Hablaré del cambio. Del imposible y del ilusorio. De la tremenda dificultad que han (estamos) sembrado (sembrando) para conseguirlo.
Hay un susurro encerrado en mi corazón. Con la sístole auricular se libera empapado en sangre, llega a mis pulmones y junto con la inspiración va subiendo por mi garganta, engordando entre mis cuerdas vocales. Al final, con la expiración, el susurro ya no es tal, sino un grito inmenso. Un grito Universal.
Ese grito tiene el sabor de una pregunta desesperada.
¿Qué ha pasado? Pasé mi infancia entre Bastian y Fujur y, en clase, la pasé escuchando loas y parabienes a la democracia. En las noticias seguían sin creerse que ya no hubiera un dictador. Cada cuatro años pareciera como si el mismo Dios fuera a bajar del cielo, colas kilométricas en los colegios electorales, calles empapeladas de fotos de los futuros mesías... Casi era un pecado no ir a votar.
Y mis padres inculcándome el trabajo que costó el "voto libre", "la constitución", la fortuna que toda mi generación había tenido de no haber padecido una represión dictatorial que robaba muchas veces el alma y, algunas, hasta la vida.
Ahora soy adulto. El único pasado que conozco es el que he vivido y el presente que toco no es nada agradable.
Después de reflexionar durante años, al final sólo llego a una conclusión lógica que no por obvia deja de ser ominosa: El sistema está pervertido.
¡Oh, qué novedad!
Sí, el sarcasmo es mi religión. Sin embargo, la diferencia está en que siento en mi interior la perversión exterior.
La generación anterior presume de su lucha en la sombra y de los objetivos logrados. Y no dejan de recordarnos lo muchísimo que les debemos (bien sea literalmente a través de sus palabras, bien sea a través de series televisivas que nos cuentan el pasado según un único prisma, o mediante películas que recrean la vida de personajes ilustres a la hora de la transición).
Como somos muy bien educados les decimos "gracias". "Muchísimas gracias por obtener una libertad que no es más que la perversión de vuestras ilusiones y la ilusión de vuestras perversiones".
Qué suerte hemos tenido de no padecer una represión dictatorial... Sí, una suerte condenada.
Es lo prohibido lo que da el aguijonazo a la motivación, lo que hace que el deseo se forme y reivindique.
Es la norma visible y bien delimitada (impuesta las más de las veces) la que hace que busquemos un cambio, la que nos otorga la necesidad de libertad y los ideales sociales.
Eso lo tenían nuestros padres con la dictadura. Lo prohibido, la norma inquebrantable. Y, por tanto, el deseo crecía y crecía, las ansias de libertad formaban ideales que prometían utopías verdaderas.
Lo simbólico encauzaba lo real y lo imaginario en la forma más sana de neurosis.
Cuando murió el dictador, los ideales eclosionaron.
Y nos dejaron los despojos y lo aborrecible.
El movimiento pendular siempre es extremo. De un lado hemos pasado al otro.
Tratan de convencernos de vivir en una sociedad que es la opuesta a una dictadura. Y lo es. Lo es porque en la dictadura no se permitía nada, pero ahora se nos permite todo. Eso es la democracia y el capitalismo y el libre comercio y la sociedad del bienestar. La permisividad absoluta. No hay normas (sólo sombras de normas en forma de leyes). El deseo es libre de ligarse al objeto que quiera cuando quiera.
Los grandes artistas y los grandes filósofos coinciden en que los extremos se tocan. Es decir, nada es todo y todo es nada.
Todo está prohibido (nada está permitido): definición de dictadura.
Todo está permitido (nada está prohibido): definición de democracia.
Si nada es todo, todo es nada y los extremos se tocan, la democracia no puede ser más que una dictadura encubierta.
Y eso es así.
En la dictadura está legitimado cualquier medio de coerción (hasta la muerte) para mantener el orden establecido.
En la democracia no hace falta esa legitimación porque ¿quién va a ir contra el orden establecido si el deseo siempre está colmado? He ahí la perversión del sistema, de los ideales que lo levantaron.
Claro que un deseo siempre colmado sólo conduce a la apatía. En ese punto estamos ahora la mayoría de los considerados "adultos jóvenes". Los primeros hijos de la democracia.
Ahora, por favor, que alguien tenga la desfachatez de decirme que es más fácil el cambio en una sociedad democratizada que en una dictadura.
Al menos en la segunda estaban muy bien establecidos los límites. ¿Cómo se cambia algo que aparentemente es lo mejor que puede dar el sistema, la evolución máxima?.
Y esa perversión se extiende a todos los ámbitos. Sólo puedo hablar de lo que conozco (que es la salud mental), pero también sucede (lógico, la sanidad pública toca justo con los estamentos gobernantes). Ahora está muy claro que los psiquiátricos antiguos cronificaban y eran indignos de la persona. Sin embargo a ver quién se atreve a afirmar que este deshecho heredado de la "reforma psiquiátrica" cronifica y también es indigno de la persona. Aunque sea verdad. La verdad es lo de menos.
Vivimos en la era de lo políticamente correcto, todo el sistema está montado para pervertir. Incluso los argumentos que emplea el sistema te dicen a la cara que precisamente están haciendo lo que propones con tu crítica. "Claro que si se enfoca así, el sistema sanitario cronifica. No obstante, como estamos invirtiendo en más recursos sociales (ambigüedad), más formación (a favor del stato quo) y nuevos dispositivos (lo que crea conveniente el político de turno sin plantearse las consecuencias éticas) solucionamos la cronificación".
Esta es nuestra herencia. Realizar el cambio imposible. En la dictadura sólo había que esperar a que muriera el dictador, pero ¿ahora? A un presidente perverso le sigue otro, el sistema se retroalimenta y autorregula.
Nuestra tarea es hacer transparente lo que todo el mundo sabe implícitamente.
Hay que admirar lo maravilloso de la perversión del sistema porque cuando ves que el sistema está pervertido y lo dices, lo único que recibes como respuesta (si es que recibes alguna) es "¿y qué?". No provoca asombro, ni insight, ni sorpresa, ni inquietud. No provoca nada (en todo caso, una leve y agotada resignación).
¡La gente lo sabe y le da igual!
¡Ni siquiera haciendo explícita la perversión se logra la movilización!
Es admirable.
Y terrible.
Podemos cambiarlo.
Focault decía que todo lo que se construye históricamente se puede destruir políticamente. Yo tengo la esperanza de que esa sentencia sea bidireccional y que todo lo que se construye políticamente se pueda destruir históricamente.
Podemos cambiarlo.
Pero la estrategia no debe ser la empleada contra una dictadura (la formación de grupos rebeldes, la revolución grupal, no sirven de nada. Para empezar ni siquiera tienen sentido).
El cambio ha de ser individual. Busquemos conscientemente lo que nuestro inconsciente nos señala a cada instante, un deseo que no se sacie. Pongamos las miras en algo más que en un objeto tangible.
Enseñémosles a los que nos arrebataron lo simbólico que aún tenemos lenguaje.
Lenguaje para construir ideas, pensamientos, para expresar sentimientos y cubrir de utopías individuales la "cosa en sí" de la democracia o del sistema.
Lenguaje para nombrar no un nuevo mundo (el mundo siempre será el mismo), sino una nueva vida. Mi vida. TÚ VIDA, donde sólo tú te gobiernas.
Lenguaje para describir y experimentar la muerte, la rabia, el amor, la primavera.
Lenguaje para decir "Basta" y hacerlo REAL.
lunes, 1 de marzo de 2010
martes, 23 de febrero de 2010
Contra la universidad
Helos ahí. Insignias preclaras de la sapiencia y la verdad, del conocimiento y del buen hacer.
Esos pretéritos imperfectos denominados catedráticos y profesores de universidad.
Es evidente que no se puede generalizar (si no, caeríamos en los mismos errores que cometen esos fantoches vomitivos), no obstante, aquí voy a hablar de la inmensa mayoría, de los que me he cruzado en mi camino que, casualmente, pertenecían a universidades de distintas provincias. Es decir, aquí me voy a dirigir a casi todos.
Ellos, insertos en una institución anacrónica y carcomida por su propio reflejo, acaban por ser tan amarillentos y aberrantes como el organismo que alimenta sus patéticas bocas.
Esas bocas por donde no sale conocimiento, sino ignorancia, por donde no sale ciencia, sino doctrina amojamada.
Se creen poseedores de la verdad absoluta y, por tanto, del poder inherente a ella. El gran problema es que no existe la verdad absoluta y su poder reside en el poder que les damos (como siempre).
Analicemos su entorno antes de analizarles a ellos.
La gloriosa institución universitaria, donde no se premia la creatividad sino la adhesión a lo mismo (a la doctrina propia del sistema).
Allí las puñaladas traperas, las cuchilladas barriobajeras vuelan por doquier. El propio contexto institucional facilita la psicopatía pisa-cabezas que tan bien practican los que dan cuerpo infrahumano a la "élite" docente.
Un entorno donde la enseñanza se practica peor que en primaria o secundaria, ya que ni siquiera facilitan el desarrollo de la persona. La enseñanza toma sustancia en esas aulas decimonónicas con su tarima y sus pupitres que machacan cualquier columna vertebral. Símbolos de una época trasnochada donde la autoridad se depositaba en la "eminencia" que detentaba el cátedro.
Es en ese entorno donde el alumno es la última de las preocupaciones (de hecho, ni siquiera llega a la categoría de preocupación). Ese contexto no favorece al alumnado, le escupe a la cara, insulta su inteligencia y, encima, tiene la soberana desfachatez de cobrarle por ello.
Es en ese entorno donde cobra vida inevitablemente el poder político del rectorado y del decanato, que tratan de vender una fabulosa salida social basada en el sólido conocimiento impartido por sus emisarios de la verdad.
Es curioso cómo una institución tan contaminada por su aislamiento, tan alejada de la sociedad tiene la osadía de afirmar que es una fuente de soluciones para esa misma sociedad de la que huye con ansia.
Deleznable.
Visto el entorno, no nos debería sorprender el elenco fúnebre que le da vida.
Siento rabia mezclada con una infinita tristeza ante esas parodias de personas que ostentan el título de profesor o catedrático.
Para empezar, han de realizar un "riguroso" trabajo de "investigación" llamado "tesis doctoral" si quieren tener posibilidades de acceder a tan deshumanizante institución.
Dicha tesis viene precedida de dos cursos que han debido ser pagados a la universidad y concluye con la lectura del trabajo ante un tribunal formado por amigos y colegas íntimos del director de tesis. Por tanto, estás aprobado seguro aunque te toques las narices y tu investigación sea absurda (que lo será porque la elegirá el director de tu tesis para que le vayas adelantando trabajo a él). Obtendrás el "cum laude" si te deshaces en alabanzas hacia el tribunal y tu director, lo aseguras fijo si tienes la deferencia de invitar a comer a esa panda de monos perezosos.
Una vez obtenido el tan deseado título de doctor, habrás de pasar unas oposiciones "transparentes" y "justas" que te favorecerán cuanto más tiempo hayas desperdiciado peloteando al catedrático y tragando la basura que él genera para que seas el segundón que realiza siempre el trabajo y nunca se lleva el mérito.
Evidentemente, si llegas a formar parte de la élite del profesorado, los años de lavado de cerebro y de obligatoria adhesión a los pensamientos del sistema rechazando los tuyos, hacen su efecto y te conviertes en lo que son ellos.
Así se explica que denigren y ridiculicen las formas de obtener conocimiento que no pasan por ellos.
Después de haberse humillado y prostituido tanto para llegar allí, por fuerza han de creer que lo que defienden es la única verdad válida. Ni siquiera se plantean que esa verdad coincide peligrosamente con la que propaga el poder político y no el poder científico creador.
Y así se van perpetuando en una endogamia enfermiza. El resultado son esos esperpentos que tienen la poca vergüenza de mirar por encima del hombro al resto del mundo, que fundan su identidad personal en un título vacío.
Pactaron con el diablo y obtuvieron el puesto a costa de su alma.
El colofón de todo esto son los títulos de posgrado. Donde ni siquiera se toman la molestia de ampliar la escasísima enseñanza que han excretado durante tres o cinco años. Repiten lo mismo sin aportar nada novedoso. La única diferencia es el precio. Mucho más caro, pero necesario para ascender socialmente.
La universidad y los fundamentos políticos y económicos de la sociedad se aparean eternamente en un coito sucio y marginal. El resultado de ese sexo sin embarazo son los miles de abortos en forma de licenciados o diplomados que no son capaces de pensar por sí mismos.
Despreciable.
Mi bilis es inmensa y he de regurgitarla después de tantos años de decepción. Me he mantenido al margen de esa institución demasiado tiempo. He desarrollado mi carrera profesional independientemente de ella y he aprendido muchísimo más, lo aseguro.
Dice Schopenhauer de las cátedras "esos establos con pienso que son las cátedras constituyen, en términos generales, el entorno ideal para los rumiantes. En cambio, aquellos que prefieran atrapar su propio alimento de manos de la naturaleza se hallarán mejor a la intemperie".
Todo iba más o menos bien, hasta que la universidad metió las narices donde no debía y jamás deberá. En el trabajo de cientos de profesionales como yo.
Soy psicólogo (penosa universidad que tuve que soportar para obtener el título que me diera "derecho" a hablar, a insertarme en el discurso que diría Foucault). Interno residente, además. Lo que quiere decir que he pasado una de las pruebas más duras de España debido al bajísimo número de plazas que se ofertan y a la inmensidad de personas que nos presentamos. Me he ganado a pulso mi formación. A pensar por mí mismo. Trabajo asumiendo una responsabilidad tan grande como la derivada de los intentos de suicidio o los delirios psicóticos. Me obligan (lo que quiere decir que me obligo) a leer y a estudiar el oceano inmenso de armas terapéuticas que rodea la pequeña islita que enseña la universidad.
Veo entre 8 y 10 pacientes todos los días, más los que atiendo en las tardes de atención continuada, más los que dirijo en los distintos grupos psicoterapéuticos en los que participo.
He visto en año y medio más personas, patologías, modos de tratamiento, formas de comunicación, estructuras de entrevista y contextos institucionales de los que verá jamás un profesor universitario o un catedrático en TODA su vida profesional.
He estudiado y leído más fundamentos epistemológicos, corrientes filosóficas y psicoterapéuticas, artículos sobre psicofarmacología, evidencia, evidencia contra la evidencia, técnicas sistémicas (de diversas escuelas), cognitivo-conductuales, psicoanalíticas (de diferentes orientaciones), existencialistas y humanistas de las que jamás conocerá un profesor universitario, un catedrático y no digamos un estudiantillo de un máster universitario.
¿Por qué exhibo tan narcisísticamente mis galones? Pues porque la Asociación Española de Psicología Clínica y Psicoterapia (AEPCP) está formada en su mayoría por personal docente universitario, porque el "Congreso internacional de avances en tratamientos psicológicos" que se celebrará en Granada en abril de 2010 está auspiciado por el poder asesino de la universidad (todas las conferencias y la mayoría de las mesas redondas están dirigidas por profesores universitarios y catedráticos).
Son ellas y otras sociedades las que dictan lo que un psicólogo clínico ha de hacer en la consulta y en la sanidad pública.
La inmensa mayoría de los profesores y catedráticos sólo tiene una orientación terapéutica (curiosamente la más pobre y la que nos vende al poder psiquiátrico de la rama biologicista), no conocen ninguna más, no han estudiado ninguna más. Por tanto, en lugar de conocer e investigar (que sería su trabajo) se dedican a imponer su único modelo sin importarles las consecuencias (síntoma patognomónico de la ignorancia). Lo culminan asesorando al poder legislativo estatal sobre cuáles serán las prácticas psicoterapéuticas de obligado cumplimiento por la ley y cuáles serán condenadas. Todo ello sin conocer la inmensa mayoría de orientaciones que funcionan en la práctica real, sin conocer las limitaciones del contexto epistemológico en el que se mueven.
Aún hay más. Tienen la odiosa insolencia, el abyecto cinismo de imponer su paupérrimo criterio en la práctica clínica.
Ellos, que entre todos no han visto en su vida ni siquiera el número de pacientes suficientes para formar una muestra pequeña, que utilizan para sus estudios "científicos" a los estudiantes de primero o último curso de carrera, tienen el descaro de obligarnos a los auténticos profesionales a asumir sus reglas inflexibles, sus protocolos estandarizados. Nos dicen cómo debemos trabajar, qué debemos hacer y pensar.
Eso sí que no.
Mi ética y mi alma no me permiten quedarme al margen pasivamente.
Me he ganado el derecho a trabajar, a pensar por mí mismo y a defender con la contundencia que dan los argumentos basados en una sólida experiencia real mi posición y mi práctica.
No me justificaré ante esa institución tan detestable.
Intentaré devolverles golpe por golpe, intentaré encararles contra su propia ignorancia.
Voy a por vosotros. Os asesinaré como habéis asesinado a tantos estudiantes deseosos de formación y conocimiento.
Miserables.
Esos pretéritos imperfectos denominados catedráticos y profesores de universidad.
Es evidente que no se puede generalizar (si no, caeríamos en los mismos errores que cometen esos fantoches vomitivos), no obstante, aquí voy a hablar de la inmensa mayoría, de los que me he cruzado en mi camino que, casualmente, pertenecían a universidades de distintas provincias. Es decir, aquí me voy a dirigir a casi todos.
Ellos, insertos en una institución anacrónica y carcomida por su propio reflejo, acaban por ser tan amarillentos y aberrantes como el organismo que alimenta sus patéticas bocas.
Esas bocas por donde no sale conocimiento, sino ignorancia, por donde no sale ciencia, sino doctrina amojamada.
Se creen poseedores de la verdad absoluta y, por tanto, del poder inherente a ella. El gran problema es que no existe la verdad absoluta y su poder reside en el poder que les damos (como siempre).
Analicemos su entorno antes de analizarles a ellos.
La gloriosa institución universitaria, donde no se premia la creatividad sino la adhesión a lo mismo (a la doctrina propia del sistema).
Allí las puñaladas traperas, las cuchilladas barriobajeras vuelan por doquier. El propio contexto institucional facilita la psicopatía pisa-cabezas que tan bien practican los que dan cuerpo infrahumano a la "élite" docente.
Un entorno donde la enseñanza se practica peor que en primaria o secundaria, ya que ni siquiera facilitan el desarrollo de la persona. La enseñanza toma sustancia en esas aulas decimonónicas con su tarima y sus pupitres que machacan cualquier columna vertebral. Símbolos de una época trasnochada donde la autoridad se depositaba en la "eminencia" que detentaba el cátedro.
Es en ese entorno donde el alumno es la última de las preocupaciones (de hecho, ni siquiera llega a la categoría de preocupación). Ese contexto no favorece al alumnado, le escupe a la cara, insulta su inteligencia y, encima, tiene la soberana desfachatez de cobrarle por ello.
Es en ese entorno donde cobra vida inevitablemente el poder político del rectorado y del decanato, que tratan de vender una fabulosa salida social basada en el sólido conocimiento impartido por sus emisarios de la verdad.
Es curioso cómo una institución tan contaminada por su aislamiento, tan alejada de la sociedad tiene la osadía de afirmar que es una fuente de soluciones para esa misma sociedad de la que huye con ansia.
Deleznable.
Visto el entorno, no nos debería sorprender el elenco fúnebre que le da vida.
Siento rabia mezclada con una infinita tristeza ante esas parodias de personas que ostentan el título de profesor o catedrático.
Para empezar, han de realizar un "riguroso" trabajo de "investigación" llamado "tesis doctoral" si quieren tener posibilidades de acceder a tan deshumanizante institución.
Dicha tesis viene precedida de dos cursos que han debido ser pagados a la universidad y concluye con la lectura del trabajo ante un tribunal formado por amigos y colegas íntimos del director de tesis. Por tanto, estás aprobado seguro aunque te toques las narices y tu investigación sea absurda (que lo será porque la elegirá el director de tu tesis para que le vayas adelantando trabajo a él). Obtendrás el "cum laude" si te deshaces en alabanzas hacia el tribunal y tu director, lo aseguras fijo si tienes la deferencia de invitar a comer a esa panda de monos perezosos.
Una vez obtenido el tan deseado título de doctor, habrás de pasar unas oposiciones "transparentes" y "justas" que te favorecerán cuanto más tiempo hayas desperdiciado peloteando al catedrático y tragando la basura que él genera para que seas el segundón que realiza siempre el trabajo y nunca se lleva el mérito.
Evidentemente, si llegas a formar parte de la élite del profesorado, los años de lavado de cerebro y de obligatoria adhesión a los pensamientos del sistema rechazando los tuyos, hacen su efecto y te conviertes en lo que son ellos.
Así se explica que denigren y ridiculicen las formas de obtener conocimiento que no pasan por ellos.
Después de haberse humillado y prostituido tanto para llegar allí, por fuerza han de creer que lo que defienden es la única verdad válida. Ni siquiera se plantean que esa verdad coincide peligrosamente con la que propaga el poder político y no el poder científico creador.
Y así se van perpetuando en una endogamia enfermiza. El resultado son esos esperpentos que tienen la poca vergüenza de mirar por encima del hombro al resto del mundo, que fundan su identidad personal en un título vacío.
Pactaron con el diablo y obtuvieron el puesto a costa de su alma.
El colofón de todo esto son los títulos de posgrado. Donde ni siquiera se toman la molestia de ampliar la escasísima enseñanza que han excretado durante tres o cinco años. Repiten lo mismo sin aportar nada novedoso. La única diferencia es el precio. Mucho más caro, pero necesario para ascender socialmente.
La universidad y los fundamentos políticos y económicos de la sociedad se aparean eternamente en un coito sucio y marginal. El resultado de ese sexo sin embarazo son los miles de abortos en forma de licenciados o diplomados que no son capaces de pensar por sí mismos.
Despreciable.
Mi bilis es inmensa y he de regurgitarla después de tantos años de decepción. Me he mantenido al margen de esa institución demasiado tiempo. He desarrollado mi carrera profesional independientemente de ella y he aprendido muchísimo más, lo aseguro.
Dice Schopenhauer de las cátedras "esos establos con pienso que son las cátedras constituyen, en términos generales, el entorno ideal para los rumiantes. En cambio, aquellos que prefieran atrapar su propio alimento de manos de la naturaleza se hallarán mejor a la intemperie".
Todo iba más o menos bien, hasta que la universidad metió las narices donde no debía y jamás deberá. En el trabajo de cientos de profesionales como yo.
Soy psicólogo (penosa universidad que tuve que soportar para obtener el título que me diera "derecho" a hablar, a insertarme en el discurso que diría Foucault). Interno residente, además. Lo que quiere decir que he pasado una de las pruebas más duras de España debido al bajísimo número de plazas que se ofertan y a la inmensidad de personas que nos presentamos. Me he ganado a pulso mi formación. A pensar por mí mismo. Trabajo asumiendo una responsabilidad tan grande como la derivada de los intentos de suicidio o los delirios psicóticos. Me obligan (lo que quiere decir que me obligo) a leer y a estudiar el oceano inmenso de armas terapéuticas que rodea la pequeña islita que enseña la universidad.
Veo entre 8 y 10 pacientes todos los días, más los que atiendo en las tardes de atención continuada, más los que dirijo en los distintos grupos psicoterapéuticos en los que participo.
He visto en año y medio más personas, patologías, modos de tratamiento, formas de comunicación, estructuras de entrevista y contextos institucionales de los que verá jamás un profesor universitario o un catedrático en TODA su vida profesional.
He estudiado y leído más fundamentos epistemológicos, corrientes filosóficas y psicoterapéuticas, artículos sobre psicofarmacología, evidencia, evidencia contra la evidencia, técnicas sistémicas (de diversas escuelas), cognitivo-conductuales, psicoanalíticas (de diferentes orientaciones), existencialistas y humanistas de las que jamás conocerá un profesor universitario, un catedrático y no digamos un estudiantillo de un máster universitario.
¿Por qué exhibo tan narcisísticamente mis galones? Pues porque la Asociación Española de Psicología Clínica y Psicoterapia (AEPCP) está formada en su mayoría por personal docente universitario, porque el "Congreso internacional de avances en tratamientos psicológicos" que se celebrará en Granada en abril de 2010 está auspiciado por el poder asesino de la universidad (todas las conferencias y la mayoría de las mesas redondas están dirigidas por profesores universitarios y catedráticos).
Son ellas y otras sociedades las que dictan lo que un psicólogo clínico ha de hacer en la consulta y en la sanidad pública.
La inmensa mayoría de los profesores y catedráticos sólo tiene una orientación terapéutica (curiosamente la más pobre y la que nos vende al poder psiquiátrico de la rama biologicista), no conocen ninguna más, no han estudiado ninguna más. Por tanto, en lugar de conocer e investigar (que sería su trabajo) se dedican a imponer su único modelo sin importarles las consecuencias (síntoma patognomónico de la ignorancia). Lo culminan asesorando al poder legislativo estatal sobre cuáles serán las prácticas psicoterapéuticas de obligado cumplimiento por la ley y cuáles serán condenadas. Todo ello sin conocer la inmensa mayoría de orientaciones que funcionan en la práctica real, sin conocer las limitaciones del contexto epistemológico en el que se mueven.
Aún hay más. Tienen la odiosa insolencia, el abyecto cinismo de imponer su paupérrimo criterio en la práctica clínica.
Ellos, que entre todos no han visto en su vida ni siquiera el número de pacientes suficientes para formar una muestra pequeña, que utilizan para sus estudios "científicos" a los estudiantes de primero o último curso de carrera, tienen el descaro de obligarnos a los auténticos profesionales a asumir sus reglas inflexibles, sus protocolos estandarizados. Nos dicen cómo debemos trabajar, qué debemos hacer y pensar.
Eso sí que no.
Mi ética y mi alma no me permiten quedarme al margen pasivamente.
Me he ganado el derecho a trabajar, a pensar por mí mismo y a defender con la contundencia que dan los argumentos basados en una sólida experiencia real mi posición y mi práctica.
No me justificaré ante esa institución tan detestable.
Intentaré devolverles golpe por golpe, intentaré encararles contra su propia ignorancia.
Voy a por vosotros. Os asesinaré como habéis asesinado a tantos estudiantes deseosos de formación y conocimiento.
Miserables.
lunes, 8 de febrero de 2010
La realidad, que no me abandona...
Lacan y Foucault, José María Alvarez y Fernando Colina, Bataille y Schopenhauer... Sólo me ayudan a comprenderla, pero no resuelven mi angustia.
Sólo le ponen palabras, pero no la callan.
No creo que pudieran hacerlo, porque los muy cabrones argumentarían que mi angustia es sólo mía, que no hay nadie que pueda repararla o quitarla porque mi deseo es el deseo de otro, porque mi falta refleja el precio que pago al simbolizar mis más biológicas pulsiones, porque al final soy preso de un discurso, de una frase o de una palabra.
En una simple sentencia: jódete y baila.
Y lo peor de todo es que siento que tienen razón, que no hablan en balde.
Pero no me ayuda. Al contrario, me asusta.
Si estar vivo es una casualidad envilecida por la agonía de tener que estar deseando lo que jamás podrás tener, ¿de dónde surgen el amor, la rabia, la decencia o la hipocresía?
Es más, ¿acaso importan?
Todo el mundo está de acuerdo en que la vida es la antesala de la muerte. Quizá por eso sea el único sitio donde nos está permitido sufrir.
Pero no es eso.
No me quejo del sufrimiento, sino del sinsentido.
Todo es etéreo y decadente. Todo es una construcción lingüística. Y por lo tanto, todo es nada.
En esa nada, como la cola de una lagartija que aún no se ha percatado de su separación y su muerte, aparece el deseo obligándonos a vivir y a quemarnos sin obtener nada que lo calme. Y resulta que si algo lo calmara nos moriríamos, mental y/o físicamente.
O sea, o vivimos en una acatisia espiritual constante, o morimos.
¿A eso se reduce todo?
¿A desear o morir?
¿Es eso lo que encierran todos los discursos con el sometimiento a su poder, señor Foucault?
¿Es eso lo que define la falta insaciable que otorga peso a la subjetividad individual, señor Lacan?
¿Es eso lo que les permite explicar, comprender y tratar las psicosis señores Alvarez y Colina?
¿Es eso lo que da significación humana al erotismo, señor Bataille?
¿Es eso lo que enmarca el mundo como voluntad y representación, señor Schopenhauer?
Porque yo no lo sé.
Y porque nunca me ha gustado que jugaran conmigo, lo controlara yo o no.
Si el amor es una construcción discursiva que se pierde entre los neurotransmisores y mi individualidad espiritual, allí donde se esconde la totalidad de mi ser que no puede ser reducida a palabras o signos y, por tanto, no puede ser explicada, entonces no quiero estar vivo.
Porque ser consciente de la inasibilidad de la vida, incluso a nivel espiritual, produce desasosiego y angustia.
Y entonces todo se vuelve REAL en el sentido lacaniano del término.
Me siento como un personaje de Lovecraft que descubre el mundo oculto en el mundo.
Si yo estoy hecho de palabras, jamás podré comprender la verdad objetiva que me rodea.
El precio de haberla visto por un instante es la locura o la muerte.
Creo que ya voy a medio camino de ambas.
La pregunta esencial para Dora que remarca Lacan es ¿qué es ser una mujer?
Mi pregunta esencial es ¿cuánto me falta para caer en una, en otra o en ambas?
Sólo le ponen palabras, pero no la callan.
No creo que pudieran hacerlo, porque los muy cabrones argumentarían que mi angustia es sólo mía, que no hay nadie que pueda repararla o quitarla porque mi deseo es el deseo de otro, porque mi falta refleja el precio que pago al simbolizar mis más biológicas pulsiones, porque al final soy preso de un discurso, de una frase o de una palabra.
En una simple sentencia: jódete y baila.
Y lo peor de todo es que siento que tienen razón, que no hablan en balde.
Pero no me ayuda. Al contrario, me asusta.
Si estar vivo es una casualidad envilecida por la agonía de tener que estar deseando lo que jamás podrás tener, ¿de dónde surgen el amor, la rabia, la decencia o la hipocresía?
Es más, ¿acaso importan?
Todo el mundo está de acuerdo en que la vida es la antesala de la muerte. Quizá por eso sea el único sitio donde nos está permitido sufrir.
Pero no es eso.
No me quejo del sufrimiento, sino del sinsentido.
Todo es etéreo y decadente. Todo es una construcción lingüística. Y por lo tanto, todo es nada.
En esa nada, como la cola de una lagartija que aún no se ha percatado de su separación y su muerte, aparece el deseo obligándonos a vivir y a quemarnos sin obtener nada que lo calme. Y resulta que si algo lo calmara nos moriríamos, mental y/o físicamente.
O sea, o vivimos en una acatisia espiritual constante, o morimos.
¿A eso se reduce todo?
¿A desear o morir?
¿Es eso lo que encierran todos los discursos con el sometimiento a su poder, señor Foucault?
¿Es eso lo que define la falta insaciable que otorga peso a la subjetividad individual, señor Lacan?
¿Es eso lo que les permite explicar, comprender y tratar las psicosis señores Alvarez y Colina?
¿Es eso lo que da significación humana al erotismo, señor Bataille?
¿Es eso lo que enmarca el mundo como voluntad y representación, señor Schopenhauer?
Porque yo no lo sé.
Y porque nunca me ha gustado que jugaran conmigo, lo controlara yo o no.
Si el amor es una construcción discursiva que se pierde entre los neurotransmisores y mi individualidad espiritual, allí donde se esconde la totalidad de mi ser que no puede ser reducida a palabras o signos y, por tanto, no puede ser explicada, entonces no quiero estar vivo.
Porque ser consciente de la inasibilidad de la vida, incluso a nivel espiritual, produce desasosiego y angustia.
Y entonces todo se vuelve REAL en el sentido lacaniano del término.
Me siento como un personaje de Lovecraft que descubre el mundo oculto en el mundo.
Si yo estoy hecho de palabras, jamás podré comprender la verdad objetiva que me rodea.
El precio de haberla visto por un instante es la locura o la muerte.
Creo que ya voy a medio camino de ambas.
La pregunta esencial para Dora que remarca Lacan es ¿qué es ser una mujer?
Mi pregunta esencial es ¿cuánto me falta para caer en una, en otra o en ambas?
sábado, 30 de enero de 2010
Sobre la muerte y el tiempo (II)
Se me acaba el tiempo.
Y no quisiera tener que gritar que estoy muerto.
Hace años me contaron una leyenda.
En la era en que la Tierra no había sido desangrada, un pueblo habitaba rodeado de montañas. Era el último pueblo de hombres inmortales que alguna vez hollaron el mundo.
Todos los pueblos aliados y enemigos se habían desintegrado, víctimas irreparables de la eternidad que moraba en su sangre.
Todos los hombres y mujeres de las comunidades más antiguas desaparecieron en el agua y en la tierra, en el fuego y en el aire, víctimas desesperadas del olvido que engullía sus almas.
Pues está escrito en las olas que el precio de la inmortalidad es la memoria. Y si nadie recuerda, nunca existió nada.
Con la noticia de la desaparición de la tribu gris, el pueblo rodeado de montañas tomó conciencia de su soledad eterna, condenada, a la larga, a la ausencia.
Consultaron al chamán, el único hombre del pueblo que en lugar de corazón tenía agua y en lugar de ojos, aire.
El chamán, tras días de leer la orilla del río y lunas de escuchar la brisa entre la hierba, les dijo que la única manera de detener el olvido era congelar el tiempo.
- Hay - susurró el chamán. - en lo más alto de la montaña más alta una cueva infinita rodeada de fuego donde habita Theck, dios del tiempo y de la inmortalidad. En lo más profundo de la caverna guarda celosamente un trozo de hielo negro. Ese fragmento de hielo es lo único capaz de inmovilizar a Theck.
Entonces el pueblo rodeado de montañas envió al hombre más joven (apenas un niño) en busca del hielo negro.
Así fue como el último inmortal trepó a lo más alto de la montaña más alta.
Descubrió la cueva y penetró en ella apagando las llamas con su sangre. Engañó a Theck con la melodía de su laúd y desde entonces el tiempo se detiene con la música.
Atravesó puñales de roca, se enfrentó con arañas de carbón y con dragones de lava.
Y por fin, en el centro de un laberinto de piedra tallada en espiral halló el trozo de hielo negro.
Abandonó el laúd en lo más hondo de la caverna del tiempo y en su funda escondió el hielo.
A la salida le esperaba Theck. Gigante. Eterno.
Al no tener el laúd, el último inmortal se enfrentó al dios blandiendo el hielo negro. Pero Theck ya estaba prevenido porque el chamán se lo había contado todo al dios del tiempo a cambio de ser el último hombre en olvidar.
Theck se protegió con un escudo de sangre y llamas que derritió el hielo dejando al último inmortal armado con la última astilla del negro fragmento.
Theck, llevado por la venganza, se abalanzó contra el último inmortal decidido a torturarle por toda la eternidad.
Fue en ese momento cuando el último inmortal se atravesó los ojos con la última esquirla de hielo negro para no ver el odio de Theck.
Al levantar la vista y clavar los ojos en el dios, éste quedó congelado. Sin embargo, con el último aullido de rabia, Theck lanzó una maldición. Ellos congelarían el tiempo, vencerían al olvido, pero a costa de su vida.
Por eso desde entonces los hombres tienen un círculo negro en el centro de cada ojo. Es él el que congela el tiempo y, al congelarlo, se vuelve recuerdo.
Desde entonces los hombres recuerdan.
Es por eso desde entonces que los hombres son mortales. Desde entonces la muerte va unida al tiempo. De ese matrimonio nace la memoria.
La memoria, que congela al tiempo pero no lo detiene.
La memoria, que recuerda a la muerte, pero no recuerda la forma de vencerla.
Se me acaba el tiempo.
Empiezo a gritar
que ya estoy muerto.
Y no quisiera tener que gritar que estoy muerto.
Hace años me contaron una leyenda.
En la era en que la Tierra no había sido desangrada, un pueblo habitaba rodeado de montañas. Era el último pueblo de hombres inmortales que alguna vez hollaron el mundo.
Todos los pueblos aliados y enemigos se habían desintegrado, víctimas irreparables de la eternidad que moraba en su sangre.
Todos los hombres y mujeres de las comunidades más antiguas desaparecieron en el agua y en la tierra, en el fuego y en el aire, víctimas desesperadas del olvido que engullía sus almas.
Pues está escrito en las olas que el precio de la inmortalidad es la memoria. Y si nadie recuerda, nunca existió nada.
Con la noticia de la desaparición de la tribu gris, el pueblo rodeado de montañas tomó conciencia de su soledad eterna, condenada, a la larga, a la ausencia.
Consultaron al chamán, el único hombre del pueblo que en lugar de corazón tenía agua y en lugar de ojos, aire.
El chamán, tras días de leer la orilla del río y lunas de escuchar la brisa entre la hierba, les dijo que la única manera de detener el olvido era congelar el tiempo.
- Hay - susurró el chamán. - en lo más alto de la montaña más alta una cueva infinita rodeada de fuego donde habita Theck, dios del tiempo y de la inmortalidad. En lo más profundo de la caverna guarda celosamente un trozo de hielo negro. Ese fragmento de hielo es lo único capaz de inmovilizar a Theck.
Entonces el pueblo rodeado de montañas envió al hombre más joven (apenas un niño) en busca del hielo negro.
Así fue como el último inmortal trepó a lo más alto de la montaña más alta.
Descubrió la cueva y penetró en ella apagando las llamas con su sangre. Engañó a Theck con la melodía de su laúd y desde entonces el tiempo se detiene con la música.
Atravesó puñales de roca, se enfrentó con arañas de carbón y con dragones de lava.
Y por fin, en el centro de un laberinto de piedra tallada en espiral halló el trozo de hielo negro.
Abandonó el laúd en lo más hondo de la caverna del tiempo y en su funda escondió el hielo.
A la salida le esperaba Theck. Gigante. Eterno.
Al no tener el laúd, el último inmortal se enfrentó al dios blandiendo el hielo negro. Pero Theck ya estaba prevenido porque el chamán se lo había contado todo al dios del tiempo a cambio de ser el último hombre en olvidar.
Theck se protegió con un escudo de sangre y llamas que derritió el hielo dejando al último inmortal armado con la última astilla del negro fragmento.
Theck, llevado por la venganza, se abalanzó contra el último inmortal decidido a torturarle por toda la eternidad.
Fue en ese momento cuando el último inmortal se atravesó los ojos con la última esquirla de hielo negro para no ver el odio de Theck.
Al levantar la vista y clavar los ojos en el dios, éste quedó congelado. Sin embargo, con el último aullido de rabia, Theck lanzó una maldición. Ellos congelarían el tiempo, vencerían al olvido, pero a costa de su vida.
Por eso desde entonces los hombres tienen un círculo negro en el centro de cada ojo. Es él el que congela el tiempo y, al congelarlo, se vuelve recuerdo.
Desde entonces los hombres recuerdan.
Es por eso desde entonces que los hombres son mortales. Desde entonces la muerte va unida al tiempo. De ese matrimonio nace la memoria.
La memoria, que congela al tiempo pero no lo detiene.
La memoria, que recuerda a la muerte, pero no recuerda la forma de vencerla.
Se me acaba el tiempo.
Empiezo a gritar
que ya estoy muerto.
viernes, 29 de enero de 2010
Sobre la muerte y el tiempo (I)
El tiempo me envuelve como el más suave de los vestidos.
Poco a poco, capa tras capa, se va desmenuzando y cae inevitablemente al suelo.
Los años, las horas, los segundos son hojas muertas que van formando una montaña en torno a mis pies.
Y el tiempo me va desvistiendo hasta que, desnudo, me tocará enfrentarme a la muerte.
Porque sin tiempo sólo existe la muerte.
Y cada capa que va cayendo, cada hoja que se va amontonando es una pequeña muerte. Quizá para que siempre sea consciente de mi propia desnudez.
Y el tiempo son los amigos que se van y la brecha que se abre en el pecho al no poder impedir la partida. Son los padres que mueren y que no puedes imitar. Son los besos de una mujer que ve en tus ojos el niño que eres.
El tiempo es todo lo que llega y no vuelve.
El tiempo, al vestirte, te engaña; susurrándote con los primeros segundos que no estás solo. Pero mientras se desprende de tu cuerpo como la costra de una sonrisa, sientes la punzante soledad que otorga la vida. Y yo me pregunto, si la soledad es la vivencia más propia de la locura ¿estoy loco? ¿Estoy loco por estar solo o estoy solo por estar loco?
y el tiempo se deshace en pérdidas de personas. Porque el tiempo es todo lo que te toca y no se queda. Es todo lo que te roza y te araña.
El tiempo me desnuda para entregarme a la muerte.
Y me entrega loco.
Y me entrega solo.
Poco a poco, capa tras capa, se va desmenuzando y cae inevitablemente al suelo.
Los años, las horas, los segundos son hojas muertas que van formando una montaña en torno a mis pies.
Y el tiempo me va desvistiendo hasta que, desnudo, me tocará enfrentarme a la muerte.
Porque sin tiempo sólo existe la muerte.
Y cada capa que va cayendo, cada hoja que se va amontonando es una pequeña muerte. Quizá para que siempre sea consciente de mi propia desnudez.
Y el tiempo son los amigos que se van y la brecha que se abre en el pecho al no poder impedir la partida. Son los padres que mueren y que no puedes imitar. Son los besos de una mujer que ve en tus ojos el niño que eres.
El tiempo es todo lo que llega y no vuelve.
El tiempo, al vestirte, te engaña; susurrándote con los primeros segundos que no estás solo. Pero mientras se desprende de tu cuerpo como la costra de una sonrisa, sientes la punzante soledad que otorga la vida. Y yo me pregunto, si la soledad es la vivencia más propia de la locura ¿estoy loco? ¿Estoy loco por estar solo o estoy solo por estar loco?
y el tiempo se deshace en pérdidas de personas. Porque el tiempo es todo lo que te toca y no se queda. Es todo lo que te roza y te araña.
El tiempo me desnuda para entregarme a la muerte.
Y me entrega loco.
Y me entrega solo.
domingo, 24 de enero de 2010
Sobre la muerte y la esperanza
En la fugacidad eterna
que siempre habita en lo imposible
de pensar, que siempre recorre
lo imposible de desnudar
lo intangible,
llora el deseo que se abraza
a la muerte
muy muy fuerte
para no extinguirse cayendo en
lo visible.
¡Qué extraño! sigo teniendo frío
a pesar de la hoguera donde
se queman mi rabia, mi miedo
y mi odio.
Ahora lo comprendo. Porque con
ellos también están ardiendo
mis sueños.
Por eso el deseo se abraza
a la muerte
muy muy fuerte.
Para no tener que matar la
esperanza.
que siempre habita en lo imposible
de pensar, que siempre recorre
lo imposible de desnudar
lo intangible,
llora el deseo que se abraza
a la muerte
muy muy fuerte
para no extinguirse cayendo en
lo visible.
¡Qué extraño! sigo teniendo frío
a pesar de la hoguera donde
se queman mi rabia, mi miedo
y mi odio.
Ahora lo comprendo. Porque con
ellos también están ardiendo
mis sueños.
Por eso el deseo se abraza
a la muerte
muy muy fuerte.
Para no tener que matar la
esperanza.
domingo, 17 de enero de 2010
Poema improvisado mientras se carga el ipod
Me he recogido del suelo
y me he vuelto a tirar de nuevo,
porque mi suelo es cielo pisado,
estrellado a voces sangrantes
entre una arcada y
dos carcajadas.
“Ni Dios ni amo”
y la anarquía convirtiéndose
en dos espejos rotos
derretidos entre mis manos.
Ya no tengo sangre ni vida
porque por mis venas sólo fluye
la entropía.
El único orden que he seguido
ha sido el del sinsentido.
La única norma que obedecí
fue la que prohibía morir.
Me dices que son necesarios
el orden, las normas y reglas
¿Es que el sexo es ordenado?
Si el amor es una norma,
se vuelve preso encadenado.
¿La emoción tiene reglas?
Entonces no es emoción,
sino derrota.
Tampoco el mar tiene forma
y todavía te enamora.
Si tu cuerpo es el lenguaje
mis labios son el abecedario.
Siento cómo el tiempo se deforma
en el centro de un arpegio rosa.
Si desearte es un ultraje
yo seré gustoso su tributario.
Tampoco el arte tiene normas
y todavía te emociona.
Tampoco el mar tiene forma
y todavía te enamora.
y me he vuelto a tirar de nuevo,
porque mi suelo es cielo pisado,
estrellado a voces sangrantes
entre una arcada y
dos carcajadas.
“Ni Dios ni amo”
y la anarquía convirtiéndose
en dos espejos rotos
derretidos entre mis manos.
Ya no tengo sangre ni vida
porque por mis venas sólo fluye
la entropía.
El único orden que he seguido
ha sido el del sinsentido.
La única norma que obedecí
fue la que prohibía morir.
Me dices que son necesarios
el orden, las normas y reglas
¿Es que el sexo es ordenado?
Si el amor es una norma,
se vuelve preso encadenado.
¿La emoción tiene reglas?
Entonces no es emoción,
sino derrota.
Tampoco el mar tiene forma
y todavía te enamora.
Si tu cuerpo es el lenguaje
mis labios son el abecedario.
Siento cómo el tiempo se deforma
en el centro de un arpegio rosa.
Si desearte es un ultraje
yo seré gustoso su tributario.
Tampoco el arte tiene normas
y todavía te emociona.
Tampoco el mar tiene forma
y todavía te enamora.
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