis sentidos con una de las mil canciones y obras musicales que conozco, lograr durante un segundo ser uno con las notas y con la voz y con los instrumentos, es casi como si te atravesarán el corazón con el abrazo más potente y dulce que existe.
Los labios de la persona que amas rozando los tuyos y presionándolos suave y sinceramente. Su aliento arropando el tuyo como si fuera el comienzo del mundo, justo esa milésima de segundo que antecede a la inevitable lujuria. Esos besos son los que nos hacen aún más humanos, en esos besos nos encontramos a nosotros mismos en otra persona y, como todo lo bueno, son demasiado escasos.
Aprender algo que no sabías y que cambia algo dentro de ti. Conocer una idea que de repente relaciona otras ideas dispersas en tu mente y construyen un cuadro muy hermoso porque dotan de sentido al mundo o a ti mismo, cómo podías no haberlo visto antes si parece que lleva ahí desde siempre. Y te vas completando y evolucionando y creando como una espiral gigantesca de sentimientos y conceptos que siempre va a más.
La sensación de calor del sol en una mitad de tu cuerpo y la de frío en la otra. Pequeña ambivalencia que se encuentra en el centro de tu pecho haciéndote sentir parte minúscula de un planeta inmenso y a la vez perdido en al amplitud del universo.
El grito de furia, rabia o placer explosivo que te hace sentir tan vivo como fuerte es su sonido. Esos gritos que definen nuestra esencia primordial y que duran mil años en cinco segundos, que te liberan de cadenas materiales y espirituales, que expresan deseos y frustraciones a la vez, que expulsan nuestra alma fuera para vaciarla y llenarla de nuevo con una independencia interminable.
Podría seguir así bastante tiempo, pero creo que me estoy volviendo cursi y redicho y no lo soporto. En realidad cualquier idea, objeto o persona capaz de despertar nuestros sentidos aletargados proporciona las pequeñas maravillas que nos provocan sonrisas, importancia a nuestros ojos, placer y éxtasis.
Yo tengo las mías y cada uno las suyas.
Conozco gente a la que le gusta decir que la felicidad es un camino no una meta. Yo prefiero expresarlo diciendo que la vida no tiene sentido, sino que hay que dárselo y son las cosas que acabo de decir junto con las que me guardo (buenas y malas) las que le dan el sentido a mi vida y, por extensión, a mí mismo.
La música manda:
Beautiful Day (U2)
The Swans (Väinö Raitio)
Outcast (Mike Oldfield)
Más libros, más libres:
El Ultimo Deseo (Andrzej Sapkowski)
Este post trata sobre las pequeñas cosas grandes que me hacen sentir bien, porque incluso la infelicidad y la amargura sonríen de tarde en tarde:
Cerrar los ojos y fundir mis sentidos con una de las mil canciones y obras musicales que conozco, lograr durante un segundo ser uno con las notas y con la voz y con los instrumentos, es casi como si te atravesarán el corazón con el abrazo más potente y dulce que existe.
Los labios de la persona que amas rozando los tuyos y presionándolos suave y sinceramente. Su aliento arropando el tuyo como si fuera el comienzo del mundo, justo esa milésima de segundo que antecede a la inevitable lujuria. Esos besos son los que nos hacen aún más humanos, en esos besos nos encontramos a nosotros mismos en otra persona y, como todo lo bueno, son demasiado escasos.
Aprender algo que no sabías y que cambia algo dentro de ti. Conocer una idea que de repente relaciona otras ideas dispersas en tu mente y construyen un cuadro muy hermoso porque dotan de sentido al mundo o a ti mismo, cómo podías no haberlo visto antes si parece que lleva ahí desde siempre. Y te vas completando y evolucionando y creando como una espiral gigantesca de sentimientos y conceptos que siempre va a más.
La sensación de calor del sol en una mitad de tu cuerpo y la de frío en la otra. Pequeña ambivalencia que se encuentra en el centro de tu pecho haciéndote sentir parte minúscula de un planeta inmenso y a la vez perdido en al amplitud del universo.
El grito de furia, rabia o placer explosivo que te hace sentir tan vivo como fuerte es su sonido. Esos gritos que definen nuestra esencia primordial y que duran mil años en cinco segundos, que te liberan de cadenas materiales y espirituales, que expresan deseos y frustraciones a la vez, que expulsan nuestra alma fuera para vaciarla y llenarla de nuevo con una independencia interminable.
Podría seguir así bastante tiempo, pero creo que me estoy volviendo cursi y redicho y no lo soporto. En realidad cualquier idea, objeto o persona capaz de despertar nuestros sentidos aletargados proporciona las pequeñas maravillas que nos provocan sonrisas, importancia a nuestros ojos, placer y éxtasis.
Yo tengo las mías y cada uno las suyas.
Conozco gente a la que le gusta decir que la felicidad es un camino no una meta. Yo prefiero expresarlo diciendo que la vida no tiene sentido, sino que hay que dárselo y son las cosas que acabo de decir junto con las que me guardo (buenas y malas) las que le dan el sentido a mi vida y, por extensión, a mí mismo.
La música manda:
Beautiful Day (U2)
The Swans (Väinö Raitio)
Outcast (Mike Oldfield)
Más libros, más libres:
El Ultimo Deseo (Andrzej Sapkowski)
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